Ladròn de cartòn. Cuentos cortos románticos


Ladròn de cartòn

Autor: Cristian Avaca

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Cuento publicado el 24 de Febrero de 2007


Ya cansado de pasar desapercibido en éste pueblo de mala muerte decidí que un buen día iba a dar el batacazo. Estaba un poco confundido en cuanto al motivo, pero si indagaba un poco en mi interior no tenía dudas: lo que me impulsó aquella noche a llevar adelante mi plan no fue precisamente el dinero. En realidad eso de quedarme con la guita pasaba más por perjudicar a Pampin que por beneficio propio. Lo que quería yo es que, de una buena vez y para siempre, alguien comentara algo que tuviera que ver conmigo. Ansia de gloria talves, condición fulera de los mediocres, pero de esto me doy cuenta ahora porque tengo tiempo para contar el cuento.

Nunca nadie se fijó en mi. Siempre fui un gil para todo el pueblo. Se rieron de mi cuando perdí todo lo que había heredado de mi viejo. Me cagaron con los australes y lo poco que me dejaron se fue con el corralito. Entonces me quedé en pelotas y todos me tomaron por boludo.
Pero un glorioso día dije basta. Esperé una noche de tormenta. Días antes mi hermano me observaba desconcertado; yo que andaba renegado con la vida y hasta con dios y no escuchaba la radio hacía dos años me la pasaba ahora con la oreja parada cuando venía el informe meteorológico.
Ese martes se me escapó una sonrisa socarrona cuando el de la radio dijo que llovería torrencialmente. Ya se sabe, el agua borra los rastros, ¡hay si pudiera borrar las culpas!
Me puse las alpargatas gastadas, por si las huellas. Ropa oscura para confundirme con la noche. Partí entonces pasada la madrugada mientras las gotas hacían gorgoritos en los charcos.
-Se afirmo y va a llover parejito –me dije, y entré a pedalear para el lado de lo Pampin.
Dejé la bicicleta escondida entre los pajonales del fondo que daban al arroyo y costie el hilo de agua hasta llegar a los bretes. El caminito por donde Paula todos los días le iba dar de comer a los chanchos me fue guiando para el caserío. Cuando pensé el nombre de ella, un frío me corrió por la espalda y se me vinieron encima unos cuantos recuerdos que tuve que borrar rápidamente para poder seguir. Le tiré un hueso a la pasada al perro que el miserable tenía cagado de hambre para que se entretuviera y forcé la puerta del costado. No me costó trabajo abrirla y fui derechito a la caja pero el desgraciado la había vaciado antes de cerrar. Manotie entonces unos paquetes de yerba, azúcar, fideos y salames y los metí en la bolsa de arpillera que llevaba en la cintura. Sali desconsolado por el mismo lugar por donde había entrado y cuando pase por la cancha de bochas tuve una idea brillante. Ahí nomás vacie la bolsa con lo afanado y metí las rayadas y las lisas adentro. Sin querer, una sonrisa se dibujó en mi rostro.
Dejé que pasaran los días y creanme que a veces, cuando a la tardecita iba a tomar el aperitivo sentía cierta pena por los parroquianos que se pasaban las horas comentando quien podía haber sido el cretino que les robara el único entretenimiento que tenían por esos pagos. Dominé mi conciencia.

Que Pampin comprara otro juego, con lo caro que estaban, sería más dificil que recular en chancletas y si la desición fuera tomada, de seguro que alguno moriría en la espera, con lo lejos que estaba el pueblo más cercano. Seguí esperando el momento y cerca de navidad, una tardecita en la que yo sabía que el boliche estaba lleno entré y desde la puerta nomás, canchereando, abrí la bolsa y dejé correr las bochas por el piso del bar. Habría que haber estado ahí para verle la cara a los paisanos. Se les iluminó el rostro y yo prendí un cigarro. Lo dejé a un costado de la boca. Me senté y pedí un gancia. No esperé que me preguntaran, largue solo el comentario:
-Me costó trabajo, pero los corrí y los agarre cerca del canal, en el campo de Artola, se ve que también iban a llevarse unas vaquitas. Los amenacé con la de dos caños y los sotretas se tuvieron que ir al mazo. Salieron corriendo como alma que se las lleva el diablo.
Todos los murmullos del boliche tenían que ver conmigo. Los ojitos de Paula brillaron también y yo me acordé la noche que Pampin me la había arrebatado en el baile que organizaba la cooperadora de la escuelita. Se arrimó entonces Paulita, -mi querida Paulita- y como todos los presentes ella también pedía detalles. Yo tenía todo el verso armado y las palabras me salían por los cuatro costados de la boca.
En eso entro el cuzco de mierda me entró a olfatear las patas y lo sentí gruñir.
Me tranquilicé cuando se fue pa afuera.
Pero al rato volvió y escupio al lado mío el pedazo que me faltaba en la bombacha bataraza.

//alex


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Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2007-11-20 14:19:11
Nombre: gaby
Comentario: hOmbreS!! jaja no habia visto q era mujer la q lo escribia bonita imajinacion!