ÔĽŅ El hombre, la montaŮa y el tesoro. Otros cuentos
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El hombre, la monta√Īa y el tesoro

Autor: Iraultza Askerria

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Cuento publicado el 04 de Febrero de 2011


Voy a relatar un breve cuento sobre un hombre honrado, una monta√Īa infranqueable y el m√°s sublime de los tesoros. Sit√ļense mil a√Īos atr√°s sin importar en que √©poca se ubica el presente, e imaginen c√≥mo fue el lugar en el que se encuentran ahora. El mismo lugar, pero hace diez siglos. Ah√≠, justo ah√≠, exist√≠a una monta√Īa donde comienza nuestra historia:

El hombre caminaba ladera arriba con un mapa bajo el brazo y una enorme pala a la espalda, bajo un sol sepulcral y un clima √°rido, cuyo viento le estriaba superficialmente la cara. A√ļn era la primera hora de la ma√Īana y ya el sol se mostraba lleno de poder y rabia, irradiando un calor demoledor que hubiese derretido el mismo desierto. Por ello, y no queriendo morir abrasado, ten√≠a que alcanzar la cima antes del mediod√≠a, encontrar el emplazamiento exacto del tesoro y descender sin demora la falda de la monta√Īa. Si lograba su cometido, se convertir√≠a en uno de los hombres m√°s poderosos de la √ćnsula, y Sancho, el rey, le nombrar√≠a conde, o incluso marqu√©s. Pero primero ten√≠a que encontrar el viejo tesoro.
Hizo un alto en el camino. El sudor le empapaba el rostro y le recorr√≠a todo el cuerpo. Se desvisti√≥ la camisa y se refresc√≥ racionalmente con el agua tibia de la cantimplora. No deb√≠a agotar sus provisiones de agua. Los manantiales y r√≠os que nac√≠an en aquellas abrasadoras monta√Īas manaban agua hirviendo.
Continu√≥ avanzado por la monta√Īa, sumido en el m√°s completo bochorno, y una hora despu√©s lleg√≥ a la desolada cima. Una sonrisa se esboz√≥, codiciosa, en su rostro. Calcul√≥ la posici√≥n exacta del tesoro seg√ļn el mapa y clav√≥ la pala en la tierra. Comenz√≥ a excavar en las entra√Īas de aquel enorme monstruo terr√°queo. Pero, pese a su entusiasmo, pasaron los minutos y el tesoro no aparec√≠a. Sigui√≥ cavando hondo y profundo mientras el peligroso sol se acercaba a su punto culminante. Como sujeci√≥n, at√≥ el extremo de una cuerda a una roca cercana y el otro a su cintura, y prosigui√≥ cavando un metro tras otro, hasta que despu√©s de haber abierto un t√ļnel de seis metros de profundidad, la pala choc√≥ contra un sonido de metal.

Lo había encontrado.
Era una caja de acero. No le costó mucho abrirla porque las bisagras estaban oxidadas. Lo que vio le iluminó el rostro. Oro y más oro. Cientos de kilos de oro. Lanzó un grito de triunfo. Era rico. Lo había conseguido.
Con el tesoro bajo el brazo, trepó por la cuerda. Pero cuando pasó la mano por encima del agujero, profirió un alarido de dolor. El fuego del sol le había calcinado los dedos. Se desplomó en el fondo del agujero con la mano abrasada. Mientras tanto, el tesoro, y lo que contenía, se derrumbó sobre él.
Lo que luego le sucedió al hombre honrado ya lo sabéis.




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