Dioses. Cuentos cortos fantásticos


Dioses

Autor: Onofre Castells

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Cuento publicado el 30 de Diciembre de 2010


Bajo un cielo casi índigo y a campo abierto, los soldados de ambos ejércitos golpeaban las espadas contra los escudos, produciendo un estruendo sólo comparable con las grandes tormentas estivales que cada año azotaban la isla de Solitas. Quinientos pasos sobre la hierba mecida por el aire distaban al ejercito sincerita del honestita. Los yelmos, abrasados por el sol del mediodía, ardían en las cabezas de aquellos hombres cuyas almas estaban sedientas de sangre enemiga. El sonido penetrante de las cornetas se enfiló milagrosamente por encima del estruendo, dando la señal del inicio de la batalla. Los soldados corrieron blandiendo espadas afiladas y porfiando gritos salvajes en busca de sus oponentes. El choque de los dos ejércitos en el campo de batalla fue ensordecedor. La sangre tiñó las hojas de las espadas y en nombre del Dios Totus y el Dios Semper, sinceritas y honestitas empezaron a matarse los unos a los otros.

Valer, un veterano soldado sincerita de cuerpo cenceño y ágil, se deshizo del abrasador yelmo, descubriendo así su pelo rizado, y abrió un tajo mortal en el cuello de un honestita que cayó fulminado al suelo. ¡Por Totus que nunca he visto una batalla tan sangrienta como esta!, exclamó para sus adentros el sincerita. Sobre Valer se abalanzó en aquel instante un temible honestita membrudo cuyos ojos rezumaban odio. Apenas pudo el sincerita detener con el escudo el golpe de espada del enemigo; aquel honestita tenía una fuerza descomunal.
-¡Has matado a mi hermano! ¡Por Semper que yo vengaré su muerte! -exclamó el honestita, blandiendo su espada manchada de sangre.
Valer se sentía impotente ante la fuerza del honestita. Protegiéndose con el escudo, fue retrocediendo ante el ataque salvaje de su enemigo. ¿Pero cuánto tiempo podría aguantar así? A cada golpe de espada recibido sobre el escudo, su cuerpo temblaba y se debilitaba. Para Valer sólo existía una forma de salir vivo de allí; corrió hacia el bosque que flanqueaba el campo de batalla con el honestita pisándole los talones. ¡No huyas cobarde! ¡Bastardo!, bramaba el honestita. Pero Valer en realidad no huía de su enemigo; simplemente quería cambiar los papeles de aquella lucha desigual. Quería dejar de ser la presa, para convertirse en cazador.
En tanto la sangrienta batalla continuaba en campo abierto, Valer se escabulló por entre los árboles y matorrales del bosque. El iracundo honestita, confundido en medio de la vegetación, había perdido la pista del ágil Valer. Se detuvo y escuchó el terrorífico fragor proveniente de la batalla que acontecía cerca de allí. ¿Dónde se ha metido ese hijo de perra?, se preguntó, mirando en derredor. Y como un rayo caído del cielo, ante la sorpresa del honestita, Valer saltó desde lo alto de un árbol sobre su enemigo, haciendo silbar en el aire la hoja de su espada hasta que ésta alcanzó el yelmo del membrudo hombre. El honestita cayó sobre un suelo cubierto de hojas secas y la sangre recorrió su frente. Valer no estaba convencido de haberlo matado, pero algo extraño acudió a sus oídos cuando se disponía a ensartar con su espada el corazón del honestita; un silencio escalofriante inundó el aire. ¿Qué significa esto?, se preguntó Valer confundido. Empuñando su espada, se desentendió de rematar a su enemigo y corrió hacia el campo de batalla, con un funesto presagio recorriéndole el alma.
No podía creer lo que veía; una infinidad de cuerpos inertes yacían sobre la hierba del campo. Todos los soldados honestitas y sinceritas habían muerto. ¿Cómo es posible?, se preguntaba Valer. En todos sus años de soldado jamás había presenciado algo similar. Impresionado ante tal escena, el sincerita no se percató que a su espalda estaba el membrudo honestita con el yelmo quebrado y la frente manchada de sangre.

-¿Estás viendo lo que yo? ¡Todos están muertos¡ -Preguntó el honestita, quitándose el yelmo.
-Sí... Creo que sí -balbuceó el sincerita.
Ambos anduvieron en silencio entre los cuerpos que yacían sobre el campo y, después de cerciorarse de que todos estaban muertos, llegaron a la conclusión de que aquello sólo podía ser el resultado de un acto divino. Pero, ¿por qué el Dios Samper o el Dios Totus había tomado una decisión así? Ninguno tenía la respuesta.
Fue entonces, cuando el sol ya empezaba a ocultarse tras las montañas y la luz se desvanecía, que Valer atisbó la figura de una mujer en el horizonte ¿Qué hacía una mujer en aquellos parajes? Los dos soldados, asiendo sus respectivas espadas, corrieron tras ella hasta alcanzarla.
Era una mujer extremadamente bella que, con el pelo negro y ensortijado, vestía una túnica blanca y sandalias de lino.
-¿Qué haces aquí, mujer? -preguntó Valer, con gesto contrariado.
El honestita, alzando la espada y blandiéndola junto al cuello de la mujer, agregó:
-Contesta a la pregunta si no quieres perder tu hermosa cabeza.
La mujer no se asustó y con voz queda respondió:
¿Sabéis por qué estabais luchando?
Los dos soldados se miraron y Valer respondió:
-Solitas es una isla demasiado pequeña para albergar a dos pueblos y a dos Dioses. Por eso sólo el pueblo que honre al verdadero Dios debe permanecer aquí. Por eso luchamos; el vencedor será el que venera al verdadero Dios.
El honestita movió la cabeza afirmativamente e insistió:
-Ahora dí qué estás haciendo aquí.
La mujer sonrió y respondió:
Estoy aquí para deciros que tanto honestitas como sinceritas habéis sido necios. Obcecados por vuestro orgullo y vuestra ignorancia habéis sido incapaces de daros cuenta que Totus y Semper eran en realidad el mismo Dios. El miedo a aceptar la diferencia os ha llevado a manchar vuestras espadas con la sangre de vuestros hermanos. Sí, hermanos, pues pertenecéis a dos pueblos hermanos que han interpretado a Dios de forma diferente; y en vez de respetaros, os habéis matado los unos a los otros. Dios nunca os ha pedido que matarais en su nombre; y no ha sido Dios quien ha tomado la decisión de que todos los soldados, excepto vosotros dos, murieran en esta batalla. Habéis sido vosotros, hombres necios, que creyendo luchar en nombre de Dios, habéis luchado en nombre de la sinrazón y os habéis matado los unos a los otros.
Los dos soldados se arrodillaron ante la mujer y entonces comprendieron que quien había hablado era el oráculo, por lo que habiendo escuchado la Verdad. Ahora tenían una misión insoslayable: explicar a sus respectivos pueblos lo que el oráculo acababa de rebelar.

//alex

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