ÔĽŅ Libre albedrŪo. Cuentos cortos de ciencia ficci√≥n
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Libre albedrío

Autor: judith

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Cuento publicado el 26 de Octubre de 2018


A los veinte a√Īos, Alfredo vaticin√≥ su propia muerte. Desde aquel d√≠a aciago, comenz√≥ a dejar de vivir.

Las premoniciones de Alfredo comenzaron bastante tiempo antes. La primera que Alfredo recuerde ocurri√≥ cuando ten√≠a ocho a√Īos. Se despert√≥ en medio de la noche, gritando. Su madre acudi√≥ a su cuarto enseguida.


- ¬ŅQu√© te sucede, Fredi?

- Mam√°, mam√°, ¬°tu brazo! ¬ŅQu√© le sucedi√≥ a tu brazo?

La madre le mostr√≥ un brazo, luego el otro. A√ļn viendo los dos brazos de su madre sanos y completos, Alfredo no se pod√≠a tranquilizar.

- Vamos, vamos, es s√≥lo una pesadilla. Yo me quedo contigo, te cuento el cuento de la gr√ļa roja, u otro si as√≠ lo prefieres, y te vuelves a dormir.


Pas√≥ media hora, el ni√Īo se durmi√≥ y ella volvi√≥ a su cuarto y le relat√≥ la pesadilla a su marido, que entre sue√Īos no la escuch√≥, o la oy√≥ y luego la olvid√≥.

Una semana m√°s tarde la madre se cay√≥ bajando de una escalera y se quebr√≥ el brazo derecho. La noche del accidente, al regresar a su hogar, el padre encontr√≥ a la madre y al ni√Īo abrazados y llorando.

- ¬ŅQu√© pasa, mi amor, tanto te duele el brazo?

- No es por eso, es que Fredi tiene miedo por el sue√Īo.

- ¬ŅQu√© sue√Īo?

La madre lo llevó a un costado y se lo recordó. El padre no se impresionó demasiado. Les habló a los dos así:

- Marcela, hijo; vamos, vamos, ¬°tanta alhacara por un sue√Īo! Es pura coincidencia. Dime, Fredi, ¬Ņalguna otra vez te ha pasado que so√Īaras algo y luego ocurriera en la vida real?

El ni√Ī√≥ se puso a pensar, mirando hacia el techo y finalmente repuso: ‚Äď Pues, no.

- Eso es lo que yo digo. Es s√≥lo una coincidencia. Lo importante es que ha sido poca cosa, mam√° se recuperar√° pronto‚Ķ y aqu√≠ no ha pasado nada. Y ahora, la verdad, tengo mucho hambre y adem√°s, m√°s tarde televisan el Cl√°sico. Tenemos que comer para tener fuerzas y alentar a nuestro equipo para que gane, ¬Ņno es as√≠, Fredi?

Y as√≠ termin√≥ el episodio. Padre e hijo disfrutaron juntos el partido de f√ļtbol mientras devoraban sus postres y olvidaron el sue√Īo. En una esquina, Marcela se manten√≠a muy callada y pensaba. Pensaba que Fredi se hab√≠a equivocado al decir que era √©sa su primer premonici√≥n. Recordaba un episodio ocurrido hac√≠a cuatro a√Īos‚Ķ y aunque hac√≠a calor, sent√≠a que le corr√≠a un fr√≠o por la espalda.

Su hijo al parecer lo hab√≠a olvidado, o era muy peque√Īo para entender lo sucedido. Marcela estaba embarazada de su segunda hija, de seis meses, cuando vino Fredi corriendo hacia ella y la abraz√≥, llorando:

- Mam√°, mam√°, ¬°yo quiero mucho a mi hermanita!

- Eres un dulce, yo tambi√©n la quiero mucho. Pero, ¬Ņpor qu√© lloras?

- ¬°Porque mi hermanita no quiere venir!

- Pero mi amor, tienes que esperar un poco más, tu hermanita ya va a venir…

Fredi comenzó a gritar, desesperado.

- ¬°Mi hermanita no quiere venir! ¬°Mi hermanita no quiere venir! ¬°Te lo aseguro, mam√°, he so√Īado que mi hermanita no quiere venir!

Una semana despu√©s, Marcela not√≥ preocupada que su beb√© no se mov√≠a en su vientre. Viajaron con urgencia al hospital‚Ķ pero no hubo nada que hacer. Abortaron a su hija, ya muerta. Entre el torbellino de tristeza y angustia que envolv√≠a su cabeza, no pudo olvidar la frase de Fredi. Su hermanita ‚Äúno quiso venir‚ÄĚ, tal como √©l lo hab√≠a visto en su sue√Īo.

Jam√°s lo olvid√≥. Ya eran al menos dos premoniciones exactas, demasiado para creer en coincidencias, y pens√≥, preocupada: ‚Äú¬ŅQu√© clase de poderes tiene mi hijito?‚ÄĚ

Pasaron los a√Īos. Fredi y su amigo √≠ntimo Paco ten√≠an ambos doce a√Īos. Ese s√°bado, los ni√Īos y sus padres salieron de paseo juntos, como casi todos los fines de semana. Ambas familias eran muy unidas, quiz√° porque ten√≠an tanto en com√ļn. Para empezar, las dos eran familias con hijo √ļnico. Y los ni√Īos eran amigos del alma. El plan para este paseo era visitar una nueva gruta con estalagtitas que hab√≠a sido habilitada recientemente. A la ma√Īana, antes de salir, Fredi sufri√≥ un golpe de cabeza no muy serio, causado por intentar treparse al portal de su casa. No fue m√°s que un susto, pero demor√≥ la partida de todos al paseo.

Para cuando por fin llegaron, descubrieron que la gruta estaría abierta solamente por una hora más. Decidieron postergar la visita para la semana siguiente.

La noche de ese sábado, Fredi tuvo una de sus vívidas pesadillas. Su amigo Paco saltaba, saltaba… él le suplicaba que no saltara más pero Paco continuaba saltando, y finalmente caía al vacío desde un acantilado. Se lo contó a su madre y los dos juntos intentaron convencer al padre para que cancelaran el viaje. El padre se opuso terminantemente:

- La semana pasada les arruinamos la visita a la gruta por tus tonter√≠as, Fredi. Han estado esperando este paseo con nostros durante toda la semana. ¬ŅRealmente quieres ahora que vaya a decirles que debemos cancelarlo todo por culpa de un sue√Īo? Adem√°s, ya tengo compradas las entradas.

La visita a la gruta transcurrió sin mayor novedad. Sacaron fotos y se deleitaron durante más de tres horas observando las formas y los colores de las cavernas, imaginando figuras de fantasía en sus estalactitas y estalagmitas.
Salieron. El paisaje era estupendo. Paco y Fredi se subieron a unas rocas para verlo mejor.

Paco le dijo a Fredi: ‚Äď Te apuesto a que salto m√°s alto que t√ļ.
Fredi sinti√≥ terror. Durante el paseo se hab√≠a olvidado de su pesadilla. En ese momento parec√≠a que hab√≠an cargado el ‚Äúcarrete‚ÄĚ de su sue√Īo en la realidad, y √©l se sent√≠a como el espectador de una pel√≠cula de terror.
Alcanzó a balbucear:

- Por favor, Paco, no saltes aquí. Es peligroso.

- Oye, ya te pareces a mi madre ‚Äď repuso Paco. Y salt√≥ otra vez.

Su madre, Dora, lo vio y comenz√≥ a gritar: ‚Äď Paco, Paquito, ¬Ņqu√© haces? ¬°Det√©nte inmediatamente y ven conmigo! Hijo, que es peligroso‚Ķ -. Lo dijo todo de corrido, en variados tonos de miedo, orden y s√ļplica.

Pero Paco saltó una vez más.

Y otra.

Y una m√°s a√ļn.

La √ļltima vez que salt√≥, ri√©ndose, se dobl√≥ la pierna al tocar el piso. Cay√≥ hacia atr√°s, y en pocos segundos desapareci√≥ de la vista de todos.

Fredi miraba a todos, congelado en su sitio. Su vista se detuvo en Dora tom√°ndose de la cabeza y gritando tan fuerte que nadie lo pod√≠a soportar. Hubiera dado cualquier cosa para poder levantarse de la butaca de esta pel√≠cula. Pero no estaban en ning√ļn cine.

A los equipos de rescate les llev√≥ horas encontrar el cuerpo del amiguito de Fredi. La cara estaba, incre√≠blemente, poco da√Īada, pero el cuerpo, le advirtieron al padre, era un espect√°culo que no deb√≠a ver ni mostrar a su esposa. Era un pobre cuerpecito destrozado con m√ļltiples fracturas expuestas.

Marcela hubiera querido borrar ese día de su memoria. Iba sentada en el automóvil de sus amigos, abrazando a la madre de Paco, intentando decir o hacer lo imposible. Nada que dijera o hiciera podía consolar a Dora, a esa madre que en un momento lo había perdido todo y sólo lloraba y lloraba. Marcela tenía miedo de mirar a su alrededor. Pensó que vería los poderes de Fredi, sonriéndole con la sonrisa desdentada y esquelética del Destino y la Tragedia.

Pasó el tiempo. Fredi tenía dieciséis. Su padre había hecho carrera en la empresa en la que trabajaba. Lo habían nombrado Gerente de Ventas. Lo que implicaba, entre otras cosas, vuelos al extranjero todos los meses.

Una semana antes del vuelo de su padre a Londres, Fredi so√Ī√≥ con un avi√≥n. Vio las filas de pasajeros como si √©l mismo fuera una azafata recorriendo el pasillo. Vio a su padre sentado en la Clase de Negocios, trabajando en su laptop, revisando la presentaci√≥n que ten√≠a que mostrar a sus clientes.

Los movimientos de los pasajeros se fueron haciendo cada vez más lentos. El dedo de su padre quedó detenido a pocos milímetros de la barra espaciadora. La imagen quedó congelada por un largo tiempo.

Y luego desapareció.

Salió afuera del avión, vio sus luces recortadas contra la negrura de la noche nublada sin estrellas. En un momento el avión estaba allí, y en el momento siguiente no había nada.

Se despert√≥ sudando y gritando. Le cont√≥ el sue√Īo a su madre. En vano intentaron convencer al padre durante toda la semana para que no viajara. ‚ÄúEs una visita muy importante‚ÄĚ, les explicaba. ‚ÄúNo puedo no ir por un sue√Īo, o inventarme alguna excusa. Es un proyecto en que se juega el futuro de la empresa. Hemos estado trabajando meses para este viaje.‚ÄĚ


Se fueron a dormir. A las dos de la ma√Īana, Marcela se levant√≥ de la cama sin hacer el m√°s m√≠nimo ruido, desconect√≥ el reloj despertador, apag√≥ su tel√©fono celular y retir√≥ el pasaporte de la valija de su esposo. M√°s tranquila, volvi√≥ a dormirse.

Dos horas más tarde el padre de Fredi se despertó sobresaltado.

- Ha habido un corte de luz, ¡mira, las cifras del reloj sobre la mesa de luz están parpadeando! ¡Dios mío, no alcanzaré el vuelo!

Se vistió rápidamente, tomó su valija y su laptop y salió corriendo hacia el taxi que lo esperaba.

Cuando faltaban quince minutos para el despegue, Marcela encendi√≥ su aparato celular nuevamente. Lo hab√≠a apagado por si √©l descubr√≠a la falta del pasaporte a tiempo y la llamaba para que se lo llevara al aeropuerto. Llam√≥ a su marido. No hubo respuesta. No lo pod√≠a creer. ¬ŅSe las habr√≠a arreglado para tomar el vuelo, a pesar de todo?

Encendi√≥ el televisor para ver las noticias de la ma√Īana. El vuelo de las 5:40AM a Londres hab√≠a desaparecido. A las 6:30AM hab√≠a realizado la √ļltima comunicaci√≥n con la torre de control. Diez minutos m√°s tarde se esfum√≥ de las pantallas de radar.

Llam√≥ desesperada a la compa√Ī√≠a a√©rea pero las l√≠neas estaban todas ocupadas.

Fredi no fue a la escuela. Se quedó junto a su madre, sentados ambos, llorando, rezando. Fredi miraba al techo, imáginándose el cielo sobre su cabeza, intentando, por un esfuerzo de voluntad, materializar el avión de su padre.

Unas horas después sonó el teléfono. Era el padre de Fredi.

- Mi amor, ¬Ņc√≥mo est√°s? ¬°Hoy me ha pasado de todo!

- ¬ŅD√≥nde est√°s? ‚Äď atin√≥ solamente a contestar Marcela.

- Estoy en una estaci√≥n de polic√≠a. Le ped√≠ al conductor que me llevara r√°pido al aeropuerto. Chocamos. No fue nada terrible, pero el muy energ√ļmeno comenz√≥ a golpearse con el conductor del otro veh√≠culo. Lo dej√≥ tendido en el asfalto. Despu√©s se abalanz√≥ sobre m√≠, comenz√≥ a insultarme, a empujarme, a decir que era culpa m√≠a porque le hab√≠a pedido que se apure. Suerte que llego la polic√≠a.

- ¬ŅY cu√°ndo vienes?

- Creo que ya terminamos con las declaraciones‚Ķ ¬ŅSabes que es lo m√°s gracioso? Creo que me olvid√© el pasaporte en casa.

- A ver, a ver, espera un momento ‚Äď Marcela hizo como que buscaba ‚Äď S√≠, mira, te lo dejaste aqu√≠ en la mesa de luz. ¬°Qu√© cabeza la tuya!

- ¬ŅPor qu√© lloras ahora? Est√° bien que no he podido traerte el perfume de Carolina Herrera que me pediste, ¬°pero no es para tanto!

- ¬°Mira que eres tonto! ¬ŅEst√°s sentado?

- S√≠, ¬Ņpor qu√©?

- El avión que debías tomar ha desaparecido en pleno vuelo.

Del otro lado de la línea se hizo un silencio mortal.

- Mira lo que son las cosas. El despertador, el pasaporte que faltaba‚Ķ ¬°el sue√Īo de Fredi! Se ve que Alguien desde Arriba ha querido ayudarme.

Ella sonrió mirando a su Fredi.

- Sí, indudablemente. Alguien desde Arriba te ha ayudado.

Abraz√≥ a su hijo y por primera vez en sus vidas ambos agradecieron profundamente el don que este √ļltimo hab√≠a recibido.

A sus veinte a√Īos, Fredi estaba en el Ej√©rcito. Estudiaba Ingenier√≠a para ser luego Oficial, era uno de los alumnos sobresalientes de su curso y todos le auguraban una carrera mete√≥rica.

Hasta aquella noche aciaga en que so√Ī√≥ su propia muerte, y comenz√≥ a dejar de vivir.

En el sue√Īo √©l iba corriendo descalzo por la calle. Junto con √©l corr√≠an varios de sus compa√Īeros del Instituto Militar, en uniforme. Pero tambi√©n corr√≠an varios civiles. A sus espaldas percib√≠an, m√°s que ver, un intenso resplandor, como el de un Flash, pero de color rojo. Por alguna raz√≥n el giraba y ca√≠a, ve√≠a la nube de humo y escombros que alguna vez hab√≠a sido una cafeter√≠a‚Ķ y luego ya no ve√≠a m√°s nada. El mundo era algo negro y final, en el que s√≥lo faltaba que apareciera en letras blancas: ‚ÄúThe End‚ÄĚ.

Durante la semana siguiente Fredi abandon√≥ sus estudios en en Instituto Militar. Ante la consternaci√≥n de sus compa√Īeros y superiores, invent√≥ una mentira. Dijo que ten√≠a una novia activista y pacifista, que la quer√≠a mucho, que se iban a casar. Que ella no pod√≠a entender ni compartir su carrera militar.

Pasó una semana… y nada ocurrió.

Pero volvi√≥ a tener un sue√Īo. El mismo sue√Īo, pero con m√°s detalles. A su izquierda corr√≠an sus compa√Īeros del Instituto. A su derecha corr√≠a una hermosa muchacha.

El sue√Īo se repet√≠a semana a semana.

Cuando descubrió que la muchacha fumaba, dejó de fumar, y de salir con mujeres que fumaran.

Y el sue√Īo se segu√≠a repitiendo, semana a semana.

Vio que la mujer era rubia. No volvió a salir nunca con rubias, y si veía alguna por la calle, se cruzaba de vereda.

En sus sue√Īos se le fueron revelando detalles sobre la cafeter√≠a que desaparec√≠a en la explosi√≥n. Era una cafeter√≠a decorada con grandes sillones, como si fueran butacas traseras de autom√≥vil. De colores chillones, rojo y blanco.

Dejó de visitar las cafeterías con sillones, y por si acaso, dejó de visitar todo tipo de cafetería o restorán.

Hasta que vi√≥, en el sue√Īo, que la calle por la que corr√≠an era la calle en la que estaba su propia casa. Desde ese d√≠a ya no sali√≥ nunca m√°s a la calle.

Y, semana tras semana, el sue√Īo volv√≠a a visitarlo.

Marcela le suplicaba que hiciera algo con su vida. Hasta morir era preferible a esta vida que estaba haciendo. Estaba flaco, demasiado flaco, su pelo desordenado, la barba rala siempre descuidada, los ojos inyectados, vestía siempre el mismo pijama gastado, parecía un interno de un campo de concentración.

Un sábado sonó el timbre. Era raro, ya casi no recibían visitas de nadie.

Era Dora. Hac√≠a a√Īos que no la ve√≠an. Fredi corri√≥ a esconderse.

Dora y Marcela se abrazaron, emocionadas.

- ¡Qué tontas hemos sido, de cortar así todo contacto!

- Es cierto Dora, y… ¡qué bien se te ve, mujer!

- Gracias, gracias. Es que mis cuatro hijos llenan mi vida de felicidad.

- ¬Ņ¬°Cuatro hijos?!

- S√≠. Fueron a√Īos muy malos los que pasamos, luego que‚Ķ muri√≥ Paquito. Nos aislamos de Ustedes‚Ķ de todos. Y un d√≠a, en el trabajo, una compa√Īera me dijo as√≠, sin pre√°mbulos: ¬ŅPor qu√© no adoptas?

Y Dora adopt√≥, una ni√Īa. Y luego de un tiempo, un ni√Īo. Y s√≥lo se detuvo cuando lleg√≥ a cuatro. Dos ni√Īas y dos ni√Īos.

- Mira, traigo siempre fotos conmigo. Son hermosísimos.

Luego de ver algunas fotos, Dora le dijo a Marcela: ‚Äď Me encontr√© con tu marido por casualidad. Me cont√≥ sobre el estado de Fredi. ¬ŅD√≥nde est√° el?

Marcela se√Īal√≥ hacia la puerta de su cuarto sin decir nada.

Dora se levantó de su silla y fue a golpear a la puerta de su cuarto.

- Vamos, Fredi, ¬Ņno vas a venir a saludarme? Soy yo, Dora. Quiero abrazarte y darte un beso, despu√©s de tanto tiempo sin vernos.

Cuando lo vio, Dora entendi√≥ que el estado de Fredi era peor a√ļn de lo que se imaginaba. Pero no dijo nada. Lo abraz√≥, lo bes√≥, le acarici√≥ el pelo como siempre lo hac√≠a, aunque tuvo que levantar las manos para llegar a su cabeza. La √ļltima vez que habia acariciado esa cabeza, estaba a la altura de su pecho.

- Fredi, ¡qué alegría verte! Ven a ver fotos de mis hijos.

Fredi comenzó a observar las fotos y se quedó congelado. La hija mayor de Dora, Verónica, era la rubia de sus pesadillas. Dora notó que algo le pasaba pero no hizo a tiempo a preguntarle nada.

De la calle venía mucho ruido. Escucharon como si varios camiones pesados estuvieran circulando por la calle. Fredi fue a encender el televisor. Estaban pasando un informe especial de noticias:

- ‚Ķ y esta es una informaci√≥n de √ļltimo momento. Se ha informado de una amenaza cre√≠ble de atentados con bombas en el barrio de ‚ÄúLas Torcazas‚ÄĚ. Se han desplegado fuerzas de polic√≠a y militares en la zona‚Ķ

Dora se quedó petrificada. Les dijo:

- Mis hijos est√°n aqu√≠ abajo, en la cafeter√≠a de la esquina. No quise traerlos a todos de improviso antes de contarles. Est√°n en lo que era la Cafeter√≠a de Luciano, ¬Ņrecuerdan? Est√° completamente cambiada. La han redecorado, han puesto sillones como si fueran de autom√≥viles de los a√Īos cincuenta. Los colores, la verdad, son un poco fuertes‚Ķ rojo y blanco.

Fredi se levantó de la silla de un salto. Fue hasta su ropero y se puso pantalones y camisa. Le quedaban enormes. Le gritó a Dora que tenían que sacar a sus hijos de la cafetería.

Fueron corriendo por la calle. Fredi iba descalzo. Entraron a la cafetería. Todos estaban mirando las noticias. Fredi vio primero a Verónica, hermosa, con un cigarrillo en la mano. Ella lo miró a él e increíblemente le sonrió.

En cualquier otra situaci√≥n, si un personaje con cara de loco, con el cabello revuelto y vistiendo ropa muy holgada, hubiera exigido la evacuaci√≥n de la cafeter√≠a, la gente se habr√≠a re√≠do y permanecido en sus mesas. Pero Dora apoy√≥ sus palabras, y sus hijos fueron los primeros en levantarse para escapar. Fue un efecto domin√≥. Salieron todos corriendo, incluyendo los compa√Īeros del Instituto de Fredi que hab√≠an llegado para asegurar el orden en el barrio.

Iban corriendo, tres de sus compa√Īeros a la izquierda, Ver√≥nica a su derecha. La melena rubia de Ver√≥nica se ti√Ī√≥ de rojo. El cigarrillo se le cay√≥ de la mano en c√°mara lenta.

A Fredi se le cayeron los pantalones y se enredaron en sus piernas. Cayó y dio un giro que lo dejó mirando hacia la cafetería. Escuchó y sintió en sus tripas el ruido más terrible y bajo que jamás hubiera escuchado. La realidad siguió aminorando su velocidad. Vio una esquirla volando hacia el, negra, fea, roma y mortífera como la nariz de un tiburón.

La esquirla penetró en su ojo izquierdo. Todo se volvió rojo.

Y después, negro.

- ¬ŅHoy festejamos tu segundo cumplea√Īos, pap√°?

- S√≠. Hoy cumplo doce a√Īos seg√ļn mi segundo nacimiento, que ocurri√≥ cuando yo ten√≠a veintiocho a√Īos.

- ¬ŅY por que dices que naciste de nuevo, pap√°? ¬ŅPorque te salvaste del atentado con la bomba?

Alfredo se acerc√≥ y le susurr√≥ a su hijo Tom√°s en el o√≠do: ‚Äď No se lo digas a nadie, pero ese d√≠a nac√≠ de nuevo porque la conoc√≠ a tu madre.

Alfredo ten√≠a un ojo de vidrio. Pero no le gustaba mucho. Muchas veces, sobre todo en su propia casa, usaba un parche sobre √©l, se pon√≠a un sombrero grande y sonre√≠a feliz cuando Ver√≥nica y Tom√°s le segu√≠an el juego y lo llamaban ‚Äúel Pirata Barbanegra‚ÄĚ.

Alfredo comenz√≥ a decirle a su hijo, en voz alta: ‚Äď Antes de conocerla a tu madre, yo no val√≠a nada. Era como un muer‚Ķ

Ver√≥nica le peg√≥ un tremendo codazo: ‚Äď No es lenguaje para usar delante de tu‚Ķ madre. Con los ojos, en cambio, se√Īal√≥ en la direcci√≥n de su hijito, que ten√≠a cara bastante preocupada.

Tom√°s mir√≥ a ambos y en su mente se presentaron dos futuros posibles. En uno de ellos, su padre contaba alguna de las historias deprimentes de antes de conocerla a su madre (Ver√≥nica, su madre, las adjetivaba un poco distinto: ‚Äúdepresivas‚ÄĚ). En el otro, su padre le contaba una fant√°stica historia de piratas. No hab√≠a que esforzarse mucho en elegir.

- Papá, nunca me contaste la historia de cómo venciste al Pirata Morgan.

- Tienes razón:

‚ÄúEl pirata Morgan hab√≠a dado un buen golpe en Jamaica y se hab√≠a hecho construir un temible bergant√≠n, con veinte ca√Īones por banda, y su tripulaci√≥n estaba compuesta por los piratas m√°s fieros de los Siete Mares.

Morgan ten√≠a la mitad del plano de un tesoro fabuloso. ¬ŅA que no adivinas qui√©n ten√≠a la otra mitad?‚ÄĚ

Tomás dijo rápidamente la respuesta que de él se esperaba, para que su padre siguiera relatando el cuento.

‚ÄúPara obtener la otra mitad ese pirata sucio, avaro y traicionero, secuestr√≥ a mi amada, Ver√≥nica, la mujer m√°s buena y hermosa del Caribe‚Ķ si no de todo el mundo‚ÄĚ.

- Pap√°, ¬Ņno es cierto que al final t√ļ la salvas?

- No.

Tomás puso cara compungida, y Verónica hizo un gesto de querer estrangular a su marido. Alfredo miró en la dirección donde su madre abrazaba a Verónica, a quien su madre quería como si fuera la hija que nunca había tenido.

- Al final, hijo, Verónica salva al Pirata Barbanegra.

//alex


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