Somos dos, Mariana

Autor: Georgia Betancourt

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Cuento publicado el 02 de Agosto de 2017


Presa de la soledad, Mariana se entretenía con mirar día tras día a su amiga, a la cual le dio por nombre, “La Silenciosa”. Y es que Mariana no se podía mover y tampoco podía salir de su encierro. Ella era la preciosa estatuilla de mármol encerrada junto a su caballo en una bola de cristal, en el escritorio de la tal llamada, La Silenciosa.


De vez en cuando, la amiga silenciosa la tocaba, la miraba y la viraba boca abajo para que sus pelusitas salieran y brillaran para ella. Pero después, la regresaba a su lugar, entre dos computadoras y encima del escritorio.

Mariana se había vuelto muy buena en reconocer los estados de ánimos de su amiga, La Silenciosa y así podía saber cuándo la irían a alzar y sacudir.

Por ejemplo, si su amiga se quedaba viendo la pantalla de la computadora por mucho tiempo sin mover sus manos. Mariana sabía que su amiga la silenciosa estaba pensativa y que no la iba a alzar. Si por el contrario, llegaba muy conversadora con la compañera de escritorio, Mariana sabía que cuando terminaba de hablar, la alzaría y observaría por un buen rato.

La mayoría del tiempo la amiga silenciosa se la pasaba ocupada y no había mucho tiempo para que Mariana leyera sus expresiones, pero un buen día su suerte cambió. La amiga silenciosa decidió dedicarle más tiempo a ella. Ahora, no solo la alzaba y la sacudía, sino que le decía pequeñas frases de lo que sentía ese día.


Le decía, - Estatuilla querida, el día de hoy voy a tener más calma con la gente. O también decía, -Querida estatuilla, el día de hoy no voy a andar tan de prisa. Y así poco a poco, Mariana comenzó a contentarse y a esperar esos momentos breves de felicidad, en donde su amiga que antes era silenciosa ya le hablaba a ratos.

Pasaron varias semanas y meses con los mismos mensajes pero poco a poco comenzaron a parar. De nuevo la amiga se convirtió en silenciosa y Mariana advirtió que ya no le hablaría más.

El sentimiento de soledad se apoderó nuevamente de ella y no pudo contener sus lágrimas. La amiga silenciosa no descubrió su llanto. Claro, ella no la podía ver porque su mundo no era como el de Mariana, ella no entendía de encierros ni de fantasías.

Mariana no pudo hacer nada acerca de su situación y comprendió que eso era para toda la vida. Sin embargo, aprendió una lección muy valiosa. Mariana entendió, que no podía contar con una sola persona para obtener su felicidad. Que ahí, en su pequeño mundo de cristal debería de aprender a ser feliz, y así también se dio cuenta que siempre tuvo un compañero al que siempre ignoró, su caballo. Y fue entonces cuando Mariana por primera vez se viró hacia él y le habló.

Su caballo sonrió y le murmuró, - Al fin Mariana te has dado cuenta de que somos dos, en esta bola de cristal.






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