La muñeca poseída

Autor: Mauricio

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Cuento publicado el 07 de Marzo de 2017


Cuenta Carolina, que cuando ella era una niña, entres sus juguetes más preciados estaba una linda muñeca de esbelta figura y alargadas piernas que su mamá le había regalado para su cumpleaños, era una de esas muñecas chelas y charraludas llamadas Barbies. Siempre la andaba de arriba para abajo y hasta dormía con ella, cuando por las mañanas se iba a la escuela la dejaba en la cama, cuando regresaba la encontraba en la sala como esperándola. Se le perdió muchas veces pero siempre regresaba ya sea que alguien se la iba dejar o misteriosamente aparecía por sí sola, pero siempre toda sucia. Carolina, a como toda niña, le hablaba a su muñeca como si se tratara de una amiguita, le decía: “Ajá vaga, donde andabas,” la bañaba, le ponía vestidos limpios y la guardaba en el ropero, allí quedó por mucho tiempo, es que, la que antes era una niña ahora era una adolescente con la edad suficiente para ir a la universidad, se fue a estudiar a León Santiago de los Caballeros, la ciudad universitaria. Su cuarto lo ocupó una joven empleada que tuvo que irse porque, según relata, ya no aguantaba más las asustadas que recibía todas las noches, pues, si no era que le jalaban la cobija, era que le movían la cama. Un día una tía de Carolina vino desde Costa Rica y se quedó a dormir en ese cuarto, a la mañana siguiente la tía con apariencia de no haber dormido bien, contaba que durante toda la noche estuvo escuchando leves golpecitos provenientes de debajo de la cama, por rato había absoluto silencio y es cuando se dormía pero luego los golpes regresaban con más fuerza y la volvían a despertar.
Cuenta Carolina, que cuando ella era una niña, entres sus juguetes más preciados estaba una linda muñeca de esbelta figura y alargadas piernas que su mamá le había regalado para su cumpleaños, era una de esas muñecas chelas y charraludas llamadas Barbies. Siempre la andaba de arriba para abajo y hasta dormía con ella, cuando por las mañanas se iba a la escuela la dejaba en la cama, cuando regresaba la encontraba en la sala como esperándola. Se le perdió muchas veces pero siempre regresaba ya sea que alguien se la iba dejar o misteriosamente aparecía por sí sola, pero siempre toda sucia. Carolina, a como toda niña, le hablaba a su muñeca como si se tratara de una amiguita, le decía: “Ajá vaga, donde andabas,” la bañaba, le ponía vestidos limpios y la guardaba en el ropero, allí quedó por mucho tiempo, es que, la que antes era una niña ahora era una adolescente con la edad suficiente para ir a la universidad, se fue a estudiar a León Santiago de los Caballeros, la ciudad universitaria. Su cuarto lo ocupó una joven empleada que tuvo que irse porque, según relata, ya no aguantaba más las asustadas que recibía todas las noches, pues, si no era que le jalaban la cobija, era que le movían la cama. Un día una tía de Carolina vino desde Costa Rica y se quedó a dormir en ese cuarto, a la mañana siguiente la tía con apariencia de no haber dormido bien, contaba que durante toda la noche estuvo escuchando leves golpecitos provenientes de debajo de la cama, por rato había absoluto silencio y es cuando se dormía pero luego los golpes regresaban con más fuerza y la volvían a despertar.
Una noche más se iba a quedar, esta vez, creyendo se trataba de un ratón el causante de los golpeteos, colocaron una ratonera bajo la cama. En la madrugada se escuchó un grito aterrador, todos se levantaron y vieron que la tía salía despavorida de habitación, ¿Qué pasó? Le preguntaron mientras ella nerviosa se sentaba en el sillón de la sala. “Una mujer largucheta estaba parada al pie de la cama”, decía la tía angustiada, “¡Una mujer!” Replicó Doña Miriam, la abuela de Carolina, “¡Siiiii! ¡una mujer charraluda toda largucha estaba mirándome parada ahí al pie de la cama! Doña Miriam creyendo saber de lo que se trataba, fue al cuarto, abrió el armario y sacó la muñeca, “esto ya es demasiado”, dijo y poniéndola en el patio le pegó fuego, luego, todos en el cuarto, hicieron un circulo de oración recitando algunos salmos y repitiendo varia veces el padre nuestro. La tía regresó a Costa Rica a relatar su encuentro cercano con un espanto. Carolina llegaba a la casa los fines de semana y en vacaciones quedándose a dormir en su cuarto, pero a ella nunca nada ni nadie la asustó, mucho menos ahora que ya habían acabado con la maldición de lo que fue “el cuarto del terror”.




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