Maria. Otros cuentos


Maria

Autor: R. H. Nelson

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Cuento publicado el 06 de Febrero de 2007


Volvió a llamar. Hace seis meses telefonea a diario. Apenas escucho su voz, cuelgo. Lo veo por las mañanas en la tienda de la esquina, y en las tardes cuando vuelvo de clases. También esporádicamente a la entrada y salida del colegio. Este Eduar es un buen amigo de David, mi novio. Marca al número desde aquella ¿traumática?, noche de diciembre.


Estaba en mi casa un sábado a las siete, y pese a las continuas explosiones de pólvora y esa bulla festiva que se levanta por todas partes durante los 31 días de aquel mes, me disponía a dormir cuando sonó el timbre. Soy hija única y vivo con mis padres, ellos ya se habían encerrado, entonces fui a ver de quién se trataba y era él. Dijo que David, mi novio, nos esperaba en algún lugar que no recuerdo. Al principio, pareció extraño pero resultaba tan convincente que me puse lo primero que encontré, una faldita, y lo acompañé.

David acaba de terminar secundaria, tiene dieciocho años, desde niño trabaja con su mamá en un negocio de repuestos para radios. El tal Eduar tiene unos treinta, es amigo de la casa y ayuda en el almacén, son al parecer muy amigos a pesar de la diferencia de edad.

Íbamos a la misma escuela, pero a mí me faltan todavía tres grados para salir. La relación había sido intensa hasta esa noche. Él no sabe nada ni lo sabrá y a nadie le he contado ni le contaré. Es más, el asunto se ha olvidado un poco. Es algo bastante….si, difuso.

Hace un año empecé con el cigarrillo y ahora he seguido con la marihuana. Claro que ya la había probado con un amigo que tuve mucho antes de David. Tenía unos trece cuando además de fumarla, de vez en cuando, incurrimos en otras licencias, imagino que comunes y propias de la edad. Una tarde, así de repente, resolvimos casarnos: ambos nos cortamos con su navaja en las palmas y mezclamos nuestra sangre y eso dizque era una alianza sólida y fenomenal. Sin embargo las cosas parecen salirse de control. De cuatro meses para acá esa hierba se ha convertido cada instante más imprescindible. Pese a los problemas hace reír y ayuda a olvidar.

No sé si alguien notará algo. Nunca he sido muy buena para las notas, entonces poco sirven para delatar la ausencia que experimento en el estudio.

En fin, el sujeto este aseguró que David esperaba yo no se dónde, una vez en el carro se desvió, pues antes debía ir a casa de una prima y en el camino dijo que si quería comer helado y paró en Mimo’s en donde pedí uno en barquillo de cucurucho con chocolate, maní y crispi.


Yo constantemente alertaba sobre los alumbrados que sin ser estrafalarios emocionaban y el canalla parecía no darse por enterado.

El barrio, más bien calmo, la arborización, densa así que la luz se filtraba en chorros débiles por entre las frondas lo cual contribuye a que si por alguna razón debiera volver, resultaría imposible guiarme. Además, nada he aprendido de direcciones, raras veces salgo del sector, aunque sé de buena fuente que la fama que precede a mi belleza es bien escurridiza, ha rebasado fronteras de muchos barrios y los límites de todos los estratos. Vivo en un punto alto de extracción popular, David en uno de clase media y el tipo este sólo sé que trabaja con mi suegra. Salimos con él varias veces en grupo, inclusive bailamos un par de piezas con el consentimiento de mi novio. En el fondo creo que le disgustaba. De mi ni se que decir, a las mujeres sobretodo nos gusta bailar y divertirnos.

La casa, ahora que lo pienso, se veía sombría desde un principio, su color blanco era bastante deslucido y en los bajos estaba mohosa, era larga y de una planta. Desde afuera parecía grande. Estacionados enfrente pidió que lo acompañara para que conociera a la prima y a su tía.

Entramos, los muebles tenían una fina capa de polvo y no vi a nadie diferente de nosotros dos, ninguna decoración alusiva. Prendió varios focos para iluminar la sala. Sí, faltaba ese calor de hogar que se experimenta en lugares habitados. Le pregunté por las personas a las que me presentaría y explicó que estaban en las habitaciones, que iría a llamarlas; yo le pedí que antes me prestara el baño. Miré al espejo, retoqué el maquillaje, luego bajé la falda y me senté en el retrete, quería orinar y no lo conseguí, sin embargo, unas gotas frescas lograron pringar la parte anterior de mis muslos. Tenía miedo. No sé por qué pero en especial las explosiones de los voladores esa noche sobresaltaban mi pecho. Abrí… ahí lo tenía con una cara recia que mal describiría. Sumé fuerzas, imperativa, comuniqué que me marcharía. Como un rayo, se dirigió a la puerta principal, tomó las llaves, clausuró la entrada y sacó una pistola de la parte posterior de la pretina.

“Si gritás te mato”. A partir de ese momento sólo aparecen brumas y una que otra imagen, la fea cama con su colchón duro a rayas horizontales azules y blancas, la desnuda mesa adyacente donde descargó el arma mientras se consumía en instintos.

Me abrió las piernas como nunca las había abierto, como daba pudor enseñárselas a mi novio, recuerdo ese dolor nuevo que descubrí cuando a una la penetran por detrás y el amargo, ácido y dulzón sabor a semen que no conocía, porque no tuvo suficiente, me obligo abrir la boca para depositar en ella ese torrente espasmódico de leche. ¡Ah! Y su frase final que si le contaba a alguien, ya sabía lo que me pasaría, esto último lo aseguró subrayando sus palabras con la pistola antes de enfundarla.

Lo peor: además de sentirme sucia, me creo culpable. Devuelvo la película a ver en qué parte de esta historia fallé, aún no sé dónde, pero algo dentro grita que fallé. Me siento estúpida por entrar sin sospechar, por omitir señales ¿por qué tenía su propio juego de llaves? ¿Si me hubiera tirado del carro o quedado en la heladería? ¿Por qué no parpadeaban lucecitas en los ventanales?

De regreso no sentí la pólvora y ni recuerdo más alumbrados.

Cuando contesto, y antes de que cuelgue, sé que se trata de él, o cuando lo veo en el colegio, o en la esquina creo que algo muy profundo y ambivalente nos une no sé cómo ni de qué forma, pero eso es, en parte, lo que me impide delatar.

Ese sábado volvimos antecitos de las diez. Mamá abrió, él la saludó y ella sonrió desde el balcón.




//alex


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