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Gracias, Elías...
Cuando ya creíamos que no vendrían más hijos, cuando Ariel y Rodrigo ya habían comenzado el colegio primario... llegó la noticia de la venida de Elías, que, como no eran época de ecografías, no nos enteramos ni de su sexo, (a pesar de desear tanto a una niña...)
En aquella primavera, tan hermosa, volvía a enfrentarme con la alegría de vivir que había estado perdiendo poco a poco... pero, lentamente consolaba mis pesares, y me iba reconciliando con esa vida nueva, difícil, si, pero, vida, al fin... En aquella mañana en que volvía a escuchar a los pájaros en sus nidos, revolotear en la azotea, comiendo las migajas del mantel, volvía a reconocer que todo era digno de ser vivido... Fue justamente en aquella mañana que el mundo comenzó nuevamente a derrumbarse a mí alrededor... Ariel, ese hermoso muchachote, grande y fuerte, que me levantaba en sus brazos cuando protestaba yo, al verlo hacer giros y piruetas con su discutida moto, equivocó, tal vez, un cambio, patinó el endemoniado vehículo, o no se que pasó... solo sé que Ariel, mi hijo mayor, con sus apenas 21 años cumplidos, con su autoproclamada mayoría de edad quedó preso de su pasión por las motocicletas, y partió dejándonos sumidos en la peor de las tragedias... Rodrigo, el segundo de nuestros hijos, con todo su dolor a cuestas, tuvo que soportar todo lo que nosotros, sus padres, dijimos, lloramos, nos enojamos, nos culpamos, como si él hubiese tenido algo que ver en todo esto... Se alejo, o tal vez lo dejamos solo, en medio de nuestro dolor, fuimos injustos, padres intolerantes, ajenos a su sufrimiento, a su pérdida tan grande como la nuestra...
Se volvió taciturno, parecía mayor, casi no hablaba, contestaba con monosílabos... desvió su camino, y la ceguera del desconsuelo no nos dejó ver hacia donde iba su vida... Otra vez la tragedia, distinta, pero otra vez... Primero un lugar de recuperación, la segunda un hospital, la tercera la... cárcel... una vez, dos... tres... implacable la condena...
Hoy continúa, mala conducta, otra condena, nos desprecia, tiene razón, no nos quiere ver, ya no, no le hacemos falta, cuando pudimos no lo ayudamos, solo pensamos en nosotros, en nuestro gran dolor, ahora es tarde...
Ahora sólo nos puede salvar un Ángel que nació con el estigma de sus ojitos achinados, ese Ángel que cuando nació nos oscureció la visión de la vida…No sólo por no ser niña, sino por que la ignorancia de saberlo diferente, hizo que derramáramos lágrimas de dolor… Ese Ángel que nos enseño que el sufrimiento no pasa por ser cómo somos, sino por los errores que cometemos, porque ese Ángel, que es el único que extiende sus brazos hacia nosotros... el único que reclama nuestras pobres caricias mustias, de nuestras desesperanzadas vidas... Ese ángel que en el momento de nacer fue nuestro mayor desencanto, es hoy quien desde su maravilloso corazón nos pide que volvamos a vivir, y ni siquiera lo hace por él, ya que tiene para darnos un amor tan grande que suple, con creces, todas las falencias del nuestro... Elías, con su síndrome a cuestas nos enseña el camino... nos ayuda a esperar por la salvación de Rodrigo... es el único vínculo sano que tenemos hoy... Por eso, gracias, Elías!...
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