ÔĽŅ Cuestiůn de Fe. Cuentos cortos fant√°sticos
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Cuestión de Fe

Autor: Onofre Castells

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Cuento publicado el 26 de Noviembre de 2008


Cerr√© el grueso libro y lo dej√© caer sobre la mesita de noche, junto a la l√°mpara que iluminaba mi peque√Īa y adusta habitaci√≥n. Acababa de leer las √ļltimas p√°ginas de una novela en la que se narra una historia medieval ficticia que gira en torno a una iglesia g√≥tica que s√≠ existe en mi ciudad. Mir√© fijamente el techo, con una sonrisa esquinada dibujada en los labios, saboreando mentalmente la resoluci√≥n final de la trama, identific√°ndome con uno de los personajes de la novela: un tipo algo pesimista y con una perspectiva ligeramente amarga de la vida. Mis pensamientos fueron interrumpidos por unas voces sobreexcitadas: ¬ę¬°Siii! ¬°Siii! ¬°No pares! ¬°Nooo!¬Ľ, gritaba mi salvaje vecina, golpeando con sus manos la pared de su habitaci√≥n que, lamentablemente para m√≠, daba a la m√≠a. Viendo que la cosa no paraba, y desechando la masturbaci√≥n como entretenimiento, sal√≠ de la cama, y, enfundado en mi pijama gris oscuro, me dirig√≠ al comedor. Al comprobar que los gritos de la felina retumbaban por toda la casa, opt√© por poner un disco de blues para que amortiguara el griter√≠o de la vecina en celo. Envidia insana ten√≠a yo de aquel esc√°ndalo; no recordaba cu√°ndo lo hab√≠a hecho yo por √ļltima vez; triste y lamentable, pero cierto. Para disfrutar mejor de aquella m√ļsica funeraria, me hac√≠a falta la compa√Ī√≠a de un whiskey con hielo. Me serv√≠ un generoso vaso de preciado y exquisito Cardhu, y lo beb√≠ lentamente, sorbo a sorbo, sin prisas, ya que mi vecina parec√≠a tener cuerda para rato. Gracias a la combinaci√≥n del whiskey y de blues, pude evadirme y olvidar, por un rato, el apasionante mundo del sexo al que hab√≠a sido inducido por aquellos gritos. Mis pensamientos se encauzaron, de nuevo, hacia la novela que acababa de leer. En aquel preciso instante resolv√≠ que, al d√≠a siguiente, visitar√≠a la iglesia g√≥tica; de hecho nunca hab√≠a entrado en ella, s√≥lo la hab√≠a visto desde fuera. Tom√© el √ļltimo trago y baj√© la m√ļsica para comprobar que, gracias a la divina providencia, mi vecina hab√≠a sido saciada satisfactoriamente ¬Ėo quiz√°s la hab√≠an dejado a medias; nunca se puede saber con total certeza algo as√≠¬Ė. Lo que era seguro es que ya no rug√≠a, por lo que pude volver a la cama con la intenci√≥n de dormir la mona y con una idea clara en mi cabeza: al d√≠a siguiente, visitar√≠a la iglesia.


Me levant√© con una sensaci√≥n de mareo que me alarm√≥ en un primer momento. Sent√°ndome en el borde de la cama, sent√≠ un zumbido molesto en mis o√≠dos. Beber y meterme inmediatamente en la cama no me sentaba muy bien. Sub√≠ la persiana y una molesta luz matinal se filtr√≥ a trav√©s de los sucios cristales de la ventana. Si hubieran estado limpios, dicha luz me hubiera cegado durante un buen rato. Eran casi las doce de la ma√Īana de un s√°bado; mi d√≠a favorito de la semana.
Sal√≠ al filo de la una, dejando en mi casa el aroma del caf√© que acababa de tomar. Cog√≠ el metro para llegar al centro antiguo de la ciudad. Los vagones iban bastante llenos; las compras movilizaban a un gran sector de la ciudadan√≠a, y los turistas acababan de completar el paisaje humano que desde all√≠ pod√≠a divisar. Un hombre de mediana edad, con mirada huidiza, pasando sus manos por debajo de la americana que as√≠a sobre sus brazos, intentaba, disimuladamente, alcanzar mi bandolera que reposaba sobre mi costado. ¬ę¬°Parece mentira! ¬°Antes s√≠ que eran profesionales! ¬°Pero ahora! ¬°Qu√© verg√ľenza! ¬°Hasta un ni√Īo se da cuenta!¬Ľ, grit√© a voz en cuello, llamando la atenci√≥n de todos los pasajeros que me rodeaban. El patoso ladr√≥n huy√≥ r√°pidamente por entre la multitud. Una mujer con aspecto de profesora de ingl√©s neg√≥ con la cabeza, mostr√°ndome con una sonrisa, sus perfectos dientes blancos. Resopl√© sonoramente y comprob√© con un vistazo mi bandolera. Segu√≠a cerrada y en perfecto estado.

Frente a m√≠, la iglesia g√≥tica, iluminada por los rayos melanc√≥licos de un sol de oto√Īo, me daba la bienvenida. Muchos turistas que all√≠ se congregaban, llevaban bajo el brazo el mismo libro que yo hab√≠a acabado la noche anterior. Alc√© la vista y contempl√© con detenimiento el gran roset√≥n que, por encima del p√≥rtico, quedaba encajado entre los contrafuertes. El sonido estridente de un timbre hizo que desviara la vista hacia un ciclista que, como Dios lo hab√≠a tra√≠do al mundo, circulaba parsimoniosamente a pocos metros de donde me encontraba. La gente observaba, entre risas y chanzas, al arriesgado ciclista que parec√≠a no tener en cuenta las temperaturas oto√Īales. Un escalofr√≠o me recorri√≥ el espinazo al verlo, eso de sentarse desnudo en un sill√≠n de bicicleta me resultaba no s√© si inc√≥modo o de mal gusto. Volv√≠ mi vista hacia la puerta principal de la iglesia y dirig√≠ mis pasos hacia ella.
Una vez en el interior, me percaté que los fieles que se reunían allí eran probablemente minoría. Gran parte de las personas que pululaban por el interior del templo andaban con aire despistado y con el cuello torcido a cada momento, admirando los pilares, los grandes ventanales, las fantásticas bóvedas, y un sinfín más de elementos arquitectónicos. Un hombre grueso, con cara de carnero, dirigía su mirada hacia el presbiterio mientras hojeaba el mismo libro que yo llevaba en mi bandolera. Paseando por el interior del templo, pude constatar que prácticamente todo el mundo asía en sus manos el mismo libro.


El sonido de un impresionante √≥rgano tubular del siglo XVI llen√≥ de m√ļsica la iglesia. El olor a incienso era intenso y penetrante; cientos de peque√Īas y oscilantes llamas ard√≠an al comp√°s de las notas de aquel magn√≠fico y singular instrumento construido probablemente a medida, aprovechando la fant√°stica ac√ļstica del templo. Con las notas lit√ļrgicas de compa√Ī√≠a, fui flanqueando algunas capillas hasta que, una vez llegado a la altura del presbiterio, me encamin√© hacia una cripta que se encontraba debajo de √©ste. Empujado por la curiosidad, descend√≠ unos escalones de piedra y entr√© en una peque√Īa sala semicircular acondicionada para la celebraci√≥n de liturgias √≠ntimas. Entre los bancos de madera que all√≠ hab√≠a, una pareja ajena a todo lo que les rodeaba se besaba apasionadamente, ante la mirada silenciosa y agonizante de un cristo crucificado tallado en madera. En la parte posterior de la sala, casi oculto en la penumbra, apareci√≥ ante mis ojos un confesionario de madera oscura. Me acerqu√© al peque√Īo habit√°culo y acarici√© su cortinilla de raso morado, imagin√°ndome a un sacerdote en su interior, escuchando, a trav√©s de la rejilla, las confesiones de alg√ļn cristiano temeroso de Dios. Un impulso infantil ¬Ėsi se le puede llamar as√≠¬Ė hizo que me metiera en aquel artilugio de madera y que me mantuviera a la espera de la llegada de alg√ļn hipot√©tico fiel, deseoso de confesar sus pecados.
En el interior del confesionario, sumergido en una total oscuridad, perd√≠ la noci√≥n del tiempo. El √ļnico sonido que me acompa√Īaba era el del √≥rgano, que con notas hipn√≥ticas, cargaban de m√ļsica el aire el templo. Nadie parec√≠a necesitar confesarse aquel d√≠a, lo que hizo que mi espera fuera cada vez m√°s aburrida, provoc√°ndome que entrara en un estado de duermevela.
Unas voces en√©rgicas y amenazantes me desvelaron. Retir√© ligeramente la cortinilla y mir√© al exterior; para mi sorpresa, pude ver como una especie de fraile, cuyo rostro manten√≠a oculto bajo una capucha, vestido con t√ļnica negra, amenazaba con una porra a la pareja que hab√≠a visto antes besarse. La chica se neg√≥ a obedecer al ¬ďfraile¬Ē, y √©ste le propin√≥ con el pu√Īo, sin compasi√≥n, un golpe en la mand√≠bula. Ella lloraba desconsoladamente mientras su pareja la as√≠a con sus brazos. El joven mir√≥ con furia al ¬ďfraile¬Ē, y cuando parec√≠a que iba a lanzarse sobre √©l, otro ¬ďfraile¬Ē apareci√≥ a sus espaldas y sacudi√≥ con su porra el cr√°neo del chico, quien cay√≥ desplomado al suelo. Mientras esto suced√≠a, gritos provenientes del templo se entremezclaban con la m√ļsica del √≥rgano. Aterrorizado por lo que estaba sucediendo, contempl√© desde la penumbra del confesionario como uno de los ¬ďfrailes¬Ē se llevaba a cuestas, como si fuera un saco de patatas, al joven inconsciente, mientras que el otro ¬ďfraile¬Ē empujaba a la chica con su porra, indic√°ndole la direcci√≥n que deb√≠a tomar para salir de de la cripta.
Permanec√≠ quieto, sin mover ni un m√ļsculo de mi cuerpo, en el interior del confesionario, escuchando los gritos que proven√≠an del exterior de la cripta. No sab√≠a que hacer, estaba asustado.
Pasaron los minutos y mis o√≠dos dejaron de escuchar los gritos; ahora s√≥lo llegaba a mis t√≠mpanos el cadencioso sonido del √≥rgano. Sigilosamente pas√© la cortinilla y observ√© que en la sala no hab√≠a nadie. Con temor y lentamente sal√≠ del confesionario. Atraves√© la sala y ascend√≠ los pelda√Īos de la escalera de piedra y sal√≠ de la cripta con cautela, comprobando que no hubieran moros en la costa ¬Ėo mejor dicho: ¬ďfrailes¬Ē ¬Ė. Apoy√© mi espalda en la fr√≠a pared de un lateral del presbiterio, justo al lado de la entrada a la cripta. En aquel momento el √≥rgano dej√≥ de sonar y un silencio sepulcral se apoder√≥ de la iglesia. Tragu√© saliva, despacio, intentando no emitir ning√ļn sonido que me pudiera delatar. El silencio fue rasgado repentinamente por el tono solemne y, a la vez, empalagoso de un hombre que iniciaba un discurso:
¬ĖHermanos, no os asust√©is y calmaos. No deb√©is temer nada. Est√°is en la casa del Se√Īor y √©l os protege. Hoy es un gran d√≠a para vosotros, la Fe os guiar√° por el correcto camino¬Ö
A medida que el discurso fue avanzando, yo fui rodeando con cautela el presbiterio, hasta que pude contemplar los bancos repletos de gente amordazada, con los ojos y la boca cubiertos por vendas negras. Varios ¬ďfrailes¬Ē flanqueaban el altar mayor, mientras otros, en parejas, se mov√≠an entre los presos, inyectando alguna sustancia en sus cuellos por medio de unas jeringuillas. Me puse en cuclillas y contempl√© la grotesca escena. Una vez todos los amordazados fueron inyectados, el discurso finaliz√≥ y el √≥rgano volvi√≥ a sonar. Los ¬ďfrailes¬Ē empezaron a quitar los vendajes y mordazas de aquellas gentes. En ese momento se inici√≥ un nuevo soliloquio con el mismo tono solemne y cargante que el anterior, sin que yo, debido a mi posici√≥n, alcanzara a ver al orador:
¬ĖLa Fe inyectada en vuestra alma os empujar√° a ser fieles siervos de nuestro Se√Īor. Vosotros empez√°is hoy una nueva vida. Ahora vuestro cometido es esparcir por el mundo la palabra de Dios¬Ö
El discurso s√≥lo pod√≠a haber sido redactado por alg√ļn loco enfermo. Pero para mi sorpresa, contempl√© como aquellas gentes, ahora libres de sus mordazas, escuchaban con gran atenci√≥n las palabras del orador; muchos empezaron a llorar de emoci√≥n, poni√©ndose de rodillas. Despu√©s de m√°s de una hora de discurso, el orador orden√≥ que se abrieran las puertas de la iglesia y despidi√≥ a los presentes.
Aproveché ese momento para escabullirme entre la muchedumbre. La gente salía de la iglesia sin hablar, con los ojos inyectados en sangre y el rostro empalidecido. Intenté hablar con alguna de aquellas personas, pero me ignoraban, estaban como hipnotizadas. Cuando ya me encontraba en la calle, vi a una pareja cogidos de la cintura que se alejaba. Era la pareja que antes había visto en la cripta. Corrí y me planté frente a ellos.
¬Ė¬ŅEst√°is bien? ¬ŅQu√© ha pasado ah√≠ dentro? ¬Ėpregunt√©.
¬ĖS√≠, estamos bien ¬Ėrespondi√≥ ella indiferente¬Ė ¬ŅQu√© ocurre? ¬Ėinquiri√≥ extra√Īada.
¬Ė¬ŅQu√© ocurre? ¬°Os han amenazado, os han golpeado, amordazado¬Ö! ¬ŅOs parece poco? ¬Ėpregunt√© en el colmo de mi asombro.
¬Ė¬ŅDe qu√© est√° hablando? ¬Ėpregunt√≥ el chico con cara de sorpresa¬Ė Acabamos de visitar la iglesia, somos unos fieles devotos de Dios. ¬ŅEs un crimen eso?
Me qued√© de piedra, torciendo la boca, sin responder a la pregunta del muchacho. La pareja continu√≥ su camino, dej√°ndome all√≠ tieso y mudo, en medio de la calle, bajo la luz oto√Īal de un sol que empezaba a ocultarse tras los edificios. Negu√© fatigosamente con la cabeza y saqu√© el libro de mi bandolera. Observ√© con atenci√≥n sus tapas, intentando encontrar en ellas una respuesta a lo sucedido. Alc√© de nuevo la mirada y el sol hab√≠a desaparecido, la penumbra se cern√≠a sobre la ciudad y el alumbrado p√ļblico empez√≥ a funcionar. Inici√© mi camino de vuelta a casa hundido en un mar de conjeturas. Ya en el metro, hojeando la novela, una sospecha empez√≥ a fraguarse en mi cerebro cuando las notas de un acorde√≥n me sacaron de mi embeleso. Un gitano enjuto, de pelo ralo y tez enfermiza tocaba el instrumento, en busca de algunas monedas. Guard√© el libro en mi bandolera y mir√© a trav√©s del cristal la oscura negritud del t√ļnel.



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