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El olegario

Raúl Lelli


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Terminando el mes de Enero, pasaditas las cinco de la mañana y por ser las primeras veces, desde un brazo del viejo algarrobo, el gallo Olegario estiraba el cogote hacia delante y arriba para que su canto se escuchase lo mas fuerte posible, pero su “kikiriki” sonaba más a flauta dulce que a gallo.
Ernesto, el viejo gallo que ya buscaba de jubilarse, todas las mañanas lo despertaba al Olegario, le hacía lavar la cara con agua bien fresca, sacudir las plumas en señal de enojo y con las patas raspar la tierra como toro enculado; después, subir hasta cualquier poste del alambrado o bien sobre el techo del gallinero, inflar bien los pulmones y sacar para afuera la voz del campo, cuya onomatopeya es siempre expuesta en los textos literarios, algo que el Ernesto le había recalcado, explicándole el papel tan importante que tenía un gallo en cualquier parte del mundo, sobre todo en la literatura campestre.

Pasaban los días y la cosa empeoraba, tanto, que hasta los peones de la estancia lo empezaron a cargar y cuando pasaba al lado de las pollas jovencitas, éstas se tapaban la cara para que el Olegario no las viera reírse y las ponedoras murmuraban vaya a saber que porquerías mascullando mientras tejían y empollaban, aunque nunca le hacían frente, ni se lo decían en la cara.
Como en el gallinero no había otro gallito que no fuera él, había hecho amistad con Carlitos, un pichón de halconcito dorado, de esos que comen ratas, lagartijas, víboras y arañas y que los patrones tanto cuidaban, por ser buenos para la casa, y una mañana se pusieron a charlar parados en las ramas de un chañar, donde los ojos indiscretos no fueran una molestia y oportunidad en que el Olegario le contó de su desgracia, de que su canto no servía y que si eso seguía, lo más probable era que en poco tiempo la patrona lo convertiría en escabeche, pues, ya se lo había escuchado decir a una de las hijas.

Carlitos era el prototipo típico del linyera canchero, su plumaje era una mugre más uno, desalineado y vago, pero sabedor de un montón de cosas que el Olegario, por ser gallo y vivir encerrado en un gallinero no conocía y condolido del problema de su amigo, Carlitos, mientras lo palmeaba en la espalda con una alita le dijo que en pocos días más, la solución llegaría sola, pero que siguiera insistiendo por su cuenta.

Las mañanas se presentaban tortuosas, el ritual del agua fría, el sacudir de las plumas y rascar para atrás la tierra con las uñas como si estuviese enojado, estirar el cogote y soplar fuerte era un martirio que se sumaba como un eslabón de plomo en su triste vida.

Una noche antes de dormir, se quedó pensando mientras contaba estrellas por una rendija del techo y pensó en abandonar el gallinero y que los pumas o el destino decidieran por él, total, vivir de la burla o terminar en un frasco hecho escabeche, no era muy alentador que digamos.
El sueño lo atrapó por detrás, cerrando sus párpados y acunándolo muy despacito y del otro lado del sueño, se encontró con una bataraza jovencita y soltera que le pegó una caída de ojos que el Olegario casi se cae al suelo y por poco se despierta y como no es de ley contar intimidades de animales, digamos que charlaron toda la noche y que el Ernesto interrumpió aquel viaje astral para envenenarle el día con esos ejercicios que no daban ningún resultado para frustrarlo una vez más.

Después de amanecer y en pleno revuelo del gallinero, una gallina de las más viejas le encargó al Olegario que por unos minutos cuidara a sus pollitos, pues tenía cita con el gallo y no era cuestión de andar perdiendo el turno, pues el Ernesto se había puesto mañoso como médico de mutual, que si te pasaste cinco minutos, vas a parar al final con una atención de morondanga y la recomendación de que la próxima vez, o sea el mes que viene, llegue a hora si quiere bien el tratamiento.

Y allí estaba el Olegario haciendo de preceptor entre tanta pendejada de plumitas amarillas y que cada tanto recontaba: - diecisiete, dieciocho, diecinueve y veinte - y respiraba tranquilo, porque estos porquerías solían meterse buscando hormigas o bichitos por rincones insospechados donde el cogote de una gallina o gallo no entra, pero si el hocico de dientes afilados de las comadrejas.
Pasada una hora apareció la bataraza acomodándose el plumaje de la cintura para abajo, un tanto acalorada reclamando su pollada, dándole las gracias y haciéndole un meneo de cola como insinuándole algo para un futuro no muy lejano.
Y fue ahí, gracias a la bataraza, cuando con la cola le rozó el pecho, que sintió el indio que había en su interior; todo su cuerpo se puso duro como un mármol y se sintió más puma que gallo y un grito atronador brotó de aquel cogote hecho vena con un ¡KI-KI-RI-KIIIIIII! alargado grueso y potente.
Un terremoto hubiera causado menos alboroto y el gallinero fue un solo revuelo, había plumas sueltas por todos lados, en particular del chiniterío de las pollitas, que se peleaban para entrar al tocador a acomodarse las plumas, ponerse colorete y lápiz labial y las viejas ponedoras se acomodaron en fila apoyando sus pechos en el suelo y levantando el upite abriendo la cola en abanico en clara señal de sumisión al nuevo gallo.
El Ernesto apoyando un ala sobre el marco de su “consultorio” y poniendo una pata delante de la otra, obsevó con discreción aquella escena y dirigiéndole la mirada al Olegario le guiñó un ojo en clara señal de aprobación y orgullo.
Pero tenía una contradicción; por un lado, le había llegado la tan ansiada jubilación, y por el otro, la nostalgia que le daba pasar el mando de padrillo; pero, obedeciendo a esa ley natural, se acordó de años atrás cuando el gallo Manuel le cedió el trono y que todo sucedió de manera tan sencilla, que nadie hizo escándalo, ni se publicó en los diarios y que al amanecer, la vida continuaba como siempre.

Al caer la tarde, el Ernesto reunió a todo el gallinero en el patio y en formal ceremonia le entregó el mando al Olegario y le dijo que “el consultorio estaba listo”, que tenía camilla, alfombras y cortinas nuevas, hechas por las batarazas expertas en la materia, y dicho esto, se dio por finalizado el acto para cerrar un capítulo más en ese lugar del campo.
El amanecer lo recibió ansioso, pero el Olegario estaba presto; se metió dentro del agua en la batea de cinc, para enfriar tanta calentura y salió erizando plumas y sacudiéndose como una regadera sosegando el polvillo del patio y raspó bien profundo con las uñas como lastimando el suelo, para finalmente dar un corto vuelo hasta el techo del galpón donde estiró el cogote y aflojando el aire contenido, mientras aleteaba ostentando su bravura, una voz de trueno salió reverberando el mejor ¡KI – KI – RI – KI ¡, que en años se había escuchado por esos pagos.
Después de desayunar una suculenta porción de maíz colorado se adentró en el “consultorio” en su primer día de atención, y promediando el mediodía, mientras hizo un alto en las tareas, corrió la cortinita de la ventana pues un chistido conocido lo llamaba desde afuera.
Era Carlitos, su amigo halcón, que desde una rama del tala le brindó sus pulgares para arriba en clara alusión de victoria, dejándole sobre la rama a modo de regalo, una lagartija recién cazada.



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Últimos comentarios sobre este cuento

 

Fecha: 2010-04-19 11:28:14
Nombre: Raúl Lelli
email: raulelli2010@yahoo.com.ar
Comentario: Gracias Cármen por su devolución. Muy amable de su parte.



Fecha: 2010-04-18 14:21:49
Nombre: Carmen
email: cardel.ret@gmail.com
Comentario: Fantástico, Raúl. Me he regocijado con la historia del gallo Olegario.


Fecha: 2010-04-16 05:47:38
Nombre: Antonio
email: elvizcondedemediado@gmail.com
Comentario: Un relato con imágenes y situaciones que se viven desde la lectura, amena y adictiva, pues no se puede dejar de leer hasta el final. Te felicito Raúl, tu estilo e impronta, me fascinan. Antonio