Podredumbre humana. Cuentos cortos de terror


Podredumbre humana

Autor: Marcelo Arias

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Cuento publicado el 22 de Abril de 2021


Mis amigos ya estaban bastante borrachos y hacían tanto barullo que decidí seguir pescando debajo del puente. Esa noche había bastante gente, como siempre que no hay luna, porque es la creencia de todo pescador que será la más afortunada. Los parlantes de los autos y camionetas, con la música a gusto de sus dueños, acompañaban a todo volumen las charlas y risotadas que eran producto de la alegría del momento, de la compañía de los amigos y por supuesto de la buena comida y la bebida, infaltable en toda cita de pesca.

Los asadores hacían chirriar las carnes a las brasas y despedían ese olorcito que abría el apetito e invitaba a la gula.
Armé mi vianda con un pedazo de carne, un poco de arroz hervido y una gaseosa (no suelo beber en demasía). Saqué mis cigarrillos de la guantera del auto, me los puse en el bolsillo de la campera y me fui en silencio, para que mis amigos no me impidieran el placer de estar solo, contemplando esa inmensidad de agua y cerros en el dique Cabra Corral.
Si bien era una noche sin luna, la vislumbre de las estrellas y las luces del puente, me permitieron bajar con facilidad el sendero que conducía a la orilla. Cuando mis ojos empezaron a acostumbrarse a esa tenue luz, percibí que estaba mas claro de lo que yo suponía, a tal punto que no necesité de la linterna para encarnar los anzuelos y arrojarlos al agua.
Clavé la caña en la tierra y con varias piedras la fijé en el suelo como para que no fuera arrastrada por algunos de los grandes bagres que eran mi objetivo de esa noche. Prendí la luz del reloj para ver la hora. Todavía era temprano y mi intención era no subir hasta haber pescado algo, sino sería la burla de mis amigos que, entonados por el alcohol, iban a dirigir toda su artillería en mi contra. Sobre todo porque me había escabullido sin decirles nada.
Para pasar las horas y evitar el frío del sereno decidí hacer una fogata. Junté un poco de leña seca, algunos palos gruesos, y las ramitas necesarias para empezar el fuego. Cuando quise prenderlo, busqué mi encendedor revisándome los bolsillos de los pantalones, de la camisa y de la campera y, lamentablemente, me di cuenta que entre todas mis preparaciones me había olvidado de la más importante: el fuego.
Ni para la fogata, ni para los cigarrillos. Solo la luz inútil de la linterna, que alumbraba, pero no podía encender una hoguera. Miré hacia el puente y pensé que todo lo que había preparado era en vano. El frío de la noche me empujaría a volver y los cigarrillos en el bolsillo solo aumentarían el deseo de fumar y la frustración de no poder hacerlo.
En eso estaba pensando cuando al mirar en la dirección contraria a las luces del puente, me pareció ver brillar un fuego chiquito. Me quedé mirando en esa dirección para cerciorarme de que no había sido solo mi deseo, obligando a mi mente a ver lo que yo quería. No, era fuego. Estaría a unos cien metros calculé, aunque no podía medir con precisión en la oscuridad. No lo pensé demasiado. Era mucho mas cerca que volverme por el sendero empinado y cerrado por los garabatos, que con sus espinas como uñas de gato, me habían saludado al bajar, dejándome un par de rayones en la espalda y en los brazos.
Comencé a andar, esquivando las lajas filosas, que debido a los derrumbes de las laderas, dificultaban siempre el paso y no permitían que hubiera un sendero fijo para guiarse. Una cosa era andar de día y otra muy distinta en la noche. Pero con mi linterna de bolsillo y la precaución al caminar me estaba acercando. Solo era cuestión de pedir un tizón y volver. No creía que alguien tuviera fósforos, la mayoría los había dejado de usar hace tiempo y ahora todos utilizaban encendedores.

A los pocos metros de llegar, la luz de mi linterna empezó a titilar. Terminando por apagarse. Aunque le cambié las pilas de lugar no volvió a encenderse. Si en ese momento no pronuncié una grosería para maldecir mi suerte, fue por respeto a la persona que estaba sentada frente al fuego y que en ese momento me daba la espalda.
__ Buenas noches- saludé. Nada.

__ ¡Buenas noches!- repetí mas fuerte al no oír una respuesta.
__ Hola muchacho. Acercate. ¿Qué te anda pasando?- me preguntó mientras apenas giraba la cabeza.
__ Vení, arrimate al fuego… porque la noche… la noche se está poniendo fría.
__ Gracias. No quisiera molestarlo. Yo también disfruto el estar solo, lo único es que esta vez me falló la vida de ermitaño.- le dije como para entrar en confianza y caerle un poco simpático.
Si me tenía que guiar por la voz (pues la cara no le había visto), le calculaba entre cuarenta a cincuenta años. Su ropa no me decía nada. Era la adecuada para estar en ese lugar, haciendo lo que todos ahí, con un grueso abrigo y quizás sí, lo que me llamó un poco la atención era su sombrero. Como que desentonaba. Porque la mayoría usábamos gorras con viseras y otros el clásico gorrito de pesca a lo “Guilligan”. Pero su sombrero era como muy elegante para la situación.
Me acerqué al fuego y le conté lo que me había pasado. Y que al ver su fogata pensé en pedirle un tizón para encender la mía. Aun estando frente a él, seguí sin poder distinguir su rostro, que se iluminaba de a ratos por las llamas, pero no totalmente porque el ala del sombrero lo impedía.
Cuando terminé de hablar y sin que se moviera del lugar en que lo había encontrado (una piedra enorme que le hacía de silla), sacó un cigarrillo del saco y me pareció o creí ver (no estaba seguro) de que ya estaba prendido. Al oler el tabaco, no pude evitar la tentación de prender uno de los míos. Lo saqué del paquete y antes de que se lo pidiera, sacó un objeto brillante de su bolsillo, era un encendedor de los de antes, esos recargables que usaban bencina, y lo puso delante de él, como esperando que me acercara para así prenderlo y como decimos entre nosotros: “convidarme fuego”.
No quise desairarle el gesto y arrimé mi cara hacia la suya con mi cigarrillo entre los labios, para dar la chupada que lo encendiera. Fue ahí cuando percibí el olor. No el relacionado al pescador, que era una mezcla conocida por mi. No, este olor era diferente. Muy diferente.
Como cuando en una travesura de chicos, habíamos entrado con mi hermano y mis primos al cementerio del pueblo, donde vivía nuestra abuela, y yo (no puedo explicar el por qué) me acerqué solo, hasta una cripta familiar, la cual tenía una reja negra como única puerta, pero que en esos momentos estaba abierta. Me agarré de los barrotes y miré. Me llamaron la atención los tres ataúdes en el suelo, pero no podía dejar de mirar al que estaba entreabierto, el que destacaba por ser muy viejo y mi curiosidad me empujó a entrar. Caminé despacio, con la sensación de estar haciendo algo malo, pero sabía que no me iría hasta ver lo que había dentro del cajón. Estiré los brazos y apoyé las manos en la tapa y con poco esfuerzo la corrí y en ese mismo instante, como si alguien me tapara la boca y la nariz con una almohada, me asfixió el olor a carne podrida. Aspiré esa fetidez y me sentí desmayar. Salí corriendo haciendo arcadas pero nada salió de mi estómago. Ese apestoso olor había pasado por mis pulmones y ya corría en mi sangre por todo el cuerpo. Ese olor fue producto de innumerables pesadillas en mi niñez y aun en mi adolescencia y quedó tan marcado en mi mente que el solo recordarlo hacía que las nauseas me provocaran arcadas.
Esa noche volví a sentirlo. Cuando el encendedor le alumbró el rostro, mientras chupaba mi cigarrillo, pude ver lo que ocultaba ese sombrero. Podredumbre humana.
No es fácil describir lo horroroso. Uno lo siente. Y en ese momento volvieron a mí todas mis pesadillas que ya creía superadas. Tropecé hacia atrás por la repugnancia. Cayendo cerca del fuego que apenas pude esquivar. Golpeándome contra el filo de las piedras, la espalda y los codos. Me incorporé trastabillando, haciendo palancas con los brazos y las manos para no caerme de nuevo y desesperándome aun más cuando se puso en pie y caminó hacia mí, con una sonrisa en el rostro.
Corrí. Tropecé. Me levantaba y seguía corriendo. A cada caída, un golpe o rasguño mas que se agregaban a los que ya tenía. Y siempre con ese terror de tenerlo a mis espaldas. El puente esa vez me pareció mas lejos que nunca, pero en ningún momento le saqué la vista. Sabía que esa luz era mi salvación. Con esa vislumbre de las luces reflejadas en el agua pude hallar el sendero. Y no me importaron las espinas ni las piedras. Mi campera se enganchó en un churqui bajo y sin siquiera mirar me la saqué y allí quedó colgada. Sentía la sangre caliente en la espalda y en la cara, pero el miedo me había anestesiado. Y cuando solamente me quedaban unos metros por subir, veo a un hombre que bajaba hacia el agua y quise prevenirlo. Me agarré a él y con el poco aire que me quedaba le dije:
__ ¡No…no baje…no vaya…vamos arriba…arriba!
__ ¡Qué te pasa muchacho! Parece que hubieras visto al diablo…tranquilizate.- y me sujetaba de los brazos para calmarme.
__ Respirá hondo y hablá despacio.- me aconsejó.
Yo me esforcé. Pero respirar no podía. Traté de que el aire entrara a mis pulmones, para poder hablar, pero incluso hasta en ese momento me pareció percibir la misma pestilencia y por instinto me di vuelta. Pero no había nadie. Un poco más calmado le dije:
__ Había un hombre…, en la orilla… con un sombrero…el sombrero le tapaba la cara…una cara podrida…, hedionda…una cara como de muerto ¡Horrible!- alcancé a decirle.
__ ¿Una cara?—me preguntó. Y con una voz que se me hizo familiar continuó:
__ Una cara así…así ¿¡Cómo esta!?
Mientras, yo levantaba mis ojos hacia él y me perdía en su rostro sonriente y desfigurado, en la venganza del muerto, de quién había aspirado, cuando era niño, la hediondez de su alma.
Y ahora me la estaba reclamando.

//alex


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