La enredadera.... Otros cuentos


La enredadera...

Autor: Martha Susana

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Cuento publicado el 13 de Julio de 2010


Desde siempre le gustaban las enredaderas, no sólo por el colorido de sus flores, ni siquiera por la variedad infinita de ellas, sino porque cubrían de color las paredes y cercos, de su hogar. Esto le permitía tomar sol sin ser vista por los vecinos, ya era gran ventaja! Todos los años al llegar el invierno alguna variedad florecía y esa se salvaba de la poda, otras, más veraniegas, tapaban el patio con infinitas hojas y flores, éstas otras, eran su orgullo…

Mientras joven y bonita, hacía de las suyas con los hombres que llegaron a amarla de verdad, se burlaba de ellos, cual diosa. Se sabía bella y coqueteaba con todos sin comprometerse nunca.
Pero el tiempo fue pasando y Clara envejecía como todos, sin remedio, su piel blanca y tersa fue surcándose de arrugas leves, primero, profundas, luego… Sus párpados caían sobre los hermosos ojos azules, que si, conservaban el color del iris pero ya no la transparencia de antes, sus cabellos largos y brillantes, otrora, trocaron en escasas serpentinas, comenzando a enredarse con hilos plateados, perdiendo el color de la juventud.
Sus padres ancianos ya, murieron, dejándola sola, y en herencia le quedaba la casona de las enredaderas, hermosa aun a pesar del deterioro… Su carácter soberbio, su altanería antigua, casi habían desaparecido en pos de alguna amistad que pudiera acercársele. Pero era inútil al llegar el momento de dejar el colegio donde transcurrió su labor, nadie más se acercó a ella…

Sólo un niño se aproximaba, comenzó a tomarle cariño, que no había sabido darle a nadie. Mientras él hacía las compras de la casa, mientras ella le preparaba un delicioso chocolate, para merendar luego, juntos…
Era el único vínculo con el mundo exterior, siempre en su hogar regando, podando, haciendo de su patio un vergel, rodeada siempre de sus enredaderas, hiedras, madreselvas, y todo lo que era bello a sus ojos.
Julio, su amiguito, en un atardecer se acercó para alcanzarle una correspondencia que encontró tirada en el portal de la casa. La llamó y esperó para entrar, su respuesta, pero, nada, no respondía…
Mayúscula sorpresa se llevó al verla enroscada en el suelo con sus manos y cuello atrapados por los tallos sarmentosos de las enredaderas, ligada con lianas de las plantas trepadoras, retorcida hacia todos los sentidos, vestida de verde con hojas y flores, en un abrazo mortal, lívido su rostro, por un apretado lazo en su cuello y rizomas que penetraban las cavidades de su cuerpo, sin piedad…


//alex


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Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2010-07-13 09:20:24
Nombre: Cèsar Muñoz
Comentario: Si hubiese existido INTERNET, ella vivirìa... abrazada con sus amigos virtuales.