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La flor de oro

Autor: Mónica Leal Gallardo

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Cuento publicado el 28 de Diciembre de 2016


Hace mucho, mucho tiempo, cuando la tierra aun no estaba enferma como hoy, vivían dos hermanos en un hermoso valle al pie de la cordillera de los Andes, donde las araucarias centenarias orgullosas alzaban sus brazos al cielo y los arroyos bajaban desde el gran volcán con el agua mas pura que alguien pudiera imaginar.

Nahuel era un joven inquieto y de buen coraz√≥n. Desde peque√Īo se uni√≥ a su padre y fueron inseparables hasta el triste d√≠a en que debi√≥ partir al mundo del mas all√°. Junto a √©l hab√≠a aprendido que deb√≠a ser fuerte, √°gil y valiente y a lograr esos objetivos consagraba cada momento desde el amanecer hasta la puesta del sol.
Su hermana Kiyen, un poco menor que √©l, era una joven muy dulce, alegre y servicial. Junto a su madre hab√≠a aprendido a prepara las viejas recetas de sus abuelas y el hermoso arte del tejido a telar. Le gustaba sentarse por las tardes bajo el canelo sagrado y entrelazar las hebras de colores como los p√°jaros tej√≠an sus nidos o sus telas las ara√Īas.
Sin embargo, como suele suceder cuando un joven inquieto es mayor que su hermana, Nahuel constantemente hostigaba a Kiyen burl√°ndose de sus trabajos y haci√©ndola sentir d√©bil e inferior. Si √©l dec√≠a ¬Ė ¬°indefensa! ¬Ė ella respond√≠a ¬Ė ¬°salvaje! ¬Ė Si √©l dec√≠a ¬Ė ¬°yo puedo cargar este tronco toda una tarde! ¬Ė ella respond√≠a ¬Ė ¬°Yo puedo tejer una manta en menos tiempo que eso! ¬Ė Y as√≠ se tramaban en tontas discusiones sobre quien era mejor, m√°s h√°bil, m√°s fuerte o indispensable.




Su madre solo los miraba y sonre√≠a en silencio, seguramente recordando su propia ni√Īez cuando aun no comprend√≠a que el hombre y la mujer se necesitan y complementan como el d√≠a y la noche, el sol y la luna, el frio y el calor¬Ö
La familia vivía feliz en aquel tiempo tranquilo. Las estaciones se sucedían sin prisa y los hermanos crecían y se convertían en hombre y mujer. Pero, ocurrió en un invierno especialmente crudo, que el abuelo gravemente se enfermó. Su mirada sabia y limpia parecía apagarse día a día en sus ojos cansados.
Durante semanas el frío y la lluvia habían golpeado el hermoso valle. Casi parecía que los dioses protectores se hubieran marchado y que el sol no fuera a regresar jamás. El gran volcán completamente vestido de blanco se veía aun más alto e imponente que de costumbre y las araucarias a sus pies se esforzaban por mantener sus brazos erguidos bajo el peso de la blanca manta de nieve.
Todos amaban profundamente al abuelo y, por esta raz√≥n, despu√©s de mucho tiempo, la familia volv√≠a a sentir tristeza y preocupaci√≥n. El abuelo necesitaba sanar, pero el √ļnico remedio que aun no hab√≠an probado √ļnicamente se pod√≠a extraer de una hermosa y rara planta llamada ¬ďflor de oro¬Ē que solo crec√≠a en lo alto de las copas de unos √°rboles en la falda del volc√°n.
- Deben ir en su busca ¬Ė exclamo la madre con angustia. ¬Ė Es la √ļnica esperanza para sanar al abuelo. ¬Ė
Nahuel y Kiyen se miraron perplejos. Jamás se habían alejado tanto de casa y mucho menos se habían aventurado a subir las faldas del siempre humeante volcán.




- ¬°Podremos hacerlo! ¬Ė dijo Nahuel, tratando de sonar muy seguro de si mismo. ¬Ė Yo cuidare a Kiyen, no te preocupes madre ¬°volveremos con la flor de oro y el abuelo sanar√°! ¬Ė
Muy temprano en la ma√Īana ambos hermanos emprendieron la marcha. Nahuel llevaba un morral con algo de comida y abrigaban sus cuerpos con gruesas mantas de lana de oveja que Kiyen y su madre hab√≠an tejido en el viejo telar.
Después de horas de pesada caminata los hermanos encontraron un obstáculo en su camino; un angosto pero muy correntoso riachuelo que las lluvias habían convertido en una gigante serpiente cristalina amenazaba con devorar a quien osara intentar cruzarlo.
Por un momento Kiyen y Nahuel se detuvieron angustiados. El silencio solo era interrumpido por el estruendo del agua contra las rocas cordilleranas. Nahuel divis√≥ un tronco seco al costado de las aguas y fue por √©l. Con toda la fuerza de sus juveniles a√Īos lo carg√≥ sobre sus hombros y en un h√°bil movimiento lo lanz√≥ sobre el riachuelo. Ante sus sorprendidos ojos Kiyen vio aparecer un puente que les permitir√≠a continuar su camino. Lentamente, haciendo equilibrio, cruzaron el improvisado puente hasta sentir bajo sus pies la seguridad de tierra firme. Continuaron silenciosos su marcha hasta encontrarse justo al pie del volc√°n, hogar del gran Dios de sus ancestros. Anim√°ndose el uno al otro comenzaron a ascender observando cuidadosamente las copas de los √°rboles buscando la rara flor. Las gotas de lluvia rodaban sobre sus negros cabellos como peque√Īas perlas y sus mantas se hac√≠an m√°s pesadas a cada momento.





De pronto Kiyen grit√≥: - ¬°All√≠ hay una! ¬Ė e indic√≥ hacia lo alto de la copa de uno de aquellos √°rboles que en aquel entonces aun no ten√≠an nombre. Los p√©talos de la flor centelleaban en lo alto como si tuviera en el centro un peque√Īo sol.
√Āgilmente Nahuel trep√≥ el √°rbol mientras Kiyen ansiosa esperaba. Pero la flor estaba tan alta que las ramas comenzaron a crujir amenazando con quebrarse bajo el peso del joven quien estaba a doce metros de altura.
- ¬°No puedo alcanzarla! ¬Ė exclam√≥ Nahuel con impotencia.
Entonces Kiyen tuvo una idea. Cortó enredaderas que crecían entre las rocas, les quitó las hojas y tejió con ellas una delicada red. Luego la ató a la punta de una rama, como si fuera a cazar mariposas y se la alcanzó a Nahuel. Extendiendo su brazo lo más que pudo, Nahuel envolvió la flor en la red y la atrajo hacia si. ¡Lo habían conseguido!
Al bajar del árbol abrazó feliz a su hermana e inmediatamente se pusieron en marcha con su preciado tesoro. ¡El abuelo no podía esperar! Bajaron rápidamente las faldas del volcán. La emoción daba a sus pies nuevas fuerzas y agilidad. Otra vez cruzaron el tronco sobre el riachuelo y avanzaron raudamente de regreso a su hogar. Ya no importaba la distancia, la lluvia, el frío o la soledad. Juntos lo habían logrado, el abuelo sanaría y todo estaría bien.
Comenzaba a anochecer cuando llegaron a casa. La madre tomó la flor y quitando suavemente los dorados pétalos los puso a hervir en agua sobre el fogón. Luego le dio de beber al abuelo y casi milagrosamente, después de pasar la noche, la fiebre desapareció.




A la ma√Īana siguiente Kiyen sali√≥ de la casa. El aroma de pasto mojado penetraba hasta el alma. Era el primer d√≠a de sol despu√©s de semanas de lluvia. El cielo estaba muy limpio y los p√°jaros gorjeaban con primaveral alegr√≠a. Como tantas otras veces Kiyen se sent√≥ frente al telar. Nahuel se acerco y se sent√≥ junto a ella. Ya nada parec√≠a igual. Algo hab√≠a cambiado profundamente en ambos j√≥venes desde su viaje en busca de la flor.
- Ahora lo entiendo ¬Ė dijo Nahuel. ¬Ė Cuando pap√° muri√≥, el abuelo cuid√≥ de nosotros pero en su enfermedad es mam√° quien ha cuidado de √©l. T√ļ y yo fuimos por la Flor de Oro, abrigados por las mantas que tus manos tejieron en este telar. Yo puse el tronco que nos permiti√≥ cruzar el r√≠o y t√ļ tejiste la red con la que pude alcanzar la flor. Dios nos ha regalado los unos a los otros y este maravilloso mundo en que vivimos. Nos necesitamos y nos pertenecemos. No hay superiores ni inferiores, somos todos parte de un todo. Somos todos parte y producto del amor de Dios.
El sol surcó los cielos sobre el valle cordillerano. Kiyen tejió en el telar mientras a su lado Nahuel afilaba su nueva lanza.




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