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Blu

Autor: Omar Alvarado Díaz

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Cuento publicado el 15 de Mayo de 2017




Ring¬Ö ring¬Ö ring¬Ö As√≠ sonaban los tel√©fonos en la d√©cada de los ochenta, no se les pod√≠a cambiar el tono, s√≥lo serv√≠an para hablar y la √ļnica inteligencia que de ellos se esperaba era que quien hab√≠a marcado tuviera algo sensato que decir. Cumpl√≠an pues el prop√≥sito para el que Alexander Graham Bell los dise√Ī√≥, -acercar a las personas sin alargar las conversaciones-.

Ring¬Ö ring¬Ö ring¬Ö Son√≥ su tel√©fono, √©l no pod√≠a dejar de experimentar una cierta inquietud cada vez que √©ste sonaba, sab√≠a que las personas normalmente usaban este medio de comunicaci√≥n cuando se trataba de un asunto importante y rara vez para perder el tiempo o peor a√ļn quit√°rselo al propietario del n√ļmero marcado. ¬ďEl tel√©fono es muy fr√≠o y las llamadas son muy pocas¬Ē escribi√≥ Roque Narvaja, un roquero, argentino y extempor√°neo, debi√≥ haber agregado que era caro, se o√≠a mal y se tardaban en instalarlo.

√Čl lo dejo sonar un par de veces, no quer√≠a proyectar ansiedad o prisa alguna por contestar, con voz pausada pregunt√≥ ¬ŅQui√©n habla? Result√≥ ser un antiguo compa√Īero de trabajo a quien la Diosa Fortuna lo hab√≠a colocado al frente de una gran empresa que crec√≠a r√°pidamente incursionando en los, en aquella, √©poca incipientes y novedosos mercados de la tecnolog√≠a.

Te invito a comer, -hoy mismo de ser posible le dijo es urgente que platiquemos-. M√°s tarde compartiendo una mesa de alg√ļn restaurante de moda y con la siempre inspiradora compa√Ī√≠a de un buen vino, recibi√≥ una oferta de trabajo. Se trataba de desarrollar un nuevo modelo comercial, por lo que no hab√≠a muchos detalles de la actividad pero el sueldo era muy atractivo, as√≠ que √©l acept√≥.

En la fecha acordada para iniciar su nuevo trabajo, él se levantó temprano y llegó un poco antes a lo que de ahí en adelante sería su nueva oficina. Al ver el edificio desde la acera opuesta, quedó impactado, era realmente magnífico, se trataba de una vieja casona construida a finales del siglo XVI la cual había sido remodelada para dotarla de las características de un edificio moderno pero cuidando al máximo preservar todos los detalles de la construcción original llevada a cabo varios siglos atrás. La iluminación moderna ahuyentó los viejos fantasmas que allí moraban reduciéndolos a sólo ecos que se podían escuchar en el crujir de la madera y el chirriar de los herrajes.

Una secretaria de porte muy distinguido acudi√≥ a recibirlo a la puerta misma de la gran casona y lo condujo de inmediato a una enorme sala de juntas, all√≠ se encontraba reunido el grupo ejecutivo de m√°s alto nivel. Las presentaciones de rigor, una c√°lida bienvenida, un excelente caf√© reci√©n preparado y, por supuesto, ese extra√Īo protocolo mediante el cual a trav√©s de preguntar el barrio en el que vives, la escuela a la que atendiste y los hobbies que tienes, se busca encontrar relaciones comunes que sirvan para acreditar la posici√≥n social del reci√©n llegado.

M√°s tarde la misma secretaria que lo hab√≠a recibido se encarg√≥ de darle ¬ďun tour¬Ē por todas las instalaciones, present√°ndole a todo mundo, dicha presentaci√≥n inclu√≠a nombre, puesto y alguna caracter√≠stica relevante de la persona. Tal y como suele suceder en esos casos, cuando se trata de mucha gente, al final del tour √©l s√≥lo recordaba la primera y la ultima presentaci√≥n.

Aquel recorrido termin√≥ frente a una puerta. Era una puerta formidable, hecha de madera maciza y de un espesor tal que parec√≠a defender una fortaleza, √©l no pudo evitar hacerse la pregunta: ¬ŅSer√° mi protecci√≥n o mi c√°rcel? La secretaria empuj√≥ la puerta con firmeza y √©sta pese a su enorme peso, gir√≥ suavemente sobre sus goznes permitiendo el acceso al recinto, √©sta es su oficina dijo con una sonrisa amable, cerr√≥ la puerta tras de ella y desapareci√≥ dej√°ndolo solo en lo que en adelante ser√≠a su lugar de trabajo.

√Čl dio unos cuantos pasos, se situ√≥ en medio del espacio, tom√≥ aire y girando lentamente comenz√≥ a reconocerlo. La altura al techo era enorme y los muros eran exageradamente anchos, estas caracter√≠sticas f√≠sicas le daban al recinto un gran se√Īor√≠o, pero al mismo tiempo hac√≠an verse peque√Īo todo lo que conten√≠a, un ligero escalofr√≠o recorri√≥ su cuerpo, ¬ŅSatisfar√≠a √©l las expectativas de quien lo invit√≥ a colaborar en ese proyecto? ¬ŅEsa oficina le ayudar√≠a a pensar en grande o lo empeque√Īecer√≠a?

Un discreto toque en la puerta lo trajo de vuelta a la realidad, era Marco Antonio el director de ventas a gobierno, quien ocupaba la oficina contigua y ven√≠a acompa√Īado de una se√Īorita rubia a la que present√≥ como su secretaria, luego en un tono sumamente amable dijo: Mientras armas tu departamento y contratas tu personal la podemos compartir, ella esbozo una sonrisa que a √©l le pareci√≥ m√°s falsa que la filantrop√≠a de un banquero y musit√≥ ¬ďlo que se le ofrezca, ya sabe, con mucho gusto¬Ē; acto seguido desaparecieron.

Finalmente se sent√≥ en el c√≥modo sill√≥n del escritorio, ajust√≥ la altura, extrajo del bolsillo de su camisa la pluma fuente, tom√≥ de la papelera unas hojas en blanco y se dispuso a hacer el primer borrador de lo que ser√≠a su proyecto. La pluma fuente parec√≠a tener ideas propias y escrib√≠a por su cuenta, m√°s tarde al revisar sus primeras notas descubri√≥ que √©stas no se refer√≠an al proyecto, NO, √©stas retomaban su primera inquietud, la reciedumbre de la puerta ¬ŅTen√≠a por objeto impedir la entrada de extra√Īos o limitar la salida de propios? ¬ŅA √©l lo hac√≠a sentirse seguro o atrapado? Y, as√≠ la lista de preguntas llenaba varias hojas de papel.

Con la cabeza entre las manos para tratar de contener su desesperación y una ligera transpiración que perlaba su frente, encontró la primera respuesta a tantas y tantas preguntas.

Mantendría la puerta entreabierta para él y entrecerrada para los demás.

Así comenzó él a trabajar, había días enteros en el que el síndrome de la página en blanco atacaba y había otros en los que las ideas parecían materializarse por sí solas.

Fue justamente uno de esos d√≠as cuando en medio de esa fiebre creadora escuch√≥ el acompasado sonar de unos tacones, sonido que el piso de madera magnificaba haci√©ndolo a√ļn m√°s profundo. Escuchar los pasos, imaginar c√≥mo ser√≠a quien pudiera impartirles ese ritmo y levantar la vista fueron acciones que transcurrieron en c√°mara lenta, entonces a trav√©s de la puerta entreabierta percibi√≥, primero una silueta, luego una forma que se materializaba y finalmente una visi√≥n clara de un escultural cuerpo de mujer que le daba la espalda.

Estupefacto, inici√≥ el an√°lisis de aquella visi√≥n desde el principio, es decir desde los tacones que despertaron su atenci√≥n. Pertenec√≠an a ese tipo de calzado llamado zapatillas, famosas por resaltar la forma de las piernas, √©l levant√≥ un poco m√°s la vista y constat√≥ lo que ya sab√≠a, la forma de las pantorrillas era perfecta, se adivinaba la tersura de la piel y luc√≠an bronceadas ¬ŅQu√© sol goloso las habr√≠a besado hasta darles ese tono?

En su interior una feroz batalla se llevaba a cabo, la razón imploraba, no sigas, no levantes más la vista, pero la curiosidad pudo más y así se encontró con una falda lo suficientemente larga para cubrir sus muslos y al mismo tiempo lo suficientemente entallada para dejarlos adivinarse.

De espaldas hacía él, inclinada sobre un escritorio donde entregaba algunos documentos se balanceaba de una pierna a otra imprimiéndole a sus caderas un ritmo sensual y provocador. Lo que inició como una visión ahora era toda una revelación.

Una cintura fina le trajo a la memoria un fragmento de poema que alguna vez despert√≥ su atenci√≥n: -¬°C√≥mo quisiera tener en mis manos tu cintura y en mi soledad tu ternura!- M√°s arriba la espalda, mitad descubierta por el amplio escote de la blusa que mostraba tatuado en el hombro derecho un papagayo de m√ļltiples y v√≠vidos colores que lo observaba mientras √©l la observaba a ella.

Tuvo que llevarse la mano a la boca para ahogar el grito de sorpresa que estaba a punto de emitir, el papagayo lo observaba. No, no era posible, estaba alucinando. Pero, el papagayo no le quitaba la vista de encima. Los pájaros no se ríen pero es fácil adivinar en su mirada cuando se burlan de nosotros y éste se burlaba de él.

El piso giraba, el techo descend√≠a, las paredes se aproximaban y el estruendoso graznar del papagayo inundaba la oficina. √Čl, en posici√≥n fetal se ocult√≥ bajo el pesado escritorio, apret√≥ los dientes y cerr√≥ los ojos; perdi√≥ la noci√≥n del tiempo y del espacio, no sab√≠a que suced√≠a y entonces lleg√≥ a sus o√≠dos lo que √©l percibi√≥ como una dulce melod√≠a, en realidad era el r√≠tmico repiquetear en el piso de madera, de unos tacones que se alejaban. Abri√≥ los ojos y la epifan√≠a hab√≠a desaparecido sin haber mostrado su rostro.

La direcci√≥n de ventas a gobierno hab√≠a identificado un proyecto, ahora ten√≠a mucho trabajo por hacer, trabajo real, ya no tendr√≠a que inventar posibles campa√Īas y promociones. El proyecto era apasionante, se trataba de a trav√©s de la tecnolog√≠a acercar la diversi√≥n a las masas. Trabajaba sin descanso, podr√≠a decirse que atravesaba por una etapa de creatividad febril, s√≥lo interrumpida por momentos cuando cre√≠a escuchar el batir de alas en su oficina, levantaba entonces la vista, revisaba el espacio y al no encontrar nada regresaba a su trabajo.

Al mediodía, de regreso de su comida, él recorría todo el edificio, lo hacía pausadamente y aparentando una amabilidad que estaba lejos de poseer, saludaba a todos, con el tiempo se había aprendido el nombre de la mayoría de los empleados. Más que socializar ese recorrido tenía un propósito, él buscaba hombros desnudos con la esperanza de encontrar en alguno de ellos, aquel papagayo que a veces parecía volar en su oficina. Encontraba muchas faldas cortas pero pocas blusas escotadas y, de ésas ninguna llevaba el tatuaje que buscaba.

Hac√≠a ya tiempo desde que decidi√≥ dejar la puerta de su oficina abierta de par en par, incluso coloc√≥ en ella un peque√Īo letrero que dec√≠a ¬ďLas aves son bienvenidas¬Ē por las noches combat√≠a el insomnio con la lectura del ¬ďManual del Ornit√≥logo¬Ē y durante el d√≠a tra√≠a siempre el libro bajo el brazo, cual predicador con su inseparable Biblia.

Un d√≠a de m√°xima concentraci√≥n en su trabajo le pareci√≥ escuchar un leve Toc Toc en su puerta, alz√≥ la mirada y vio a Marco Antonio en el umbral de su puerta, sonre√≠a y mientras caminaba al centro de la oficina, dijo con voz atropellada: -Nos dieron el proyecto, nos lo dieron- √©l poco a poco comprendi√≥ que el proyecto en el que hab√≠a venido trabajando no lo era m√°s, ahora era un contrato, el m√°s importante en el que la empresa hubiese participado y, no pudo dejar de imaginarse en un mejor futuro. Marco Antonio concluy√≥: Esto debemos de celebrarlo apropiadamente, cenemos este viernes en el mejor restaurante de la ciudad, all√≠ nos vemos, ¬Ņde acuerdo? De acuerdo.


Ese viernes sali√≥ un poco m√°s temprano de la oficina, fue a su casa, se dio un ba√Īo y comenz√≥ a vestirse despacio y sin entusiasmo, a √©l no le gustaba salir los viernes por la noche, era el tiempo que dedicaba a una de sus actividades preferidas. Trabajar en la compilaci√≥n de la m√ļsica que le gustaba: abrir una botella de vino, limpiar los acetatos, escucharlos y luego grabar a cinta las melod√≠as que seg√ļn su estado de √°nimo lo impactaban. Para los mel√≥manos era una √©poca de oro, llegaba m√ļsica de todo el mundo y √©l pertenec√≠a a un grupo af√≠n donde se seleccionaba, evaluaba e intercambiaba m√ļsica.

Con tiempo sobrado, abord√≥ su auto, insert√≥ ¬ďun cassette¬Ē en el reproductor y bajo la lluvia tom√≥ camino hacia el restaurante, iba sin expectativa alguna, a cumplir un compromiso con un compa√Īero de trabajo, tomar unos tragos y regresar lo antes posible a su madriguera, t√©rmino con el que se refer√≠a a su casa. Lleg√≥ un poco antes, dijo su nombre y un capit√°n de meseros haciendo ademanes exagerados y utilizando palabras rimbombantes lo condujo a la mesa que Marco Antonio hab√≠a reservado. Pidi√≥ un Whiskey en las rocas al que le daba peque√Īos sorbos y se entreten√≠a moviendo los hielos con el dedo √≠ndice.

Unos minutos despu√©s el mismo capit√°n, con los mismos ademanes y las mismas palabras, condujo a Marco Antonio a la mesa, ven√≠a acompa√Īado de dos hermosas mujeres enfundadas en sendas gabardinas negras que las hab√≠an protegido de la lluvia, siguiendo las reglas b√°sicas de urbanidad, √©l, de p√≠e, le ayud√≥ a una de ellas a despojarse de la gabardina, abajo, un vestido strapless que mostraba unos hombros redondos y suaves y en uno de ellos mir√°ndolo divertido se posaba un papagayo de m√ļltiples y v√≠vidos colores.

Apur√≥ de un trago el Whiskey restante, orden√≥ otro, esta vez doble y, una vez que recobr√≥ la compostura farfull√≥: ¬ďEnjaulado de conocerla, digo encantado, corrigi√≥¬Ē ella emiti√≥ una risa musical abriendo ligeramente sus labios voluptuosos y asomaron unos dientes blancos y perfectos.

Sentado frente a ella admiraba su rostro, primero pens√≥ en una hermosa efigie tomada de un medall√≥n antiguo, sin embargo hab√≠a rasgos que no correspond√≠an, los ojos de las efigies son peque√Īos y de mirada l√°nguida, estos eran enormes y de mirada traviesa, los labios de las efigies son delgados y estos eran carnosos, los imagin√≥ culpables de mil sue√Īos febriles; m√°s abajo un cuello perfecto al que en su alucinaci√≥n imagin√≥ cubr√≠a de besos y suaves mordiscos, pero al llegar al hombro, desde atr√°s se asomaba el papagayo mir√°ndolo retador; √©l regresaba entonces a perderse en el jugueteo de su mirada para luego iniciar nuevamente el recorrido hac√≠a sus hombros y all√≠ encontrarse nuevamente con el papagayo.

En la mesa mientras los dem√°s platicaban animadamente, √©l segu√≠a atrapado en el circuito que iba de sus ojos a sus hombros, hasta que una voz meliflua lo sac√≥ de su arrobo diciendo: ¬ŅQue ordena el se√Īor para cenar? Con el pensamiento en el ave, respondi√≥ distra√≠damente: Pat√© de Pato, Nido de codorniz y de postre Palomitas de ma√≠z con caramelo.

La noche avanz√≥ vertiginosamente y la cena termin√≥, camino a recoger los autos, ella lo tom√≥ de la mano y le dijo discretamente. No quiero regresar con Marco Antonio, no me gusta ser acosada, ¬Ņme llevas t√ļ a mi casa? Sinti√©ndose ese Quijote defensor de doncellas que s√≥lo sienten los que nunca leyeron el libro, respondi√≥: SI, POR SUPUESTO, acto seguido se despidieron de los dem√°s, √©l le abri√≥ la portezuela del auto y lo rode√≥ para tomar su lugar al volante.

√Čl ten√≠a un auto viejo, por lo que el asiento delantero era del tipo banca corrida, sin consola al centro y la palanca de velocidades estaba en la columna de la direcci√≥n, ella se desplaz√≥ hasta quedar a su lado, tom√≥ su brazo con las dos manos y se acurruco junto a √©l. La m√ļsica (Samba Triste con Baden Powell) y su perfume (Chloe) llenaban el auto, √©l manejaba lo m√°s despacio posible quer√≠a eternizar el momento, ella lo guiaba, por la avenida, da vuelta a la derecha, toma esta calle, ahora a la izquierda, una m√°s y, aqu√≠ es.

Estaban frente a un viejo edificio de departamentos, √©l apag√≥ el motor, ella apret√≥ m√°s su cuerpo al de √©l, la m√ļsica termin√≥ y ella solt√≥ su brazo, lo mir√≥ y acerc√≥ lentamente su rostro, moj√≥ sus labios con la punta de la lengua y le dio un beso dulce, h√ļmedo, tibio y largo. Luego abri√≥ r√°pidamente la puerta y corri√≥ hacia el edificio, ¬ŅCu√°ndo te ver√©? Alcanz√≥ a preguntar √©l y, mientras ella desaparec√≠a tras el port√≥n le pareci√≥ escuchar que contest√≥ ¬ďel lunes¬Ē.

De regreso a casa mantuvo los vidrios del auto cerrados, quer√≠a preservar el perfume de ella, su costado derecho guardaba todav√≠a su calor, al llegar y descender del auto se dio cuenta que la lluvia hab√≠a cesado, el cielo estaba despejado y una luna llena, enorme, iluminaba el firmamento, era tan clara la noche y tan grande la luna que el conejo se distingu√≠a perfectamente, su sonrisa era visible y le gui√Īaba un ojo, √©l sonri√≥, le devolvi√≥ el gui√Īo y se fue a dormir.

Los fines de semana algo sucede y los relojes caminan m√°s r√°pido, sin embargo ese fin de semana en particular fue eterno, √©l aprovech√≥ para seguir estudiando su manual del ornit√≥logo, ten√≠a que ganarse la confianza del papagayo, domesticarlo y volverlo su aliado. Tambi√©n se dio tiempo para comprar el cassette ¬ďBaden Powell volumen cinco¬Ē que conten√≠a la melod√≠a que tanto le gust√≥ y el cual le llevar√≠a el lunes que se reunieran.

El lunes lleg√≥ temprano a su oficina, organiz√≥ cuidadosamente sus papeles de trabajo, coloc√≥ sobre ellos su pluma fuente, revis√≥ una vez m√°s la envoltura del cassette reci√©n adquirido y lo guard√≥ en el caj√≥n superior de su escritorio. A las once de la ma√Īana consider√≥ que ya era el tiempo prudente para pasar a saludarla, entregar el regalo y ultimar los detalles de la cita para esa tarde-noche.

Buscando ser discreto, traz√≥ el camino m√°s largo para llegar al escritorio de ella y cuando estuvo all√≠, not√≥ que el escritorio estaba vac√≠o, perfectamente limpio y no hab√≠a se√Īal alguna de quien lo ocupaba. Quiso pensar que ella habr√≠a salido o, quiz√°s estaba en otro departamento pero el escritorio vac√≠o le caus√≥ un gran desasosiego, regres√≥ a su oficina, ahora si por el camino corto y decidi√≥ que por la tarde la buscar√≠a de nuevo, as√≠ lo hizo, s√≥lo para constatar que el escritorio segu√≠a all√≠ pero ella no.

Los siguientes d√≠as repiti√≥ la b√ļsqueda siempre con el mismo resultado, durante la semana tampoco escuch√≥ el batir de alas en su oficina, as√≠ que el viernes poco antes de la hora de salida, se arm√≥ de valor y fue a preguntar por ella al departamento de Recursos Humanos, all√≠ le informaron que ella fue una empleada eventual y que justamente el viernes anterior hab√≠a sido su √ļltimo d√≠a de trabajo.

Esa noche no pudo dormir, cada vez que estaba a punto de conciliar el sue√Īo un recuerdo se lo espantaba, unas veces eran sus ojos de mirar travieso, otras el calor de su cuerpo que todav√≠a sent√≠a en su costado derecho y las m√°s de las veces, ese beso dulce, h√ļmedo, tibio y largo con el que ella se despidi√≥.

El s√°bado se levant√≥ temprano y decidi√≥ ir a buscarla a su casa, tom√≥ su auto y fue primero al restaurante donde cenaron para desde all√≠ tratar de reconstruir la ruta seguida aquella noche. La fisonom√≠a de las ciudades no es siempre la misma, cambia seg√ļn la hora del d√≠a, por lo que no fue f√°cil encontrar el edificio donde la dej√≥, al fin le pareci√≥ que hab√≠a llegado, observaba la construcci√≥n, ve√≠a el port√≥n y dudaba, una jaula vac√≠a colgada en uno de los balcones lo convenci√≥ de que estaba en el lugar correcto.

Camin√≥ hasta el port√≥n, en la pared un conjunto enorme de timbres, ¬ŅQu√© hacer? ¬ŅCu√°l tocar?, tiempo despu√©s alguien sali√≥ del edificio y el aprovech√≥ para entrar. Tocar a la puerta, presentarse con amabilidad para despertar confianza y preguntar por una mujer de tales y cuales caracter√≠sticas se volvi√≥ una rutina que repiti√≥ muchas veces hasta que una se√Īora le dijo: Si, yo rento una rec√°mara y vivi√≥ aqu√≠ un tiempo, no s√© mucho de ella, era muy reservada, creo que regres√≥ a vivir con su familia en alg√ļn lugar del interior del pa√≠s.

Desconcertado camin√≥ por las calles de la ciudad, no buscaba nada, no iba a ning√ļn lugar, s√≥lo caminaba y caminando lleg√≥ a un min√ļsculo parque, se dispon√≠a a sentarse en una banca cuando frente a √©l en un arbusto vio posado al papagayo. Su sorpresa fue may√ļscula, el papagayo s√≥lo exist√≠a tatuado en el hombro de su due√Īa, ¬ŅC√≥mo escap√≥?, ¬ŅQu√© hacia all√≠?, ¬ŅSer√≠a el mismo?, Si, si era, lo supo por su mirada burlona.

Se acercó lentamente al papagayo y cuando estaba a punto de tocarlo éste voló al siguiente arbusto, recordó entonces que en el manual del ornitólogo que tanto había estudiado recomendaban darle un nombre a cada pájaro y llamarlos siempre por él, en ese momento lo bautizó como Blu y, así lo comenzó a llamar, sin que esto sirviera de mucho ya que cada vez que se acercaba lo suficiente para tocarlo Blu volaba al siguiente arbusto, hasta que entre llamados, acercamientos y vuelos cortos llegaron al límite del parque.

√Čl desde la acera y Blu desde el arbusto se observaban mutuamente, Blu con mirada burlona y √©l con mirada est√ļpida, c√≥mo se le ocurri√≥ bautizar con ese nombre a un ave tropical, ¬ŅSer√≠a por eso que no respond√≠a? Y, all√≠ segu√≠an los dos, inm√≥viles, mir√°ndose y seguramente pregunt√°ndose ¬ŅD√≥nde est√° ella? El haber encontrado un inter√©s en com√ļn los acerc√≥ y Blu vol√≥ a su hombro. √Čl no lo esperaba, dio un paso atr√°s, perdi√≥ el equilibrio y cay√≥ en el arroyo de la calle, donde fue arrollado por un cami√≥n de carga que transportaba pavos de las granjas en el interior del pa√≠s al mercado de la gran ciudad.

Tendido boca arriba sobre el pavimento caliente vio como Blu alcanzó a esquivar el camión y desde un árbol del parque lo observaba, le pareció percibir que en su mirada ya no había burla, ahora había una cierta preocupación.

El estruendo era ensordecedor, el gluglutear de los pavos espantados, primero por el brusco frenar del camión y luego por el también brusco acelerón para escapar del lugar, algunos viandantes lo rodeaban mirándolo, unos con curiosidad otros con lástima, la mayoría con indiferencia, no lo muevan dijo alguien, llamen una ambulancia sugirió otro, yo tomé la matricula del camión es AV-1983 decía uno más, pero a él no le preocupaba, Blu estaba bien y eso era lo importante.

Más tarde escuchó el ulular de una sirena, la luz del sol le daba directo en los ojos por lo que sólo pudo distinguir unas siluetas blancas que lo colocaron en una camilla y luego subieron la camilla a una ambulancia. Cerca de la zona donde lo atropellaron había un estadio de Futbol y ese sábado se había celebrado un partido importante, los aficionados que se retiraban generaron un tráfico de locura, las calles más que vías de circulación eran enormes estacionamientos donde nadie avanzaba.

El conductor de la ambulancia encendi√≥ un cigarrillo, prendi√≥ la radio y apag√≥ la sirena, no ten√≠a ning√ļn caso usarla, nadie ni nada se mov√≠a, los param√©dicos comentaban animadamente el partido que reci√©n hab√≠a terminado, criticando tanto a jugadores como a √°rbitros y a √©l le pareci√≥ escuchar unas peque√Īas pisadas que con sus garras rasgaban el techo de l√°mina de la ambulancia.

Horas después los paramédicos depositaron la camilla en el pasillo de un hospital del seguro social, sobre el fondo verde pálido de las paredes se proyectaba el desfile de médicos y enfermeras a quienes la rutina los había despojado de sensibilidad y cuya identidad se perdía bajo el uniforme blanco. Una enfermera tomó de su delantal unas tijeras y cortó su ropa, al retirarla, él, de reojo alcanzó a ver que estaba manchada de sangre, luego otra enfermera lo cubrió con una sábana blanca y helada que sumada a la corriente de aire que circulaba por el pasillo lo hizo sentir frío; quiso acurrucarse para darse un poco de calor y entonces se percató que su cuerpo no lo obedecía.

Un grupo de m√©dicos lo rodeaban y discut√≠an el procedimiento a seguir, hay que operar, opinaba la mayor√≠a y entonces uno que parec√≠a ser el de mayor jerarqu√≠a dictamin√≥ terminantemente: No creo que soporte la cirug√≠a y a√ļn que as√≠ fuera no hay quir√≥fano disponible; inst√°lenlo en el pabell√≥n general y mant√©ngalo en observaci√≥n, acto seguido se retiraron.

S√≥lo, en el pasillo, recibi√≥ a un visitante inesperado, ¬ďEl dolor¬Ē, quien poco a poco se fue apoderando de su cuerpo, era imposible identificar d√≥nde dol√≠a, pero s√≠ cu√°nto dol√≠a; como siempre pasa con las visitas inesperadas, son molestas al principio, luego se vuelven parte integrante y cu√°ndo finalmente se van se les llega a extra√Īar, √©l y el dolor estaban en la segunda etapa, ya eran uno solo.

Ahora yac√≠a en una cama del pabell√≥n general, decenas de camas meticulosamente alineadas cobijaban m√°s dolor y sufrimiento juntos del que √©l pod√≠a imaginar, la b√≥veda del techo hac√≠a resonar con m√°s intensidad los lamentos de los pacientes, la luz era tenue y el ambiente ol√≠a a medicamentos. Por la ventana se colaba el reflejo de las luces de la ciudad propiciando un entorno fantasmag√≥rico, comenz√≥ entonces a recordar y not√≥ que cada vez que recreaba un recuerdo al final se borraba como si su vida misma se fuese desvaneciendo poco a poco. En tanto, no dejaba de preguntarse ¬ŅCu√°ndo habr√° un quir√≥fano disponible?

El agotamiento que le produjo el dolor, aunado a que ya no ten√≠a m√°s recuerdos que revivir, indujeron en √©l un sue√Īo profundo, apacible y sereno. Al despertar se dio cuenta que el dolor ya no estaba y √©l hab√≠a recuperado la movilidad, ahora se pod√≠a desplazar por todo el pabell√≥n e incluso m√°s all√°, le bastaba imaginar el destino e inmediatamente se encontraba all√≠, regres√≥ al pabell√≥n y con gran desconcierto se vio a s√≠ mismo en la cama, Blu en el alfeizar de la ventana hac√≠a guardia, la noche siempre generosa, le hab√≠a regalado su color y ahora su plumaje luc√≠a absolutamente negro, √©l lo observ√≥ y descubri√≥ otros cambios; su pico ya no era amplio y curvo, ahora era recto y fuerte, su mirada ya no era burlona, ahora era altiva y atisbaba visionaria.

Unos hombres vestidos de negro llegaron hasta su cama, desdoblaron la sábana y taparon su rostro, sin embargo el los seguía viendo, luego se lo llevaron sin que él supiera el destino, no podía medir el tiempo, parecía que éste se había detenido o ya no existía, creyó haber escuchado alguna vez que el tiempo era relativo, pero no estaba seguro, ya casi no tenía recuerdos.

Los hombres de negro hicieron alto frente a una sobria construcci√≥n, en el acceso principal una inscripci√≥n rezaba ¬ďS√≥lo somos peregrinos en espera de una vida plena¬Ē y al fondo un conjunto de peque√Īos edificios de cantera con muchas salas de espera dispuestas en forma de cajonera, cada sala ten√≠a un nombre en la puerta. Una de ellas ten√≠a el suyo y mientras lo depositaban en ella escuch√≥ un batir de alas, era Blu que llegaba y se posaba en uno de los muchos cipreses que all√≠ crec√≠an.

All√≠, √©l en su sala y Blu en el Cipr√©s, esperar√≠an que alg√ļn d√≠a hubiera un quir√≥fano disponible y as√≠ alcanzar la vida plena que promet√≠a la inscripci√≥n de la entrada.







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Fecha: 2017-08-11 16:04:54
Nombre: Patricia
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