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Vecinos
Raúl Lelli
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La mañana se presentó tibia y confortable, estiró los brazos y se desperezó con parsimonia, como si no deseara arrugar el pijama y se levantó.
Terminó de abrir la persiana y dejó entrar el sol que regalaba su fulgor en aquella mañana de verano, aspiró profundamente y apoyando sus manos en el marco de la ventana, se regaló la magnífica vista que se apreciaba desde el octavo piso del edificio de su departamento.
Una ducha, un café, y luego la música de Fausto Pappetti lo acompañó mientras se vestía.
Tenía el presentimiento que ese día sería el comienzo de una nueva vida, sentía una energía especial y al mirarse en el espejo antes de salir, se guiñó un ojo y arrojó un beso mientras decía en voz alta: - ¡papito, que bien que estás! – agarró el portafolios y después de cerrar la puerta con llave tomó el ascensor y comenzó a desandar su nueva etapa.
El en piso séptimo subió una morocha, muy bonita, de pechos pequeños para su gusto, que le regaló una caída de ojos que lo dejó fulminado sin saber que decir o hacer.
- Me llamo Patricia – le dijo mientras le ofrecía su mano para saludarlo y agregó: - soy su nueva vecina; me encanta la música que escucha.
Cuando tomó su mano, sintió en esa piel la misma suavidad de la angora; carraspeó y le dijo: - hola, me llamo Sergio y te pido disculpas si te he molestado con mi música.
- ¡para nada, me encanta! – replicó ella y preguntó: - ¿quién es el músico? – Fausto Pappetti – respondió y aprovechó para decirle: - ¿te gustaría venir a mi departamento a escuchar música?
- ¡si, por supuesto, estoy de regreso al atardecer cuando salgo de la facultad! -replicó ella y le dio una tarjeta con su teléfono mientras caminaban hacia la vereda desde el palier del edificio.
Se despidieron con un beso en la mejilla y desearon un buen día como si fuesen amigos de toda la vida.
Tenía todas las de ganar, ese día sí que marcaba algo importante y no lo iba a desaprovechar. La oficina le llevó medio día y un par de trámites más en un banco y se sintió tentado en llamar a Patricia y sin dudarlo lo hizo.
Al cabo de unos segundos, la voz dulce de esa mujer respondió: - ¡hola!, ¿quién habla? – sintiéndose un ganador dijo: - Sergio, tu vecino del octavo; es para invitarte esta noche a escuchar música y a brindar por esta nueva amistad y quedó en silencio. – ¡dale! – dijo ella y agregó: - ¿a que hora y qué llevo? – nada respondió Sergio – usted es mi invitada de honor y yo me encargo de todo, - la espero a las diez – y colgó después de hacerle la onomatopeya de un beso sin esperar respuesta.
El plan andaba sobre ruedas; ahora debía ir de compras: una buena porción de camarones rosados, palmitos, salsa golf, roquefort, aceitunas negras y verdes y por supuesto su vino predilecto, Vieja Abadía de Cañas, rosado corte chablis, bien suave y entrador, especial para una dama que no sabe tomar y marearla con facilidad.
Antes de Fausto Pappetti, colocó un CD de Pavarotti mientras preparaba la mesa y cuando terminó, casi al mismo tiempo sonó el timbre.
Al abrir la puerta se encontró con aquellos ojos grises y cristalinos, como un amanecer de otoño y una sonrisa que más parecía el envoltorio de un regalo ante semejante dentadura impecable y perfecta.
¡Hola Sergio! - dijo ella – traje chubicones de Marte porque no me gusta llegar con las manos vacías cuando me invitan – hay que ponerlos en la heladera -acotó y se colgó de su cuello regalándole un beso en cada mejilla y soltándolo bruscamente se acomodó la pollera que se le había subido por demás, lo que dejó ver su tanga rosita y mirando hacia el interior dijo: - ¡que bonito departamento y que buen gusto!
Mientras la escuchaba fue hasta la heladera y dejó los chubicones y de regreso la tomó de la mano y la llevó hasta la mesa del equipo de música, donde le ofreció que seleccionara ella misma lo que deseara, pero ella se negó diciendo: - ¡sorpréndeme, quiero ser una mujer dichosa esta noche!
Desde las mismas entrañas del saxo, Fausto convoca “Hay Humo En Tus Ojos” que se mimetizan en aquel ambiente donde todo está por comenzar.
Sergio la toma por la cintura y lentamente comienzan a bailar, sus cuerpos se pegan y ella escasamente llega a la altura de su pecho y la mano en la espalda de Patricia comienza a dibujar corazones que se deslizan desde la nuca, al mismo nacimiento de las nalgas; las miradas se cruzan, los labios están a punto caramelo y el primer beso viene despacio, muy despacio, como si se besaran en cámara lenta.
El intercambio de saliva los excita, se mordisquean con suavidad y sus lenguas parecen serpientes jugando; la ropa de ambos cae, prenda a prenda, las pieles van quedando desnudas, la de él, áspera, fibrosa y con mucho vello, la de ella, suave, aterciopelada, rosada y blanca como la de un bebé.
Un solo impulso, sólo uno y la cópula es un acto de pasión, de pié; él se siente Adán y ella, seguramente Eva que lo abraza con sus piernas por la cintura y lo aprieta tan fuerte como puede hasta que Sergio se vacía dentro de ella hecho miel de génesis.
Las respiraciones jadeantes asumen una calma momentánea, pero el voraz incentivo del olor a sexo los suma en un nuevo encuentro, esta vez sobre la alfombra y se desmultiplican las notas musicales y el Kamasutra generando una especie de video clip, pero en vivo; los orgasmos se multiplican y se distancian unos de otros, hasta que la calma los recibe en esta realidad que les avisa que ya han pasado más de catorce temas musicales que les hacen saber que hicieron el amor por casi una hora seguida.
Con sonrisas cómplices se dan una ducha donde la ternura y los mimos son la réplica de lo acontecido en el living.
Ella se pone una remera de Sergio y él unos boxer para luego sentarse a cenar los manjares preparados que devoran con un apetito animal, regados con el vino rosado que pretendía marear a Patricia.
En las exequias de la cena ella le reclama por los chubicones que trajo de postre y Sergio va hasta la heladera y mientras desenvuelve el paquete le pregunta: - ¿qué son los chubicones? - a lo que ella responde: - son unos bombones de Marte - ¿del planeta Marte? – preguntó el – si – dijo Patricia y riendo a carcajadas él se comió tres y ella ninguno, porque eran exclusivos para él.
El sabor dulce y pegajoso se prendió de su paladar y al pasar unos minutos la luz de la habitación comenzó a parpadear, su cuerpo se puso imposible de pesado y como si los chubicones que comió tuviesen vida comenzaron a desplazarse debajo de su dermis con forma de bolitas provocándole una comezón y un calor insoportable; la transpiración fluía por todo su cuerpo y una mano gelatinosa comenzó a acariciarlo; era Patricia que hacía metamorfosis con un cuerpo extraño y monstruoso; se sintió asfixiado y el tiempo se detuvo para ser devorado por una noche nueva.
La mañana se presentó tibia y confortable, se desperezó con parsimonia como si no deseara arrugar su pijama y se levantó.
Terminó de abrir la persiana y dejó entrar el sol que regalaba su fulgor en aquella mañana de verano, aspiró profundamente y apoyando sus tentáculos gelatinosos en el marco de la ventana, se regaló la magnífica vista que se apreciaba desde el octavo piso del edificio de su departamento.
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