Comenzaré diciendo que no me gustan las mujeres. Sólo las que no dicen serlo.
Vivo solo. En un apartado de Merck, al sureste de California. Tengo seis perros, dos de ellos de raza pura. Algunos llegaron intencionalmente, otros, simplemente, son producto de la, a veces, estúpida caridad humana. Pero en fin, aquí el problema no está en los perros, ni en mi soledad, ni siquiera está en nosotros. El problema aquí está en los de allí al lado, los vecinos: son Gays.
Tengo 73 años. Y nunca, nunca antes había visto lo que vi. Dirán que soy retrógrado, pero carajo, en mi tiempo estas cosas no se veían ni de chiste.
Esos pervertidos llegaron a finales de otoño, seguramente buscando resguardo, porque a mí no es que me convenzan de a mucho. Era un jueves, o viernes, no importa, el caso fue que ese día yo estaba regando el césped –degenerados perros no encuentran otro sitio en dónde hacer sus necesidades que no sea aquí, voy a tener que cercar la porquería que tengo como acera, porque no me soporto esta situación ni un segundo más- Recuerdo que preguntaron por Carmenza.
¿Carmenza? ¿Quién es Carmenza? – Dije.
- Nos habían informado de una señora con ese nombre que rendaba casas por estos lares, ¿no la conoce usted?
- No, nunca antes había escuchado ese nombre, - les dije.
Dieron las gracias y se fueron. Yo sí noté algo extraño, pero no, nunca llegué a imaginarme que eran Gays. Parecían normales, hasta hermanos, diría yo.
La verdad, no sé cómo hicieron, pero a los tres días ya se estaban mudando. No le di mucha importancia, en realidad, al fin y al cabo cuántas personas no se mudan diariamente de un lado para otro y a nadie le importa. El caso fue que el viernes, o el jueves, no sé, -no tengo que saberlo todo- llegué a la casa de ellos con la intención de preguntar sobre la TV por cable. Yo había tenido con ése, tres días de tenerla dañada y nadie me daba explicación de lo ocurrido. Toqué la puerta más o menos por un laxo de 15 minutos. Nadie la abrió. Empujé y noté que estaba abierta, seguí llamando, pero nadie respondía, avancé hasta el final del pasillo que lindaba con la margen derecha de las escaleras y sólo entonces concluí que no había nadie en la casa. Sentí mucha curiosidad, pero pensé que tal vez se pudiera estar tratando de alguna trampa, de algún sabotaje contra mi integridad, de modo que no duré más de 5 minutos allí.
Fue ese mismo día, aproximadamente a las 7 cuando escuché un ruido. Provenía, al parecer, del lado izquierdo de la casa, es decir, del lado de los nuevos vecinos. Tomé el telescopio que anteriormente le había quitado a un niño, dado a que siempre lo hallaba espiándome, y subí hasta el balcón que colindaba brutalmente con la casa vecina. Escuché nuevamente el ruido, coloqué el telescopio, rodé el lente, y vi a uno de los tipos completamente desnudo en posición de lanzarse, con una cuerda entre los abrazos y atada en la parte más alta de la cubierta como si maniobrara por ajustar algo. Pensé de inmediato que se podría tratar de un suicidio, de tal forma que tiré el telescopio, bajé las escaleras, abrí la puerta, salí a calle, entre en la casa vecina, indagué hasta el cuarto, tiré la puerta, y al entrar: el otro tipo tirado en piso de forma erecta esperando a que cayese el otro que sujetaba la cuerda.
//alex
Cuento publicado el 05 de Julio de 2010
Vivo solo. En un apartado de Merck, al sureste de California. Tengo seis perros, dos de ellos de raza pura. Algunos llegaron intencionalmente, otros, simplemente, son producto de la, a veces, estúpida caridad humana. Pero en fin, aquí el problema no está en los perros, ni en mi soledad, ni siquiera está en nosotros. El problema aquí está en los de allí al lado, los vecinos: son Gays.
Tengo 73 años. Y nunca, nunca antes había visto lo que vi. Dirán que soy retrógrado, pero carajo, en mi tiempo estas cosas no se veían ni de chiste.
Esos pervertidos llegaron a finales de otoño, seguramente buscando resguardo, porque a mí no es que me convenzan de a mucho. Era un jueves, o viernes, no importa, el caso fue que ese día yo estaba regando el césped –degenerados perros no encuentran otro sitio en dónde hacer sus necesidades que no sea aquí, voy a tener que cercar la porquería que tengo como acera, porque no me soporto esta situación ni un segundo más- Recuerdo que preguntaron por Carmenza.
¿Carmenza? ¿Quién es Carmenza? – Dije.
- Nos habían informado de una señora con ese nombre que rendaba casas por estos lares, ¿no la conoce usted?
- No, nunca antes había escuchado ese nombre, - les dije.
Dieron las gracias y se fueron. Yo sí noté algo extraño, pero no, nunca llegué a imaginarme que eran Gays. Parecían normales, hasta hermanos, diría yo.
La verdad, no sé cómo hicieron, pero a los tres días ya se estaban mudando. No le di mucha importancia, en realidad, al fin y al cabo cuántas personas no se mudan diariamente de un lado para otro y a nadie le importa. El caso fue que el viernes, o el jueves, no sé, -no tengo que saberlo todo- llegué a la casa de ellos con la intención de preguntar sobre la TV por cable. Yo había tenido con ése, tres días de tenerla dañada y nadie me daba explicación de lo ocurrido. Toqué la puerta más o menos por un laxo de 15 minutos. Nadie la abrió. Empujé y noté que estaba abierta, seguí llamando, pero nadie respondía, avancé hasta el final del pasillo que lindaba con la margen derecha de las escaleras y sólo entonces concluí que no había nadie en la casa. Sentí mucha curiosidad, pero pensé que tal vez se pudiera estar tratando de alguna trampa, de algún sabotaje contra mi integridad, de modo que no duré más de 5 minutos allí.
Fue ese mismo día, aproximadamente a las 7 cuando escuché un ruido. Provenía, al parecer, del lado izquierdo de la casa, es decir, del lado de los nuevos vecinos. Tomé el telescopio que anteriormente le había quitado a un niño, dado a que siempre lo hallaba espiándome, y subí hasta el balcón que colindaba brutalmente con la casa vecina. Escuché nuevamente el ruido, coloqué el telescopio, rodé el lente, y vi a uno de los tipos completamente desnudo en posición de lanzarse, con una cuerda entre los abrazos y atada en la parte más alta de la cubierta como si maniobrara por ajustar algo. Pensé de inmediato que se podría tratar de un suicidio, de tal forma que tiré el telescopio, bajé las escaleras, abrí la puerta, salí a calle, entre en la casa vecina, indagué hasta el cuarto, tiré la puerta, y al entrar: el otro tipo tirado en piso de forma erecta esperando a que cayese el otro que sujetaba la cuerda.
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