La ciudad en que vives. Otros cuentos


La ciudad en que vives

Autor: Ricardo

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Cuento publicado el 19 de Julio de 2010


El tráfico a pesar de la temprana hora era atróz. La ciudad aún permanecía arropada bajo una espesa neblina; el sol brillaba por su ausencia. Los autos se desplazaban a una lamentable velo-cidad, parecía que circulaban en cámara lenta y ya la angustia se podía ver en las caras de los conductores. Estaba pronosticado que la mayoría llegaríamos tarde a nuestros trabajos, o donde fuera que nos dirigiéramos. Para completar el panorama, apenas era lúnes y comenzaba a llover miserablemente, típico clima del invierno europeo.

En el semáforo de la esquina en Suat con Treveling, los autos se apiñaban sin misericordia. Ahí tuvimos que detenernos sin remedio. “¿Te das cuenta?, ésos son los momentos en que más se detesta la ciudad en que vives” -comentó mi hermano desde el asiento trasero-. Solo atiné a confirmar su propuesta con un cabeceo solidario. Habían pasado ya dos minutos aproximadamente de estar aparcados sin que la fila se moviera un ápice y desde donde estábamos no alcanzábamos a ver con claridad qué color de luz mostraba el semáforo, así que nos tuvimos que conformar con esperar los movimientos de los autos que nos antecedían. Despues de seis contados minutos extras, por fín alcanzamos la punta de la cola pero otra vez el tirano semáforo nos detuvo, justo en el borde de la zona peatonal. Era cuestión de esperar un poco más para pasar al otro lado -qué más daba, ya estábamos retrasados como un siglo-. Al frente desfilaban los peatones que cruzaban la zebra con una parsimonia espeluznante; nadie parecía apurado; todos estaban contagiados de la neblina, la modorra y la cámara lenta; todos embeidos en sus propios pensamientos, si los tenían. Todo irreal; parecía más bien una pintura de Miró vista desde muy cerca.
Eduardo fue el primero que lo vió. Yo me dí cuenta medio segundo después: Frente a nuestro auto pasó muy lentamente, -como uno más de los parcos transeuntes- un enorme elefante africano, tambien mojado por la pertináz garúa. En un primer instante pensé que el pobre animal era cabresteado por algún domador o cuidador de circo, pero no, el hermoso ejemplar, que además era albino, iba pasando completamente solo. Quienes marchaban a su lado no se inmutaban por su imponente presencia. Asombrados con mi hermano nos dijímos al mismo tiempo “¿Qué carajos es esto?”. Mi segunda reacción fue mirar hacia los costados y ver las caras de los otros conductores y tratar de confirmar con ellos que lo que estábamos experimentando no era una ilusión óptica o algo parecido, sino algo real, es decir, la presencia verosimil de aquel paquidermo, completo con sus cuatro toneladas de peso y sus inmensas orejas colgantes. Ví entonces la cara sin sorpresa del de mi lado derecho, -un mazda negro- quien me hizo señas para que bajara la ventanilla, -lo cual hice con prontitud aún sin salir de mi estado de shock- . Con gesto descomplicado me balbuceó con un poco de resignación: “¿Te das cuenta?, ésos son los momentos en que más se detesta la ciudad en que vives” .


//alex


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Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2010-07-19 10:54:25
Nombre: Dora I. Acosta
Comentario: Buen relato, con un final inesperado. Me gustó. No me sorprendio porque hace muchos años caminaba yo por Florida, calle importante de mi Buenos Aires querido, Argentina y alguien llevaba un semejante paquidermo y todos los que veíamos al manso animal sonreíamos no pasa desapercibido algo semejante e inusual. Dora