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Las cortinas debían de estar descorridas porque notó cómo unos impertinentes rayos de luz invadían la habitación. Cubrió sus ojos y los fue abriendo poco a poco. Sintió la boca pastosa y un terrible dolor de cabeza. Apenas podía moverse. Todo le daba vueltas, por fuera y por dentro. Intuyó que había pasado la noche de copa en copa.
Dio torpemente algunas vueltas por la habitación. Todo estaba desordenado. Un montón de cedés esparcidos por el suelo, ceniceros diminutos repletos de colillas en insostenible equilibrio y restos de comida en varios platos. No podía recordar nada. Sintió arcadas y su estómago le suplicó con urgencia vaciar el contenido. Lo hizo allí mismo, sobre una ración mordida de pizza. De repente sintió un ligero alivio.
Buscando el apoyo de las paredes para intentar mantener el equilibrio, siguió merodeando por el resto de la casa. En el pasillo se cruzó con una desconocida.
–La organizamos buena anoche, ¿eh? –le espetó una voz chillona que taladró sus oídos.
–Necesito ir al baño, ¿puedes decirme dónde está?
–Al fondo a la derecha, ¿dónde quieres que esté si no? –soltó una estúpida carcajada y se alejó haciendo eses.
La sed era insaciable, necesitaba enjuagarse la boca. Se fue volando y no tardó en encontrarlo. Pero justo cuando se acercaba al lavabo para poner la cabeza bajo del grifo escuchó el sonido de alguien que se acercaba a grandes zancadas. Supuso que sería el dueño de la casa. Se miró en el espejo y se avergonzó de su aspecto. No sabía qué hacer y sólo se le ocurrió esconderse detrás de la puerta. Un individuo enorme entró y la cerró tras de sí.
–Yo…–intentó disculparse.
No tuvo tiempo. Fueron unas décimas de segundo. Un sólo golpe. Y cayó.
–Yo…
Y al tiempo que un enorme zapato negro acababa con su vida contra el suelo escuchó unas palabras que le devolvieron su identidad.
–¡Qué asco de moscas!
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