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Último cuento publicado

El compositor

Melbin Cervantes


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El sentimiento de los mortuorios cantos destrozó mi alma.El réquiem que esperaba se entonara para mi muerte, para presumir a los vivos un funeral tan solemne.Tuvo que estrenarse lamentablemente para ella:La mujer de los rizos argentados por los plateros llamados años. Aquella reina celeste, a la que los cielos permitieron le llamara en vida: Madre, y en espíritu: Reina. Una reina que los arcángeles guiaron hacia su morada de paz.

Todo el suceso achaco mi alma, no se podía ni llamar polvo a esos residuos en los que se había convertido mi corazón. La música había cesado de escucharse en mi cabeza, el latir que antes era como un timbal tocado por un frenético deseo, se había detenido y supe que era un silencio que duraría hasta mis ultimas horas.

Es por eso que… ¡Ay! Aquella reminiscencia que penetra mis huesos causándole dolores severos, (tiemblo al mirar la realidad de mi ser, solo en sueños soy capaz de verle a los ojos directamente)….Es por eso que temblé en la noche maldita en el mes conturbador de noviembre justo en el aniversario primero de su partida, mientras entre mis sueños inquietos pude escuchar de nuevo aquellas melodías fantásticas, volcánicas, estruendosas como lo fue mi alma en sus días de gloria. Pero entre la dicha, logre despertar, permanecí quieto ante la oscuridad de mi alcoba, y murmurando convencía a mi ser que no se alegrara pues tales sonidos disfrazados como notas provenientes del Creador, no eran más que susurros causados por algún demonio. Sí de algún espíritu malvado que sólo deseaba darme a probar las mieles y el vino y cuando tan enamorado de aquel manjar me vuelva, me las quite de mi mesa para no satisfacer mi hambre nunca jamás.

Esa crueldad no es del Dios que me había entregado el maravilloso talento de la creación de vida y esplendor reflejada en la música. Mas entre tanto yo cavilaba en esto, de la honda negrura una voz majestuosa, aun más maravillosa que la de la mejor soprano de alguna de mis óperas me lanzo como saetas envenenadas en su punta estas palabras: “¿Acaso ese dios que veneras y fue tan benigno en regalarte una presea tan codiciada, es también tu enemigo? Por qué te arrebato lo que con esfuerzos mejoraste.” Le conteste (maldito error). En respuesta ante tal ofensa percibida, le grite: “¡Demonio o invento de mi dolor, callad!... Que Él, hace lo que desee, quién soy yo para reclamar al que la vida me dio, y si en mi odio por ella misma he sentido la necesidad de la muerte, piedad le imploro al rey de fulgurante majestuosidad.”

-Tus palabras carecen de sentido- contesto suavizando aun más su voz-, el vigor de tú corazón cabecea, se esta durmiendo. Pero yo, que en verdad ofrezco la piedad, te ofrezco un justo trato. No deseo tu alma, absolutamente nada de ti deseo, anhelo algo diferente, tan sólo es un juego para mí. Te ofrezco a tú madre de regreso a la vida o devolverte tus dones de creación. Qué escoges –pregunto presuntuoso-.

-Y en cambio, yo que te daré. (Debí permanecer callado para siempre jamás).

-Nada, no quiero nada. Te he dicho que la verdadera piedad solo proviene de mí. Sólo quiero presenciar el espectáculo. Recuerda sólo una opción podrás escoger. Te dejo, para que lo medites, volveré el siguiente lúgubre noviembre.
Y así de manera simple se marcho; aquella vez no pude decidir entre las suaves caricias de mi madre o los amados tesoros de la fama inmortal.

Esta noche se cumple el plazo y mi decisión ha sido tomada.


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