ÔĽŅ °CLANG, CLANG!. Cuentos cortos fant√°sticos
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¬°CLANG, CLANG!

Autor: Luis Bermer

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Cuento publicado el 11 de Mayo de 2007


El artefacto fue construido en madera. Tenía forma piramidal, y tres ruedas macizas incrustadas en su base le conferían libertad de movimientos. Un esquemático rostro dibujado con líneas básicas decoraba una de sus caras. Actuaba como si realmente percibiese su entorno a través de los órganos estáticos de ese bosquejo, al igual que lo haría una persona.


De sus aristas laterales emergían, cuando así lo consideraba oportuno, dos largos apéndices multiarticulados que culminaban en sendas esferas metalizadas, con la aparente capacidad mágica de transmutación en toda suerte de objetos y herramientas. Se comportaba como si estuviese vivo, al modo de cualquiera de los animales orgánicos ligados a la rocosa realidad del mundo.

Entre otras muchas ocupaciones, el artefacto piramidal prestaba especial dedicaci√≥n a dos, por su trascendental importancia. La primera de ellas consist√≠a en mantener el per√≠metro del claro del bosque limpio y a salvo de alima√Īas y sus repentinos ataques en busca de comida. La segunda ‚Äďalgo m√°s delicada en contraste- supon√≠a acudir con celeridad al llanto impaciente que le reclamaba desde el lecho de hojas, donde el peque√Īo Aratic, indefenso, clamaba por su cuidado. El artefacto se acercaba entonces para tranquilizarlo con suaves caricias de templada mano reci√©n modelada, mientras su otro ap√©ndice, convertido en fina aguja de rayo lunar, inyectaba su alimento justo por debajo del grabado abdominal de su nombre en la piel. Tras esta operaci√≥n, Aratic tornaba a caer en sue√Īo profundo, ignorante de la presencia de su protector y la infinitud de peligros asomados al borde de su tierna rutina inocente.

Así transcurrieron los días y los soles, las noches sin estrellas y el frío aullando por entre las copas de los árboles, altos y oscuros, amenazantes...

Pero ni todas las acechanzas consiguieron evitar que Aratic aventurase sus primeros torpes pasos por el claro, previamente desbrozado por el artefacto al que deb√≠a su vida. Tropez√≥ docenas de veces, llor√≥ sin consuelo otras tantas, ante la apartada presencia de la pir√°mide inm√≥vil. Aprendi√≥ a caminar con el cuerpo cubierto de rasgu√Īos, heridas y magulladuras. Las l√°grimas dejaron de ba√Īar a diario sus mejillas. As√≠ sus ojos pudieron observar mejor la ingente cantidad de cosas desconocidas que le rodeaban. Descubri√≥ con sus propias manos el interior de esas escurridizas figuras que intentaban escapar siempre de √©l, y que ya no volv√≠an a moverse una vez abiertas, aunque las cerrase con delicadeza. Aprendi√≥ a discriminar entre aquello que, arrancado a la tierra, pod√≠a ser engullido sin dolor y lo que no. Estaba creciendo.

Pronto Aratic corr√≠a con soltura por todo el claro, manipulando lo que encontraba, saltando y brincando alegre, radiante de energ√≠a vital. Entre sus juegos favoritos destacaba, sobre cualquier otro, el √ļnico que era compartido. Le encantaba correr detr√°s del artefacto con ruedas y su incesante ¬°clang-clang! de engranajes viejos, que imitaba con estent√≥rea fruici√≥n y deleite, para intentar superarlo en la carrera y observar, frente a frente, sus paternales rasgos inamovibles de pintura reseca.

-¬°Clang-clang-clang-clang-clang! ‚Äďgritaba con innecesario estruendo.

Y el artefacto, así bautizado por la criatura a su cargo, se dejaba perseguir, pero nunca alcanzar. Durante horas interminables.

Pero la sobreprotectora rutina en la que Aratic viv√≠a desde el principio de sus d√≠as estaba entonces a punto de terminar para siempre. No tard√≥ en ser consciente de que algo hab√≠a cambiado, de que no todo era ‚Äďni volver√≠a- a ser igual. La primera evidencia del nuevo orden lleg√≥ en cuanto concluyeron las persecuciones y juegos de aquella tarde. Normalmente, Aratic se dejaba caer, a√ļn jadeante, sobre su lecho de hojas, esperando que el coraz√≥n dejase de golpear el pecho por dentro; al poco, el murmullo mec√°nico de la sombra piramidal se aproximaba, dulce y leve, con la aguja que le repondr√≠a sus fuerzas y un pasaje hacia las nubes del sue√Īo. Su coraz√≥n alcanz√≥ el reposo, pero su mente se precipit√≥ por el abismo de la zozobra, pues Clang-clang, ese extra√Īo ser-cosa que velaba por su vida, permanec√≠a en la distancia, est√°tico e indiferente; como si, de repente, por insospechados motivos, hubiera dejado de quererlo.

-Clang-clang ‚Äďllam√≥ en tono suplicante.

Quietud por toda respuesta.

-Clang-clang ‚Äďintent√≥ de nuevo, las l√°grimas asomando en el borde de su comprensi√≥n.

Sinti√≥ una honda tristeza, postrado en su lecho de desesperaci√≥n. ¬ŅPor qu√© este s√ļbito abandono?- se hubiese preguntado si en su mente existiesen palabras con las que definir y expresar los sentimientos puros que le embargaban. Y a la tristeza se sum√≥ una desagradable sensaci√≥n desconocida: parec√≠a como si una invisible aguja, gemela de aquella que le alimentaba, se hundiese en su est√≥mago para vaciarlo por completo. Era el hambre. Una cruel necesidad por encima de su voluntad. Deb√≠a saciarla, y se sorprendi√≥ de saber c√≥mo, pues jam√°s recibi√≥ ejemplo o explicaci√≥n alguna. Se llev√≥ lo que encontraba a la boca, intentando tragarlo con avidez; llenar el hueco aullante y creciente que se abr√≠a en su abdomen, bajo su nombre tatuado. Pero el hambre no ces√≥, m√°s al contrario, aliada con la debilidad y el dolor, consigui√≥ minar la resistencia de Aratic hasta el punto de hacerle perder la consciencia.

Y s√≥lo entonces, cuando el peque√Īo se estremec√≠a entre temblores, v√≠ctima de la fiebre, fue cuando Clang-clang se acerc√≥ de nuevo, para inyectar un espeso brebaje, cuya composici√≥n se perder√≠a junto al resto de su vasto conocimiento.

Al despertar, Aratic sinti√≥ su cuerpo fortalecido, provisto de un renovado vigor. Y antes de que en √©l se desvaneciese el recuerdo de la angustia padecida, Clang-clang mostr√≥ con el ejemplo c√≥mo hab√≠a de darse caza a las huidizas criaturas del entorno. Ensartada en uno de sus agudizados ap√©ndices, la desafortunada pieza fue preparada sobre el fuego, previamente dispuesto por el eficiente Clang-clang, ante los asombrados ojos de Aratic. El aroma de la carne asada atrajo sin remisi√≥n al hambriento muchacho; pero antes de que sus manos se posasen sobre el delicioso premio, Clang-clang lo arroj√≥ con incre√≠ble fuerza tras de s√≠, fundi√©ndolo con la espesura del bosque. Y aunque Aratic, guiado por su olfato, lo busc√≥ y rebusc√≥ con denuedo, al final hubo de volver con brazos y est√≥mago vac√≠os, am√©n de una abrasadora mirada que intent√≥ proyectar sobre las planas facciones inexpresivas de su salvador, que segu√≠an id√©nticas al primer d√≠a. Clang-clang dio as√≠ por concluida su primera, √ļltima lecci√≥n.

Aratic demostr√≥ sobrada capacidad de aprendizaje imitando, con lanza improvisada, a su maestro en las artes de la caza y la supervivencia, e incluso buscando el refinamiento y la perfecci√≥n de sus t√°cticas. No tard√≥ mucho en olvidar que, en los ya lejanos d√≠as de total indefensi√≥n, su evoluci√≥n, nutrici√≥n y salvaguarda depend√≠an de ese extra√Īo objeto de madera, semioculto ahora entre arbustos y malas hierbas, que ocasionalmente utilizaba como blanco de sus diversiones y ejercicios de punter√≠a. A veces se propon√≠a acertar en medio de los descascarillados ojos, o justo en el mismo centro, donde ir√≠a la nariz, y no paraba hasta conseguirlo. As√≠ gastaba su tiempo, feliz, sin reparar en nada m√°s.

Durante a√Īos.
Hasta que llegó el día.
El día que el pasado eligió para regresar.

El barbudo Aratic se encontraba reforzando, con gruesas ramas y hojas gigantes de plantas sin nombre, la techumbre de su refugio ‚Äďinminente llegada de la √©poca de lluvias-, cuando escuch√≥ el resonante crujido que sobrecogi√≥ su respiraci√≥n en los pulmones. El bosque entero parec√≠a haberse quebrado bajo el hachazo de un gigante; nunca, ni siquiera cuando el poder del rayo doblegaba la majestad de √°rboles centenarios, sus o√≠dos oyeron fragor semejante. Con suma precauci√≥n, Aratic aventur√≥ la vista al exterior del refugio. Sus ojos le devolvieron una brumosa visi√≥n, arrebatada al tiempo: un artefacto piramidal, sostenido sobre ruedas, esperaba frente a un muro vegetal reventado. Una l√≠nea invisible les uni√≥ instant√°neamente.

-¬ŅClang-clang? ‚Äďdibuj√≥ la interrogaci√≥n de su voz.

La pir√°mide no se movi√≥, salvo para desplegar sus ap√©ndices. Aratic comprendi√≥ que se hab√≠an desvanecido demasiados d√≠as desde la √ļltima vez que busc√≥ establecer esta l√≠nea vinculante. Y sinti√≥ algo extra√Īo y novedoso por ello, algo et√©reo pero pesado como roca inamovible. Culpabilidad, si los sentimientos fueran meras palabras. Algo parecido a una rama de espino en el interior de la cabeza. Un dolor en ninguna parte del cuerpo.

El artefacto se puso en marcha, acerc√°ndose. Clang-clang-clang...Aratic tembl√≥ de miedo. Comprendi√≥ que hab√≠a hecho ‚Äďo dejado de hacer- algo trascendente y fundamental. ¬ŅQu√© podr√≠a ser eso, fuera de su conocimiento y su breve imaginaci√≥n? El peso de la roca se increment√≥ en varias toneladas. Y a su pesar ech√≥ a correr, tomando el sendero que se internaba, serpenteando como un reptil m√°s por las entra√Īas desconocidas del bosque cerrado.

Corri√≥ y corri√≥, sigui√≥ corriendo, y en pocos minutos se alej√≥ del claro tanto como nunca antes so√Ī√≥ siquiera que pudiera intentarse. ¬°Clang-clang-clang...escuchaba, m√°s grave y lejano que sus recuerdos, tras de s√≠. Y al mirar por encima del hombro, descubr√≠a una pir√°mide diminuta, que exhib√≠a dos l√≠neas de agujas a la altura de su falsa boca de madera. Sus piernas ard√≠an bajo el desacostumbrado castigo. Pero aquel sonido, no obstante, segu√≠a incrementando su volumen, su proximidad. Las rodillas estallaban, con esa luz r√°pida e hiriente que precede a la tormenta. Y ese ¬°Clang-clang! de pesadilla, pr√≥ximo e iracundo, amenazaba ya con dar alcance a su agotada sombra. La negra fortuna quiso disponer de afilado guijarro en su camino; y Aratic pis√≥ el desgarro sordo de su pie, y cay√≥ de frente, vencido y resollante. La idea de muerte surgi√≥, como liberaci√≥n. El fin de todo era ahora una realidad tangible, materializada en agujas que se detuvieron a escasos palmos de su cara. Como anta√Īo, el dolor y la fatiga ser√≠an eliminados mediante una larga aguja...

La espera ‚Äďp√°rpados apretados- del fin se prolong√≥. Su pecho dej√≥ de agitarse y el latido de su pie perdi√≥ fuerza. Aratic aventur√≥ su mirada a las alturas, al encuentro con su paciente verdugo. Las agujas no se hab√≠an movido. No atravesar√≠an su carne condenada, despu√©s de todo. Entonces... ¬Ņqu√© enigm√°ticas intenciones se ocultaban tras la despostillada madera? ¬ŅCu√°l era el porqu√© de esta absurda persecuci√≥n? Tales consideraciones no germinaban en la mente del joven, que s√≥lo buscaba dejar atr√°s el acerado peligro de morir ensartado como una de sus presas. Mil√≠metro a mil√≠metro, Clang-clang reemprendi√≥ levemente su movimiento, como si de antemano hubiese previsto la duraci√≥n de esta pausa. Aratic se incorpor√≥, tan sorprendido como asustado, y volvi√≥ a correr por su vida. A cuatro metros de sus talones, las agujas.


Cay√≥ el sol tras las monta√Īas y el bosque se cubri√≥ de negro. La carrera continuaba, al ritmo torturado del perseguido. Aratic prob√≥ a reducir, lenta y progresivamente ‚Äďpara que Clang-clang lo percibiese con suficiente antelaci√≥n-, la longitud de sus desmayadas zancadas, y poder as√≠ recuperar parte del aliento perdido. Supon√≠a que le ser√≠a concedida tan merecida gracia por sus esfuerzos; as√≠ que se detuvo, las manos sobre los doloridos muslos, y regal√≥ a sus pulmones el aire de la quietud.
Treinta segundos m√°s tarde sinti√≥ una abrasadora l√≠nea de pinchazos perfor√°ndole las pantorrillas. Con un grito de dolor salt√≥ tambale√°ndose, aterrado por la posibilidad de caer ante semejante tormento insufrible. De alg√ļn modo, el artefacto conoc√≠a las fuerzas que quedaban en su cuerpo, por m√≠nimas que fuesen, y exig√≠a su ag√≥nico sacrificio. Diminutas l√°grimas de sangre manaron libres del encierro de la carne. Y fluyeron, fluyeron...

Dos horas después Aratic se desplomó, ciego en mitad de las tinieblas; inconsciente, demolido, aparentemente muerto.

Lo primero que sintió al despertar fue una hilera de puntos que pugnaban por introducirse en su espalda, presionando la piel sin detenerse. Su cerebro reconoció al instante de qué se trataba, y con un impulso le hizo rodar sobre sí mismo. Llevaba decenas de metros recorridos cuando cobró plena consciencia de que volvía a estar corriendo, incluso antes del retorno completo a la vigilia; y aunque su cuerpo parecía haber descansado, con un martillo de frustración aplastó su ánimo hundido en infiernos de espirales sin luz ni esperanza. Un pelele, era un pelele anulado en su totalidad, dirigido sin remedio por capricho de voluntad inhumana. Deseó destrozar en astillas a Clang-clang. Deseó matarlo. Deseó morir, lloró autocompasión y rabia, lamentó no ser un árbol cualquiera de los que iba dejando atrás en sucesión infinita, desesperada.


No repar√≥ en el irreductible artefacto cuando su cuerpo volvi√≥ a caer derrotado por agotamiento. Ni tan siquiera escuchaba ya los eslabones s√≥nicos de su torturador, entrelazados con los pasos de su propia respiraci√≥n angustiosa; necesitaba canalizar toda su energ√≠a y concentraci√≥n en la dif√≠cil tarea de seguir vivo. Clang-clang respet√≥ su descanso, silencioso, a holgada distancia de observaci√≥n. Dej√≥ que sus piernas se enfriasen, que hasta sus o√≠dos llegara el canto de las aves, el murmullo del bosque, que su alma flotara en algo semejante a la relajaci√≥n de los m√ļsculos llevados al l√≠mite de su resistencia. Hasta que consider√≥ que ya hab√≠a sido suficiente e inici√≥ una vez m√°s la marcha infernal con el diab√≥lico aviso de un clang-clang-clang creciente y homicida.

Aratic deliraba, emit√≠a gru√Īidos que conmover√≠an a las piedras. Su mente infantil comenzaba a quebrarse, incapaz de comprender el destino inmisericorde que le hab√≠a tocado en desgracia. Con pat√©tico esfuerzo consigui√≥ arrastrar los pies unos metros m√°s, antes de zambullirse en la oscuridad de la inconsciencia.

Su reposo se vio acompa√Īado de sue√Īos fugaces que pincelaban un fresco de pesadilla en colores abstractos. So√Ī√≥ que volv√≠a a ser un ni√Īo, sin pelos cubriendo sus mejillas, libre, despreocupado, una sencilla criatura dotada de vida; Clang-clang era su amigo, su protector y sent√≠a, como una c√°lida radiaci√≥n, cu√°nto lo quer√≠a. Jugaban y √©l re√≠a con inocente regocijo. En un momento la risa devino el llanto sin raz√≥n, l√°grimas de resina brotaban por los simb√≥licos ojos de la pir√°mide cuando el ni√Īo tropez√≥, renovando sus gritos, y entonces fue empalado por cientos de agujas que transformaron incomprensiblemente los lloros en risas c√°ndidas; y el artefacto elev√≥ al ni√Īo feliz y sangrante para introducirlo en sus fauces de dientes humanos, y mientras lo masticaba entre gorgoritos y el sonido mon√≥tono de su mecanismo, sus ojos de artificio fueron manantiales cuyo rumor no ahog√≥ la alegr√≠a del devorado. Sus dulces carcajadas y sue√Īo terminaron con un pastoso crujir de huesos.

La luz del alba abri√≥ sus p√°rpados. Confuso y desorientado, se incorpor√≥ despacio, intentando reconocer las diferentes partes de un cuerpo que era el suyo. Su mano derecha choc√≥ por azar con una larga vara de madera rematada en punta que descansaba a su lado. Este tacto activ√≥ como un resorte autom√°tico el agujero quejumbroso de su est√≥mago. No recordaba la √ļltima vez que se llev√≥ algo a la boca. Los retazos de d√≠as anteriores volvieron s√ļbitamente a su cabeza, despejando en un segundo las brumas de confusi√≥n, aferr√≥ la lanza por instinto y se gir√≥, a√ļn en cuclillas, buscando con la mirada la localizaci√≥n exacta de una forma piramidal. Junto al √ļltimo recodo del camino la encontr√≥ observ√°ndolo. Uno de sus ap√©ndices se√Īalaba el coraz√≥n de la espesura tras las lindes. Aratic, encorvado y expectante a cualquier m√≠nimo movimiento, se desplaz√≥ lentamente hasta el borde del camino, donde nac√≠a la vegetaci√≥n. Sent√≠a que algo diferente a su tortura diaria estaba a punto de ocurrir. En su cabeza vio im√°genes de s√≠ mismo escapando en loca hu√≠da de su perseguidor por entre los apretados √°rboles del bosque infranqueables para ese objeto animado por oscura crueldad. No pod√≠a creer que a unos pasos, simples pasos, se hallase la ansiada liberaci√≥n de su castigado cuerpo y maltrecha voluntad. Parec√≠a demasiado f√°cil despu√©s de tantas dificultades; no obstante, su imaginaci√≥n no acertaba a encontrar ning√ļn obst√°culo, ninguna trampa a su deseo. Respir√≥ profundamente, dos, tres veces, sin dejar de apuntar su tosca lanza de madera hacia el lejano artefacto inm√≥vil. Sab√≠a que, por mucho que acelerase en aquel momento, las agujas no llegar√≠an hasta que √©l se hubiese sumergido ya en el laberinto verde. Al sol de esa idea, r√≠os de palpitante energ√≠a bramaron bajo sus m√ļsculos en tensi√≥n y, con un grito salvaje ‚Äďque activo de inmediato una reacci√≥n mec√°nica en el artefacto-, Aratic empez√≥ a correr como jam√°s en su vida lo hab√≠a hecho. El mundo se convirti√≥ a su alrededor en un t√ļnel vertiginoso de ramas, arbustos, hojas y √°rboles que parec√≠an abalanzarse sobre √©l a toda velocidad, con la perversa motivaci√≥n de frenar su carrera y entregarle, derrotado, al tormento de las agujas que, esta vez s√≠, no guardar√≠an un √°pice de piedad ante semejante acto de rebeld√≠a. Despacio, entrar√≠an en su carne como hilos de dolor, abyecto ceremonial de horror y agon√≠a, ahogado en la fuente de su propia sangre. No...cualquier cosa antes que eso. As√≠ que corri√≥ y corri√≥ y corri√≥, a pesar de sus pies inflamados, a pesar de sentir que los pulmones no tardar√≠an en reventar por el esfuerzo, a pesar del latido del miedo golpeando el tambor de sus o√≠dos, y a pesar del sempiterno clang-clang que ven√≠a de dentro y de fuera -¬Ņera su coraz√≥n? ¬Ņera el terror que no cesaba en su persecuci√≥n? -, sin distinci√≥n. S√≥lo la ra√≠z que le hizo rodar detuvo su carrera infinita hacia el desfallecimiento, y entonces sus piernas laceradas se rindieron definitivamente. Tendido hacia un cielo de hojas que filtraba el sol, como una extensi√≥n de la tierra que aspirara y expirara un aliento de angustia y derrota, qued√≥ con los palpitantes brazos en cruz. Se prepar√≥ a recibir el anuncio sonoro de la muerte que no tardar√≠a en llegar. Hab√≠a hecho cuanto hab√≠a podido, forzando su cuerpo hasta sus l√≠mites infranqueables; pero al parecer ni siquiera eso era suficiente. Sonri√≥. Si este era su fin lo encontrar√≠a as√≠. Nada quedaba ya por intentar.

Aratic escuch√≥ el dulce canto de los p√°jaros que habitaban las alturas. Parec√≠an conversar entre ellos, alegres, cosas importantes que √©l no pod√≠a entender. Hacia tanto que no reparaba en ellos...Tambi√©n capt√≥ el trote cauto de peque√Īos animales aventur√°ndose fuera de sus madrigueras, ya fuera por el impulso del hambre o por simple curiosidad. Y la brisa que hac√≠a balancear las cabezas arb√≥reas con un susurro agradecido y levantar la hojarasca de sus pies por siempre enterrados. Y se le antoj√≥ que todo aquello era perfecto a su alrededor. Porque no o√≠a aquello que romp√≠a la espl√©ndida armon√≠a de la naturaleza, ni ve√≠a la picuda forma de rasgos desgastados que un d√≠a am√≥, y su coraz√≥n ya no quer√≠a escapar del pecho...Entonces fue cuando una genuina carcajada de felicidad inmaculada escap√≥ de su garganta, libre, extendi√©ndose en ecos por todo el bosque, que concluy√≥ en un gemido de l√°grimas, igualmente libres.

En los d√≠as siguientes, Aratic empez√≥ a recuperar el dominio de su voluntad. Apenas recordaba la sensaci√≥n de poder dirigir sus pasos all√° donde quisiera, sin miedo a ser atravesado por agujas. Pod√≠a cazar con trampas simples como anta√Īo, encaramarse hasta casi tocar las copas de los √°rboles y admirar la inmensa belleza del horizonte, tumbarse durante horas entre la hierba y contemplar las nubes perezosas surcar los cielos inalcanzables. Pod√≠a hacer cualquier cosa que se le ocurriese y, sin embargo, un simple ruido insospechado entre la maleza consegu√≠a disparar todos los m√ļsculos de su cuerpo hacia una posici√≥n de alerta. A√ļn tem√≠a que aquella cosa apareciese de nuevo para continuar tortur√°ndole. Podr√≠a ocurrir que jam√°s volviese a verlo en su vida, quedando reducido a recuerdo o...que saliese a su encuentro en los pr√≥ximos minutos ¬ŅQu√© certeza ten√≠a?

La ma√Īana era soleada, casi calurosa, y una leve brisa tra√≠a consigo fragancias desde los bosques frondosos. Aratic ya hab√≠a pescado tres enormes y plateados ejemplares antes del mediod√≠a. Estaba sentado junto a la orilla del riachuelo con la mirada fija en el d√≥cil curso del agua. Y ahora que su mente disfrutaba de la tranquilidad propia del transcurso lento de los d√≠as sin sobresaltos, preguntas insidiosas, recurrentes, crec√≠an y se abr√≠an paso a trav√©s de su cerebro: ¬ŅPor qu√© hab√≠a iniciado Clang-clang esa cruel persecuci√≥n? ¬ŅQu√© ganaba con su dolor y sufrimiento? ¬ŅC√≥mo pod√≠a tratarle as√≠ despu√©s de haberlo cuidado -¬Ņquerido? incluso - durante tanto tiempo en el que no era m√°s que una criatura indefensa?

Y mientras rumiaba estas cuestiones sin hallar respuestas, dos l√≠neas de finas agujas empezaron a emerger de las aguas. Aratic las mir√≥ intentando comprender como es posible so√Īar sin estar dormido y ver frente a uno cosas encerradas en la memoria. S√≥lo cuando el ronco ¬°clang-clang! que preced√≠a el movimiento de la pir√°mide de madera lleg√≥ hasta sus o√≠dos su cuerpo reaccion√≥, y sus piernas intentaron alejarle de la pesadilla. Pod√≠a sentir la furia inhumana de aquel artefacto tras de s√≠ mientras corr√≠a con todas sus fuerzas. El horrendo ¬°clang-clang! crec√≠a y crec√≠a, como el rumor grave de una avalancha a sus espaldas y, entonces, dos l√≠neas de hielo o fuego atravesaron limpiamente sus piernas de parte a parte y todo se convirti√≥ en dolor. Un dolor indescripble y sin medida. El castigo hab√≠a comenzado.

Con la mirada perdida y una sonrisa est√ļpida dibujada en su cara, Aratic caminaba por el camino de tierra al ritmo m√°ximo que sus pies le permit√≠an. Detr√°s de sus piernas cubiertas de cicatrices, el mecanismo que la pir√°mide albergaba en su interior emit√≠a un ¬°clang----clang! acompasado, que s√≥lo se deten√≠a por un tiempo imprescindible.Y la distancia que les separaba fue siempre la misma.


Los a√Īos pasaron; algunos r√°pidos, otros lentos. Aratic abandonaba √ļnicamente el camino sin fin para conseguir alimento; despu√©s volv√≠a a emprender la marcha. A veces era escarpado y pedregoso, otras sinuoso y oculto entre valles, en ocasiones atravesaba el coraz√≥n de una monta√Īa envuelto en oscuridad. Nunca pis√≥ dos veces el mismo lugar, nunca contempl√≥ dos paisajes id√©nticos, ni siquiera similares. La tierra, ahora era claro en su mente, se le antojaba una escena infinita, tan inabarcable como el cielo nocturno y sus estrellas.

Parajes helados, junglas asfixiantes, p√°ramos barridos por el viento, desiertos abrasadores...cruzados por este camino que no se desdibujaba. Aratic padeci√≥ las crueldades del fr√≠o y el calor extremos sin emitir una queja. En su marcha sorte√≥ extra√Īos huesos semienterrados, vio animales de apariencia fabulosa, algunas aterradoras monstruosidades; pero jam√°s uno con sus brazos o sus piernas, alguien en quien verse reflejado como la imagen que devolv√≠a un estanque.

Durante largos, largos a√Īos.

En ese tiempo hubo muchas ocasiones para escapar al acoso permanente de Clang-clang, que aprovech√≥ a pesar de conocer las dolorosas consecuencias que, tarde o temprano, su carne acababa pagando como precio a su osad√≠a. Termin√≥ por comprender que aquellas oportunidades no eran descuidos del artefacto. En absoluto. Y en estos meses de aparente libertad donde no reg√≠a m√°s determinaci√≥n que la dictada por su voluntad, sin embargo, la presencia del artefacto piramidal era constante, durante el sue√Īo y durante la vigilia, eliminando cualquier posibilidad de vivir tranquilo. Pues se hab√≠a instalado en el interior de su cabeza.

El camino fue desde entonces su √ļnico destino. Corri√≥ y corri√≥ sin tregua, superando los l√≠mites de su imaginaci√≥n respecto a sus propias fuerzas. Hasta que lleg√≥ un d√≠a del futuro lejano en el que Aratic, exhausto, se detuvo intentando llenar de aire sus pulmones. Sin conseguirlo. Se gir√≥ con ag√≥nica desesperaci√≥n, boqueando como un pez fuera del agua, buscando ayuda en Clang-clang. Lo √ļltimo que vio antes de caer sin vida al suelo fue que los rasgos pintados ya no se encontraban en la pir√°mide de madera desnuda. Su coraz√≥n hab√≠a dejado de latir.

El artefacto pinch√≥ suavemente con sus agujas las plantas del cuerpo inerte. Acto seguido, las refundi√≥ en cables de acero con los que asegur√≥ las piernas de Aratic. Sus ojos muertos, pero a√ļn abiertos, parec√≠an contener un mundo; ya no pudieron observar c√≥mo Clang-clang giraba sobre sus ruedas arrastrando su cuerpo tras de s√≠, para comenzar el largo viaje de regreso.

Mucho tiempo transcurri√≥ entre la muerte de Aratic y el momento en el que el artefacto lleg√≥ hasta el claro del bosque del que una vez partieron, con lo que quedaba de sus restos irreconocibles arrastrados por los cables. La pir√°mide cruz√≥ el claro, que apenas hab√≠a cambiado en todo ese tiempo, y se intern√≥ entre la vegetaci√≥n unos centenares de metros m√°s all√° de los espacios donde Aratic aprendi√≥ a cazar para sobrevivir. Atravesando unos enmara√Īados muros de zarzas que √©l no lleg√≥ a ver, la pir√°mide alcanz√≥ una inconmensurable llanura en mitad del bosque. Y toda ella estaba cubierta por l√≠neas irregulares de rudimentarias cruces de madera clavadas en el suelo, que se contaban por miles. El silencio era absoluto, en contraste con los sonidos inquietos que, como inequ√≠vocos signos de vida, recorr√≠an el bosque a cada segundo. Solamente el sordo ¬°clang-clang! del artefacto alteraba la quietud del lugar, mientras rodaba por entre las cruces sin rozar ninguna. Al fin se detuvo ante una cruz torcida, que encabezaba un hondo agujero cavado en la tierra. El artefacto piramidal que una vez fue bautizado como ¬°Clang-clang! arroj√≥ los despojos del hombre a las profundidades del agujero. Despu√©s, los cables adoptaron una forma adecuada para remover el mont√≠culo de tierra que ten√≠a a su lado, con el que cubrir aquella herida en el terreno.

Cuando terminó de allanar la tierra, el artefacto se dirigió hacia un charco de barro próximo. Hundió uno de sus apéndices y, con calculada lentitud, dibujó en su cara frontal unos burdos rasgos humanos. Después quedó completamente inmóvil.

Al cesar el sonido de sus mecanismos, un silencio completo cubrió de nuevo la llanura, como un inmenso manto invisible.

El sol recorrió la esfera del cielo en incontables ocasiones.
Nada ocurrió en la llanura durante todo ese tiempo.
Nada.

Justo al amanecer de un nuevo d√≠a, el artefacto piramidal comenz√≥ a desplazarse sobre sus ruedas otra vez, acompa√Īado de un mon√≥tono clang-clang constante.

Un llanto desconsolado llegaba desde el claro del bosque.

//alex


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Fecha: 2010-02-14 20:36:44
Nombre: arturo
Comentario: Un cuento muy bien llevado a pesar de la dificultad del tema. Engancha y realmente sorprende. Felicidades


Fecha: 2008-09-18 17:10:47
Nombre: anna
Comentario: √ā¬°CLANG,CLANG! :D


Fecha: 2007-06-06 19:28:00
Nombre: NALDO
Comentario: EXCELENTE HISTORIA, BASTANTE ORIGINAL... SIN DUDA ES DE LO MEJOR QUE HE LEIDO AQUI.



Fecha: 2007-05-27 21:38:04
Nombre: martha rodrigue
Comentario: MONUMENTAL, me encantó, no pude dejarlo ni un momento, esto es lo tuyo, te tengo envidia de la buena.