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Lamento

Martín Coca


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No quisiste someterte a ese nuevo “Dios” al que llamaban “único”. Veías con temor como tus allegados morían defendiendo la misma idea. Veías, veías… sólo veías, nunca quisiste hacer nada por detenerlos. Ahora te culpas por ello, tú y unos cuantos que nunca quisieron pelear se refugian a las afueras.
Piensas en qué hubiese ocurrido si peleaban. Te imaginas contra aquellos hombres blancos, con tu maquahuitl bañado con su sangre, defendiendo a tu Dios, a quien ellos consideran una blasfemia.
Al principio los intentaron conquistar por la palabra, por la misma palabra los rechazaron. Sólo en esas “peleas” entraste… ¿Te consideras fiel a nuestro Dios? ¡No hiciste nada para defenderlo!
Ahora quieres dirigir a todos en una rebelión contra los blancos. Crees que nuestro Dios esta en este momento de nuestro lado. Algunos te apoyan, otros, la mayoría, te miran como a un loco. Otros mas te echan en cara que cuando eran miles tú te negaste a combatir y los llevaste a un final lento, y que ahora, que es imposible ganar, quieres enfrentarlos.
Esperas a que anochezca, te has hecho a la idea de que tú y los cuatro que te siguen podrán vencer a su líder y, lo más importante, a su Dios. Tomas tu maquahuitl y te lo atas a la cadera. Le dices a tus seguidores que carguen ligeros, que necesitarán correr.
Llevas un ejercito de cinco hombres, incluyéndote, al que crees bendecido por nuestro Dios. Piensas que esos simples cuatro mortales que te acompañan lograran partir la defensa de los blancos y darte tiempo a que llegues con Él.
Cortés, recuerdas que fue la traducción que nos dio Malintzi. Y pensar que alguna vez los creímos la personificación de nuestros Dioses.
Sigues caminando por la maleza, con tus hombres siguiéndote, mientras dibujas mentalmente un retrato de Cortés. Hombre blanco, de gran corpulencia. Mirada perdida, como si pensase que él fue quien dio vida y se sintiera con el derecho de quitárselas.
Uno de tus hombres tropieza, dos mas le ayudan a levantarse. Finge no estar lastimado, pero un destello te dejó ver la sangre brotándole por la pierna. Genial –piensas-, ahora tendré a tres hombres para vencer a un ejército.
Sigues caminando, tus hombres te piden un descanso, después de meditarlo decides dárselos. “No quiero a tres más en mi contra”. Aún así tú sigues avanzando, algo te dice que esta noche será cuando nuestro Dios triunfe.
Oyes un ruido extraño, dudas. Dudas entre si correr o ir a investigar, sabes que si lo piensas terminaras huyendo, así que decides ir a ver qué provoca el ruido.
Una silueta está debajo de aquel árbol. Sus manos en la cara te dan a entender la tristeza que le agobia. ¿Ayudarle? Estas cerca del campamento de los blancos… ¿Si es uno de ellos? Tomas firmemente tu maquahuitl y cargas contra él lo más rápido que puedes. Se voltea antes de que le perfores la espalda. Ves su rostro, es él. Se pasa una mano por el cabello mientras con la otra toma su espada, te asombra el filo.
Te golpea, brota sangre de tu rostro, tocas la herida. Tu dedo pierde la uña dentro del corte. Un nuevo golpe hacia ti. Ahora la sangre corre de tu brazo.
Piensas en Quetzalcoatl mientras empuñas el arma con todas tus fuerzas, la presión hace brotar mas sangre y agudizar el dolor. Ahora poco te importa, sabes que morirás… sabes que lo harás en nombre de nuestro Dios. Eso te consuela.
Logras golpearle la cara, casi logras tirarlo. La sangre le impide ver. Hacen chocar las armas. Miguel parece surgir de su sable. Miras con confianza a Quetzalcoatl haciéndole frente… Tu mirada se nubla. Caes rendido.


Los cuatro que te acompañaban ahora te cargan, tu mujer llora tu ausencia, pero sabe que donde estés estas mejor. Te ponen sobre las piedras, te cubren con hierba seca y alguien le prende fuego, las llamas te consumen, Tu maquahuitl se funde con tu alma. Oyes una voz de entre las llamas “Bendecido por mi, muere con mi lamento.”




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