Juanito y Copito. Cuentos cortos románticos


Juanito y Copito

Autor: Jorge Ricardo León Sánchez

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Cuento publicado el 29 de Abril de 2021


Sentado en una roca, próximo a la puerta de su casa, Juanito observaba pensativo a los pájaros que volaban en círculo, cerca de un cerro. Eran jotes, aves carroñeras que limpiaban las praderas..
-¿Qué pájaros más raros? –En su reflexión sabía que estas aves sólo volaban en círculo cuando divisaban un animal muerto o enfermo en algún lugar del valle, para luego bajar a devorarlo. Sin pensar más decidió ir a investigar; la curiosidad lo llamaba.

-Mamá, ya vuelvo. Iré a ver qué pasa, cerca del cerro hay muchos pájaros, algún animalito estará en dificultad y necesitará de mi ayuda.
-Este hijo mío, siempre con sus cosas- Sonriendo murmuraba doña Florencia, mientras lo observaba perderse entre laberintos rocosos y espesura del camino.
Juanito apuró el tranco, se juntaban demasiados pájaros, la víctima debía ser un animal muy grande. Al llegar cerca del cerro, buscó minuciosamente, hasta encontrar al animalito. Era una perrita hermosa, tirada entre los matorrales; seguramente – pensaba – pertenecía a algún vecino cercano y sus correrías desgraciadamente terminaron aquí. La enterraré aquí mismo, ella buscó este lugar.
Observándola detenidamente se dio cuenta que su muerte se había producido cuando estaba pariendo; dos cachorritos se hallaban a su lado, desafortunadamente muertos.
Estaba moviendo el cuerpo de la perrita, cuando notó movimiento de algo entre su pelaje, asomaba la cabeza un pequeño sobreviviente, había sido el más fuerte. Menos mal, había llegado a tiempo para salvarlo. Esto lo reconfortó y lo reanimó a dar sepultura a los animalitos.
Al terminar la penosa tarea, tomó entre sus brazos al pequeñín, que tiritando de frío se acurrucó entre la ropa de lana de Juanito. Muy contento y feliz por su perrito, el muchacho corrió hasta su casa.

Pasado un tiempo, Juanito nunca se imaginó que un animalito tan gracioso, sin su madre, iba a crecer tan rápidamente. Estaba pensando en darle un nombre; creía que por su pelaje, hermosamente blanco, debía ser Copito. Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando notó la llegada de visitas; eran sus vecinos, gente muy amable y cariñosa que venían a saludar a su madre, esta vez venían con su hija, una pequeñita que no cesaba de mirar a Copito. Juanito captó el deseo de la niña de acercarse.
-Te gusta mi perro, se llama Copito.
-Es muy lindo, me recuerda a Blanquita, mi perrita hermosa que se perdió un día. Ella me acompañaba a todas partes, llegaba a buscarme al colegio, dormía bajo mi cama; tu perrito es muy parecido a ella. ¿Puedo venir otra vez a jugar con él?
-Puedes venir las veces que quieras, Marianita, Copito parece que te quiere, sería muy bueno que jugaran juntos. Yo algunas veces no puedo estar mucho con él. Se divertirán los dos.
Juanito se acostumbró a las visitas de Mariana; era una niña hermosa, conversadora y muy respetuosa, que gustaba jugar y gastar bromas con él. Con su madre, habían convenido en no decirle a la niña lo acontecido con su perrita, era mejor que ella pensara que estaba viva, viviendo en otro lugar.
Las visitas de Mariana eran muy seguidas. Sus padre debían ausentarse muchas veces de casa por enfermedad de la madre y ella debía ser cuidada por una familia bastante alejada de su casa. Doña Florencia al darse cuenta, se hizo cargo del cuidado de la niña, después de conversar con sus padres.
Pero… Lo lamentable llegó un día, al saberse que Marianita estaba enferma y que por un tiempo no podría salir de su casa. Su ausencia se prolongó por muchísimo tiempo, era increíble, la niña había transformado la rutina diaria de la casa, su presencia había dado calor al hogar; el silencio abismal que la soledad producía, había quedado sepultado por los gritos o cantos angelicales que Marianita estremecía todas las mañanas al levantarse y pasearse por la casa, con Copito que corría, ladrando feliz junto a ella.
Juanito, hijo querido, ahora que ella está enfermita, debe echar de menos a Copito. ¿No crees que sería bueno que se lo llevaras por unos días para que la acompañara? Le daría alegría y más ánimo.
-Si mamá, he pensado mucho en esto, mañana mismo lo llevaré. Así podré verla también.
La casa de Mariana estaba muy próxima a la suya, pero desde allí no se alcanzaba a divisar, quedaba oculta por una curva del camino. Al llegar, Juanito se dio cuenta que algo extraño ocurría, todo estaba en silencio, nadie salía a recibirlo. Se quedó esperando, intranquilo, alguien llegaría.
Las horas transcurrían lentamente y ya había caído la noche, Copito a su lado dormía tranquilamente. El silencio abrumador sólo era interrumpido a veces por el paso veloz de los vehículos que transitaban por la carretera. Pasado un largo momento, esta vez la quietud se interrumpió por los pasos apresurados de una persona que se acercaba a la casa.
-La familia no está, le empezó a responder el desconocido. Se fueron rápidamente a Santiago al empeorar la salud de la niña. Si quieren mandar un encargo, mañana sale un vehículo para allá.

El lento correr del tiempo en la noche fue un martirio para Juanito, abismado por la noticia, casi sin dormir, empleó unas horas en hacer una carta a su pequeña amiga; con palabras muy cariñosas le decía todo lo que en otras circunstancias se habría negado a manifestar. Era mucho el afecto que sentía por Marianita, como la hermanita deseada que el egoísta destino le había negado. Dedicó parte de la noche en bañar a Copito, peinarlo y alimentarlo, esperando el amanecer para salir a dejar el perro. Copito pertenecería a Marianita, le serviría de compañía. En su carta le pedía que aceptara a su perrito como parte del cariño que su madre y él le tenían, rogando por su restablecimiento y vuelta luego a casa.
Muchos días pasaron. A Marianita la esperaron en vano, todo había concluido, su hermosa vida ya no pertenecía a este mundo, la enfermedad se la había llevado repentinamente dejando una estela de gran dolor en su familia y una amargura en el corazón de Juanito. La casa, esa casa ruidosa, alegre en el pasado, quedaba ahora en silencio. Un silencio angustioso que ni Copito se atrevía a interrumpir.

Doña Florencia hacía sus cosas solitariamente, pensando como todos los días, esperando la llegada de su hijo del trabajo diario. Su tristeza y amargura lo delataban día a día y ella esperaba pacientemente que su hijo volviera a su lado nuevamente, con la vida alegre que lo caracterizaba.
Una tarde llegó Juanito, más temprano de lo acostumbrado; extrañada doña Florencia lo veía caminar por todas partes, nervioso, buscando algo. Luego cansado se sentó, con su mirada en el vacío.
-¿Qué pasa, que es lo que buscas por los rincones? Necesitas alguna cosa en especial, dímelo Juanito que yo te lo conseguiré. Creo que te hace falta un viaje largo por un tiempo, que te distraigas y conozcas otra gente y lugares. Hablaré con tus tíos, ellos también quieren tenerte un tiempo con ellos.
-Madrecita, nunca te abandonaré, sabes que estoy muy bien a tu lado. Solamente que a Copito no lo he visto, ha desaparecido. Creo que mi perro se aburrió conmigo - murmuró amargamente.
-El perro sale todas las mañanas en dirección al cerro y no llega sino hasta el anochecer. Algo busca o lo entretiene por esos lados, creo que sería bueno que salieras a buscarlo y pasearas con él, yo no me atrevo a llegar hasta allá.
-¡Humm! Menos mal que salió de su calvario, ahora el perro terminará de ayudarlo en sus ganas de vivir - pensaba doña Florencia, mientras empujaba a su hijo a salir de casa.
Esos lugares del cerro eran los preferidos de Juanito, su niñez la había pasado allí junto a su padre, conocía todos sus recovecos, su historia y lugares secretos. Estaba sentado, haciendo volar su imaginación en los momentos felices que había compartido con Marianita, sus ojos no pudieron más y se llenaron de lágrimas; allí solitario, lejos de todo, pudo desahogarse y volcar toda su pena, hasta que el generoso cansancio lo venció.
El ruido de pasos, carreras y ladridos de perros lo despertó; se restregó los ojos, rojos aún por el llanto y trató de ver lo que sucedía. La luz del sol se desvanecía y las sombras comenzaban a envolver los contornos de los cerros mientras una brisa refrescante y aromática se esparcía por el campo…y algo extraño, fantasmal, se movía al lado suyo. Trató de huir y sus piernas no se lo permitían, estaba clavado en el suelo…¡No lo podía creer! Su perro, al lado suyo, ladraba alegremente a una figura conocida que se acercaba y alejaba. ¡Era Marianita! Su cuerpito, su lindo pelo, toda ella resplandecía con una luz maravillosa, junto a su querida perrita Blanquita que la seguía en su caminar. Cuando todo ese grupo encantador empezó a acercarse, las piernas de Juanito lo abandonaron, era mucho para él. Balbuceando palabras incoherentes, se desplomó.
-¡Juanito, gran Dios!, por favor, ayúdame. Juanito despierta – rogaba doña Florencia, viendo que su hijo no reaccionaba. Había llegado siguiendo el camino de su hijo, pero la edad y sus pasos lentos, lo alcanzaron justo cuando Juanito caía fulminado al suelo – Juanito…

La luna, majestuosa, había aparecido en todo su esplendor y viajaba por el cielo infinito, alumbrando las cimas de los montes y al precioso valle que se extendía bajo sus faldas. Era una hermosa noche, especial para pasear y cantar, junto a grillos y el croar de las ranas, noche en que regresaba a casa una madre, llevando abrazado al hijo que aún no volvía a la vida. Copito ya estaba al lado de la puerta cuando ellos lograron entrar….

Meses después…
Nubes negras amenazaban los campos, acompañados por fuertes vientos que azotaban despiadadamente al valles; era el comienzo de un frío invierno que se dejaba caer tempranamente, amenazando con grandes calamidades y ruina a los campos. Juan ya sabía lo que tenía que hacer, empezó por guardar y alimentar a los animales que ya comenzaban a olfatear al cálido y húmedo viento.
Doña Florencia, vio renacer el ánimo en su hijo, sentirlo más tranquilo al volver de los campos acompañado por Copito. Su llanto contenido, al sentir que la alegría también le llegaba a ella, reventó en copiosas lágrimas que no pasaron desapercibidas por su hijo.
-Mamacita linda, deja de llorar, ya estoy contigo, tranquilízate; todo lo pasado queda en nuestros lindos recuerdos, ahora seguiremos nuestras vidas como siempre ha sido, se disipó mi amargura, pero se que tú has sufrido más que yo. Vamos preparémonos, que nuevamente llega un mal tiempo; la lluvia y la nieve se dejará caer y no quiero perder algunos de mis animales. Copito ya comienza a ladrar y me espera para salir al cerro en busca de los últimos becerros.
-Hijo querido, si vas al cerro, quiero que lleves estas flores y las dejes donde tú ya sabes. No me preguntes nada, también yo la vi esa noche, Marianita seguirá con nosotros, su canto y risa alegrará nuestra casa por mucho tiempo.
Sin decir nada, Juanito salió de la casa; sus pasos tranquilos pisaban la hierba seca casi sin ruido, mientras Copito le rozaba los talones, impaciente por llegar; ya conocía el camino y sus ladridos fuertes y alegres se escucharían desde lejos, cuando estuviera junto con su madre, la linda Blanquita.

//alex


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