Me preguntaba; ¡Que pensará tanto!..
No era diferente a los demás. Su pelo grueso y nacarado, amontonado hacia el lado, tapaba sus orejas hasta más abajo de la frente. Desde el cierre de sus gruesos parpados, daban la impresión que estaba siempre dormido, pero en el fondo, muy en el fondo, su boca inerte levemente estirada, marcaba sin disimulo la líneas propias de quien apronta una futura sonrisa, que denotaban en todo su rostro una autentica alegría mas allá, y desconocida por cualquiera que visitara a esa hora la casa. De gruesa anatomía, descansaba todo el rostro en su palma derecha sin moverse. Mientras el otro brazo rozaba el suelo de la mesa con el dedo gordo de la mano, no hacia otro gesto que quedarse sin detenerse. Por último y para volver a observar la extremidad mas recia, la del lado donde miran los pensamientos, de nuevo me preguntaba; ¡Que pensará tanto!... No dejaba a la imaginación su bulto estomacal, y éste al estilo adánico, observaba mudo la impresión que causaba en los demás.
Después de todos estos años, he comprendido el lenguaje del silencio. En la entrada, sobre una fina mesa de centro, o cerca de un ventanal, la distribución no es lo que más les importa. Sino que al final del día nos demos cuenta, que el ángel puesto sobre el velador, el cuadro del caballo colgado en la pared, y el Cristo que nos mira convaleciente, sepamos de alguna manera que ellos siempre nos están hablando.
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