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El Reencuentro

Autor: Lucas Mor√°n

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Cuento publicado el 04 de Diciembre de 2012


Para Isabel, gritarle a Juan, que sent√≠a orgullo de trabajar como prostituta, no signific√≥ nada. Letra a letra se lo restreg√≥ en la cara, haciendo que sus labios, rojos como cerezas, se contrajeran y expulsaran toda esa mala onda acumulada por a√Īos.
Dos días antes de que estallara ese diálogo, íntimo y sin sentido, provocado por un encuentro casual, Juan, guiaba su automóvil pensando en la inmortalidad del cangrejo, y ella, aguardaba por clientes; fingiendo que esperaba locomoción en un paradero de taxis. La vio de improviso, mientras maldecía tras el volante, al llegar a Suecia con Providencia. De inmediato, ensartó su mirada inequívoca sobre la silueta de Isabel, que lucía melena negra hasta los hombros, cuerpo más delgado y anteojos de ejecutiva: tres aspectos claves que había cambiado de su imagen postrera para mostrar agresividad; conforme a las exigencias de su nuevo oficio. Movido por un impulso irresistible que lo hizo reaccionar como electrocutado, Juan, giró a la derecha y volvió a introducirse a la misma arteria. Apegándose a la cuneta, se detuvo ante la muchacha de vaqueros apretados, chaqueta blanca y botas marrones que había reconocido de lejos. Tomando las precauciones de rigor, Isabel, husmeó vagamente hacía el interior del coche; encontrando, como era esperable y normal, la figura de un hombre maduro que, semioculto en el cuello alto de su chaqueta, le indicaba, con el movimiento oscilante de su mano, que abordara rápido. Apenas se dejaron oír los bocinazos a retaguardia, Isabel, con un abrir y cerrar de puertas, se apoltronó al lado de su primer cliente del día. Siguiendo las memorizadas líneas de su libreto, comunicó, con buena dicción y voz suave, su tarifa para cerrar el trato; que de no convertirse en acuerdo recíproco, bastaba con que la dejaran en la próxima esquina.

Una hora con apartamento incluido te cuesta treinta mil, ¬Ņlo tomas o lo dejas? pregunt√≥. ¬°Lo tomo! enfatiz√≥ Juan, oliendo enseguida su perfume afrodis√≠aco.
Cuando aquel timbre familiar invadi√≥, como un chifl√≥n de nostalgias amargas, sus o√≠dos, Isabel se paraliz√≥. Crey√≥ que una equivocaci√≥n garrafal estaba cruzando por su cerebro. Que ese empecinamiento, por borrar el recuerdo del tipo que la hab√≠a sumergido en lo mejor y lo peor de su existencia, la segu√≠a torturando. Volviendo el rostro lentamente hac√≠a su izquierda, se encontr√≥ con el de Juan, perfilado con una sonrisa. ¬°Sorpresa! exclam√≥, despejando su cara. ¬°Qu√© horror! ¬ŅC√≥mo diste conmigo? dijo Isabel estupefacta. ¬ŅDe cuando trabajas en esto? respondi√≥ Juan con una pregunta. ¬ŅEn qu√©? dijo Isabel. Prostituy√©ndote, refrend√≥ Juan. Bueno¬Öcreo ha sido un gusto volver a verte, pero como tengo un compromiso, te rogar√≠a que te detuvieras para bajarme. Disculpa Isabel, es que a√ļn no me convenzo¬Ö.no sabes la ilusi√≥n que me dio al reconocerte. Hagamos una cosa, perm√≠teme invitarte un caf√© o una copa, y luego te marchas. No s√© Juan. Pagar√© tu tiempo si lo deseas.
Saliéndose de la inercia de sus ritmos atormentados, buscaron refugio en uno de los tantos rincones de la urbe tras la lentitud de un aromatizado express. Separados por la cubierta de la mesa, sintieron otra vez sus respiraciones, sus latidos, los ecos reverberantes de un pasado que se negaba a morir.
Est√°s cambiada¬Ö.para mejor, enfatiz√≥ nerviosamente Juan. T√ļ un poco m√°s viejo. ¬ŅUn cigarro? Dej√© de fumar. Yo no he podido. ¬ŅQu√© haces? Trabajo en una f√°brica de comida chatarra¬Ö. nos han asaltado tres veces. Bueno, as√≠ est√°n las cosas en la capital. ¬ŅMe olvidaste? No quiero hablar de eso.
Se auscultaron a fondo con sonrisas sin ton ni son, con miradas indecisas, cada signo proveniente de sus emociones terminaba en un código. Isabel humedeció sus labios con la punta de su lengua.
<> dedujo Juan, pas√°ndose mil veces la mano por su barbilla.

<< Me quiere proponer que vayamos a la cama>> pensó para sus adentros Isabel, sabiendo lo que ese ademán reiterativo significaba.
Sin manera de alargar esa charla insulsa, cruzada por la temeridad de tanta incontinencia lasciva, arrimaron sus bocas opuestas como dos imanes poderosos y se besaron. Pagaron a toda prisa, y cruzaron al apartamento donde Isabel atend√≠a a su clientela ¬ďVIP¬Ē.
Arrancándose mutuamente las ropas, cayeron sobre la cama en una lucha titánica de gladiadores desnudos. Juan montado sobre Isabel, le besaba los senos y los labios mientras galopaban. Ella, se llenó de gemidos, de balanceos, de caricias firmes, de delirios ardientes. Cuando trasuntaron las barreras del gozo carnal, rieron satisfechos.
No hemos cambiado nada, reiteró Juan, en un arresto de euforia.
Creo que es al rev√©s, se√Īal√≥ Isabel, contradici√©ndolo. ¬ŅEn qu√©? En todo. ¬ŅEntonces no me amas? No Juan, tengo una vida. ¬ŅC√≥mo puta? Lo que sea¬Ö.ahora nadie me hace llorar ni me manda. ¬ŅNo me quieres? Ya no Juan. Los que pagan mis cuentas son mis due√Īos....ya sabes, debo pensar en el futuro. Por favor no echemos a perder el momento. T√ļ lo has dicho, es un momento. Tienes un hogar Juan. Recuerda lo que me dec√≠as: dos veces un mismo error es pat√©tico.
Perdóname, fui un tonto. Vuelve conmigo. Ya no tienes nada que me interese. Necesito verte de nuevo Isabel. Está bien….pero me pagas.
En medio de su propia confusi√≥n, Juan, una hora m√°s tarde, la observ√≥ desaparecer entre los transe√ļntes. Antes de alejarse, Isabel, hizo dos giros sobre la marcha y le sonri√≥, con esa misma rosa angelical que se le dibujaba en los p√≥mulos cada vez que la mimaba. Se sinti√≥ esperanzado, como si aquel aire pasajero ventilara sus equivocaciones, desenyug√°ndolo de la desesperaci√≥n y los recuerdos.
Al d√≠a siguiente, las hormigas que le caminaban por el cuerpo y el cerebelo lo hab√≠an desbastado, cualquier cosa que trataba de emprender aquella ma√Īana, terminaba en los ojos de Isabel, en su culo hemisf√©rico, en su lengua √°spera, en sus palabras desde√Īosas. Cuando lleg√≥ de su almuerzo, solicit√≥ un anticipo que seg√ļn el argumento elegido para elaborar la mentira, lo necesitaba para comprar una receta m√©dica, y sali√≥ al trote de la f√°brica. Al rato, entr√≥ al edificio donde hab√≠a estado con Isabel y se dispuso a llamar a su puerta. El conserje lo detuvo en seco.
¬ŅA qu√© departamento se dirige? Voy donde la se√Īorita del 43. ¬ŅEs amigo? Ayer quedamos¬Ö.de. Entiendo, esp√©rela afuera¬Ö.debe estar por salir.
El conserje, como eslab√≥n fundamental de la cadena que proteg√≠a el comercio de Isabel, apenas Juan se retir√≥, le inform√≥ que una presencia sospechosa rondaba por las inmediaciones. El tipo se ve√≠a alterado. Tra√≠a cara de loco, se√Īal√≥ con desprecio. ¬ŅSi quieres, llamo a mi amigo el polic√≠a? No hace falta, me desocupo de √©ste cliente y bajo a calmarlo.
Juan, atento como vig√≠a de faro con mares tormentosos, no despegaba la vista del ventanal del caf√©, donde se hab√≠a acantonado, ni para pesta√Īar. Sorb√≠a la infusi√≥n oscura en silencio, respirando como maquinaria en ralent√≠. Casi oscurec√≠a, cuando la divis√≥ salir hablando por su m√≥vil. Se levant√≥ como un resorte, y la sigui√≥ hasta alcanzarla. Se detuvieron, cruzaron viejas palabras. Isabel no cedi√≥ ni un cent√≠metro. Juan, se vio en la obligaci√≥n de extenderle tres de los cuatro billetes que llevaba en su cartera.
Te lo dije. ¬ŅQuieres estar conmigo?, p√°game. Te pagu√© para conversar. Yo cuando trabajo no converso, me desnudo Juan. Lo entiendo, has una excepci√≥n. No hay excepciones, el tiempo corre para todos igual. Tienes una hora.
El dormitorio de Isabel reluc√≠a impecable y ol√≠a a incienso, sin un s√≥lo vestigio del episodio comercial anterior. Ech√°ndose los dedos a su espalda, se desabroch√≥ el sost√©n ribeteado de vuelos negros, y dej√≥ a la vista de Juan sus senos portentosos: dos lunas llenas terminadas en un volc√°n bordeado de magma oscuro. Despu√©s se recost√≥ en calzones para que su cliente la desnudara y, que por circunstancias de la vida, lo deb√≠a ejecutar Juan; un fantasma sobreviviente de una guerra terrible, que luc√≠a viejo y apagado frente a toda su juventud. El mismo Juan Esteban, que la invitaba a cenar y le regalaba rosas en cada cumplea√Īos; ese marido postizo y sin papeles que le hab√≠a ense√Īado que la palabra amantes, significaba amar con el alma; el celoso como pistola, el de coraz√≥n bueno como los gigantes de cuentos.
En esos a√Īos, Juan Esteban, le hab√≠a prometido un casamiento con todas las de la ley, una casita modesta y un viaje en avi√≥n a las Bahamas.
<> se repitió así misma.
Juan, disfrut√≥ su hora como el √ļltimo cigarro antes de enfrentar al verdugo. Isabel, convertida en una profesional, se esforz√≥ como nunca para que su cliente circunstancial acabara satisfecho. Despu√©s se recost√≥ sobre sus hombros, y le pidi√≥ que se marchara.
En la ducha hay champ√ļ y jab√≥n. No olvides de cerrar la puerta al salir. Quer√≠a decirte¬ÖNo Juan, ya es tarde, no digas nada. ¬ŅPero por qu√© puta? Me gusta ser puta. Soy feliz siendo p-u-t-a Juan. ¬ŅAcaso no estoy mejor que antes? se jact√≥ con un gesto de suficiencia.

//alex


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