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Último cuento publicado

Las rosas y el origen de sus espinas

Magdalena García Silva


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Te voy a contar lo que sé sobre la leyenda de cómo las rosas adquirieron sus preciadas espinas. El césped opina que todo sucedió en minutos mientras que el roble exclama que fueron años de agonía. El viento susurró en mis oídos que los relojes se detuvieron por un tiempo y que el sol con la luna se tomaron un descanso. Yo sólo te puedo contar lo que el sabio búho me dijo que escuchó del espeso bosque, el cual fue informado por un alce que se había perdido entre sus ramas; y así, sucesivamente, pasó de boca a hocico, de hoja a pétalo, de la brisa a la tierra, del colibrí al águila, del tigre al ratón hasta llegar a mis expectantes oídos.
He aquí cómo sucedió.
El búho me cuenta que las rosas no fueron creadas con espinas. Que cuando el consejo de sabios se reunió para decidir cómo serían estas flores la opinión unánime fue que deberían ser las más bellas de la tierra … Tal y como son las rosas.
“Y ahora, estimados, ¿cómo lo lograremos?”, exclamó preocupado uno de los miembros del consejo, “¿Cómo crearemos a estas flores para lograr que sean perfectas?”.
“¡Ya sé!”, gritó entusiasmado el sabio pintor, “que tengan magníficos pétalos como jamás hayan existido: con colores brillantes, tonalidades que provoquen escalofríos en quien las admire y una textura de terciopelo que pida ser acariciada”.
“¡Qué buena idea!”, comentaron los viejos sabios agarrándose entusiasmados los pocos cabellos blancos que les quedaban; no podían contener la euforia que les provocaba el ser dioses creadores de perfección.
“¡Yo quiero colores blancos que representen su pureza!”, gritó saltando sobre su asiento uno de ellos.
“Necesitan tener todas las tonalidades de rojo posibles”, declaró apasionado el más romántico de los viejos sabios.
“¿Todas las tonalidades? ¿Seguro?”, preguntó incrédulo y escéptico uno de ellos debido al derroche de rojos.
“¡Por supuesto!”, gritó eufórico el de la idea subiéndose a la mesa de un brinco y sin importarle las copas de vino que se derramaron en la mesa; y agregó: “¡El mundo necesita de todos los rojos habidos y por haber para que los enamorados puedan expresar su pasión como se debe!”.
“Tonalidades anaranjadas que reflejen el despertar del sol”, dijo otro sabio mientras limpiaba resignado su sotana blanca manchada con el vino que se derramó.
“¿Tonalidades pasteles?”, susurró el sabio más tímido del consejo desde un rincón de la mesa.
“¡Sí, sí, sí!”, exclamó estruendosamente a su lado uno de los miembros más robustos tomando por las ropas al viejo tímido y levantándolo de la silla y añadiendo a gritos, “¡todos los tonos pasteles posibles: rosados, amarillos, anaranjados, rojizos! ¡Todos, todos, todos para que reflejen la sencillez y la austeridad!”.
“Si así lo desean…”, murmulló sonrojado el sabio tímido sin atreverse a decir que sus pies ya no tocaban el piso y que sufría de vértigo.
Sus pétalos aterciopelados fueron decididos. Nunca estuvieron en desacuerdo los viejos miembros del consejo y así fueron creados con diversidad de colores y tonalidades varias. Además decidieron que debían tener un aroma que las diferenciaría de todas las demás flores haciéndolas aún más especiales; su dulce perfume tendría la capacidad de envolver a las rosas en un manto de belleza que fuera más allá de la vista. Todos en el mundo estarían satisfechos.
Con el tallo la decisión fue parecida: tenía que ser perfecto. Esto implicaba que fuera alto, esbelto y completamente liso; sin surcos ni imperfecciones.
“Así, todos podremos subir sin problemas y admirar los bellos pétalos que les hemos creado”, explicaban los sabios orgullosos de sus decisiones anteriores.
“¡Claro! Para así poder posarse y sentir la suavidad de estos pétalos y sus colores que acariciarán nuestros rostros”, añadieron en acuerdo los otros eruditos del consejo.
“Lo más importante”, exclamó con autoridad el presidente del consejo, “es que por ningún motivo una rosa resulte amenazante para el admirador. Su belleza es para ser disfrutada; todo el que quiera subir por el tallo para estar más cerca de lo que es la perfección tiene todo el derecho de hacerlo y nada se lo debe impedir”.
La decisión fue tomada entonces: las rosas tendrían pétalos aterciopelados de brillantes colores y diversas tonalidades, con tallos lisos y suaves.
Y así nació la flor más hermosa de todo el universo, conocida por todos como un ejemplar de la perfección en la Tierra. Estos mismos sabios decidieron que su alucinante creación debería ser mostrada a todo el que quisiera verlas y tendrían millones de admiradores. Así fue como crecieron en grandes prados para lucir su deslumbrante belleza.
Todos los seres vivientes de esos tiempos remotos viajaban horas, días y meses para poder conocer la obra de arte de los antiguos sabios de las leyendas. Recorrían desiertos, se enfrentaban a tormentas, pasaban sed y hambre, y algunos llegaban casi agonizantes para posar su mirada y sus mejillas sobre los pétalos aterciopelados. Escalaban sin ninguna complicación sus tallos color musgo hasta llegar a su cabeza colorida para recostar todo su peso agotado en las perfectas rosas.
Así fue por muchos centenares de años. Todos disfrutaban y admiraban sin límites a las bellas rosas. Los sabios sonreían desde las alturas orgullosos de lo que habían creado, decidiendo incluso irse a dormir una merecida y prolongada siesta. Todos vivieron sonrientes por años… Todos menos las rosas.
Durante siglos, aquellos que querían admirar los pétalos perfectos de estas flores sólo necesitaban escalar un tallo liso y suave para llegar a su delicioso aroma. Se posaban sobre las rosas hundiéndolas y doblándolas sin preocupación ni cuidado. El desgaste de sus pétalos nadie lo notaba, pues al ser aterciopeladas su belleza se mantenía con el tiempo; mas no era así con el dolor que sentían las pobres rosas con tanto maltrato. No decían nada, por supuesto, pues nacieron para ser admiradas: “tanta belleza debe ser compartida”, les dijeron sus creadores, “ustedes no son dueñas de su vida; nosotros las creamos perfectas pero no libres”, les repetían los arrogantes sabios cuando ellas expresaban su dolor al ser pisadas y usadas como cama para descansar, “algo tan bello y libre de imperfecciones como ustedes no tiene derecho a sufrir, sólo a sonreír; si ustedes están tristes, ¿qué le queda a los demás? Si alguien las quiere admirar y ascender por sus tallos hasta sentir la caricia de sus pétalos es decisión de ellos, no de ustedes. Nunca será de ustedes”. Vaya crueldad. “¿Y cómo sabremos quién realmente nos ama si el camino para poder admirar y disfrutar de nuestra belleza no tiene obstáculos?”, les preguntaban angustiadas las rosas. “Creadas para ser bellas. Creadas para ser admiradas. Creadas para ser perfectas. Creadas para los caprichos e infatuaciones, sin importar de quienes provengan. Ustedes en ningún momento fueron creadas para ser amadas de verdad; nunca piensen lo contrario”, les dijeron con autoridad y obstinación por última vez los dioses.
Y por años así fue…Hasta que una mañana todo cambió...
Como te había mencionado, por años las rosas lloraron sin lágrimas pues no tenían derecho a sufrir, hasta que un día un admirador cruzó los límites.
Algunos dicen que el suceso fue en una mañana como cualquier otra; nadie lo pudo prever. Las aves cantaban sus canciones entrelazadas con el jugueteo del viento y los árboles se remecían entusiasmados remembrando sobre su juventud como siempre sucedía cuando la luna se iba descansar. Otros comentan que todo se desenlazó en una tarde muy distinta de las demás; todos sabían que algo extraño iba a pasar pues se sentía en el aire. Las aves de la tarde no cantaban en armonía con la cansada brisa del viento y los árboles viejos olvidaban sus historias frustrados por el paso del tiempo. Sea como sea, esa mañana, tarde o noche fue cuando las rosas dijeron ¡basta!
Para que comprendas lo que sucedió tengo que explicarte algo sobre los admiradores, especialmente sobre uno en particular –el que hizo que todo cambiara¬–, antes de continuar, pues no quiero contarte una historia sesgada.
Así como cuando una rosa nace y le explican su función en la Tierra, algo parecido sucede con los admiradores. Desde que abren los ojos por primera vez les cuentan relatos fantasiosos sobre las rosas. Les hablan sobre sus largos tallos verdes que al tocarlos suavizan la piel del que lo necesite. Les cuentan que al final del débil tallo se encuentran los pétalos más sedosos, exuberantes y de colores inimaginables; les explican que cuando uno se recuesta sobre estas nubes de terciopelo su suave aroma acaricia la piel y otorga el más placentero de los descansos. Les enseñan desde pequeños que las rosas están a su servicio; son bellas porque ellos necesitan de belleza en sus vidas. Tanta perfección requiere de alguien que admire, pues sin admirador, ¿son realmente admirables? Por años creyeron que su propia imperfección era porque los antiguos sabios gastaron todos sus ingredientes majestuosos en las rosas, entonces ellos tenían todo el derecho a reclamar lo que pudo haber sido suyo. Así como las rosas crecieron para ser admiradas, el resto creció con el fin de algún día conocer la perfección que les fue negada.
Algunos las conocían cuando pequeños y las escalaban cientos de veces; otros, recorrían planetas para mirarlas y acariciar sus pétalos sólo una vez en sus vidas. Y así todos los admiradores tenían distintas maneras de admirar a las rosas: con entusiasmo, resquemor, vergüenza, envidia, capricho… Pero hubo uno en particular que admiró de manera distinta y cambió la historia para siempre...
Este admirador creció con la leyenda de las rosas y soñaba todas las noches con algún día poder acariciar sus pétalos, oler su perfume y abrazar su perfecto tallo. Todos los días le rogaba a sus padres poder ir a visitarlas, pero todos los días ellos respondían que debía ir cuando fuera mayor para poder disfrutarlas con mayor sabiduría. Por cosas de la vida todos sus compañeros conocieron a las famosas rosas más de una vez jactándose y siendo burlescos porque él todavía no sabía lo que era la perfección y no entendía lo imperfecto que era él mismo. Fue así como este admirador en particular empezó a ahogarse en un mar de desesperación; necesitaba conocer a las rosas porque ya no recordaba cómo respirar. Todos los días sentía cómo una tormenta violenta peleaba en su interior que sólo se calmaba con su soñar a las rosas. Esto no era del todo extraño para ellos pues todos vivían para las rosas, pero en seguida comprenderás que este era un caso especial.
Así pasaron años en los cuales la rabia y el rencor se incrustaron en su piel con cada burla y comentario. Le hablaban tanto de la perfección de las rosas que ya su admiración desbordó en llamas y un día decidió ir a conocerlas, a pesar de que sus padres le dijeron que no estaba preparado todavía. Caminó, caminó y caminó por días pasando mundos completos hasta llegar al primer prado de rosas jamás antes creado. No podía creer lo que estaba viendo: eran aún más perfectas de lo que él había soñado…
Su corazón daba brincos en su pecho; sus manos temblaban y perspiraban sudor con expectación mientras que sus piernas tiritaban como delgados hilos al acercarse a la primera rosa. Se acercó a su enorme tallo color musgo con la boca abierta y con sus ojos grandes para no perderse ningún detalle de esta obra de arte. Luego de una inhalación profunda para calmar su rebelde corazón, acercó lentamente su mano a la rosa y por primera vez en su vida supo lo que era la dicha. No podía comprender esta dicotomía: ¿cómo algo tan débil y vulnerable podía provocar sentimientos tan poderosos y avasalladores? En ese instante algo sucedió en su agitado corazón: todo ese rencor y desesperación de años resurgió, y posar sus gastadas manos en el tallo no le era suficiente para calmar esa tormenta. Necesitaba escalarla hasta poder sentir con su piel el roce del suave y aterciopelado pétalo de la flor que por tantos años admiró desde lejos en sus sueños.
Subió y subió hasta llegar a los pétalos de color. No lo podía creer cuando sus pies tocaron la acolchada superficie. Gritó fuertemente con euforia a los cielos estirando sus cansados brazos por sobre su cabeza; nunca había sido tan feliz y descubrió además lo imperfecto que era él mismo, pero no le importaba pues las rosas estaban a su servicio por si necesitaba algo perfecto en su vida. Se arrojó de espaldas con fuerza sobre la cama de pétalos que parecían seda y cerró los ojos embriagado con su olor. Durmió como nunca y sin sus pesadillas recurrentes de los últimos años. No quería irse. No entendía por qué la perfección debía ser egoísta, especialmente si la belleza de las rosas siempre ha existido para el deleite de los demás. Si él puede admirarlas y escalar su tallo, ¿por qué no puede poseerlas también? Al fin y al cabo a veces un admirador puede ser también dueño del objeto al cual admira, ¿o no?
Y déjame explicarte que ese fue el pensamiento que detuvo el tiempo.
No sé bien qué sucedió realmente; nadie lo puede asegurar hasta el día de hoy. Sólo se sabe que este admirador se robó un pétalo y eso provocó sorpresa en todos los visitantes. ¿Se podían llevar partes de las rosas? ¿Podían llevarse la perfección a sus imperfectas vidas? Entonces, de ser así, eso es lo que harían también los demás.
Todos los admiradores se abalanzaron contra las rosas buscando los pétalos más bellos para arrancarlos con fuerza. Las escalaban con desesperación, con sed y hasta con malicia. ¡Las rosas fueron creadas para servirles y ellos creían ser sus dueños! Si las rosas no eran libres alguien tendría que ser el carcelero. Y qué mejor amo que alguien que te ha admirado sin límites por años…
Ese día las rosas conocieron el caos, el miedo, la indignación, la rabia. Luego de años y años de maltratos, de culpa y de sufrimiento en silencio, decidieron alzar la voz y rebelarse. Se remecieron con desesperación y gritos estruendosos botando furiosamente a los visitantes dejándolos sorprendidos y asustados; no sabían que las rosas tenían voz, ¡y qué voz más bella! Los admiradores, luego de sobrepasar su estupefacción se enfurecieron y les gritaban que dejaran de moverse y les exigían poder mirarlas y acercarse a sus hermosos pétalos para llevárselos a sus casas; pero las rosas decidieron que si alguien las quería admirar tenían que esforzarse; ya no sería tan fácil.
Remecerse furiosamente para botar a los atacantes desesperados ya no era suficiente: no había que dejarlos subir. En ese mismo instante el mundo enlenteció para las rosas y podían ver todo con claridad; se miraron entre ellas y tuvieron la misma idea: tenían que lograr, de alguna manera radical, atemorizar a quien se acercara a ellas sin el menor cuidado. Con mucha fuerza todas juntas apretaron sus hermosos tallos pero no era suficiente: necesitaban aún más fuerza. No sabían qué hacer pues los admiradores enrojecidos de furia trepaban con más fervor y se agarraban aún con más fuerza a los pétalos rasgándolos. Y en ese preciso momento encontraron su respuesta. Una a una empezaron a recordar los maltratos infringidos, el discurso cruel de los viejos sabios, su falta de libertad y la injusticia; al unísono las rosas gritaron haciendo temblar la tierra y desde lo más profundo de sus tallos crecieron improvisadas espinas en sus cuerpos impidiendo así que el caos continuara. A lo largo de todo el prado florido el espectáculo era ahora otro y muy diferente. Y así fue como todas las rosas de todos los prados del mundo dejaron de ser tan frágiles e indefensas y adquirieron entonces espinas.
Los sabios despertaron sorprendidos para luego enfurecerse con sus creaciones; ¡cómo osaban desobedecerles y transformar su obra de arte en una imperfección con espinas! Pero las rosas no cambiaron de opinión: “el que quiera admirar nuestros pétalos deberá hacerlo con el mayor cuidado, humildad y respeto para merecer sólo acariciar uno de nuestros pétalos”, manifestaron con orgullo y solemnidad.
“¡Eso jamás será posible!”, gritó uno de los ancianos enrojecido de furia, “¡Para eso alguien debe amarlas, pero nadie lo hará si ustedes están llenas de esas horrendas y amenazantes espinas!”.
“Sólo los dignos nos escalarán; los que valgan la pena”, respondían seguras de sí las bellas rosas. “Alguien con respeto apreciará nuestras imperfecciones y llegará a nuestros pétalos, nuestra mayor perfección”.
Lamentablemente pasaron muchos años en los que el sol nunca despertó y la luna no volvió a aparecer para iluminar la noche. Los admiradores por un tiempo continuaban visitando las rosas en los grandes y verdes prados, pero ninguno quería escalar estos nuevos tallos con espinas. Menos y menos visitantes se acercaban a las rosas, hasta que las historias que les contaban a los niños cambiaron y ya nadie las quería admirar: era demasiado esfuerzo.
Pero un día, el reloj comenzó a marcar los minutos nuevamente. Nadie sabe bien cuándo ni dónde sucedió: un día o una noche un valiente decidió escalar una de ellas y llegar hasta sus pétalos. Yo te puedo contar lo que sé hasta ahora gracias a lo que escuchó el sabio búho del bosque.
Un día de verano o invierno, pero tal vez una noche de otoño o una mañana de primavera, un joven decidió ir a visitar por su cuenta los desiertos prados donde vivían estas extrañas flores. Al llegar no podía creer lo que estaba mirando pues él sólo sabía de ellas por las historias que leyó y que había escuchado en su niñez. Con una sonrisa en su rostro se quedó mucho tiempo observándolas nada más. Caminó lentamente por el prado en compañía del viento que jugueteaba con sus cabellos, mientras que las yemas de sus dedos tocaban con ligereza los tallos. Sin aviso, y porque nuestro protagonista se distrajo con tanta belleza, una espina rasgó uno de sus dedos. Sorprendido observó una gota de sangre que brotaba… y sonrió. “Qué formidables son las rosas… Su belleza es deslumbrante, ¡con todo y sus espinas!”
Con esta admiración tan distinta y original decidió pasar días recorriendo los prados, reconociendo cada rosa por lo que lo hacía sentir, yendo más allá de una simple apariencia. Y así, al pasar de los días, fue comprendiendo el porqué de las espinas. Los relatos que le enseñaron en el colegio sobre las míticas rosas estaban disfrazados de odio y de disgusto; pero ahora recorriendo su prado el viento se aventuró a susurrarle al oído sobre el sufrimiento de las flores más bellas del universo. En ese momento sintió una enorme compasión y ternura al comprender la historia del origen de sus espinas; y quiso entonces conocer a cada una de ellas. Al final de los días no sólo respetaba a cada flor por su diferencia sino que las fue amando a cada una por igual.
Fue entonces cuando tomó una decisión: ¡aventurarse y escalar una sin temerle a sus espinas!
Se acercó precisamente a la flor con la que se rasgó, dirigió su mirada hacia los pétalos que se movían con la brisa, y con una sonrisa inamovible en su rostro comenzó a escalarla. Con cada rasguño su sonrisa crecía iluminando sus ojos, y su admiración por estas flores tan fuertes ya no tenía límite. Le llevó mucho tiempo escalarla, y cuando llegó todo rasgado a la cama de pétalos no la tocó ni se acostó sobre ella a pesar de estar agotado, sino que nuevamente se quedó mirándola y grabando en su mente cada hermoso rincón, cada aroma y cada color de esta rosa. … Dio un hondo respiro. Sonriendo suavemente, con cariño le preguntó: “¿Me permites recostarme unos momentos? Estoy agotado…” Una brisa con su dulce aroma desordenó su rebelde cabello y le dio la respuesta: tenía permiso para posarse sobre los pétalos de la rosa y tomar un descanso breve; admirar el delicado tono de su color, percibir su alucinante aroma y con gentileza despedirse luego.... En ese momento, y sin saberlo, este valiente joven –ahora un héroe– cambió la historia de ese mundo que había estado ahogado bajo un manto de oscuridad por mucho tiempo.
¿Quién fue el intrépido que se atrevió? Fue un enigma por muchos años; todos querían conocerlo para hacerle preguntas y preguntas. Hasta que un día salió a la luz y se supo entonces quién había sido.
Era un joven que muchos consideraban raro y muy distinto al resto. Sus conocidos cuentan que desde pequeño soñaba con lo imposible dibujando su imaginación y su mente con colores que le eran prohibidos. En otras palabras, su mente llena de fantasías lo llevaba a imaginar cosas que nadie alcazaba a imaginar pero de las que él estaba muy claro, y por eso lo veían como a un extraño. Compañeros de su colegio se ríen recordando las reflexiones que decía en clases y los diversos castigos que le aplicaban por sus ideas rebeldes. Pero estos reproches no moldearon su mente como querían los adultos sino que lo impulsaron a crear sus propias reglas a pesar de las burlas de sus compañeros; ¡Y y ni qué decir de los retos y los gritos de sus padres!
“Un joven realmente peculiar”, susurraban los árboles que lo veían caminar con su cabeza pegada en las nubes.
“Un chico extraño desde la primera vez que lo vi”, decía la brisa de invierno que revoloteó en su cabello cuando el joven expresaba sus ideas a caras incrédulas y burlonas en la multitud.
“Yo siempre le dije que dejara de soñar”, comentaba avergonzado su padre, “pero ahora agradezco todos los días que no hizo caso de mis duras palabras”.
“Era un niño muy solo”, expresaba apenada su madre, y agregando: “yo sólo quería que tuviera amigos, pero él no quería dejar de soñar y de ser siempre él mismo a pesar de las consecuencias”.
Y así creció siendo diferente a los demás. Y sólo por ser imaginativo, cosa que es una virtud. Maduró en soledad pero siempre creyendo que tenía un rol en esta tierra que lo rechazó desde el momento en el que su imaginación decidió tomar una nueva ruta a la ya establecida. Donde todos veían un monstruo, él reconocía la amabilidad; cuando todos gritaban furiosos con sus ceños fruncidos, él sonreía de oreja a oreja temblando por el poder de sus carcajadas; donde todos veían desperdicios, él encontraba nuevas oportunidades; cuando todos se amargaban y movían sus cabezas frustrados por la falta de soluciones, él se emocionaba por el poder de lo desconocido. Nunca pensó como los demás, nunca soñó como los demás y nunca amó como los demás.
Siempre con una sonrisa lista en sus labios decidió rebelarse contra este mundo una vez más: tomó la decisión de ver la belleza en la imperfección.
Ninguna persona que lo conocía pensó que su peculiar manera de ver el mundo era en realidad valentía de pensamiento, y con una sola decisión todo cambió. Él fue osado, intrépido y valiente y logró su objetivo. Y así como antes nadie lo quería escuchar, ahora todos estaban atentos a sus palabras.
“¿Por qué lo hiciste?”, le cuestionaban los incrédulos.
“¿Cómo lo lograste?”, le preguntaban todos sorprendidos.
Y el intrépido valiente respondió con seguridad y sencillez: “No puedo amar a una rosa y odiar sus espinas”.
En ese instante no sólo despertó el sol de su profundo sueño siendo saludado por la luna con entusiasmo desde la lejanía, sino que hasta los viejos sabios rejuvenecieron sus antiguos pensamientos. En un acto de humildad se quitaron sus sombreros ante las rosas e inclinaron sus cabezas reconociendo que tal vez no eran tan sabios como pensaban. Subieron a los cielos a escribir nuevas páginas en sus libros sagrados y a agregar pergaminos en blanco para los nuevos aprendizajes que sin duda llegarán a sus oídos.
Y así, las aves volvieron a cantar entonadas con el viento que jugueteaba con las hojas de los viejos árboles, y ellos por su parte empezaron a contar la increíble historia sobre cómo las rosas adquirieron sus espinas y de cómo aprendieron que sí podían ser amadas.


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