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Los anteojos del abuelo

Autor: Omar Alvarado Díaz

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Cuento publicado el 03 de Julio de 2017




En la iglesia de Almad√©n de la Plata peque√Īo poblado de la Sierra Morena en la provincia de Sevilla, estaban reunidos los menos de doscientos habitantes de la localidad, el √°nimo era de desconsuelo ya que se hab√≠a anunciado el pr√≥ximo e inminente cierre de la mina en la que trabajaban y, de la que depend√≠a la econom√≠a de la regi√≥n.

Una joven pareja tomada de la mano, ve√≠a desvanecerse ese futuro que no hac√≠a mucho so√Īaron al unirse en matrimonio: una bonita casa, trabajo y muchos hijos, hijos que hasta ahora la vida les hab√≠a negado. ¬ŅQu√© har√≠an ahora? ¬ŅDe qu√© vivir√≠an? ¬ŅC√≥mo cobijar√≠an su amor? ¬ŅD√≥nde nacer√≠an esos hijos que no perd√≠an la esperanza de alg√ļn d√≠a tener?

Los hombres despotricaban, las mujeres rezaban y el cura de la iglesia, mientras apuraba a sorbos una taza de chocolate, repet√≠a incesante: -Hijos m√≠os, tranquilos, Dios proveer√°-, las palabras del cura abr√≠an un espacio de esperanza para la joven pareja, pero al mismo tiempo despertaban un sinn√ļmero de preguntas: ¬ŅC√≥mo ser√≠a esa proveedur√≠a? ¬ŅCu√°ndo comenzar√≠a? ¬ŅAlcanzar√≠a para todos?

En el invierno de 1860 la mina cerr√≥ definitivamente, las provisiones se agotaban con rapidez, la joven pareja pasaba penurias y, fue entonces cuando un viajero que pasaba por el pueblo y al que le dieron refugio durante una nevada, les cont√≥ de una tierra allende el mar, donde el oro y la plata flu√≠an de las monta√Īas como cascada.

Alrededor del fuego compartían un trozo de pan, el viajero con gran entusiasmo relataba historia tras historia, todas ellas de abundancia y bienestar, la joven pareja preguntaba y preguntaba, querían saber todo de esa tierra lejana y mágica.

El entusiasmo del viajero sumado a la necesidad de la pareja llev√≥ la conversaci√≥n a un mismo punto ¬ŅPor qu√© no vamos all√°?: ¬ŅQuieren acompa√Īarme pregunt√≥ el viajero? ¬ŅPodemos acompa√Īarlo pregunt√≥ la joven pareja?

-Si vamos a viajar juntos deben de saber que me llamo Cristóbal- soltó de improviso el viajero. La joven pareja se miró y él dijo -Yo soy Ezequiel y mi mujer se llama Leonor- los tres rieron francamente y se estrecharon la mano con sinceridad.

Cristóbal trazaba la ruta: cincuenta leguas por tierra al puerto de Málaga, allí abordarían un barco hacía Veracruz y luego doscientas cincuenta leguas por tierra hasta el nuevo valle del Guadiana. Mientras tanto Leonor preparaba un equipaje ligero y Ezequiel repartía sus escasas pertenencias entre familiares y amigos.

Quince d√≠as de subir cuestas, bajar laderas y bordear ca√Īadas, los pies cansados el coraz√≥n impaciente. Un amanecer desde una cima, Leonor escudri√Īaba el horizonte, con su mano formaba una visera para distinguir mejor pues no cre√≠a lo que ve√≠a, -vengan los llam√≥, all√° adelante el cielo toca la tierra- Crist√≥bal solt√≥ una carcajada y explic√≥ -Eso es el Mar-.

A pesar de la aparente cercan√≠a les tom√≥ todo un d√≠a descender de la monta√Īa y llegar al puerto de M√°laga, era una ciudad bulliciosa d√≥nde conflu√≠an marinos de Asia y √Āfrica, los diferentes tonos de piel contribu√≠an a darle un toque cosmopolita a la ciudad; esa noche descansaron en los portales de la catedral y al siguiente d√≠a fueron a los embarcaderos a indagar sobre el pr√≥ximo barco a Veracruz.

Cristóbal, por su experiencia, era quien preguntaba y recopilaba información, para el medio día sabían ya, que no había barcos a Veracruz, que deberían ir primero a las islas Canarias, de allí a Santo Domingo y luego a Veracruz, travesía que tomaría al menos dos meses, también sabían que el próximo barco zarparía en el mejor de los casos dentro de seis meses.

Los siguientes meses, Leonor ayudaba en la cocina de una hoster√≠a, mientras Crist√≥bal y Ezequiel pasaban el d√≠a en el puerto en espera de un barco que descargar. Como pago por sus servicios a Leonor le permit√≠an que los tres pernoctaran en un peque√Īo tapanco arriba de las caballerizas de la hoster√≠a y, ellos recib√≠an unas cuantas monedas seg√ļn la generosidad del capit√°n, mismas que ahorraban celosamente para en su momento poder cubrir el costo de los pasajes.

Una tarde de intensa lluvia Ezequiel entr√≥ corriendo a la hoster√≠a gritando a voz en cuello -Leonor, Leonor, hay un barco que va a Canarias, nos vamos, finalmente nos vamos- acto seguido la tom√≥ de la mano y en medio del aguacero la condujo al puerto. El agua y la niebla s√≥lo permit√≠an adivinar la silueta del buque, aun as√≠ les pareci√≥ ver en la proa su nombre ¬ďEsperanza¬Ē y, justamente eso era lo √ļnico que ellos ten√≠an.

De regreso a la hoster√≠a, escoltados por la alegr√≠a y el chubasco, hicieron alto en la catedral para agradecer a la virgen de la Encarnaci√≥n, patrona del recinto. Al salir recordaron que justo all√≠ en los portales de esa iglesia hab√≠an pasado la primer noche en el puerto, por lo que decidieron recorrerlos una √ļltima vez, bajo uno de los arcos se abrazaron, los ropajes h√ļmedos pegados al cuerpo marcaban los senos turgentes de Leonor y el entusiasmo del momento se convirti√≥ en deseo.

Hicieron el amor con esa libertad que el min√ļsculo tapanco y la compa√Ī√≠a les hab√≠a coartado, pero tambi√©n con una extra√Īa mezcla de pasi√≥n y melancol√≠a, quer√≠an despedirse de la tierra que amaban, con eso, con amor. El acto se consum√≥, la lluvia ces√≥ y la virgen de la Encarnaci√≥n impregn√≥ de bendiciones el ambiente.

Tres d√≠as despu√©s, la madrugada del d√≠a de nuestra Se√Īora del Refugio en el a√Īo de 1860, Crist√≥bal, Ezequiel y Leonor abordaron el buque ¬ďEsperanza¬Ē y encontraron abrigo en las profundidades del nav√≠o. Era un sal√≥n de aspecto t√©trico donde la luz que en momentos asomaba por una claraboya, dibujaba figuras fantasmag√≥ricas seg√ļn el caprichoso movimiento del barco, por mobiliario el sal√≥n s√≥lo contaba con una hilera de hamacas para que los pasajeros durmieran.

Durante el d√≠a los pasajeros ten√≠an permitido subir a cubierta a tomar un ba√Īo de azul, la inmensidad del cielo y el mar sumados, ubicaban a los pasajeros en su √≠nfima dimensi√≥n.

Una noche Leonor convenci√≥ a Ezequiel de subir a cubierta -quiero arroparme con la noche, le susurr√≥-, Ezequiel respondi√≥ -no se puede, est√° prohibido, mejor te abrazo yo- pero ella insisti√≥ y a hurtadillas subieron a cubierta. El cielo tachonado de estrellas le daba un aspecto m√°gico y desde el horizonte los miraba la luna, Leonor pregunt√≥ -¬ŅEn este momento la luna cuelga del cielo o flota en el mar-? Ezequiel aspir√≥ profundamente hasta que el aire, la humedad y la sal inundaron sus pulmones, movi√≥ lentamente la cabeza de un lado a otro, la bes√≥ en la frente y tom√°ndola de la mano la condujo de nuevo al interior.

Trece d√≠as despu√©s el buque ¬ďEsperanza¬Ē atrac√≥ en la gran Canaria, isla que emerge entre la bruma del tiempo y la nebulosa del misterio, all√≠ los esperaba una sorpresa m√°s. Nadie ten√≠a idea de cu√°ndo zarpar√≠a un barco a Santo Domingo, en esa √©poca no hab√≠a rutas establecidas ni itinerarios predecibles.

Sentados en el porche del viejo edificio del puerto de San Telmo, paseaban la mirada de la playa rocosa hasta los montes desnudos y t√©tricos que sobre la isla se alzaban. El administrador del puerto, los observaba desde el interior del edificio; en los a√Īos que ten√≠a trabajando all√≠ hab√≠a visto miles de viajeros que hab√≠an perdido ruta y destino, eso lo torn√≥ indiferente a la miseria de los dem√°s, sin embargo, por alguna raz√≥n desconocida, estos tres j√≥venes despertaron en √©l sentimientos de l√°stima y filantrop√≠a -ver√© c√≥mo los puedo ayudar- pens√≥ para s√≠ mismo.

La noche cay√≥ sobre el puerto, los tres viajeros, s√≥lo cobijados por la luna, en silencio se hac√≠an la misma pregunta, -¬ŅC√≥mo continuaremos el viaje?-, el administrador regresaba de su recorrido por el puerto, d√≥nde se entrevist√≥ con los capitanes de los barcos que all√≠ estaban anclados y les plante√≥ el caso de estos j√≥venes. Uno, el capit√°n del ¬ďGuadalquivir¬Ē le cont√≥: -Mi cocinero y dos de mis marineros enfermaron, tienen escorbuto; si ellos los pueden sustituir los llev√≥ hasta Veracruz que despu√©s de Santo Domingo, es el destino final de este viaje-.

El administrador los encontr√≥ en el mismo lugar donde muchas horas antes los hab√≠a dejado, era la misma noche, eran los mismos j√≥venes, lo √ļnico diferente eran sus rostros en los que cada vez se notaba m√°s el desamparo. Con mal disimulado entusiasmo y pocas palabras, el administrador les transmiti√≥ la propuesta del capit√°n del vapor ¬ďGuadalquivir¬Ē. -Es el nombre del r√≠o que cruza nuestra provincia record√≥ Ezequiel y, en √©l nosotros cruzaremos el mar-, la ilusi√≥n volvi√≥ a invadir sus semblantes pero las cicatrices que deja el sufrimiento se hac√≠an m√°s profundas.

Caminaron por la playa dejando que el mar lamiera sus pies, entre todos los barcos buscaban uno, aquel que finalmente los llevar√≠a a esa tierra que promet√≠a riqueza y bienestar. Crist√≥bal fue el primero en verlo, -¬°all√≠, all√≠, es aquel!-, balbuceaba mientras se√Īalaba un enorme buque de carga, el cual combinaba la modernidad de la m√°quina de vapor con la tradici√≥n de las velas, el casco de acero y la cubierta de madera. El capit√°n los recibi√≥ indiferente, a Leonor le mostr√≥ la cocina, a ellos los compartimentos y cubierta de carga, luego en atenci√≥n a que una mujer era parte de la tripulaci√≥n y pensando en evitar conflictos, les asigno una peque√Īa bodega que ser√≠a su estancia durante el trayecto.

En su peque√Īo compartimento no pod√≠an conciliar el sue√Īo, retomaban los planes, imaginaban el destino, daban gracias a Dios, re√≠an y se platicaban qu√© ser√≠a lo primero que har√≠an al t√©rmino de la traves√≠a. Una campana los sac√≥ de su ensue√Īo, era de madrugada y zarpar√≠an con la marea alta. Las siguientes semanas la emoci√≥n se convirti√≥ en rutina, la vida en alta mar era eso, rutina pura, Leonor preparaba los alimentos de los veinte marineros, Crist√≥bal y Ezequiel recorr√≠an una y otra vez los compartimentos de carga asegurando que la carga estuviese en su lugar y bien sujeta.

Un atardecer sombrío notaron que el cielo se obscurecía rápidamente, las olas crecían y la estructura del barco crujía con mayor intensidad de lo habitual, se había desatado una tormenta, la lluvia, las olas del mar y el viento barrían la cubierta con fuerza descomunal. -Aseguren la carga- ordenaba en voz alta el capitán, Cristóbal y Ezequiel en cubierta tensaban las cuerdas, Leonor se refugiaba en la alacena de la cocina y, sin saber porque, instintivamente se cubría el vientre con sus manos. La luz de los rayos y la obscuridad de la noche se alternaban produciendo un efecto de caleidoscopio que distorsionaba las formas y hacia perder el sentido de ubicación, el terror hizo presa de la tripulación.

Una eternidad despu√©s, tomadas de la mano la tempestad y la noche se fueron, con la luz del nuevo d√≠a la calma regres√≥ y el capit√°n orden√≥ un recuento de da√Īos y mercanc√≠as, faltaban una docena de pacas de algod√≥n, siete barriles de aceite de oliva y Crist√≥bal. El mar hab√≠a cobrado el peaje correspondiente a la traves√≠a.

Las siguientes semanas transcurrieron en silencio, Ezequiel y Leonor no cruzaban una sola palabra, por las noches se tomaban de la mano y fingían dormir. Cuando el barco atracó en Santo Domingo, los marineros fueron a visitar la iglesia de la Luz para dar gracias por haber sobrevivido el meteoro, ellos no quisieron descender, sólo deseaban zarpar de nuevo y llegar lo antes posible a Veracruz.

Poco antes del mediod√≠a del lunes diez de septiembre en el a√Īo de 1860 un marinero grit√≥, -all√° se ve el fuerte de San juan de Ul√ļa, llegamos a Veracruz-. Esa misma tarde desembarcaron, no sin antes despedirse del capit√°n y agradecerle el haberlos transportado; para su sorpresa el capit√°n les dijo ¬ĖHicieron un buen trabajo y perdieron un compa√Īero, el trato era pagar sus servicios con el viaje, sin embargo se los voy a pagar como a la tripulaci√≥n normal-, acto seguido les entreg√≥ en monedas de plata el salario de los tres por el tiempo servido.


La suerte por fin parec√≠a estar de su lado, deambularon por la ciudad hasta perder el paso bamboleante que los meses en el mar les hab√≠an dejado, en los portales de la plaza principal tomaron algo ligero y encontraron una peque√Īa posada donde pasaron la noche. Tras un sue√Īo apacible el optimismo los invadi√≥ de nuevo y as√≠, mirando siempre adelante, se dirigieron a la terminal de las diligencias, -el encargado pregunt√≥, ¬Ņa d√≥nde quieren ir?- y Ezequiel respondi√≥ con mucha seguridad y poco conocimiento ¬Ėal norte, a las minas del norte-.

Los siguientes cinco meses recorrieron infinidad de pueblos mineros, la lista es tan larga que sería imposible reproducirla, llegaban a uno, descansaban del traqueteo de la diligencia, si había oferta de trabajo Ezequiel aceptaba cualquier labor con tal de reponer el dinero gastado en el trayecto y, continuaban al siguiente.

¬ďDurango es el sue√Īo de los espa√Īoles y se encuentra en el coraz√≥n de la Sierra Madre¬Ē escuchaban una y otra vez y ¬ďDurango est√° al norte¬Ē repet√≠an Ezequiel y Leonor.

El embarazo de Leonor llegaba a t√©rmino y la prudencia aconsejaba no seguir, pero ellos segu√≠an, hasta que en un pueblo minero llamado Guanacevi (¬ďla iguana se ve¬Ē en idioma Rar√°muri), mientras el conductor de la diligencia daba agua a los caballos y entregaba la correspondencia al gerente de la American Mining Company, Leonor entr√≥ en trabajo de parto y all√≠ entre las pilas de metal, los arrieros y la mirada compasiva de los caballos, naci√≥ mi abuelo.

Era el 24 de marzo en el a√Īo 1861 y le pusieron Epigmenio, Epigmenio Diaz.

Conmovido por el inusitado suceso, Mr. Taylor, gerente de la minera americana, les ofreci√≥ posada en una vivienda propiedad de la compa√Ī√≠a, al enterarse de que Ezequiel era minero le ofreci√≥ trabajo y cuando lleg√≥ la Sra. Taylor a ver al reci√©n nacido, le ofreci√≥ ser ama de llaves en su casa. Ese d√≠a recibieron juntas m√°s ofertas que en toda su vida anterior, Leonor musit√≥ ¬ĖEste ni√Īo es un milagro- y, en una iglesia de M√°laga la imagen de una virgen parec√≠a sonre√≠r.

Ezequiel era un empleado modelo, activo, proactivo y dispuesto siempre a dar lo mejor de s√≠ mismo, con el tiempo se gan√≥ la estima del Sr. Taylor quien lo fue promoviendo hasta hacerlo supervisor de la operaci√≥n de una de las minas. El ingreso era bueno, la vida c√≥moda, Epigmenio crec√≠a sano y fuerte, pero Ezequiel no estaba satisfecho, no quer√≠a ser asalariado, √©l quer√≠a encontrar su propio oro y su propia plata, as√≠ que ahorraba lo m√°s que pod√≠a, compraba herramientas y hac√≠a una lista de los lugares d√≥nde arrieros y aventureros dec√≠an que afloraban los relucientes metales. Entre todos los nombres hab√≠a uno que siempre aparec√≠a ¬ďSan Andr√©s de la Sierra¬Ē.

Cuando Epigmenio cumpli√≥ nueve a√Īos, Ezequiel decidi√≥ que era el momento para iniciar su propia empresa, ir√≠a a San Andr√©s de la Sierra, barrenar√≠a las monta√Īas, se cubrir√≠a de sus metales, ense√Īar√≠a el oficio a su hijo Epigmenio y alcanzar√≠a la fortuna anhelada. Contrat√≥ unos arrieros, carg√≥ las bestias con sus pertenencias y encabez√≥ la caravana rumbo a la sierra, caminaba con paso √°gil jalando un asno en el que viajaba Leonor, seguidos por Epigmenio. Parec√≠an una estampa religiosa, con la que de no ser por el lugar y la √©poca hubiesen sido confundidos.

Tras d√≠as de penosa marcha, al alcanzar la c√ļspide de una de las tantas monta√Īas que hab√≠an cruzado, uno de los arrieros se√Īal√≥, -All√° en el fondo de aquella barranca, est√° San Andr√©s- El coraz√≥n de Ezequiel se expandi√≥ por la emoci√≥n, el de Leonor se contrajo ante la inmensidad del paisaje y el del ni√Īo Epigmenio se sinti√≥ en casa.

San Andr√©s de la Sierra era en esa √©poca un poblado pr√≥spero, Don Manuel Favela, un poderoso minero espa√Īol explotaba la mina principal y procesaba los minerales en una peque√Īa planta de beneficio que hab√≠a instalado junto al arroyo que limitaba el pueblo. Don Manuel ten√≠a un acuerdo con los peque√Īos mineros independientes, en su planta beneficiaban los minerales que estos extra√≠an a cambio de la mitad de los metales obtenidos. Bajo este esquema Ezequiel se volvi√≥ minero independiente y comenz√≥ a amasar fortuna.

Recorriendo ca√Īadas, barrancas y cerros, Epigmenio aprendi√≥ a leer la faz de la tierra y a descifrar su contenido, Ezequiel, su padre, le ense√Ī√≥ que los colores y texturas de la superficie delatan el interior, as√≠ como las formaciones de la roca denotan sus compuestos.

La exuberancia de la sierra, la fuerza de la monta√Īa, y el √≠mpetu de las tormentas de verano, despertaron con singular vehemencia los arrebatos en la naturaleza del joven Epigmenio, por lo que al cumplir sus diecisiete a√Īos y, buscando calmar sus urgencias, el treinta de noviembre durante las fiestas del santo patrono del pueblo, vistiendo su mejor traje, se present√≥ en el baile y le propuso matrimonio a cuanta damisela pululaba por all√≠.

Al final del sal√≥n, una se√Īorita de escu√°lida constituci√≥n y ojos tristes segu√≠a con la mirada las hojas muertas que la corriente del arroyo arrastraba. Escuch√≥ la propuesta sin ning√ļn inter√©s y asinti√≥ con la cabeza, fue la √ļnica que dijo ¬ďsi¬Ē y el siguiente mes se casaron, ella se llamaba Francisca.

Poco tiempo despu√©s, durante la sobremesa despu√©s de la cena, Ezequiel les comunic√≥ a Epigmenio y Francisca la decisi√≥n que √©l y Leonor hab√≠an tomado. ¬Ėhemos acumulado una peque√Īa fortuna, extra√Īamos la tierra que nos vio nacer y regresaremos a ella, la casa es de ustedes, ll√©nenla de luz y de los hijos que nosotros ya no pudimos tener-.

La vida del minero es dura, las manos se ponen tiesas de tanto ara√Īar las rocas, el o√≠do se endurece por el estruendo de los explosivos, el gusto y el olfato se saturan de polvo, la voz se torna √°spera, la vista siempre sumida en la obscuridad pierde su capacidad de disfrutar la luz y los colores que de ella emanan y, conforme el minero pierde los sentidos, pierde tambi√©n la capacidad de externar emociones y sentimientos.

-Sean muy felices- mencion√≥ Ezequiel mientras estrechaba brevemente la mano de su hijo, --Tengan muchos hijos- propuso Leonor al tiempo que depositaba una caricia en la mejilla de Francisca y emprendieron el camino, de regreso a esa Espa√Īa que a√Īoraban.

Epigmenio jam√°s volvi√≥ a tener noticias de sus padres, muchos a√Īos despu√©s lleg√≥ un espa√Īol al mineral y relat√≥ que los mares estaban atestados de piratas, que las traves√≠as mar√≠timas se hab√≠an vuelto sumamente riesgosas y que la flota mercante espa√Īola hab√≠a perdido innumerables barcos. Epigmenio camin√≥ lentamente a la iglesia, rez√≥ una oraci√≥n en silencio y enterr√≥ a sus padres en lo profundo de su coraz√≥n.

Los siguientes a√Īos Epigmenio reuni√≥ una aceptable fortuna y siguiendo la recomendaci√≥n de su madre engendr√≥ un hijo cada a√Īo, Francisca de naturaleza fr√°gil, no resisti√≥ el √ļltimo parto y le cedi√≥ la vida a un rollizo bebe que lloraba con fuerza y derrochaba salud, en recuerdo de su padre lo llam√≥ Ezequiel.

Frumencio Barraza, cura itinerante en las capillas de los pueblos mineros de la región, con graves dificultades intentaba explicar los beneficios de la vida eterna, Epigmenio turnaba su atención entre el ritual funerario y una joven de elegante talle y finas facciones, -ella fortalecerá mi linaje- pensó, mientras la observaba con mirada sicalíptica. Pasados los nueve días de luto y rosarios que marca la tradición católica, se presentó en la humilde vivienda de la joven, habló con su padre, un minero pobre que trabajaba para él y concertó los detalles del matrimonio. Ella se llamaba Clotilde Chaidez.

La boda se celebr√≥ en privado, un recaudador de impuestos mandado por el gobierno hizo las veces de juez de paz y Frumencio, el cura peregrino, ofici√≥ el ritual cat√≥lico, m√°s tarde Epigmenio le entreg√≥ a su nueva esposa una lista con los nombres de sus hijos. √Čsa noche Clotilde visti√≥ la cama con unas s√°banas bordadas con las iniciales EC entrelazadas, s√°banas que el siguiente d√≠a, dada su condici√≥n virginal y el √≠mpetu salvaje de su marido fue necesario desechar. La segunda noche dio de cenar a los ocho ni√Īos y al tender la cama con las s√°banas disponibles, no pudo dejar de notar el bordado anterior EF.

Por motivo de negocios Epigmenio viajaba con frecuencia a la ciudad capital del municipio, allí adquirió una casa y comenzó a planear su retiro. Su tiempo se dividía entre el pueblo minero y la ciudad, cuando llegaba al pueblo encontraba un hijo más, embarazaba nuevamente a Clotilde y regresaba a la ciudad.

La Compa√Ī√≠a del Ferrocarril, ¬ďInternacional Mexicano¬Ē de capital americano, hab√≠a obtenido la concesi√≥n para construir un ferrocarril que unir√≠a la ciudad de Durango, capital del estado, con los principales pueblos mineros de la zona, incluso se hablaba de que dicha v√≠a llegar√≠a hasta Mazatl√°n, -el puerto m√°s importante del vecino estado de Sinaloa- muchas personas estaban adquiriendo acciones de la empresa y Epigmenio hizo lo mismo.

El primer tramo del tren se inaugur√≥ el doce de mayo en 1902 y quince a√Īos despu√©s, comenz√≥ a pagar dividendos a los accionistas, la apuesta de Epigmenio se hab√≠a convertido en realidad, ahora era un rentista, mand√≥ por la familia y se instal√≥ en la ciudad. Hasta ese momento se dio cuenta que la casa que hab√≠a adquirido era demasiado peque√Īa para la magnitud de su familia, con Clotilde hab√≠a procreado once hijos m√°s.

La Revolución incendió el país, los capitales extranjeros huyeron, la minería se detuvo, los trenes sufrían los ataques de los revolucionarios, quienes los descarrilaban, demolían vías o simplemente los secuestraban para su uso, pese a ello la empresa del ferrocarril nunca dejó de pagar los dividendos ofrecidos, permitiéndole así a Epigmenio y su numerosa familia, vivir instalados en la comodidad que da la medianía.

En 1924 Ferrocarriles Nacionales de México ya propietaria del Ferrocarril Internacional Mexicano, declaró la insolvencia de esa línea y dejó de pagar los dividendos a las acciones, Epigmenio utilizó los ahorros para vivir, hasta que decidió contratar un tinterillo que defendiera sus intereses, el licenciado no resolvió nada pero si agotó el patrimonio que tanto le costó formar.

A partir de ese momento la pobreza se volvi√≥ su compa√Īera, el tiempo lo hab√≠a alcanzado y un dolor permanente de cintura hab√≠a cambiado su andar, antes √°gil y gallardo por uno lento y encorvado, las reumas hac√≠an temblar sus rodillas y lo peor; lo peor era su vista, agotada de toda una vida de penumbra, la vida del minero siempre bajo tierra, recorriendo t√ļneles estrechos a la luz mortecina de una l√°mpara de carburo.

Su vista cansada le imped√≠a percibir los reflejos del metal, por lo que no distingu√≠a los minerales de la piedra com√ļn y dejaba de lado yacimientos que de haberlos visto no hubiese ca√≠do en la miseria que se encontraba. ¬ĖVejez, enfermedad y miseria los peores enemigos del hombre, concluy√≥ para s√≠ mismo-

Por ello decidi√≥ hacer un viaje a la capital del estado y hacerse unos anteojos, el oculista mov√≠a la cabeza como si negara todo mientras dec√≠a: Dej√≥ pasar mucho tiempo, el da√Īo es irreversible, hubiese venido antes, ahora los anteojos que usted requiere van a ser muy caros y luego le dio una cifra.

El abuelo apoy√≥ los codos en sus rodillas y sostuvo su rostro entre las manos, un sollozo luchaba por escapar de su garganta mientras con voz ahogada, ronca, que al igual que √©l parec√≠a provenir de las entra√Īas de la tierra mascullo: ¬ŅDoctor c√≥mo voy a pagarlos? ¬ŅC√≥mo? -En abonos don Epigmenio contest√≥ el oculista, en c√≥modos abonos- al tiempo que le pon√≠a enfrente un block de pagar√©s y una pluma.

De regreso de la capital y pese al dolor que le mordía cintura y rodillas, dio un largo y lento recorrido por el pueblo, sus pasos vacilantes lo llevaron de la plaza al río y de la estación del ferrocarril a la iglesia. Ahora que veía quería constatar si las cosas eran como las recordaba, la luz clara del mediodía le devolvió el color a las imágenes que su memoria y el tiempo habían tornado grises.

La emoci√≥n de recobrar la visi√≥n y el cansancio, producto del recorrido, lo llevaron temprano a su rec√°mara; dorm√≠a con sue√Īo inquieto, daba vueltas en la cama, se agitaba y en ocasiones juntaba las manos como si quisiese retener algo que parec√≠a escap√°rsele. En la madrugada, esa hora indefinida en la que el d√≠a anterior ya muri√≥ y el nuevo no ha nacido, se encontr√≥ sentado en la vieja cama gritando como pose√≠do: Clotilde, Clotilde yo s√© d√≥nde est√° la veta de oro, ahora puedo ver el camino, lo seguir√© y venceremos la miseria. Los ojos de la abuela se inundaron con una emulsi√≥n de espanto y compasi√≥n.

Muy de ma√Īana el abuelo inici√≥ los preparativos para ese √ļltimo viaje ¬Ėel viaje definitivo- lo comenz√≥ a llamar, habl√≥ con el tendero, solicit√≥ prestamos, pidi√≥ herramienta prestada y alquil√≥ una mula para cargar enseres y provisiones. As√≠ con la ilusi√≥n de la riqueza como acicate y la realidad de la miseria como ancla, el abuelo parti√≥ rumbo a las monta√Īas, no sin antes despedirse de su mujer e hijas asegur√°ndoles que a su regreso las privaciones se volver√≠an opulencia.

Los hijos hac√≠a tiempo que hab√≠an emprendido la b√ļsqueda de su propio destino, la mayor√≠a de las hijas se hab√≠an casado, reduciendo el recinto familiar a los abuelos y sus hijas: Herlinda, que por miedo a los hombres se hab√≠a convertido en la sempiterna ¬ďsolterona¬Ē y, las dos m√°s peque√Īas que a√ļn no ten√≠an edad para amor√≠os.

Desde la entrada de la casa, mujer e hijas siguieron con la mirada el zigzagueante camino que subía la sierra, en el la distancia desdibujaba poco a poco la figura delgada del abuelo, él y la mula ascendían la cuesta caminando lentamente, uno con paso tembloroso y la otra con desgano. La abuela cubría con sus brazos a las hijas mientras un halo de tristeza las envolvía.

Meses despu√©s una fr√≠a tarde de invierno, mientras la abuela part√≠a en peque√Īos trozos su raci√≥n de pan para distribuirla entre sus hijas, la m√°s peque√Īa coment√≥ con sobresalto -me pareci√≥ o√≠r algo en la puerta- -vayan a la rec√°mara y cierren la puerta orden√≥ en√©rgica la abuela- mientras se dirig√≠a a la entrada de la casa. Abri√≥ lentamente la puerta y all√≠ sentado en la banqueta y recargado en el marco estaba el abuelo, m√°s viejo, m√°s delgado, m√°s triste y sin fortuna.

La comida hab√≠a terminado, las hijas recog√≠an los platos para lavarlos, aunque no era necesario ya que la frugalidad de las raciones y la buena educaci√≥n los dejaban limpios. De sobremesa el abuelo se dispon√≠a a leer un peri√≥dico atrasado que antes hab√≠a servido para envolver alguna compra en la tienda, el rostro de la abuela denotaba una honda preocupaci√≥n, tanto por la salud de su marido como por la situaci√≥n econ√≥mica por la que atravesaban y acompa√Īaba la lectura de su marido musitando oraciones para confortarse.

Lectura y oraciones fueron bruscamente interrumpidas por unos golpes en la puerta, siempre que alguien llamaba era motivo de sobresalto ya que normalmente eran cobradores que ven√≠an a solicitar el pago de alguna deuda, pero esa vez la fuerza del llamado gener√≥ un terrible presagio en todos ¬ŅQui√©n ser√≠a? ¬ŅA que vendr√≠a? Y nadie se acercaba a la puerta s√≥lo se hac√≠an preguntas sin respuesta.

Finalmente la abuela se arm√≥ de valor y camin√≥ despacio hacia la puerta, hizo una pausa m√°s antes de correr el cerrojo y la abri√≥ con cierta dignidad. Afuera un individuo vestido con traje obscuro y de aspecto desagradable cargaba un viejo portafolios del que asomaban innumerables documentos, ¬Ņvive aqu√≠ Epigmenio D√≠az? pregunt√≥ con voz chillona mientras extra√≠a del portafolios unos papeles que resultaron ser unos pagares vencidos. Si, contest√≥ la abuela con voz apenas audible mientras se llevaba la mano a la frente en un gesto de desesperaci√≥n.

La abuela dio un paso atr√°s, movimiento que aprovecho el visitante para penetrar en la casa y dirigirse al comedor donde el abuelo sosten√≠a en una mano el trozo de peri√≥dico y en la otra los anteojos que le hab√≠an devuelto la vista. De pie frente al abuelo el extra√Īo decret√≥ secamente: Hace tres meses que no cubre el pago mensual de sus lentes, lo hace en este momento o me ver√© obligado a llev√°rmelos.

Minutos despu√©s el visitante abandon√≥ la casa, -en una esquina de su portafolios mal cerrado asomaban los anteojos del abuelo- dejando tras su partida, un ambiente de absoluta desolaci√≥n. El silencio domin√≥ la escena, la abuela con la mirada perdida en ning√ļn lado recorr√≠a las cuentas de su rosario, las hijas abrazadas en un rinc√≥n lloraban en silencio y el abuelo regres√≥ a esa terrible obscuridad de la que ya cre√≠a haber salido.

Esa noche el abuelo Epigmenio murió.

Durante su velorio:

Un viejo, minero también, concluyó: es la silicosis, el maldito polvo que se acumula en nuestros pulmones y nos roba el aire hasta ahogarnos, luego tomó la poca herramienta que había y explicó, son mías yo se la presté y, se las llevó.

Las beatas del pueblo murmuraban, es el demonio de la monta√Īa que consume a los hombres mientras se beb√≠an el poco caf√© que quedaba.

El tendero revisaba las cuentas pendientes, se recriminaba por seguir dando crédito a los mineros, mientras de reojo recorría la habitación seleccionando de los escasos muebles que en ella había, los que los cargadores se llevarían.

Un curandero e ilusionista que pasaba por el pueblo diagnostic√≥ que los ri√Īones dejaron de funcionar, dicho lo anterior sin quitar la vista de Herlinda -la hija mayor-, a quien con ojos saltones miraba fijamente desde hac√≠a rato, la tom√≥ de la mano y se la llev√≥ para que lo acompa√Īara en su peregrinar por pueblos y rancher√≠as.

Yo no sé de qué murió mi abuelo, pero creo que sin sus anteojos no vio venir la muerte y por eso no la pudo esquivar.





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Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2017-07-04 09:58:57
Nombre: Martha
Comentario: que triste relato! mis abuelos tambiťn engendraron diez y siete hijos, parece que la pobreza ayuda en la tarea... Pero muy bien relatado, me gustů leerlo, felicitaciones...