La oración. Cuentos cortos fantásticos


La oración

Autor: Irma Rios Alcocer

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Cuento publicado el 27 de Abril de 2021


Era una fría mañana de abril del año 1463. Por el solitario y recto camino a Angers iba un monje, llevaba la capucha abatida sobre la cabeza, de modo que sólo miraba el suelo que pisaba. Sobre el polvo gris del sendero vio la sombra: una silueta alargada de hombre con la cabeza caída sobre uno de los hombros, las manos extendidas a lo largo del cuerpo. El monje se descubrió al que proyectaba la bien delineada silueta. Se trataba de un ahorcado que pendía de una vieja y ennegrecida horca, en el cruce de caminos a Troyes y a Angers.

El frío viento movía suavemente el cuerpo, delgado como un junco y blanco como la luna. El rostro del muerto era aún bello. Los cuervos todavía no le devoraban los ojos, ni los lobos de la noche habían tratado de arrancar el fruto de la torga.
El monje se quedó mirando al colgado. Al contrario de muchos otros, éste mostraba una serenidad inusual, una aceptación de la muerte que se reflejaba no sólo en la pálida indiferencia del rostro y de las manos, sino en el orden de las ropas. No había luchado, ni siquiera se había resistido a su ejecución.
Trabajosamente, el fraile bajó el cuerpo de la horca, lo dejó tendido al borde de la senda y con el mismo cuchillo con el que cortara la cuerda, cavó lenta y laboriosamente una fosa poco profunda. Al rodar el cuerpo a su interior, palpó algo bajo el jubón del ahorcado. Era un manuscrito.
El hermano Jean lo tomó, desató las cintas que sujetaban los pergaminos y principió a leer la apretada escritura. Ahí al borde de la sepultura recién abierta, leyó en confesión el diario del poeta.

Si yo hubiera tenido
más tiempo y menos hambre
te habría amado, Vida…
Los versos se sucedían relatando una existencia llena de anhelos y de toda clase de sed. Ya casi por la noche terminó de leer la vida de aquel hombre y su premonitoria petición de perdón por haber dilapidado sus días tratando de evadir el infortunio.
El monje hizo a un lado el manuscrito, puso su mano izquierda sobre el pecho del poeta y se sumió en una oración profunda.
…………………………………………………….
François abrió los ojos. La línea del horizonte se empurpuraba ya. Se incorporó con dificultad. El sol, en aquel momento, lo dardeó con su luz y una rara alegría le tomó por sorpresa. Pudo ver que había yacido en la cuenca de una fosa húmeda, pero aquel frescor no le molestó, lo que sí le conturbó, fue el confuso recuerdo de una pesadilla horrible de captura y muerte, de un último esfuerzo por ser valiente. Tenía aún en los labios una frase que parecía venir de lejos:
-No supe vivir, pero sabré morir.
Sacudió la cabeza para liberarse de aquel sueño aterrador. Dos preguntas acudieron a su mente:
-¿Qué hacía yo ahí adentro? Y ¿Dónde están mis versos?
La segunda pregunta ganó el espacio de la conciencia, desvaneciendo la primera. Ahí estaba su manuscrito, a unos pasos a su izquierda, mojado por el rocío, pero completo. Lo volvió a colocar bajo el jubón, junto al corazón y a paso vivo, sonriendo, sin saber por qué, se marchó por el solitario y recto camino a Angers.
***





//alex


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