Malditas comas. Otros cuentos


Malditas comas

Autor: K

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Cuento publicado el 15 de Febrero de 2007


Sonó el timbre con impertinente insistencia. Ajena todo, en ese momento yo negociaba con mis párpados una compensación por su trabajo extra de la noche anterior. Quien quiera que fuese no podía ser más inoportuno. Me levanté con desgana y abrí la puerta. Un ejército de flacas admiraciones abiertas y cerradas rodeaba mi casa. Una de ellas, la jefa supongo, me agarró fuertemente de la blusa, me sacó fuera de un solo tirón y me ató con guiones las manos a la espalda. Pero no me cubrieron los ojos ni siquiera me amordazaron, aunque no les hizo falta porque yo no podía articular palabra.

Me obligaron a subir a una furgoneta negra y cerraron la puerta bruscamente. Tuve unos minutos para pensar, pero no me sirvieron de nada. Suponía que aquello debía de tratarse de un secuestro pero no podía imaginar el motivo.
Escoltada por comillas motorizadas, nos pusimos en marcha enseguida. En todo momento ignoraron los límites de velocidad, lo que hacía aumentar mi pánico a cada segundo. De repente nos detuvimos. Cuando la puerta de la furgoneta se abrió y me hicieron salir me encontré ante un edificio donde se podía leer: “Real Academia Española”. Yo no salía de mi asombro.
Me empujaron sin contemplaciones hacia su interior y allí, en una gran sala y vigilada por tildes mosqueadas, me hicieron esperar sentada en una hilera de puntos suspensivos... Al momento entró una anciana y gibosa interrogación vestida de gala. Supuse que aquello sería un juicio.

Supuse bien. Comas acusicas desplegaron y leyeron pliegos y pliegos en los que me acusaban de dejarlas en mal lugar. Las apoyaron, como testigos, sujetos y predicados separados por mi causa, sintaxis fracturadas.
Con un hilillo de voz confesé tener algún problema con las comas e intenté pedirles perdón, pero dos curvados (tal vez por la edad) paréntesis me ignoraron y pidieron un receso para el almuerzo. Su señoría, la Magistrada Interrogación, asintió complacida y salieron todos dejándome sola. Lloré y se me cayeron los mocos.
No tardaron en volver y se reanudó el juicio. Las comas acusicas llamaron a su último testigo: una Filóloga; precedida de dos puntos y seguida de un punto y coma, apareció la Filóloga. Muy seria y fría dio su testimonio perfectamente entonado, mostrando como pruebas todos mis relatos mal “encomados”. Comprendí que estaba perdida. La interrogación gibosa y chocha habló con voz solemne: “Culpable”.
Se armó un gran alboroto en la sala. Todos aplaudían y felicitaban a las comas. Su Señoría tuvo que hacer sonar la campanilla. Ajena a todo en ese momento yo negociaba con mis párpados una compensación por su trabajo extra de la noche anterior.

//alex


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