Ellas. Cuentos cortos románticos


Ellas

Autor: Lucas Alberro

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Cuento publicado el 02 de Diciembre de 2012


Si quieren que les cuente esta historia querrán que empiece por el principio. Sucede que tal vez sea yo mismo el que no lo recuerde o el que no quiera hacerlo.
Hoy cuento con cinco décadas de existencia sobre este mundo y entiendo muchas cosas, otras no.
Perdón, sepan disculpar, pero quizá sea la necesidad de compartir esta historia con ustedes la que hizo que eluda mi presentación. Mi nombre es César. Actualmente estoy desocupado con lo cual mis días se nutren de sentido gracias a la rutina que elegí afianzar hace unos pocos años al descubrir este bar como espacio para despejarme.

Caminando las pocas cuadras que lo separan de mi antigua casa descubro día a día algo distinto, algo que tiene reminiscencias de ellas, de cada una por un motivo diferente.
Llego al bar cada tarde, saludo al mozo de quien puedo decir que lo considero un amigo. Él es el que se dispone muchas veces a escuchar mis historias. Sobre ellas. Siempre sobre ellas.
Me dispongo a sentare en la mesa de siempre, con su color oscuro que parece llamarme en cada ocasión. Espero el café que degusto mientras por mi mente pasan los recuerdos de muchas que tanto significaron y que hoy, después de tanto pensarlo, me dispongo a plasmar en mi anotador y compartir con ustedes.
Cincuenta años parecen ser los suficientes para muchas cuestiones, pero no para entenderlas a ellas. Nunca alcanza la vida para eso.
Tomo mi primer sorbo de café y pienso en Estefanía. No fue la primera pero fue especial. Cuando me miraba a los ojos no sabía que podía pasarme, pero sí sabía lo que a ella le sucedía. Sólo con que me mire. Y lo interesante de todo esto es que nuestro encuentro fue furtivo, fugaz, sólo un momento. Pero suficiente. Demasiado pensante, demasiado calculadora, espontánea de a ratos, lo necesario para saber que no la amé. Y lo que peor me hace sentir es que ella al oído me dijo convencida lo contrario. Ahí, sin conocerme. ¿Por qué? ¿Lo necesitaba decir? Arruinó un instante que sin embargo a la distancia hoy viene a mi mente y lejos de ser maravilloso me resulta chocante. Sólo por sus palabras. Eran demasiado sinceras, demasiado creíbles y eso es un problema muchas veces. Lo que puede ser genuino no lo creemos. Es duro, es doloroso, no ser amado cuando se ama todavía, pero es bastante más duro ser todavía amado cuando ya no se ama. Para mí es muy duro. Ella me ama aunque ya no la vea. Lo sé. Pero yo no. No la amé y no podré hacerlo.
Sin embargo, esa sinceridad que cuestiono en Estefanía me parecía una cualidad perfecta en Lucía. La misma característica en dos mujeres diferentes. En una es un defecto. En la otra es una virtud. Ha de ser tal vez porque las conocí en épocas distintas. Al menos para mí. Con Estefanía pasé la última etapa de mi adolescencia y gran parte de mi juventud. Dos etapas en las cuales lo único que tenía claro era que no tenía claro nada. Sólo que no podía amar a nadie en ese momento.
Estefanía pensaba lo que decía. Lucía decía lo que pensaba. Y vaya que pensaba. En apariencia era una más, o incluso una menos para muchos otros hombres. La descartaban enseguida. En cambio a mí me llamó la atención desde el primer momento. No era muy atractiva, no lo niego. Pero su sonrisa inspiraba seguridad en sí misma y mucha picardía.

Eso sí que me gustaba. Siempre sabía bien lo que quería. Y usaba las palabras justas, no exageraba. A ella la conocí en un viaje en colectivo que parecía uno más como el de todos los días cuando trabajaba en el Correo ya de adulto. Bah, hoy no sé si sería “adulto”, tenía 30 años.
No dudé cuando vi que me sonreía. Otra vez esa picardía, otra vez. Cuando empezamos a hablar en ese viaje los dos nos dimos cuenta que existía algo entre ambos. Era esa sonrisa, era esa seguridad.
Lucía era sinónimo de “amor” porque nos complementábamos muy bien, los dos lo sentíamos cada vez que a la mañana siguiente estaba uno cerca del otro en el mismo lecho que muchas veces compartí con otras pero lo sentía igualmente vacío. A ella sí que la amé.
El café ya está frío. Por más que intente, ya es intomable. Me lancé a escribir y no pude parar. Me aislé de todo y de todos. Pero desde la ventana del bar puedo ver un aviso y en él la imagen de una adolescente. Inevitablemente viene el recuerdo a mi cabeza. Es María. Mi primer amor.
Éramos adolescentes, no entendíamos por qué, pero estábamos juntos. De ser compañeros pasamos a la intimidad de los amantes, a la de los besos en cualquier ocasión. Dicen que un beso legal nunca vale tanto como un beso robado. Ella fue una buena ladrona. Por eso es imposible olvidarla. Sin embargo, no puedo pensar sólo en una.
Hay quien ha venido al mundo para enamorarse de una sola mujer y por ello, no es probable que se cruce con ella. Yo no pude. No puedo y no podría. A María la amé, para amarla y no para que me ame porque lo que me interesaba era verla feliz. Y vaya si lo logré. Sin embargo, la abandoné porque sabía que esa felicidad se acabaría de a poco. Preferí herirla con la verdad y no destruirla con una mentira. Si seguía con ella después del bachillerato hubiese sido una mentira. Y no creo en verdades absolutas, pero ella durmió entre mis brazos, y eso fue una verdad. Pero tuvo un final. Hoy la recuerdo y pienso que fue mi primer amor y por eso la quise. Porque al primer amor se lo quiere más. A los otros se los quiere mejor. Pero ese primer beso fue mágico. El segundo fue íntimo pero el tercero ya fue rutinario. Esa magia prematura del primer amor existió gracias a la ignorancia de ambos de que podía tener fin. Y hoy entiendo por qué. Fue una pequeña locura y una gran curiosidad, como todo primer amor.
Ya es tarde. Ya pasaron las 19. Se consumió el día en la taza de café y en el diario cerca mío que no leí. Hoy me siento viejo sólo en apariencia. Pero sabiendo que debo seguir viviendo la vida. Sabiendo que la vejez es un tirano que prohíbe, bajo pena de muerte, todos los placeres de la juventud. Y yo soy joven. Tengo vicios, no lo niego, el cenicero es testigo. Y ellas también. Pero quien carece de vicios también carece de virtudes. Y mi mejor virtud es recordar a Lucía y María. Dos mujeres a las que amé. Tengo pocas certezas hoy, sé que se puede teorizar mucho sobre el placer, pero no hay nada como practicarlo. He cometido grandes injurias, grandes equivocaciones. Pero sé sólo dos cosas: nos equivocamos a menudo en el amor, a menudo herido, a menudo infeliz, pero soy yo quien vivió y no un ser ficticio, creado por mi orgullo. Además sé que hoy es más fácil quedar bien como amante que como marido; porque es más fácil ser oportuno e ingenioso de vez en cuando que todos los días. Por eso a quien recuerdo ahora es a Celeste, quien me esperaba para cenar la última semana hasta antes de que firmemos el divorcio. Fue la última. Estefanía, Lucía y Celeste. Sólo ellas. Hubo otras. Amé dieciocho veces, pero recuerdo sólo tres. A ellas tres.
Dejo unos billetes sobre la mesa, saludo con un guiño al mozo y abandono el bar esperando despertar mañana y encontrar a otra a quien pueda o no recordar.

//alex


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Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2013-04-13 17:47:12
Nombre: isabel martinez
Comentario: Me ha parecido muy bueno tu cuento. Es la primera vez que entro aquí y la verdad es que siempre he querido escribir pero creo que no se me da, aunque ha decir verdad no lo he intentado.Espero poder hacerlo algún día cuando me deshaga de mis inhibiciones.