Impresiones de Lima - I. Otros cuentos


Impresiones de Lima - I

Autor: Martha Alicia Lombardelli

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Cuento publicado el 20 de Julio de 2010


Exactamente: 12 de junio de 1980. Camino por las calles de Lima. Recorro el Jirón de la Unión, desde Plaza San Martín hasta la Plaza de Armas; en total cinco cuadras. Todos los días –menos el lunes porque ese día los artistas no trabajan- viajo desde el barrio de Lince hacia el centro de la ciudad por la Avenida Arequipa en algún automóvil viejo y destartalado que la necesidad ha transformado en transporte público. Estoy actuando en una tragedia griega: Las troyanas de Eurípides. La dirige un señor de la escena peruana: Don Ricardo Roca Rey. La compañía es la de la 1º Dama del Teatro Peruano: Elvira Travesí.

Desciendo en una esquina de la Plaza San Martín, la atravieso esquivando mendigos y vendedores ambulantes para llegar al Jirón. Entonces comienza la aventura. Las cinco cuadras se cubren de miles de vendedores de vereda a vereda; se instalan a partir de las nueve y media a diez de la mañana con sus mercancías. Algunos las colocan sobre pequeñas mesas que arman al llegar al lugar, otros, en el suelo. Los hay menos estáticos, son los que se desplazan persiguiendo a los posibles compradores con manteles, faldas, pantalones, colgados del cuerpo.
Golosinas, collares, aros; la variedad es infinita. Sin ser peatonal, pocos son los automóviles que se internan por el Jirón. Vendan o no, siempre se los ve en actividad: lustrando, limpiando, acomodando sus mercancías. Para comprar hay que saber regatear. El regateo está institucionalizado. Pero cuando se es “gringo” como yo –en esta categoría entran los extranjeros blancos de ojos claros- difícilmente se puede hacer una buena compra.
Frente a la Iglesia de la Merced, la venta es de estatuitas, medallas, estampas, yuyos y velas. No hay lugar para el espacio vacío; todo es recargado, se repite y se entremezcla. Creo que ese es el manifiesto espíritu barroco americano y no se reduce a la producción artística o artesanal. Está presente en cada rincón, en la forma alambicada de las relaciones humanas, en el lenguaje galante… Mientras camino me tiento con la variedad de dulces y golosinas caseros, rodajas de piña, trocitos de coco, coco rallado y frito con chancaca, picarones, camotitos, turrón frito, pecanas con manjar blanco. Este último, se asemeja a nuestro dulce de leche.
La huelga de basureros que se extendió por varios días, con manifestaciones, corridas de la policía, balas y muertos, hizo que toda la ciudad floreciera en inmensas montañas de desperdicios coronadas por nubes verdeazuladas de moscas y moscardones. Los periódicos comenzaron a alertar sobre las pestes y la contaminación. “Lima se pudre” en primera plana y con letra catástrofe, denunciaba uno de ellos. No sólo se refería a la huelga y sus consecuencias; la connotación se extendía a todos los aspectos de la vida social de la ciudad. Doce de junio de 1980; época de elecciones y de promesas a cual más utópica; los políticos competían en la carrera de ganar votos.

Y yo, mirando todo desde afuera y con la boca abierta. ¿Por qué la boca abierta?... ¡Cómo no me iba a asombrar si había dejado un país mudo, ordenado, con el silencio de los museos, casi vacío de voces y en el que la muerte y el terror eran los dueños de la vida; la razón de lo real! Admiraba las encendidas polémicas de los discursos; las reuniones en las plazas y –lo más importante-, la gente reuniéndose en las calles.
En el país que había dejado, convencidos de la no-distancia, la realidad se nos ocultaba. Hubo un tiempo en que la realidad de lo real fue un cuento de hadas y nosotros, los protagonistas, los héroes de la historia. Jugábamos a la democracia, soñábamos con una Argentina que podía realizar su destino en paz, con una sociedad expresándose libremente, etc., etc., et. De pronto, detrás de la política, impúdica y brutal se desnudó la muerte. En un instante y sin piedad una voluntad barrió el campo de lo imaginario. Aquél en el que habíamos proyectado todos nuestros deseos. La tregua había terminado.

Una vez que finalizo esa entretenida caminata, llego al Teatro Segura. Después me enteré que en ese teatro actuaba la amante del Virrey Amat, la Perricholi. Estoy viva, estoy trabajando en una obra de teatro, tengo amistades… Todo eso me reconcilia con la vida.

//alex


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