Bobo. Cuentos cortos de terror


Bobo

Autor: Adolfo Mirande

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Cuento publicado el 08 de Agosto de 2019


Mis actos de violencia están en relación directamente proporcional a los períodos de mi dipsomanía de excesivo consumo y a la mayor o menor virulencia de mi paranoia.
La mujer con la que caminábamos juntos no lo sabía y también desconocía mi terrible fobia por los gatos negros, que transformaba desagradablemente mi personalidad llegado el caso.

De todas maneras en este momento estaba pasando por una época de abstinencia prolongada en mi relación con el alcohol y mi agresividad no era, por ahora, de la máxima violencia.
Pero cuando llegamos a su casa, supe, que lamentablemente la dama tenía una mascota que se llamaba Bobo y era un gato negro que constantemente estaba en su falda, según me entere al rato, y que me miraba con repulsíon, cuando ella lo acariciaba con ternura y le hablaba.
Desde el primer momento odié profundamente al animal, amigo de brujas y de genios del mal, que seguramente traía la maldición de los aquelarres y que actuaría con las mas siniestras actitudes felinas.
No obstante me quedé con mi flamante novia, que en pocas horas ya era una compinche muy agradable.
El espantoso gato, llegada la hora del idilio y del amor, con mi buena enamorada, se puso a contemplarme insistentemente y con insolencia desde los pies de la cama con su horrible mirada fija.

Soy un dipsómano con experiencia, que sabe que tarde o temprano llega el período compulsivo de excesivo consumo; y eso era `precisamente lo que estaba comenzando a suceder en esos momentos con el consiguiente incremento de la morbosidad de mis fantasias y con el suave despertar de mi vieja amiga paranoia.
El bueno del cadetero hizo lo suyo alcanzándome una botella del bar de la esquina, y la obsequiosa dueña hizo lo propio, trayendo dos copas.

Por mi parte supongo que cumplí con lo que me tocaba en la función, porque al rato estaba borracho como una cuba, totalmente obnubilado por efecto del vodka.
De mi mente enferma surgían, vaya saber de que oscuros pliegues de la exacerbación de mi pensamiento tortuoso...horribles maullidos y aullidos de gatos...que a cada momento se tornaban mas mortificantes y mas reales.
Entretanto que el maléfico Bobo, ponia mis nervios muy tensos con su actitud de esfinge y con sus insoportables ojos que no se apartaban de mí.
Esos nervios se estiraban como tientos de goma cuando su silueta escurridiza se deslizaba lustrosa y silenciosa por la pieza, mientras yo imaginaba el siniestro reflejo de sus ojos amarillos.
Mi paranoia comenzaba a presionar y yo estaba convencido de que el gato aumentaba el tono desafiante de su mirada.
Entonces con una voz impersonal y cavernosa mandé a la mujer a buscar agua a la cocina, que ya había tomado conciencia plena de que estaba tratando con un conocido de ocasión.
Cuando regresó, supo enseguida que mis manos habían degollado a su gato negro.
La mas violenta elurofobia(fobia a los gatos negros), junto con mi dipsomanía, habían desatado mi furia asesina para separar, con placer, los ojos y las orejas del animal, del tronco de su cuerpo.
La mujer estaba erguida, paralizada de terror y me contemplaba con sus ojos desmesuradamente abiertos...mientras que con abundancia corria por sus piernas vacilantes el tibio liquido derramado de su vejiga en plena liberación.

Y yo tambaleándome como una marioneta con las cuerdas rotas, totalmente embriagado, desnudo, descalzo sobre el vómito del piso, con la mirada de un loco, e imaginándome en mi delirio...enhiesto como un gladiador triunfante...
...Con una mano sosteniendo la cabeza del gato como un trofeo, mientras con la otra agarrando su cuerpo por el cuero del espinazo.
Ella observaba desecha y estupefacta, como la sangre bañaba con tibieza la piel de mis dedos...
...mientars una carcajada sonaba salvajemente...
Jamás me había sentido mejor.
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