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Último cuento publicado

Dorstreiter

Rodrigo "Rodo" Medina


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“Todas las cosas se nos presentan en su aspecto según los delicados medios
físicos y mentales que nos permiten adquirir conciencia de ellos.”
(H. P. Lovecraft – La Tumba)





Port Neminerde tenía una estructura en madera y roca que evocaba los som bríos
estados de una malda d mucho mas vieja que la propia humanida d.
Al mismo tiempo había si do plaza principal de un pueblo pesquero del mismo
nombre que peleaba contra el tiempo por el paso del progreso y la tecnología de
aquel entonces.
Su densa atmosfera se mezclaba con la niebla y el olor a pescado y a sal
característicos de los litorales del Gran Océano del Norte; aquel viento inundado
por ban da das de aves se mecía en fuertes olas que dura ban hasta seis horas.
Todo un espectáculo a la vista de lugareños, y por que no, algunos turistas.
En las tardes, el sol se plantaba bajo el „Fines Ad Terrarium‟ como una esfera
naranja que poco a poco desaparecía para dar paso a un cielo lleno de
constelaciones inimaginadas.
Holko Dorstreiter había sido parido una noche sin estrellas entre rayos y
centellas durante la gran tormenta del ‟43.
Nunca se le conoció pa dre alguno.
Eva, su ma dre, evadía siempre bruscamente cuando se le preguntaba por él.
Algunas ancianas ya entradas en canas por el paso del tiempo, afirmaban que
Holko era hijo de fuerzas siniestras, extrañas entidades de la noche que habían
descendido de ent6re la misma tormenta para, en forma de truenos y rayos,
poseer a Eva.
A la eda d de cinco años, Holko se que daría solo en el mundo!, y al cumplir los
dieciocho decide saltar del orfanato a la cubierta de los barcos pesqueros,
comenzando como pulidor en la cubierta del Deméter. Desde entonces, nunca
falto el pescado en las rocosas costas de Port Neminerde.
Era el año ‟68 y las aguas de Port Neminerde empezaron a retirarse de sus
negras playas. Entonces, vino una escases de peces y las tormentas no cesaban.
El sol tampoco salía a dar su calor.
Los días no se diferenciaban de las tardes, y las noches carecían de estrellas
para guiarse en la alta mar.
El hierro de la cruz de la vieja iglesia de piedra junto con la reja del antiguo
cementerio en menos de una semana habían empezado a corroerse, y los pernos
que sostenían las tablas del muelle se caían solos a las tempestuosas aguas del
Gran Océano del Norte.
Luego, un rayo partió en dos la vieja cruz cuya edad parecía ser la misma que la
del cristianismo sobre la tierra.
El nuevo santuario se había tragado al antiguo; ahora, este se volvía para
reclamarlo.
Los habitantes al ver como se fundía su única esperanza, entonaron primitivas
oraciones a lo que en épocas anteriores había sido un cielo lleno de vida, pero su
bóveda celeste seria la puerta de entrada para las más inmundas entidades.
No hubo Pater Noster, Credos o Glorias suficientes para detener lo que se
vendría; y los ancianos recordaban que un fenómeno similar se había
presentado en la misma noche en que el joven Dorstreiter veía la luz de este
mundo material por primera vez.
Algunos, en respuesta a un cobarde instinto de supervivencia, otros por
ignorancia y otros por miedo, culparon a Holko argumentando que las mismas
fuerzas que habían “fecundado” a Eva hace ya veinticinco años atrás, estaban
regresando a reclamar su fruto.
Entonces, una turba armada, guiada por el miedo y acom paña da por el fuego de
numerosas antorchas irrumpiría de manera violenta en el hogar de Dorstreiter.
Arrestado, fue llevado a los viejos cuartos de ladrillo en don de se guarda ba el
pescado, que, a falta de un proceso mecánico de refrigeración, era salado para
así prolongar su preservación.
A través de la ventana, se vislumbraba la contaminada luz del día que solo le
entregaba un grosero amontonamiento de vahos y va pores con olores
nauseabun dos y putrefactos producto del pescado muerto que flota ba cerca a la
costa, resultado del repentino cambio climático.
Esta imagen se contradecía en el tiempo con la que alguna vez le brindaría la
luna a los oscuros y rojizos tejados de Port Neminerde.
A lo lejos, se oían los pasos de la gente corriendo seguidos por gritos y alaridos
distantes que rompían el éter de la corrosiva soledad del encierro.
¡Dorstreiter vio algo que hubiera sido mejor no ha ber visto nunca!
Los primitivos habitantes de lo que alguna vez fue un pueblo tranquilo,
convertíanse en insanos verdugos y persecutores de su misma especie.
El sacerdote de la ya inexistente iglesia amarrado a una estaca clavada al suelo,
yacía ardiendo entre gritos de dolor mientras sus ejecutores con sádica conducta
desolla ban su piel ampolla da. Algunos bailaban a su alrededor; n o se podía
distinguir silaba alguna entre sus insanos cantos, y temeroso de lo que le podría
pasar a futuro, comenzó a golpear fuertemente la puerta con la idea fija de huir.
El pueblo entero había entrado en un total desorden y el caos tal como en el
principio de las cosas, reinaba imperante sobre las primitivas formas de
razonamiento humano.
Por las angostas calles de piedra, seres repulsivos de putrefacta figura
devoraban todo lo humano que estuviese a su paso en un antropofágico
espectáculo, y aunque se quería cerrar los ojos, era inevitable toparse con aquel
desfigurado espectáculo.
Por fin, resultado de los fuertes golpes, se logro rom per la cerradura que lo
obligaba a permanecer ajeno ante tan inexplicable espectáculo; y una vez
fuera…
Corrió.
Corrió sin una idea fija por la cual detenerse.
Corrió sin pensar hacia dón de iría.
Y cuan do ya, el sudor de su frente convulsionaba con su aterrado rostro, se
detuvo en algún sitio de lo que parecía ser ninguna parte.
Sus ojos se negaban a ver nuevamente aquel poder ilimitado de lo desconocido y
oscuramente diabólico.
Así, se detuvo sobre el largo pasillo del viejo y corroído muelle; enjugo con su
camisa el sudor de su frente, y bajo lo que queda ba de ésta palpitaba
violentamente su corazón febril y nervioso.
Alzo lentamente su cabeza para ver por última vez el límite del mundo tragarse
el sol que alguna vez había llenado de vida la ahora inexistente Port Neminerde.
Detrás, un mundo dia bólico bosteza ba oscuramente.
En el mismo segundo en que los vio, se tambaleo e intento gritar. Pero las
horrendas y malvadas a bominaciones gritaron por el.
Un enorme agujero negro de carroña se ahogaba con los resplan decientes y
blancos huesos de infinitos siglos no consagrados, en tanto un ejercito de
indescriptibles al pensamiento e inmundas figuras brillando por el resplandor
del pozo sin fon do, se derrumbaban hacia el con rumbo a nuestro mundo.
Exhausto, sudoroso, vencido, agota do, se derrumbo de bruces… rodó por el
suelo teñido de piel y sangre y al tiempo, histéricamente, se hecho a reír.


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