Un cuento para Celia

Autor: Tomi Martínez de la Torre

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Cuento publicado el 08 de Julio de 2016


-¿Me cuentas un cuento?
-¿De los de verdad o de los de mentira?
-Un poquito verdadero y un poquito mentiroso.
Y Celia se recostó en su sillón, y dejó vagar su imaginación centrando su mirada en el papel verde de la pared. Cuando contaba cuentos no veía que ya necesitaba cambiarlo, que su nieta de tres años había pintado obras maestras sobre él, que manchas de chocolate aparecían dispersas por doquier. Cuando contaba cuentos, solo veía a sus personajes inventados, sus paisajes imaginados, sus vidas soñadas. Cuando contaba cuentos, se iba de su mundo y se instalaba en otro, mucho más real para ella en el momento en que contaba cuentos. Y comenzaba su viaje por la imaginación.


Hace muchos, muchos años, yo era mucho, pero que mucho más joven. Vivía bien, tenía todo lo que podía desear. Unos padres que me querían, una casita pequeña con muebles que compró mi madre en un mercadillo, leche fresca todos los días porque mi padre tenía una vaca con unas tetas enormes y un reloj que sólo se retrasaba diez minutos al día. También tenía una caja de colores y un cuaderno, donde hacía dibujos chiquititos para que no se me gastaran nunca las hojas. Mi madre no podía comprarme libretas a menudo. Pero siempre tuve lo que deseé, porque nunca deseé más de lo que tenía. Hasta que un día, cuando yo ya era mayorcita, algo muy drástico ocurrió que cambió mi vida. Un hermano de mi padre se murió, y al buen hombre, se le ocurrió dejarme a mí todo su dinero. Mucho dinero. 23 millones con 70 pesetas.
-¿Qué vas a hacer con tanto dinero?- Me preguntó mi padre.
-No lo sé.
Al día siguiente nos fuimos al banco y le dije al señor cajero que quería sacar.
-¿Cuánto quieres? Porque a lo mejor hoy no te lo puedo dar todo.
-70 pesetas.- Le dije. El hombre me miró extrañado.
-¿Sólo eso?
-No necesito más.
-¿Y para qué quieres las 70 pesetas?
-Las guardaré. Es que no sé porqué mi tío me dejó estas 70 pesetas. No quedan bien al lado de los 23 millones.
Y después, ya no fui nunca tan feliz. Porque estaba todo el día pensando en qué me podría gastar el dinero. Todo el mundo me daba ideas, pero ninguna me gustaba. Para juguetes ya tenía mis libretas, tenía dos vestidos que mi madre me hizo hacía pocos meses y unas zapatillas que dejaron de hacerme rozaduras y con las que podía correr por el bosque cercano a mi casa. No necesitaba nada.
Un día, paseando por el bosque, vi cómo unos animales corrían, huyendo despavoridos. Un cervatillo, corriendo tras su madre, casi me derribó, y los gritos de mi padre, llamándome, me hicieron entender que algo no estaba bien. Corrí a reunirme con él, me agarró del brazo, y salimos huyendo. El fuego se estaba comiendo todo el bosque. La montaña, estaba, prácticamente entera, ardiendo. Vinieron helicópteros soltando agua sobre todo el bosque, hasta que consiguieron apagarlo, pero la montaña, algo más lejos, seguía con llamas que se veían desde mi ventana. Salvaron al bosque primero, a toda prisa. Pero no se dieron tanta por apagar el fuego de la montaña. Estuvieron toda la noche. Y lloré mucho, pensando en todos aquellos animalitos que vivían allí, que tenían sus crías pequeñitas y que no podrían correr para salvarse de las llamas.
Mi madre estuvo acompañándome toda la noche, me dio un vaso de leche calentita de las tetas enormes de la vaca de mi padre, y por fin pude dormir.

Al día siguiente, con la montaña prácticamente calcinada, me fui al pueblo, entré en el ayuntamiento, y a un señor que había en la puerta con una gorra como la de los policías, le dije:
-Necesito urgentemente hablar con el alcalde.
Y el alcalde me dejó entrar en su despacho porque sabía que tenía en el banco 23 millones de pesetas.
-Hola Celia. ¿Qué haces por aquí? ¿Te hace falta algo?
-Quiero saber de quién es la montaña que se ha quemado.
El alcalde me miró sorprendido.
-De nadie. De todos. Del ayuntamiento.
-¿Tiene usted papeles que digan que la montaña es del ayuntamiento?
-No. No hay papeles sobre las montañas, ni los bosques ni los ríos.
Metí la mano en el bolsillo de mi vestido y saqué las 70 pesetas.
-Pues yo le doy esto de entrada.-y solté las monedas sobre su mesa.- Quiero comprar la montaña. Después iré con mi padre al banco y le traeré los 23 millones que me regaló mi tío.
El hombre me miró con la boca abierta durante unos minutos y luego me dijo:
-Está bien. Pero antes tienes que decirle a tu padre que venga a hablar conmigo. Comprar una montaña es algo muy serio.
Cuando salía por la puerta, me volví otra vez hacia él.
-¿No me tendría que dar un recibo, un papel o algo diciendo que le he dado en señal 70 pesetas?
Y el alcalde me firmó un papel y me fui contenta a mi casa. Luego mi padre fue a hablar con él y al día siguiente fuimos al banco y lo ingresamos en la cuenta del ayuntamiento. Un hombre trajeado me preguntó que cómo se iba a llamar mi montaña.
-Dibujos. Se va a llamar Dibujos.
Y escribió en un papel:
“Desde hoy, día 12 de Julio de 1950, la montaña del bosque se llama Dibujos y su dueña es Celia Cobos Hernández.”
Y fui todos los sábados y domingos, durante muchos años, llevando plantas fuertes y plantándolas allí donde el fuego había hecho mella. Mi padre siempre vino conmigo.
Un día, cuando yo ya era una joven preparada para caminar sola, mi padre me contó la verdad. Nunca compré la montaña. El dinero que mi padre sacó de la cuenta, la ingresó en otra a mi nombre y el alcalde le devolvió las 70 pesetas. Mi montaña nunca se llamó Dibujos. Y me enfadé. Me enfadé mucho cuando unos camiones se acercaron a mi montaña para destruirla. Querían poner una antena para el teléfono. Me dirigí a la ciudad en el primer autobús y me fui a ver a un juez, con el papel que me dio el alcalde cuando le di las 70 pesetas y el del señor trajeado diciendo que la montaña se llamaba Dibujos y que me pertenecía desde 1950.
Y el juez, después de estudiar mi caso, llamó al ayuntamiento, y les dijo que legalmente, la montaña era mía, y que si yo no estaba de acuerdo en poner una antena, pues que no se ponía.
El juez me dio un documento, me fui a un edificio enorme y allí certificaron que la montaña estaba a mi nombre y que se llamaba Dibujos.
-Dime una cosa.- Me dijo la mujer del registro.- ¿Para qué quieres una montaña?
Yo me encogí de hombros.
-Ya para nada. Sólo quería que alguien se preocupara por ella, y ya lo he conseguido. Ahora la cuidarán más, porque saben que todo se puede perder. Se la voy a dar al pueblo. Que el ayuntamiento se encargue de ella. La montaña era mía, aunque ellos no lo sabían.
Y las autoridades se pusieron muy contentas cuando les volví a dar la montaña. Pero eso sí. Se llama Dibujos y así se llamará por los siglos de los siglos
Compré una montaña, he sido su dueña muchos años y encima, sin pagar un céntimo por ella. Porque los 23 millones con 70 pesetas, todavía están en mi cuenta.

Y el hijo de Celia, la miró sonriendo.
-Si se puede comprar una montaña,¿porqué no unas piernas nuevas?
Celia se inclinó sobre su hijo mientras empujaba su silla hasta el dormitorio, y le susurró:
-Para eso guardo los 23 millones con 70 pesetas.
Y el muchacho soñó que volvía a correr, y ascendía por la montaña, gracias a sus piernas nuevas




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