La ventana rota

Autor: Omar Alvarado Díaz

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Cuento publicado el 15 de Marzo de 2017


Transcurría el invierno de 1927, en las calles de Sibiu, ciudad ubicada al pie de los montes Cárpatos en la región histórica de Transilvania, la nieve se acumulaba en las aceras, los árboles sin hojas proyectaban siluetas fantasmales y, la luna llena iluminaba la noche de forma intermitente según el capricho del viento quien hacía que por momentos las nubes cubrieran su resplandor.


Justamente allí en Sibiu se ubicaba el internado para señoritas más reconocido por la alta sociedad de aquella época. Olimpia, mujer ya entrada en años, de magras carnes y ceño siempre fruncido dirigía el internado cuyo nombre, la destrucción de archivos posterior a la guerra y el tiempo se han encargado de borrar.

Caía la tarde y Olimpia descansaba en una mecedora ubicada en la esquina de su habitación, hojeaba distraídamente su misal y bebía pequeños sorbos de una infusión de Té fortalecido con una cucharada de Tuica, ese licor de ciruela tan característico de la región.

La avanzada edad de Olimpia, el no poder apartar su pensamiento de un amor juvenil que terminó a temprana edad debido a la incompatibilidad entre el temperamento lascivo del galán y la acendrada frigidez de ella, pero sobre todo, esa manía de retirarse temprano a su habitación, fue la causa de que no se percatara que una de las ventanas del corredor donde se ubicaban los dormitorios de las internas hacía ya mucho tiempo que estaba rota.

Eran las dos de la mañana y sin importar las duras condiciones climáticas que imperaban, Nosferatu, Drácula y Alucard, deambulaban por la noche, al percatarse de la ventana rota en el internado para señoritas no pudieron resistir penetrar en el recinto.

Una vez en los dormitorios tuvieron la oportunidad de experimentar el excelso placer de morder los virginales cuellos de Ioana, Irina, Mirabela y Nicoleta; succionaron pausadamente, degustando el sabor acre de cuatro onzas de sangre de cada una de ellas y se extasiaron observando la rubia belleza de las internas.


La obscuridad de la noche le cedió el paso a la claridad del alba indicándoles a los visitantes el fin del banquete y marcando el tiempo de terminar la visita y regresar al lugar de donde vinieron, en el reloj del comedor se escucharon seis campanadas.

Terminó el invierno, la nieve desapareció de las calles, las hojas de los caducifolios brotaron de nuevo haciendo resaltar la majestuosidad de los Abedules, las estrellas poblaron el firmamento y la luna ilumino esa hora mágica que sólo se da a las dos de la mañana.

Para Nosferatu, Drácula y Alucard se acercaba la época de apareamiento y era tiempo de iniciar el cortejo, había que buscar una pareja y ofrecer un valioso presente. ¿Pero que ofrecer que no sean las trilladas joyas? Tras mucho pensar recordaron la cena más memorable que jamás alguien haya disfrutado y decidieron invitar cada quien a su pretendida a compartir la mesa, bueno en este caso el cuello.

La ventana seguía rota, la Directora tomaba Té con Tuica, las internas dormían.

Esa noche, poco antes al ir a la cama Mirabela experimentó un cierto desasosiego y se durmió abrazando un crucifijo de la conocida marca INRI, efigie que había traído su abuelo en 1850 de un viaje a tierra santa donde lo adquirió por cincuenta florines.

Los visitantes penetraron una vez más en el recinto, paladearon el fluido vital de las castas doncellas, bailaron, se divirtieron y cayeron en estado de éxtasis al recibir lo que para ellos era elixir de vida. El tiempo transcurrió vertiginoso y el cambio de horario recién instaurado acortó la noche; el amanecer los sorprendió, rompiendo el embeleso, temerosos de los primeros rayos del sol huyeron despavoridos del internado mientras en la iglesia repicaron cinco campanadas.

El Sol iluminó ya la bella ciudad de Sibiu, las calles se llenaron de empleados que presurosos se dirigían al trabajo y niños bulliciosos camino a la escuela, los pájaros revoloteaban en las copas de los abedules del parque y en el internado se celebraba la misa matutina con la que iniciaban las actividades diarias.

En la primera fila Ioana, Irina, y Nicoleta rezaban con devoción, los párpados entrecerrados, pasaban las cuentas de un rosario entre las manos y se apreciaba una marcada palidez en su rostro que había robado el juvenil rubor de sus mejillas.

Olimpia las observaba con gesto preocupado, trataba de imaginar el origen de dicha palidez. ¿Alguna enfermedad estaba corrompiendo sus jóvenes cuerpos? O peor aún ¿Se desvelarían imaginando un amante discreto que hacía vibrar los más íntimos secretos de su anatomía? ¿Sería simplemente que necesitaban pasar más tiempo en los jardines del internado bajo el abrigo del Sol? Y así hipótesis iban y venían, sin sospechar siquiera que dicha palidez obedecía a la generosa aportación de ocho onzas de sangre que cada una había dado para enriquecer un ritual de cortejo que concluyo en el feliz apareamiento de hermosas y extrañas criaturas de la noche.




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Fecha: 2017-03-17 02:08:16
Nombre: Ángel Román
Comentario: Me parece muy bien escrito este cuento, la verdad me gusto. Felicito al autor.


Fecha: 2017-03-16 18:32:33
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