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Último cuento publicado

Recuerdos de infancia

Manuel Constant


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Una tarde decidí dar un paseo hacía donde están mis campos, mi intención era ver como se encontraba todo y de paso regar los rosales. Cuando termine de dejarlo todo limpio, regado y organizado. Reemprendí el camino de regreso, pasando por el "Tosalet". <>. La escuela quedaba cerca, y el recreo en el “Tosalet” lo pasábamos. Había una carrasca enorme en donde subíamos todos los niños y como si fuéramos pájaros, íbamos pasando de unas ramas a otras, con semejante soltura digna de nuestros antepasados los homínidos.
Rara era la vez que saltando no se cayera o lesionara alguien, lamentándolo mucho por fin me toco el turno. No es que me hiciera mucho daño, tan solo un poco de sangre en una rodilla, a consecuencia de un golpe desafortunado dado en una de los troncos, que hacia el cielo se elevaban. Pero como la sangre es tan escandalosa, parecía más de lo que en realidad había. Cuando llegué a la escuela con el pañuelo enrollado cubriendo la herida, el maestro después de informarse de lo sucedido, me mando a casa para que me curara mi madre. Tal como iba caminando por la calle, la gente me preguntaba:
–¿Qué te pasa? –yo les respondía.
–No me he hecho nada importante, tan sólo es un pequeño rasguño.
Cuando llegué y me vio mi madre, se puso las manos en la cabeza y empezó a murmurar no se qué cosas. El caso es que yo era algo travieso, según me dijo una señora cuando era muy pequeño, a mi corta edad aún no comprendía el significado de esta palabra.
Una vez cuando tenía cuatro años, jugando con mi hermana y otras niñas, en el corral de esta señora, que vivía tres casas más abajo de donde residíamos nosotros. Se me ocurrió coger un vaso de vidrio roto y lanzarlo, con la intención de alcanzar a alguna de ellas, con tan mala fortuna que se me quedo el vidrio enganchados en los dedos, falto poco para que perdiera el dedo corazón y el anular de la mano derecha. Todavía hoy se pueden apreciar las cicatrices que me dejo aquella imprudencia, en este caso los primeros auxilios me los presto esta mujer, que al parecer era enfermera o algo por el estilo.
Cuando vio a mi madre le dijo unas palabras muy duras, sin pararse a pensar que yo tan solo era un niño y recién cumplidos los cuatro años.
–Mire usted señora Pepica, su hijo es un demonio muy travieso, no sabe controlarse ni ve el peligro, no me extrañaría que se matara en cualquier accidente. <>
Desde entonces fueron varios los accidentes qué por desgracia tuve que sufrir.
Una vez teníamos que entrar dentro de un patio, para recoger una pelota, y después de pedir permiso a la dueña. Cuando llegue al corral había apoyada una viga de madera en la puerta, la quite mientras desde dentro gritaba a los niños que afuera estaban, para que empujaran. Dando la casualidad que la puerta estaba rota, colocada al marco sin sujetarse, o sea suelta. Con tan mala suerte que el madero se me vino encima, cayendo sobre mi cabeza, que fue a dar con mi barbilla contra la viga que ya estaba en el suelo.
En este caso mi madre al verme con el pañuelo empapado en sangre, cubriéndome la herida también murmuro y don José Requena, médico del pueblo en aquella época, me puso cuatro grapas de hierro para coserme el corte.
Al cabo de poco tiempo aún tenía la cicatriz tierna, tal día como uno de fiestas del pueblo. Por la calle andaba un señor vendiendo chucherías, y una tía mía me compro una pelota de trapo, la cual llevaba una goma atada. Rodando y dando vueltas con ella, me maree y tropecé con el bordillo, cayendo de bruces me fui a golpear la barbilla contra la piedra, con la desgracia que me la partí de nuevo. Esta vez también me curo el mismo médico, me puso unos puntos de sutura, desde entonces como es de suponer, llevo la barbilla marcada con varias cicatrices. Desde aquella vez hasta la fecha he tenido infinidades de accidentes. Así que la maldición de esta mujer no se ha cumplió de momento, pero la verdad es que ha estado bastante cerca, porque además de estos percances, he tenido varios accidentes de coche y en moto, saliendo en algunos bastante tocado.
Por eso mi madre cuando llegaba a casa con cualquier trincho o corte, siempre murmuraba lo mismo, no llegue nunca ha saber que frases decía, supongo que sería alguna queja hacia alguien o quizás alguna oración a Dios. La verdad es que motivos para rezar no le faltaban, como se ve estuve muchas veces en peligro y más si cabe. Seguro que mi Ángel de la guarda en todas me ha protegido, y hasta la fecha nunca me ha abandonado, conmigo se ha ganado muy bien las alas.
Desde el "Tosalet", se ve una bonita vista del pueblo, en más de una ocasión la he pintado. A parte de este sitio también solíamos retozar en " l’era la Creu" y en el "Calvari"; en este lugar. El Calvari hubo una temporada que nos dio a todos los niños, por entretenernos haciendo batallas campales.
Cuando salíamos de la escuela, se formaban dos grupos y cada cual tenía su jefe. Con bastones y porras hechas de la parte ancha de las ramas de palmera, estas eran nuestras armas de guerra, que en alguna que otra pelea, alguien salía machacado. La revalidad entre las dos bandas era bastante normal, pero había veces que se hacía más agresiva la lucha, según y de qué forma se desarrollara la batalla. En este caso eran los jefes los perjudicados, y los que más palo se metían entre ellos. Las cuadrillas estaban equilibradas en números de componentes, unas veces ganaban unos y otras vencían los otros, mi sitio en la lucha era más hacia la retaguardia. Sin buscarlo ya tenía bastantes accidentes, por lo tanto no iba a exponerme en eso de darse porrazos. La verdad es que no me hacía mucha ilusión esta forma de juego, en el momento menos esperado podía pasar alguna desgracia, saliendo alguien mal parado. Tenía que pasar y al fin paso, uno de los jefes le metió un porrazo de tal magnitud al otro, que casi se lo cargo, saliendo éste volando, desde el campo de arriba, aterrizando en el de abajo, mientras gritando decía:
–Ya me han muerto… ¡Retirada…!
Entonces es cuando me di cuenta que no me gustaba jugar a la guerra, prefería otra clase de distracción, sobre todo más tranquila. Como bailar la "trompa", jugar al "chavo negre” y también a los médicos con las niñas.
Hoy en día sigo pensando lo mismo, que las guerras tan solo sirven para crear destrucción y daño entre los pueblos, dando pie a sufrimiento y odios entre las gentes de los mismos.
Desde este sitio en donde se batallaba de niños, ahora es un estupendo paraje, uno de los preferidos por mí. También tengo desde el Calvario pintadas varias vistas del pueblo, y en más de una ocasión me he sentado en un banco, dejando volar mi pensamiento al encuentro de los recuerdos. Solamente con el canto de los pájaros de fondo y el soplar del viento dando en mi cara, que al mismo tiempo percibo la caricia de los rayos solares, hasta el extremo de quedarme sin saber en dónde estoy. Quizás esto sea la esencia de la vida, cosas tan simples que nos hacen sentir bien, y por ser tan sencillas y fáciles de conseguir, nos olvidamos tantas veces de experimentarlas. Calentándonos la cabeza en querer encontrar la felicidad, cosa que la tenemos muy cerca y no nos damos cuenta.


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