ÔĽŅ La trŠgica historia de DamiŠn, el albaŮil samurai. Cuentos cortos de ciencia ficci√≥n
ÔĽŅ

La tr√°gica historia de Dami√°n, el alba√Īil samurai

Autor: Carlos Jaglin

(3.73/5)
(261 puntos / 70 votos)


Cuento publicado el 06 de Abril de 2011



Dami√°n nunca fue bueno para estudiar, en parte porque viv√≠a en un mundo irreal, donde se fund√≠a su imaginaci√≥n con la televisi√≥n y, por otro lado, porque Dios o lo que fuera no lo hab√≠a dotado con demasiada inteligencia y discernimiento, para qu√© nos vamos a enga√Īar.
√Čl pensaba que estaba predestinado a provocar y vivir grandes haza√Īas, a cumplir su sue√Īo de convertirse en una persona importante para los dem√°s mortales. Pero el mundo circundante no hac√≠a m√°s que recordarle una y otra vez sus limitaciones.
Como nunca le falt√≥ decisi√≥n, dej√≥ los estudios cuando ten√≠a diecisiete a√Īos y empez√≥ a pensar en labrarse un futuro cuanto antes.
Sin mayores esfuerzos consiguió trabajo en una obra en construcción, cercana a su casa.
Al principio sus padres se mostraron reticentes con la decisi√≥n de su √ļnico hijo, pero al final no tuvieron m√°s remedio que aceptarla.
Todo lo que integraba el escenario de la obra le causaba fascinaci√≥n, desde las modernas m√°quinas hasta los compa√Īeros migrados de otros pa√≠ses, que contaban las incre√≠bles peripecias que hab√≠an pasado para llegar hasta aqu√≠.
También los jefes - a los que veía poco - pero que cuando aparecían en sus lujosos coches nunca le negaban el saludo y una sonrisa.
Se sentía una persona importante, parte de un equipo, de un todo. Con el trabajo estaba ayudando a su país a convertirse en una potencia económica mundial, se sentía como un samurai.
Su trabajo se convirtió en su forma de realización y, aunque no cobraba mucho dinero, dejaba las lonjas de su piel en la obra.
Estaba ayudando a su empresa a realizar grandes conglomerados urbanos, a las familias a conseguir un hogar, a la economía, al país, prestaba cooperación a todos para que pudieran ser mejores.
Se enojaba sobremanera porque algunos compa√Īeros pasaban demasiado tiempo en el bar, aprovechando la pausa del almuerzo. Entonces no dudaba en advertir a los capataces y jefes de obra para que tomaran medidas contra ellos, ociosos y holgazanes. Esta suprema dedicaci√≥n empresaria le ocasion√≥, m√°s de una vez, enfrentamientos que podr√≠an haber tenido graves consecuencias.
Al final su esfuerzo - incluida la delaci√≥n - aunque √©l no lo interpretaba as√≠ - se vio recompensado y consigui√≥ subir algunos pelda√Īos en su trabajo.
Ahora dirigía su propio equipo y era el más productivo de la empresa. No paraban de llamarlo de todos los rincones del país, para corregir cualquier tipo de chapuza. Aunque los viajes se tornaban pesados, pues comía mal, con apuro y tenía una relación con los subordinados en el filo de la nulidad, él nunca desfallecía.
Dami√°n hab√≠a tenido el valor de dejar los estudios para intentar cumplir un sue√Īo; por fin lograba ahora lo que se hab√≠a propuesto a√Īos atr√°s: obras grandiosas.
Comenz√≥ a salir con una muchacha de su barrio llamada Isabela. Era muy hermosa, esbelta, con una piel dorada, como la c√°scara de un durazno sabroso. Si hab√≠a que ponerle un ‚Äúpero‚ÄĚ a tal dama, era que Dios o lo que fuere no la hab√≠a dotado de excesiva inteligencia, ‚Äúpero qu√© podemos hacer, nadie es perfecto‚ÄĚ pensaba Dami√°n, cuyas capacidades comprensivas tambi√©n estaban bastante acotadas.
Hab√≠a llegado hac√≠a poco tiempo al pa√≠s y no hablaba bien el idioma pero a √©l no le importaba, porque cualquier cosa que ella dijera ‚Äďaunque no la entendiese - le parec√≠a muy divertida.
Empezó a verla con frecuencia y, al cabo de unos cuantos meses, se convirtieron en una pareja con cierta estabilidad.
Lo invad√≠a la alegr√≠a cuando ve√≠a llegar a la obra j√≥venes con sus planos, para visitar alg√ļn departamento piloto.
Su relación con Isabela le hacía ver las cosas con otra mirada. Estaba feliz y orgulloso de tenerla como mujer, pero también de poder aportar su granito de arena para que otros pudieran formar un hogar y sentirse tan felices como él.
Estaba ayudando a la gente a convertirse en triunfadora. Esta especie de arrogancia, de vanidad, le hac√≠a creer que llevaba riqueza a los lugares menos favorecidos. Esos espacios rodeados de bosques con especies aut√≥ctonas, a veces cerca del mar, ahora constitu√≠an grandes urbanizaciones con campos de golf, piscinas, canchas de tenis. Al fin y al cabo, hay demasiados bosques, pero no tanta oportunidad de crear felicidad por donde se transite. √Čl lo hac√≠a posible. Adem√°s, la venta de troncos descortezados, de rollos, daba trabajo y ganancias a patrones y obreros.
Levantaba la vista, miraba hacia los cuatro puntos cardinales y ve√≠a enormes construcciones. Sin duda estaba haciendo lo correcto, creando un mundo mejor. Sus ojos ten√≠an un especial brillo h√ļmedo.
√Čl sab√≠a de otras empresas competidoras, pero no les prestaba demasiada atenci√≥n. El trabajo crec√≠a y no todo lo que se desarrolla tiene como destino la muerte.
Aprovechando la explosi√≥n inmobiliaria, muchos emprendedores locales crearon peque√Īas empresas de construcci√≥n que le soplaban algunos contratos a la suya (y por ende, a √©l mismo). Los ‚Äúobsequios‚ÄĚ que repart√≠an por las intendencias y gobernaciones eran de muy buen nivel. Para construir obras fara√≥nicas hab√≠a que cambiar el C√≥digo de Planeamiento Urbano y se convert√≠a en algo habitual hacer llegar a los se√Īores con poder de decisi√≥n, maletines y hasta bolsas negras de consorcio repletas de billetes.
Logró un nuevo ascenso en la empresa y ahora era un testigo más privilegiado de esos tratos. Le parecía muy bien que sus jefes invitaran a individuos integrantes del gobierno a lujosas fiestas para retribuirles con muy ostentosos regalos.

Al fin y al cabo, hacer el bien al pr√≥jimo era una sus prioridades en esta vida; haciendo felices a unos pocos consegu√≠an el bien de muchos ciudadanos de a pie. Y nadie sal√≠a perjudicado. Esta vez - y quiz√°s siempre - el fin justificaba los medios. Era un lugar com√ļn pero estaba convencido.
A veces transigir y transar salía bien y otras no. Sabía que lo importante era la gente y respetaba la competencia.
La vida con Isabela era exquisita y agradable. Hab√≠a veces que algunos hombres se quedaban mir√°ndola en la calle o le dec√≠an cumplidos en alg√ļn bar, pero a √©l no le importaba que a veces les sonriera o les siguiera la conversaci√≥n por un buen rato, ya que entend√≠a que eso formaba parte de su naturaleza juguetona.
Además, a esos hombres los consideraba inferiores. Ellos no constituían competencia alguna - conocía bien ese tema - y por ese motivo no se sentía intranquilo ni celoso.
En una cena de la empresa, en Navidad, Isabela tom√≥ m√°s de la cuenta y, mientras bailaba rodeada por los compa√Īeros de Dami√°n, Fernando, el director, se tropez√≥ con ella y cayeron al suelo el uno sobre el otro. Fue muy divertido.

Al poco tiempo se compraron un departamento en una de las promociones de la empresa. Estaba un poco por encima de sus posibilidades reales, pero Dami√°n dorm√≠a en paz. Se trataba de una inversi√≥n segura y dentro de cinco a√Īos podr√≠a venderlo por el doble, recuperando la inversi√≥n. El tipo de inter√©s ya no estaba tan bajo como antes, pero pod√≠a afrontarlo con su actual sueldo, que era el √ļnico dinero que entraba en la casa. Un amable se√Īor apoltronado en un sill√≥n del banco prestamista le explic√≥ algo que no supo captar, de un europack que no entendi√≥ en cu√°nto afectaba a los intereses. Pero si la televisi√≥n no hab√≠a advertido sobre este tema, pens√≥ que lo que le hab√≠a comentado el caballero de la entidad financiera no ser√≠a tan preocupante. Adem√°s, si la cosa se desbordaba o traspasaba la situaci√≥n y no llegaba a fin de mes, siempre podr√≠a hablar con sus jefes y pedirles algunas horas extras m√°s de trabajo. De ese modo, su nivel de vida no se ver√≠a resentido.

Durante el √ļltimo a√Īo, Dami√°n hab√≠a estado trabajando catorces horas diarias; los intereses sub√≠an implacablemente. De ese modo se auto convenci√≥ de que podr√≠a mantener la forma de vivir a la que se hab√≠a acostumbrado. Pero se estaba agotando, el ritmo fren√©tico de la construcci√≥n se desaceleraba raudamente.
Al perder ingresos por la falta de horas extras, el banco se apoderaba del noventa por ciento de su sueldo. Los ahorros atesorados se esfumaron en menos de doce meses.
Ahora, a duras penas conseguía llevar el alimento a su hogar.
La relación con Isabela se enfriaba; se habían moderado los afectos, la fuerza, las pasiones. Hacía bastante tiempo que no mantenían contacto sexual. Su cabeza era un torbellino, no dejaba de pensar ni de divagar.
-Debe ser una manera de castigarme por hacerle comer arroz todas las noches. Tengo que conseguir más dinero, ahora mismo iré a plantearle al jefe que me otorgue un aumento significativo. Estoy trabajando mucho y esto se solucionará, todo volverá a ser como antes.
Despu√©s de todo, √©l hab√≠a levantado esa empresa con el sudor de toda su piel, colocado al pa√≠s en un lugar de privilegio; nadie en su sano juicio y con buena fe le negar√≠a un aumento, m√°s a√ļn conociendo la dura situaci√≥n que estaba soportando. La gente no le fallar√≠a, al igual que √©l nunca hab√≠a frustrado a persona alguna.
Un día que salía de su casa para ir al trabajo le pareció ver el auto de Fernando, el director de su empresa; era como si lo estuviera espiando. Estaba perdiendo el juicio, la excesiva presión del banco lo estaba desquiciando.
Llegó a la constructora; Alicia, la secretaria de Fernando le dijo: -Damián, el director me ha dicho que quiere hablar contigo ahora.
Con cierto alivio, entró al despacho dispuesto a solucionar sus problemas, sin embargo las palabras del mandamás le estallaron como si estuviera parado sobre un campo minado.
-Damián estamos arruinados - fueron sus primeras palabras y a partir de ahí todo fue empeorando -.Tenemos que suspender los pagos y hacer una drástica reducción de personal, el mercado inmobiliario colapsó. Lo siento mucho, pero estás despedido.
Sinti√≥ una terrible puntada en la zona corporal donde √©l cre√≠a que estaba lo que le quedaba de coraz√≥n. Pero el calvario sigui√≥. - Otra cosa, Isabela ya no quiere estar contigo, nos vamos a casar el mes que viene. A ella le hubiera gustado dec√≠rtelo en persona pero ya sabes que no le gustan las despedidas. Esta ma√Īana llev√≥ sus cosas a mi casa y ya se instal√≥. Lo siento mucho, amigo.
Damián quería destrozar a golpes a ese desagradecido hijo de puta pero no podía hacerlo, algo se lo impedía y era que, hasta que no saliera por la puerta del despacho, Fernando seguía siendo su jefe.
Esa misma noche fue a un bar cercano a su casa y se tomó una cerveza. Luego volvió a su departamento que había sido despojado con iniquidad por la mujer que amaba.
Se duchó con el agua no muy caliente, se vistió con el traje oscuro que había llevado en el entierro de su padre, se anudó prolijamente la corbata y salió a una terraza lateral. La brisa pegaba en su rostro pétreo, no había luces encendidas por los alrededores. Encendió con calma un cigarrillo e inhaló el humo profundamente, saboreándolo. Se trepó a la cornisa, no pensó más, lanzó el cigarrillo al vacío y saltó.
El ruido que hizo el cuerpo al golpear contra la acera fue muy fuerte pero no sonaron alarmas, no salió vecino alguno para ver qué había ocurrido, nadie llamó a la policía o a una ambulancia. Simplemente, no existía vida en esa manzana de casas.
A la ma√Īana siguiente los recolectores de basura encontraron el cuerpo y llamaron a las autoridades.
Lo √ļnico que encontraron en la primera revisaci√≥n del expoliado departamento de Dami√°n fue una nota que hab√≠a dejado, escrita a mano y que dec√≠a: -Le he fallado a mi empresa, le he fallado a mi mujer, le he fallado a la gente.

D√≠as despu√©s hubo una segunda b√ļsqueda, debida a la curiosidad de un periodista, y se encontraron dentro de un libro algunos datos y anotaciones inesperados. Especialmente porque pensaban que Dami√°n era un ser sin inquietudes ni informaci√≥n.
Con una letra muy pareja y estética, había escrito lo siguiente:
“En la tradición japonesa, el bushido es un término traducido como el camino del guerrero.
Se trata de un código ético estricto y particular al que muchos samuráis (o bushi) entregaban sus vidas; exigía lealtad y honor hasta la muerte. Si un samurái fallaba en mantener su honor podía recobrarlo practicando el seppuku (suicidio ritual)-
En su forma original, se reconocen en el bushido siete virtudes asociadas:
-Rectitud (decisiones correctas) o justicia
-Coraje
-Benevolencia
-Respeto (o cortesía)
-Honestidad, sinceridad absoluta (o veracidad)
-Honor
-Lealtad
El auténtico samurái sólo tiene un juez de su propio honor, y es él mismo. Las decisiones tomadas y cómo son llevadas a cabo reflejan cuál es el verdadero ser de sus ejecutores.
Nadie puede ocultarse de sí mismo.
En un papel m√°s peque√Īo, bastante arrugado se le√≠a: -Cuando se pierde el honor es un alivio morir; la muerte es un retiro seguro de la infamia. Quienes se aferran a la vida mueren, quienes desaf√≠an a la muerte sobreviven.









//alex


¿Te ha gustado este cuento? Deja tu comentario más abajo
(Nota: Para poder dejar tu comentario debes estar registrado.Todavía no lo estás? Hazlo en un minuto aquí)

 

Nombre:

email:

Contrase√Īa de usuario:

Comentario:

 

Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2011-08-29 19:51:29
Nombre: maria paz
Comentario: Me pusieron a leer el cuento de Damian en mi colegio y tengo que llevar la biografia de Carlos Jaglin pero por ninguna aparece, podria escribirme una peque√ɬĪa informaci√ɬ≥n acerca del autor, estudio en 6√ā¬ļ grado de la Normal de Santiago de Cali, Colombia. Le agradezco en lo que me pueda colaborar


Fecha: 2011-04-06 11:06:36
Nombre: Carlos
Comentario: Un cuento muy creativo y con mucha informacion. Mi tocayo si que sabe escribir y provenos un isntante para nueatra imaginacion. Felicidades!