Recon. Cuentos cortos de ciencia ficción


Recon

Autor: Dan Aragonz

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Cuento publicado el 12 de Septiembre de 2019


Se despertó en medio de un charco de sangre. Desconocía por completo cuánto tiempo llevaba en esa posición. El torrente que manaba de su cabeza había cesado. Estiró el cuello tratando de levantarse pero el dolor era intenso. Escuchó pasos que se acercaban. Trató de ponerse en guardia pero su vista se nubló por el esfuerzo. Su implante óptico derecho estaba destrozado. Apenas pudo mantenerse en pie y menos reconocer a quien le tenía prisionero en esa oscura celda. Sus manos impactaron de golpe contra el piso, amortiguando la caída, al no resistir un segundo más. Pero antes de caer, reconoció aquel olor que le había traicionado.

Un par de horas antes, un vehículo clandestino transportó a Kimo desde el mercado negro hasta la ciudad de Vitali. Al bajarse del automóvil su huella se impregnó en el charco de agua podrida, que se había acumulado durante el tiempo que estuvo ausente. La mayoría de los edificios de la urbe parecían deshabitados, pero en ellos moraba una diversidad de seres, que por leves gestos, lucían aún como humanos. Kimo entró a un viejo edificio hecho de materiales baratos de los años noventa, los cuales se vendían como oficinas burocráticas en esos años. Lo único que parecía no perder su brillo eran los letreros luminosos inmortales que alumbraban sus noches y pesadillas. Después de subir las escaleras, y no ver a nadie deambulando por los pasillos, excepto una enorme rata que se escabullía por una tubería rota que goteaba, se acercó a una puerta, vieja y carcomida por las termitas. Introdujo una llave de cobre en la cerradura, y abrió, seguido de un leve crujido.
El departamento estaba abandonado y permanecía tal cual lo había dejado su ocupante un mes atrás. Colgó su chaqueta negra en un perchero de metal. Dejó su sombrero encima de una mesa. Encendió un cigarro que se consumía lentamente en sus manos, mientras el humo se esparció por la habitación, anhelando que apareciese su sensual vecina. Esperaba que la mujer de enfrente se dejara ver. Solo podía espiarla una vez al mes, tras volver de sus negocios en el mercado negro. Era muy raro que ella se mostrara a esas horas de la noche.
Al acabar su cigarro movió las cortinas con sus toscos y ásperos dedos, dejándola entre abierta. Movió un viejo sillón de pluma hasta el centro de la sala, que estaba en condiciones deplorables, pero que servía de todas formas para descansar un rato después del largo viaje. Se sentó y clavó su mirada hacia la ventana vecina. A penas podía mantener sus ojos abiertos porque estaba muy cansado, pero tenía que estar atento en esa extraña ciudad llamada Vitali. Se auto convenció que con un par de minutos descansaría lo suficiente. Tenía planeado visitar a su antiguo jefe para saludarle y luego marcharse de la ciudad hasta el mes siguiente.
Un fuerte disparo que parecía venir del pasillo lo alertó. Kimo sacó una subametralladora pequeña de un cajón. Aquietó su respiración, para calmarse y convencerse que había sido algún ajuste de cuentas habitual. Se tranquilizó dejando el arma junto a su sombrero, y de su chaqueta sustrajo lo que parecía ser una lata de pintura. Giró la base del cilindro metálico dejando ver una serie de tubos, todos hechos de alguna especie de material transparente y resistente que contenían muchas capsulas de distintos colores. Dejó una bajo su lengua antes de tragársela. La pupila de su ojo natural, cambió rápidamente de tamaño una y otra vez. Rápidos golpes en la puerta lo alertaron. Kimo pensó que podía ser algún cliente que lo había seguido, para conseguir una capsula de Recon. Desconfiado se acercó, mientras las viejas tablas del piso se resquebrajaban tras cada pisada. Al asomarse por la mirilla, ve a un joven flaco y desnutrido con un aspecto totalmente inofensivo. Le apuntó directo a la cabeza a través de la puerta, sin que el joven si quiera se diera cuenta que sus sesos podían decorar el pasillo. Contuvo la sospecha y bajó su arma, mientras su pupila cambiaba de tamaño aleatoriamente hasta tranquilizarse.
-¡Abra la puerta, he venido desde muy lejos en busca de su ayuda! -Dijo el joven mientras se alejaba un poco de la puerta sospechando que Kimo le observaba por la mirilla.
-Vete de aquí, no sé de qué demonios hablas. -Dijo Kimo, dando media vuelta, para retomar su breve descanso en el sillón.
Mientras se alejaba, la puerta se abrió lentamente. Kimo se quedó en blanco, pues nunca esperó que la visita le recordara su pequeño hijo. Suprimió la sensación pasajera de golpe.
-¿Cómo diablos abriste la puerta?
-La calle enseña muchas cosas señor, sobre todo a sobrevivir –Explicó el joven.
-¿Qué demonios quieres?
-Necesito que me acompañe hasta dónde está mi padre postrado.
-Niño, vete antes de que me enfade y te dispare.
El joven sacó de su bolsillo una bola de metal que brillaba mucho. Kimo al verla quedó sorprendido por la paz que emitía el objeto.
-Mi padre respetuosamente se la envía para agradecer su ayuda, vale una fortuna en el mercado negro.
Kimo le dio la espalda al joven, sin poder evitar imaginar qué edad tendría su hijo.
-¿Qué le pasa a tu padre?
-Sufre un cáncer letal, llamado Necrula. Sus células se mueren rápidamente y no pueden generar defensas, ni sobrevivir.
-He oído algo al respecto -dijo Kimo, que recordó que ésa fue una de las razones por las cuales su hijo había perdido la vida.
-Escuché que alguien en Vitali fabricaba nanotecnología punta, y con ella una esperanza de poder ayudarle.
-¿Esperanza? -Dijo Kimo, haciendo un gesto de confianza para que el joven lo siguiera hasta la sala.
-Aparte del presente que le he traído, llevo conmigo suficiente dinero que junté todo este tiempo. -El joven sacó de sus bolsillos un montón de billetes arrugados, dejándolos sobre la mesa, junto al sombrero.
-¿Cuál es tu nombre muchacho?
-Cris, señor.
Kimo se puso pálido. Pensaba que el muchacho no podía llamarse como su hijo, así que tomó su chaqueta rápidamente y se puso el sombrero.
-Llévame donde está tu padre, veremos qué puedo hacer -dijo Kimo que sintió una necesidad por ayudar al joven. Algo le decía que podía enmendar errores del pasado.
-Le espero abajo señor, mientras enciendo el coche. -Dijo el joven mientras salía de allí contento, desapareciendo al fondo del pasillo.
Kimo guardó la lata con capsulas dentro de su chaqueta. Tomó su arma y antes que la duda de arrepentirse le invadiera, salió del apartamento. Bajó las escaleras y se encontró con la rutina diaria de algunas inquilinas, prostituir sus almas a todas horas del día. Al salir a la calle se encontró con el mismo aroma a espesa corrupción y tretas en cada esquina. Bajó el sombrero para cubrir su rostro de la policía que circulaba por el lugar en busca de Recon. Nunca patrullaban por barrios tan peligrosos, si no fuera porque también querían conseguir unas cuantas dosis.
Kimo subió a un viejo cadillac negro donde el joven lo esperaba. Tras treinta minutos de viaje por la ciudad en el más absoluto silencio, se dio cuenta por qué ayudaba al muchacho. No por dinero, sino porque se sentía condenado por la muerte de su hijo. Ya que por su culpa, por confiar en su antiguo equipo de trabajo, pasó lo que pasó. Pero era algo que no quería recordar. En un acto reflejo como si tuviese un radar incorporado en la cabeza pidió al joven que se metiera por algunas calles. Kimo pensó en pasar a saludar a su antiguo jefe y darle las gracias por todo lo que había hecho por él en el pasado.

-Sólo pasare a saludar, no te preocupes. Espérame aquí. -Dijo Kimo.
Al bajarse, pisó con su bota derecha un charco de líquidos provenientes del fondo del callejón. Caminó por la insalubre vía entre antiguos departamentos consumidos por el óxido y la humedad. Había un llamativo letrero de neón color azul. Algunas de sus letras tenían los fusibles quemados. Los vidrios de las ventanas de alrededor estaban quebrados por los tiroteos de cada día. Entonces, un tipo salió disparado del bar, estampándose contra el muro, y cayendo sobre el piso mojado. Tenía el rostro lleno de sangre. Trató de ponerse de pie, pero un golpe certero le voló gran parte de los dientes, tumbándolo junto a un basurero, donde algunas ratas comían las sobras de las sobras.
Por la puerta del bar, salió una mujerzuela que lloraba sin consuelo, no paraba de gritar el nombre de su amado. Kimo presenciaba el espectáculo con la mano dentro de su bolsillo empuñando su arma, por si algo pasaba.
-¡Mi amor! ¡Mi amor! -gritó la puta.
Llevaba su cara maquillada para cubrir las quemaduras de cigarrillo que otros clientes le habían producido. Se arrodilló junto al cuerpo moribundo sin dientes, esparcidos estos por todo el lugar. Metió sus manos dentro de la chaqueta de su enamorado y sacó una billetera de cuero que abrió desesperada. No encontró un solo billete y se la arrojó a la cara. Kimo se aburrió del show y entró al Bar Orgo. Se acercó al cantinero que limpiaba la barra y éste no le reconoció, quizás por la prótesis óptica que llevaba en su ojo derecho. Con una seña hizo entender al cantinero que buscaba al Búho, un tipo enorme lleno de tatuajes que era muy respetado por su clientela, y encargado de que todo funcionara en el negocio.
El cantinero le reconoció e hizo una seña hacia el fondo del bar, habían unos tipos que se golpeaban brutalmente sobre pequeño ring. Caminó por entre las mesas recordando el viejo lugar de las apuestas, donde todo el mundo quería ganar dinero con una de las mayores atracciones nocturnas de Vitali. Nadie se perdía ese espectáculo en el bar, porque conservaba el viejo espíritu humano de ser animales descontrolados.
Un tipo del fondo le hizo señas a Kimo, mostrándole aquella archiconocida puerta oxidada. Al cruzar vio una extraña luz bailar a un costado del pasillo rodeado por rejas. Al fondo estaba la pequeña casucha de las tranzas. Escuchó murmullos de dolor, quejidos como si de un alma en pena se tratara, mientras cruzaba por el largo e interminable pasillo. Tras unos bidones de combustible, a pocos metros de alcanzar su objetivo, observó cómo los guardias del bar quemaban lo que parecía ser un cuerpo humano amordazado. No prestó atención, y se concentró en su encuentro con el Búho.
Nada más entrar en la estancia, le sobrevino el recuerdo de todas aquellas transacciones que en su día le habían producido grandes beneficios. Sacó un cigarro de su chaqueta y lo encendió. Por una puerta casi invisible apareció el Búho, que semejaba no caber por ella. Se paró junto al escritorio que había en el centro de la sala. Apoyó sus manos sobre el mueble con una mirada desconfiada hacia Kimo.
-¿Pensé que habías muerto? -Dijo el Búho que se rascaba el bigote.
-Hace mucho que no vengo por aquí. -Dijo Kimo que se alegró de ver a su antiguo amigo.
-Te dije que ésta era tu casa, pero parece que lo olvidaste, porque nunca más has regresado –Replicó el Búho.
-He estado muy ocupado, pero no me guarde rencor. Siempre le estaré agradecido por su ayuda, señor.
El búho se acercó en silencio a la ventana. Miraba como el cuerpo envuelto en llamas se convertía en cenizas. Cerró la ventana y regresó.
- Hace unas semanas unos tipos entraron al bar preguntando por ti. Parecían muy interesados en encontrarte.
-Deben ser adictos al Recon -Dijo con seguridad Kimo
-A muchos les ayuda a recuperar sus miserables vidas, jamás consumiría tus capsulas nanotecnológicas. Prefiero morir dignamente, que infectado por tus pequeñas criaturas.
-Me gustaría quedarme pero debo irme. -Dijo Kimo.
-Que visita tan corta, regresa cuando quieras muchacho. -Dijo el búho, antes de desaparecer por la misma puerta de antes.
Kimo pensaba en las palabras de su antiguo jefe al salir del bar. Cris esperaba dentro del Cadillac y encendió el motor. Después de recorrer varios kilómetros, llegaron a los límites de la ciudad donde encontraron un montón de fábricas abandonadas. Dejaron el vehículo, decidiendo continuar a pie a través de una zona hostil, secuela que había dejado el terremoto del 2017.
Mientras avanzaban veían como unas enormes ratas se daban un banquete con el cuerpo de un vagabundo, al cual el cráneo le brillaba por el trabajo de las lenguas roedoras, que ni un millón de gusanos podrían haber logrado un trabajo tan impecable. Kimo caminaba algunos metros detrás de cris, que lo guiaba hasta donde se encontraba su padre enfermo. Llegaron hasta una antigua fábrica de alimentos transgénicos abandonada.
El ruido de unos desprendimientos cercanos alarmó a Kimo.
-¿Tu padre se encuentra cerca? -Preguntó Kimo desconfiado.
Al instante, una ráfaga de luz roja le hirió en el hombro, atravesándolo. Cris logró escabullirse entre los tubos de sarro, llenos de restos secos de comida transgénica que quedaron tras el abandono. Kimo escrutó con su mirada en todas direcciones para descubrir a su atacante. Entonces apareció frente a él un niño. No podía creer lo que estaban viendo sus ojos. Recordó que cuando trabajó para Cormicom, un científico amigo había hecho una proyección visual de cómo luciría su hijo cuando tuviera distintas edades. A lo que Kimo sonrió, como lo hizo en ese momento de encontrarse con quien parecía ser su hijo.
El niño estaba quieto sin emitir una sola palabra. La sangre caía lentamente por la chaqueta de Kimo.
-No puede ser, yo te vi no nacer -Dijo Kimo que se acercó para abrazarlo.
Pero entonces, un haz de luz verde fue lanzado a sus pies, atrapándolo, y tirándolo al suelo. Al caer, el impacto le destrozó su prótesis óptica. No se dio cuenta que alguien se acercaba por su espalda inyectándole algo que hizo que se desvaneciera por completo. Lo último que alcanzó a ver fue la cara inmóvil de su hijo, desvaneciéndose en la oscuridad, por el efecto del somnífero.
Se despertó en medio de un charco de sangre. Desconocía por completo cuánto tiempo llevaba en esa posición. El torrente que manaba de su cabeza había cesado. Estiró el cuello tratando de levantarse pero el dolor era intenso. Escuchó pasos que se acercaban. Trató de ponerse en guardia pero su vista se nubló por el esfuerzo. Su implante óptico derecho estaba destrozado. Apenas pudo mantenerse en pie y menos reconocer a quien le tenía prisionero en esa oscura celda. Sus manos impactaron de golpe contra el piso, amortiguando la caída, al no resistir un segundo más. Pero antes de caer, reconoció aquel olor que le había traicionado. Ahora, motivado por la adrenalina que bullía por sus venas, al reconocer el repugnante olor de la traición, intentó otra vez levantarse.
Por el pasillo que conducía a la celda, una enorme sombra se proyectaba en los rocosos muros acercándose cada vez más. Unas enormes manos se agarraron a los barrotes, y entre estos, la cara del Búho apareció sigilosa. Sólo expresó una cara de confusión.
El Búho se giró y quedó de espaldas hacia la celda.
-Sabes que siempre me ha gustado mucho el dinero, sobre todo tal cantidad por un desconocido. Tú lo quisiste así al no regresar.
Del fondo del pasillo se escuchan pasos que se acercan, como un grupo de personas alineadas en fila que sonaban como un escuadrón de soldados. Kimo logró ponerse de pie por completo, tras apoyarse en los barrotes oxidados.
-Llegaron preguntando por un Doctor Nanotec y por la fotografía me di cuenta que se trataba de ti. Pensé que a mí también me habías ocultado muchas cosas sobre tu pasado y eso me hiso desconfiar -confesó el Búho.
-No sé qué van a hacer contigo, pero tampoco me importa Kimo, o como te llames. Fue un placer hacer negocios -Dijo el Búho que cruzó con el grupo de científicos que se acercaba hacia la celda.
-Ha pasado mucho tiempo Doctor Nano. Eres muy difícil de encontrar. -Dijo uno de los científicos.
-Necesitamos que regreses con nosotros. Eres el único que sabe realmente cómo funciona la nanotecnología. Fue un error que hayas dejado la comunidad científica. -Dijo uno de los científicos.
-Los propósitos eran otros, no los que ustedes querían. Al principio fue ayudar a los enfermos como lo estaba mi hijo.
-Entonces a eso venias cuando te atrapamos, a ayudar a un enfermo que nunca existió. -Dijo un científico. Mientras todos reían burlescamente.
Son unos enfermos si desean la Inmortalidad. -Dijo Kimo que lentamente perdía fuerzas y sus manos se deslizaban por los oxidados barrotes.
-¿Viste a tu hijo? Podemos darte cientos de ellos, pero está en ti ayudarnos a que los nanobots perfeccionen infinitamente las células, hasta volverlas inmortales. Eres el único que maneja el arte de la reconstrucción.
-Ese no era mi hijo. Él nunca existió. -Grito Kimo mientras se caía al piso después del esfuerzo.
-Llévenselo a recuperación total. Borraremos su memoria. Volverá a ser el doctor Nanotec.




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