Little Jim. Cuentos cortos de ciencia ficción


Little Jim

Autor: Tony Jim Jr.

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Cuento publicado el 16 de Noviembre de 2012


−Su misión, si es que la acepta, será...
−¡Ah!, ¿pero es que puedo no aceptarla? −pregunté yo.
−Usted mismo, tenga en cuenta, eso sí, que de no aceptarla, se
arriesga a un más que probable justificado despido −aclaró el Gul
Goauld.
−Bueno, bueno, no se ponga así, que yo sólo preguntaba.

−Pues déjeme proseguir.
−Adelante.
−Gracias. Como iba diciendo, su misión, “si es que la acepta”
−dijo haciendo una especie de pausa dramática y prosiguió− será
ir al planeta Earl IV, realizar un intercambio, y traer hasta aquí el
objeto intercambiado.
−A ver si lo he entendido bien, ¿tengo que ir a un planeta con
nombre de señor americano 4, y allí cambiar una cosa por otra, y
esa cosa traerla aquí?
−Esa sería la idea.
−¿Y qué cosa tengo que traer?
−Pues la cosa que obtenga del fruto del intercambio.
−¿Por qué?
−Porque se lo ordenamos, nosotros, bueno, yo personalmente si
lo prefiere.
−No, eso ya lo había entendido a la primera, quiero decir que por
qué cosa tengo que intercambiar la otra cosa que me darán, el fruto
ese.
−Vaya, como usted lo dice, parece aquello de la parte contratante
de la primera parte de la cosa de la cosa, y realmente, es mucho más
sencillo.
−A ver, ya veo que lo que tengo que traer no me lo va decir, ¿pero
y lo otro?
−Bueno, lo otro es dinero, exactamente unas barrillas de oro pensado
latino, digo prensado latino, así que si prefiere llamarlo compra.
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−Ah, haber empezado por ahí. Tengo que ir a la frutería de un
planeta a comprar un fruto y traerlo.
−Más o menos, lo cuál no deja de ser un intercambio: intercambia
dinero por una cosa que nos interesa. No creo que sea tan difícil, y
más para usted que proviene de un planeta donde se practica el obsoleto
y arcaico sistema capitalista.
−Eso sí, a ver, pues “enséñame la pasta”.
−No sé muy bien a qué se refiere, pero como no pienso perder
más tiempo intentado que me lo aclare, le voy a dar el dinero, el oro
prensado latino, y ya se podrá ir.
−Lo que yo decía.
Entonces, el señor Gul Goauld, se levantó y volvió con un maletín
y unas esposas, y no me refiero a unas señoras esposas, a unas
señoras de esas que están casadas, digo.
−¿Pero qué hace? −le pregunté.
−A ver, voy a darle el maletín, con las barrillas de oro.
−¿Y esas esposas? ¿Pero es que me piensa esposar a ese maletín?
−Vaya, cuando le interesa veo que las caza al vuelo.
−Ah, no. No pienso dejarme esposar, y menos a un maletín cargado
de oro, que se ha pensado usted. No ve que entonces, si me quieren
quitar el maletín me cortarán la mano, o el brazo o la muñeca o
alguna otra parte de mi querida anatomía (y no de Grey).
−A ver, si quieren quitarle el maletín con el oro, no cree usted que
les sería más fácil cortar esta fina cadenilla que une estos dos arillos
que forman las esposillas (que cualquiera lo haría así para no oírle
quejarse), o incluso, pueden abrir el maletín sacar el oro y llevárselo,
¿es que se piensa usted que se va encontrar con alguien sólo interesado
en este simple maletín, alguien como algún ladrón-cleptómano
coleccionista compulsivo de maletines?
−Hombre, visto así... Pero, ¿entonces para qué leches son las esposillas
esas?
−Es para su seguridad. Para que no pierda el maletín y nos tengamos
que enfadar con usted y entonces sí, tenerle que torturar,
cortándole alguna de sus queridas y amadas partes de su anatomía
o cosas peores.
−Ah, si es por mi bien... Ya puede poner esas esposas tan ricamente.
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−Tengo que comentarle otro detalle. Otro de los motivos por los
que pensamos en usted para esta misión, aparte de su sencillez, es
que una vez en el planeta Earl IV tendrá que desplazarse en una
artilugio terrestre llamado avión o aeroplano.
−Hombre, si es un avión no será muy terrestre.
−Bueno, sí, quiero decir que va por la atmósfera del planeta, aunque
no pegado a la superficie terrestre, usted ya me entiende... Uno
de esos chismes que debe conocer por sus orígenes geminianos, pues
eran bastante utilizados en el planeta Tierra en los siglos XX y XXI,
según calendario de allá, obviamente. Vamos, que algo de terrestres
tendrán, entendiéndose terrestre como gentilicio, obviamente.
−Obviamente, obviamente.
−Pues eso, que tendrá que ir en avión desde el espacio-puerto del
planeta hasta el punto de encuentro.
−Vaya, ¿y por qué no vamos directos al punto ese de encuentro?
−pregunté yo.
−Es para despistar, y bueno, porque las autoridades del planeta
exigen que así sea, que primero se pase por el espacio-puerto, supongo
que para centralizar y llevar un cierto control.
−Será, será.
−En cualquier caso, no queremos enemistarnos con las autoridades
de dicho planeta, así que le dejaremos en el espacio-puerto y de
allá partirá en avión hasta el lugar del intercambio.
−Clarinete.
−¿Ein?
−No, quería decir claro, claro.
El viaje hasta el planeta Earl IV fue bastante bien, por no decir
estupendo. Ya la cosa se complicó algo más con lo de subirse al artilugio
ese terrestre llamado avión. Pues más que un avión era una
avioneta bien chiquita. Y parece ser que en el planeta también existían
las turbulencias aéreas.
Es difícil describir la sensación de volar en avión, sobre todo para
una persona acostumbrada a viajar en nave estelar o simplemente
ser teletransportada. Primero, no puedes dejar de pensar que
como un artilugio así, que parece tan obsoleto es capaz de levantar
el vuelo. Y claro, al ser tan obsoleto realmente, no puedes evitar la
sensación física del despegue y posterior vuelo. Una sensación que
para nada se nota en una nave estelar. Que de entrada, habría que
acordarse de cuando la nave levantó el vuelo de la superficie de un
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planeta, si es que alguna vez pisó un planeta, claro está. Supongo
que los “aviones” no tienen potentes mecanismos gravitacionales ni
compensadores de inercia y cosas de esas tan sofisticadas que tienen
las naves estelares e incluso muchas lanzaderas, que evitan
que uno sienta en algún momento que está volando por el espacio,
a veces a velocidades de vértigo. Pero como iba diciendo, parece que
lo peor son las turbulencias una vez ya en vuelo. Unas turbulencias
que zarandean el aparato a su antojo, teniendo uno la sensación
que eso se va a venir abajo en cualquier momento y no sabiendo
muy bien dónde agarrarse, pues aunque te agarres fuertemente al
reposabrazos del asiento, sabes que el asiento caerá igual con todo
el resto del avión, incluido el reposabrazos. Yo por suerte, tenía un
valioso maletín al que agarrarme.
El caso es que en mi planeta, al igual que en la Tierra de hace
unos siglos, existen unos curiosos aparatos llamados atracciones,
que a pesar de su nombre, puede ser que no te sientas muy atraído
por ellos, como es mi caso. Son atracciones de feria, unos ingeniosos
chismes que se supone que son para el disfrute del personal: te
subes a ellos y te zarandean también. Te hacen sentir las llamadas
“emociones fuertes” y parece ser que eso es bastante divertido a la
par que emocionante. Pues señores, a mí nunca me han llamado
mucho las atracciones. Y como en este caso del avioncillo de Earl IV,
me producen bastante mareo y malestar general.
Por suerte, el viaje no duró demasiado, aunque a mí me pareciera
bastante eterno. Provocándome un gran mareo hasta el punto de
usar unas bolsillas que suelen llevar los aviones, sobre todo en los
vuelos comerciales, me supongo, llamadas bolsas de mareo o algo
así, que son eso, unas bolsas donde depositar los frutos del mareo
intenso.
A ver si para la próxima vez, de cara a una posible nueva misión
en lugares exóticos, recordaba comentarle al Gul la posibilidad de
viajar en algo no tan arcaico o al menos en un sistema de transporte
terrestre realmente o en su defecto fluvial o marino.
En cualquier caso, llegué a mí destino, aunque en unas no muy
buenas condiciones, pero como se suele decir, lo importante es llegar,
o haber llegado.
Entonces cogí un taxi. Supongo que la mayoría de personas de
este siglo XXIV no sabrá que es eso, que es un taxi. Diré que este sí
que es un vehículo terrestre (en la mayoría de ocasiones así es) y
dentro de él suele haber un señor (o señora o robot) que maneja di79

cho vehículo y que te lleva dentro de él... dentro del vehículo quiero
decir, ¿eh?
Y por fin, al cabo de unos cuantos minutos, llegué al punto de
encuentro donde tendría lugar el intercambio. Dicho punto de encuentro,
era un local comercial, un local chino, bueno parecía asiático,
de esos de la Tierra, pero no como las tiendas esas llamadas de
20 duros, que luego fueron llamadas de todo a 1 euro, y luego chinos
simplemente. Nada que ver con eso, a mí me recordó la tienda del
chino de Gremlins, lo cual no auguraba nada bueno... pero ídem
(bueno).
Entré con decisión y vi que estaba un pelín oscurillo, y estaba
todo lleno de cachivaches... algunos de aspecto bastante antiguo. Vi
al señor de la tienda, que también tenía cara de chino y era bastante
mayor, mayor de edad, quiero decir, que alguien, bueno, algunas
gentes se han planteado alguna vez si realmente existen chinos viejos,
mayores de edad, vamos de una edad bastante avanzada, pues
no lo sé, pero aquel señor bien lo parecía. Tenía cierto aire al Sr.
Miyagi, pero en chino, claro, que el señor Miyagi era japonés.
Levanté mi esposada mano y señalé al maletín que colgaba de
ella. El chino mayor pareció entender y se acercó a mí:
−Buen día...
−Buen día −respondí yo.
−Deduzco que usted sel pelsona encalgada de intelcambio −añadió
el tendero chino.
−Deduce bien, creo.
−¿Cleo?
−No, Cleo no vino −respondí.
−¿Quién sel Cleo?
−No sé, usted preguntó primero.
−Menudo lío.
−Ah, un lío es una coliente de agua, ya empiezo a enterderle, señor
tendero −dije yo.
−No sé, yo decil lío de lío, de lialse. Que me lía usted, ya podían
habel mandado a una pelsona competente.
−¡Oiga!, qué se piensa usted. Ande, déme el encargo, el encalgo, el
paquete en cuestión −dije ya en tono elevado, para hacerme entender
mejor (en plan: “¡Abuelo! ¿Ha visto el Iniston?).
−Aquí estal −dijo sacando otro maletín con unas esposas colgando,
por suerte de las esposas no colgaba una mano cercenada, pues
ello me hubiera causado muy mala impresión como poco.
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−Muy bien, venga déme −dije alargando la mano que tenía libre.
−No, plimelo déme el otlo maletín.
−Ah, sí, perdone usted −y me quedé un poco como pensativo.
−¿Sí?
−Estaba pensando yo…, ¿y la llave?
−¿Cuál llave?
−La llave de las esposas que llevo para no tenerle que dar mi maletín
junto con mi querida mano.
−Ah, esa llave, no pleocupal, ahola vuelvo −dijo entrando en la
trastienda.
El señor tendero de apariencia china, volvió a los pocos segundos,
llevando una enorme tenaza.
−¡Eh!, un momento quieto parao, quieto palao, que diría usted
−dije al verle.
−No pleocupal, no pleocupal −insistió el tendero.
−Como no me voy a “pleocupal”.
−Tlanquilo, yo solo coltal cadena −añadió el amable tendero
−¡Ah, bueno!, siendo así −dije tendiéndole la mano.
Como bien dijo, solo hizo eso, cortar la cadenilla. Cogió el maletín
que llevaba yo, y me dio el suyo, el fruto del intercambio, por fin en
mis manos. Así, con la satisfacción del deber cumplido, me despedí
con un sayonara, del amable tendero de aspecto chino.
De vuelta al avión que debía llevarme de regreso al espacio-puerto
estaba algo intranquilo, aunque en esta ocasión no era por las turbulencias
que no las hubo esta vez. No sé si ya lo comenté alguna vez
con anterioridad, si alguna vez he hablado de mi enorme curiosidad.
Y creo que ese era el motivo de mi intranquilidad, la curiosidad de
saber qué había en ese maletín. No podía parar de mirar el maletín
que tenía sobre mis rodillas, pensando en lo que había allí metido.
Finalmente me rendí a mi curiosidad malsana. Me levanté decidido,
buscando un lugar con algo más de intimidad donde poder
abrir el dichoso maletín. Decidiéndome finalmente por los lavabos
del avión. Unos estrechos y pequeños lavabos, como una especie de
armario ropero con algo de agua corriente. Por suerte, o por desgracia,
el maletín no parecía estar cerrado con llave, así que simplemente
lo abrí levantando un pequeño seguro metálico. Lo que vi no
me quedó muy claro, claro como me suele pasar. Dentro del maletín
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había un cilindro transparente bastante ancho. Dentro del cilindro
había como una pequeña figura femenina. Era como una muñeca,
de esas que usan ciertas niñas pequeñas para jugar. ¿Qué quería
decir eso?, no lo tenía nada claro. Es que acaso Gul Goauld se dedicaba
a coleccionar muñecas?
Extraje con sumo cuidado el cilindro transparente y lo puse vertical
sobre mis manos, acercando la cara para observar con más
detenimiento el curioso contenido del cilindro. De repente, me llevé
un pequeño sobresalto pues la muñequilla se movió. Ella se acercó a
las paredes trasparentes del cilindro y empezó a golpearlas con sus
puños gritando al mismo tiempo. Gritando, o eso parecía porque yo
sólo veía que movía los labios, no captaba ningún sonido, ya fuera
por el grosor o las cualidades insonoras del cilindro o por la longitud
de onda o agudeza de los gritos proferidos.
Siguiendo con mi curiosidad, abrí el cilindro girando la tapa del
mismo, para ver si podía oír mejor lo que me gritaba esa pequeña
mujer.
Lo ocurrido después fue muy rápido, fue como en las pelis en las
que el genio sale de la lámpara maravillosa tras largos frotamientos
de la misma. Hubo como una pequeña explosión, algo de humo
blanco o neblina y ante mí apareció una señora hecha y derecha, a
tamaño natural. Miré perplejo el cilindro, que ahora estaba totalmente
vacío, así que deduje que esa mujer que tenía ante mí era la
misma que habitaba dentro del cilindro (pero en versión reducida).
No pude contenerme más y le dije:
−¿Puedo pedir mis tres deseos?
−¿De qué hablas? −respondió ella, la increíble mujer creciente.
−Pues eso, hablo de pedirte tres deseos, al menos uno o dos −dije
yo.
−Te agradezco mucho tu ayuda al sacarme de ahí, pero no pienso
cumplir ninguno de tus deseos...
−Pues vaya porquería de genio o genia −afirmé.
−No, si genio tengo mucho, pero no soy un genio −añadió ella.
−Pues vaya, qué decepción, pensé que eras algo más valioso.
−Soy muy valiosa, qué te piensas. Pero vamos, al menos podrías
mostrar más alegría al verme después de tanto tiempo.
−¿Es que acaso nos conocemos de antes? −pregunté algo extrañado.
−¡Oh no, pobrecillo!, qué lastimilla, debe ser tu amnesia selectiva.
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−Debe ser, porque no me acuerdo de ti, y vamos, para no acordarse...
nunca olvido unos pechos, digo, una cara, una cara, nunca
olvido una cara.
−¿Cómo es posible que no me recuerdes? La verdad es que hace
mucho que no nos vemos, y reconozco que el contexto no es el ideal
−dijo ella.
−Sí, este es un sitio bastante estrecho. Ya es estrecho para una
persona, imagínate para un par. Y yo la verdad no es que esté muy
delgado.
−¿Y de verdad que no te suena mi cara? −insistió ella.
−Ahora que la miro... No es que antes estuviera mirando otra
cosa, quiero decir que ahora que la miro bien, algo sí que me suena,
como algo lejano, un recuerdo agradable a la par que difuso en las
nieblas del tiempo.
−Haz un esfuerzo de memoria.
−Alguno diría que el lavabo es un buen lugar para hacer un esfuerzo.
−Hay que ver lo ordinario que te has vuelto con los años.
−No sé, ¿antes no lo era?
−No que yo recuerde, al menos no tanto, supongo.
−¡Vaya!, otra con problemas de memoria.
−Por lo visto, no tantos como tú.
−Si tú lo dices.
−Claro, que lo digo, ¿cómo es posible que no te acuerdes de mí?
−Mira, no sé chica, entre la amnesia y el viajecillo este.
−Eso es, mírame bien y recuerda, recuerda que hemos hecho algún
que otro viajecillo juntos, que hemos pasado mil aventuras juntos.
No hace tanto, la verdad.
−Eso del viajecillo juntos suena bien, aunque me parece que hablamos
de diferentes tipos de “viajes”, porque si no sí que me acordaría.
−Parece mentira, después de todo lo que hemos pasado juntos,
que ahora no te acuerdes de mí.
−¡Eh, un momento! Me ha venido como un flash, un recuerdo
lejano... Me viene a la mente un nombre.
−¿Y bien?
−Sí, ya me acuerdo de ti, como podría yo olvidar a tan bella y
misteriosa alienígena.
−Eso es, vas bien por ahí.
−Tú eres la... lo tengo en la punta de la lengua, mira.... ya está,
claro, tú eres la chupi guay...
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−Bueno, has estado cerca, soy Xeni-Guay.
−Eso, que no me salía del todo. Lo de chupi guay es de una amiga,
de otra amiga, que por lo visto tampoco se había quedado con tu
nombre.
−Bueno, reconozco que no es un nombre muy común.
−Sí, fuera de lo común como la poseedora del nombre.
−En cualquier caso, la compañía es grata, pero se tiene que ir.
−¿Y eso?
−Pues mira, que tengo cosas que hacer, ya sabes que soy una
persona muy ocupada.
−Ya veo ya... ¿Pero qué narices hacías dentro de un tarro de cristal?
−Pues ni idea, aunque obviamente no estaba por gusto. Hace
unos días fui capturada por unos ferengis.
−Conozco la experiencia.
−Y me vendieron a un chino que parece que se dedica a vender
de todo. Este no sé muy bien que me hizo, que me redujo y me metió
en el frasco ése.
−El típico rayo reductor.
−Algo de eso sería, y supongo que lo hizo para ganar espacio y ser
más manejable a la hora de transportarme.
−Ya podría ser.
−Lo que no sé como acabé en tus manos.
−Yo simplemente soy un mandao. Sólo me encargaba de tu transporte.
−¿Qué?, ¿que ahora trabajas para los chinos?
−No, más bien trabajo como un chino.
−¡Ah!, ¿y qué intenciones tenías?
−¿Yo?, nada, si no sabía que estabas enfrascada. Sólo me limitaba
a llevarte de un sitio a otro.
−Vaya, vaya.
Sonó entonces por megafonía un mensaje, que indicaba que todo
el mundo volviera a sus asientos, sobre todo el tipo que llevaba más
de media hora en el lavabo, puesto que íbamos a tomar tierra (a
aterrizar que le llaman, que es cuando el avión baja hasta nivel de
tierra y se para).
Una vez en tierra, me despedí de Xeni-Guay hasta la próxima,
deseando que la próxima no hubiera pasado tanto tiempo. Volví el
cilindro, esta vez vacío a su posición inicial dentro del maletín y proseguí
mi misión de regreso.
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Pasaron unas cuantas horas más, esta vez sin más sobresaltos,
hasta que llegué nuevamente ante el Gul Gould, al cual le entregué
sin más dilación el maletín en cuestión, con estas palabras:
−Que sepa que el chino tampoco me dio las llaves de las esposas
de este maletín, así que no me las he puesto.
−Bueno, no proteste tanto y déme el dichoso maletín.
El Gul abrió el maletín y se puso a observar el cilindro vacío. Exclamando
al final:
−Vacío.
−Pues eso parece, lo que no sé a qué viene pagar tanto por un
frasco, a no ser que sea un frasco especial, claro, que entonces me
callo.
−No, al Imperio no le interesaba el frasco en sí, lo que queríamos
era el contenido del mismo.
−Ya se sabe, comprando en un chino, uno se lleva este tipo de
sorpresas.
−No, el chino es de fiar, es un gran vendedor, y es capaz de encontrar
cualquier cosa de la galaxia, por extraña que sea.
−Pues vaya, menos mal que era de fiar.
−Que sí, ya nos advirtió que esto podría pasar, dada la naturaleza
del contenido del cilindro.
−¿Ah, sí? ¿Qué es lo que había entonces en el frasco?, ¿qué leches
le vendió el chino?
−No qué, si no quién. Se trata de una persona, que puede ser
útil al Imperio Cardasiano, una persona con una rara habilidad. Es
una extraña alienígena de una especie desconocida, que por lo visto
tiene la habilidad de desaparecer de los sitios, como una especie
de teletransporte innato, una cosa bien curiosa. Así que enseguida
que supimos que existía una persona con ese don encargamos al
chino, como usted le llama, que consiguiera atraparla y luego nuestros
científicos se encargarían de descubrir sus secretos. Imagínese
todo un ejercito de seres capaces de teletransportarse a voluntad sin
ayuda de artilugios.
−¡Va!, ya será menos, no me lo acabo de creer. Eso son cuentos chinos.




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Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2012-11-26 02:41:10
Nombre: Guido Romo
Comentario: Excelente imaginacin, es un cuento muy interesante con el abrire paso a la imaginacin de mis estudiantes de preparatoria.
Exitos y sigamos adelante.

Con cordiales saludos
Guido