La cadena
Cuando el hombre finge que
Está muerto, a través de
Esa simulación no miente
Sino es la verdadera y
Perfecta imagen de la vida
Shakespeare. “Falstaff”
No sé si allá‚ del otro lado‚ esos reporteros comprenderán que hoy‚ precisamente hoy, no quiero salir al proscenio. Cuando me vean parado allí no sabrán que estoy escapando de las historias escritas por otros para mí, la mayoría de las veces sin contar conmigo; ni sabrán mi origen -o acaso lo olvidarán conscientemente (los que lo sepan); es decir, no sabrán de la cadena con la que le saqué un ojo al hijo de puta de mi padrastro‚ ladrón de la pensión que me dejara mi difunto padre. El muy sinvergüenza nunca se preocupó por abrir un libro‚ desgraciado infeliz en su incultura‚ incapaz de comprender que a mi edad se pudiera leer tanto y se pudiera uno entretener resolviendo problemas matemáticos aunque sólo fuera para olvidar las palizas que el muy hijo de puta le daba a mi madre... que el muy cabrón me daba‚ porque yo sentía cada cintazo en la espalda de mi madre como ella sentía los míos‚ hasta que me harté del dolor. Esos reporteros van a ignorar los detalles más oscuros de mi vida rancia‚ la que escondí detrás de los telones del escenario, la que yo escribí con mis manos llenas de la desesperación de mis víctimas, de sus ruegos y de sus gritos de horror.
Mi vida ha transcurrido sin yo notarlo. La muerte está cercana; pero la muerte de verdad, la que pude constatar en otros, no la que ensayé con agotadoras sesiones. No la apresuremos. Es posible retardarla. Tengo un buen retiro, una pensión envidiable; seguramente se acercarán para extenderme contratos jugosos, tentándome con ofertas como tentaron otros mi voracidad de criminal. Mi vida ha sido una cadena de muertes brevísimas, inciertas, ensayadas, aprendidas; otras me alarmaron con su quietud‚ otras más convencionales ocurridas fuera del escenario. Siempre preferí el convencimiento de lo natural. Por eso miro la tranquilidad de mis cadáveres.
Nunca me pregunté qué se siente al maquillar un cadáver. Luces. Motas de algodón para empolvarme. Pintura para enrojecerme labios y pómulos. Peinados. Mi vida se deslizó al filo de lo real. Luces que deslumbran, y sólo oscuridad del otro lado. Digo motas de algodón, y pintura para enrojecerme‚ y me acuerdo de aquel complejo antes de decidirme a pisar el escenario (temía que allá en el reformatorio me tomaran por un gay si podía imponer el orden por el miedo, yo, el más capacitado, el más hábil). Peinados que no siguieron modas; peinados que las influyeron. Mi vida se refugió en una cadena de vidas aparenciales, aprendidas, ensayadas, breves. Hoy quieren homenajearme por el transcurso de mi vida. Habrá una salva de aplausos. Haré que se demore. Habrá una carcajada envidiosa‚ inaudible‚ y por encima un grito de “Bravo!”. Haré que se demoren. Lo más probable es que se adelante una modelo‚ y yo me fijaré en sus estrechas caderas‚ entalladas por un vestido ajustado‚ y me concentraré en el roce de nuestras mejillas cuando nos apresuremos a imitar un beso. ¿Debería demorarme entonces‚ después de tanto tiempo? Voy a oir las voces de mis vidas aparenciales. Voy a mirar otra vez en cada rincón de mi refugio‚ desde el mismo principio‚ como lo haría el retratista de un anciano próximo a morir‚ un artista empeñado en descubrir arrugas bajo el polvo del maquillaje para leer los eslabones más importantes.
Odiseo se sienta en un banco del reformatorio infantil.
Me echa una mirada bárbara inyectada de sangre. Su barba tiene veinte años de espera igual que la mía. Al verlo sé que no me costará ningún trabajo meterme en su piel. Mataste cincuenta hombres para conservar a Penélope. Espectacular final el de tu condena ¡Durísimo! Pero para comenzar la mía bastó partirle la cara al agente que vino a llevarme por lo de mi padrastro‚ y lo hice con la misma cadena que después extrañé tanto en el reformatorio infantil‚ porque la barra de hierro con la que me defendí todos aquellos años‚ no tenía la misma soltura. Era un objeto rígido como el caminar del director del reformatorio y tuve que matar con esa barra a un jodedor‚ un atravesado que no podía esperar mucho de un traficante interno como yo desdoblado en lector de Homero‚ ¿dónde se han visto contrabandistas poetas‚ bicho? Y me puso en peligro diciendo que una carga importante se había perdido por mi culpa y me acordé de tu lanza de Troya‚ y no paré hasta joderle el pulmón con la barra‚ después de limarla hasta sacarle punta. Empecé a navegar tus aventuras‚ o desventuras; escuché el canto de las sirenas amarrado al poste de los suplicios‚ me enfrenté a Escilas y Caribdis‚ dejé ciego a Polifemo. Tuve que esperar casi veinte años para construir tu Caballo de Troya con la ayuda del bibliotecario Ham, cancerbero de nuestras noches, calculador como yo y soñador de riquezas. Me contaste que en el Hades acababas de ver a Tiresias “¿Y qué te dijo?” - te pregunté. “Que dentro de poco oirás aquella canción de un autor con bufanda‚ o sin ella (eso no pudo adivinarlo)‚ en la que se afirma que veinte años no es nada” A veces me duele recordar la expectativa impuesta por tu mensaje. Ahora comprendo que no podían ayudarme‚ ni tú ni el comemierda de Tiresias‚ dormido en su eterno infierno y pronosticando zodíacos para futuros arrepentidos. Yo estaba condenado por la cadena‚ ¿te das cuenta? Debí dejar que me mataran antes de seguir leyendo‚ o ayudando a Ham en el inventario de sus libros‚ antes de seguir fingiendo muertes en cada acto dramático organizado por el plan cultural del reformatorio; antes del día de la inspección‚ cuando al director se le ocurrió preparar una representación en grande‚ y decidió incluirnos‚ y yo maté cincuenta pretendientes al filo de lo real‚ disimulando en cada gesto el arte del crimen verdadero. Lo hice tan bien‚ llamé tanto la atención, que al fin tuve entre las manos el Caballo de Troya bajo el calificativo de actor.
Subsistir es la palabra apropiada para justificar el ingreso en los espacios de un viejo teatro, donde hay muchas vidas, y donde el tiempo no es uno si no el de todas ellas, y transcurre con la ligereza de un calendario corrompido.
Hamlet entró en mi camerino después de convencer a todos de nuestra vieja amistad. No tenía noticias suyas desde mis tiempos en el reformatorio. “Hablar de la muerte como representación no deja de estar del lado de lo imposible” -me dijo- “Yo estaría por la vertiente de los números complejos, y sus fórmulas en pizarras académicas serían la tentativa; o peor...el cuadro blanco de Malevich. En todo caso vivimos una época en que la dramaturgia muchas veces nace de la muerte y va hacia ella misma. La dramaturgia anuncia su fin...¿serías capaz de anteponer la metáfora a la angustia?” “¿Y ese discurso‚ Ham? Y me respondiste que "allá afuera hay dos tipos buscándote‚ una pareja de contratistas‚ bien informados de que este teatro de mala muerte sólo deja pérdidas". Vinieron a asegurarnos que un buen tiro de revólver podía resolverme algunos problemitas de bolsillo. Te respondí que yo nada más mataba al arma blanca, ¿no te acuerdas, Ham?, lo que en términos de colores emblemáticos expresaba la pureza de mis instintos. “Qué anticuado eres. Tienes que correr al ritmo de los tiempos; piensa en la suerte que tienes al vivir ahora. Hace poco, Macbeth y yo tratamos el mismo tema, y el pobre se lamentaba por no haber tenido una metralleta a mano". Entonces me doy cuenta de que mataste a Polonio‚ a Laertes y al rey con espadas y dagas; con un arma de fuego la cosa hubiera sido más fácil porque tu tal duda era el miedo a enfrentarlos, así directamente‚ como yo lo hice‚ y lo seguiré haciendo. Estás pensando en las ventajas de un disparo en la oscuridad‚ la oportunidad que no tuviste‚ el sabor de una muerte calculada. Y todavía te atreviste a decir que tú eras demasiado difícil para mí. Los tipos aseguran que será una acción sin complicaciones‚ menos excitante‚ pero también menos acusadora. “Lo siento‚ ahora estoy en otra cuerda” - te dije. “Bastante floja‚ por lo que veo” -respondiste. Y me aseguraste‚ "esto si que te va a levantar presión; eso($) nunca está de más". No querías reconocer el riesgo que se esconde detrás de una experiencia frustrante. Yo podía dar un salto atrás‚ a la cárcel‚ a las galeras y las celdas. “Yo te saqué de allí” “Tú solo no” “De acuerdo‚ pero fui uno de los que más te ayudó a salir. Creo que no vas a perder nada con empaparte las manos de sangre otra vez. Al contrario”...Y yo no te reconocí oyéndote hablar de no sé cuál misión para librar al mundo de un político parásito‚ uno más, con el pecado‚ entre otros pecados‚ de no haber contemplado en su programa una ayuda para financiar proyectos teatrales‚ y que entendías mi vacilación‚ viéndome poner reparos porque‚ “en fin ‚ la muerte por los ideales (y había la posibilidad de morir) ya no resultaba atractiva por ser cosa de elegidos”‚ y yo soy un pobre diablo que se desgañita los fines de semana metido en pieles de segunda. Así que...piénsalo de todas maneras. Estás curado contra el horror de la violencia; hemos estado en tantas escenas ¿no?” Y desapareciste como habías llegado‚ en silencio...
Hice esperar a los contratistas un par de noches‚ y cuando me entrevisté con ellos se me ocurrió justificarme diciéndole que las ocupé en componer mortalidades ficticias. Me sonrieron despectivamente los hermanos James‚ con sus sombreros del Oeste llenos de polvo‚ tan ridículos bajo las medialuces de las calles afaroladas‚ y comprendí lo que esas torceduras faciales daban a entender: que todas mis muertes reales o fingidas‚ habían sido pura chapucería. “Ahora vas a trabajar en serio‚ boy ; dos balas de plata en nuestros coles respectivos y la muerte viajará hasta el cerebro de un tipo en limusina descapotable‚ mañana‚ cuando el sol se esté poniendo”. Les respondí:” No tengo práctica”; se miraron‚ me miraron‚ me preguntaron si había olvidado el libreto de la Guerra de Troya‚ porque la flecha que mató a Aquiles estuvo dirigida por una mano potente‚ por un camino recto‚ una bien planificada trayectoria‚ y yo no era quién para desconfiar del poder divino. “Pasado mañana queremos ver la noticia en el Baltimore Sun‚ boy; entonces tendrás los mil dólares y una tarjeta American Express. Al regresar al camerino y mirarme en el espejo‚ vi que mis ojos eran dos rayitas como los de los hermanos James‚ y tuve al otro día una actuación difícil‚ sudando una doble interpretación bajo los rayos de aquella tarde‚ en la azotea del teatro desde donde se ve bien la avenida por la que iba la limusina descapotable; sudando mientras le apuntaba al cráneo de mi víctima que me vio y murió señalándome (no sé por qué) cuando las dos balas de plata penetraron su entrecejo‚ una detrás de la otra. Un poeta antiguo‚ exaltado y cursi‚ diría que del sol moribundo de esa tarde rosácea‚ brotaron la luz y el calor del resto de mis días sobre la tierra‚ porque era un sol con muchos hijos‚ uno para cada una de las jornadas agotadoras‚ las de los ensayos diurnos con derrames de energía para honrar mis noches de actuaciones; pero mi biógrafo dirá solamente que nunca me descubrieron‚ que yo nunca estuve allí‚ disparando‚ y después huyendo por un elevador emergente para salir al sótano desde donde se puede acceder directamente al escenario‚ y aparecer delante de todos‚ libre de culpas y gritar: ¡Soy puro‚ soy puro‚ soy PURO!
Desde entonces he modulado la acción de mi garganta: he sonorizado voces de hombres muertos en guerras, por enfermedades y por mentiras de amor. He conocido muchas muertes: la de las espadas‚ la de los venenos‚ la de los miedos y las balas.
Ha sido una cadena con eslabones de oro.
Cuando vi a Jean Paul Sartre me dio la impresión de que le sería difícil concentrar la mirada. Su mirada es más compleja que la de Odiseo‚ que la de Hamlet. Observa a la vez la existencia y la esencia; y me descubre como esencialmente criminal. Luego me induce a interpretar su personaje del camarero en la obra Puerta Cerrada. “SI lo haces te garantizo representaciones a teatro lleno por lo menos durante veinte años”- me dijo. Y he conducido sus personajes a la muerte‚ me he apropiado de Caronte‚ y por eso quieren hoy homenajear mi disfraz con ruido de bombos y platillos. Saben los reporteros que no puedo hablar porque tengo cáncer en la garganta‚ que he sido amante de quince actrices famosas y de no menos de veinte aspirantes; tengo una mansión cerca de Straford-upon-Avon y algunas acciones en la Mitsubishi y un ligero tufo sobacal porque prefiero los platos excesivos en condimentos y el desodorante no me asienta.
Pero no saben que la cadena con la que le saqué el ojo al hijo de puta de mi padrastro está debajo del asiento del camerino‚ y que la policía quizás necesite un curso de existencialismo para descubrir mi esencia.
Y me pregunto‚ ¿por qué no?
Voy a salir al escenario.
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