Pueblo pequeño, terruño ornamentado de silvestres flores y estiécol de ganado. De habitantes a la moda, de camisa guayabera, sombrero voltiao, y abarcas de bejucos entrelazados. Decir algo más del corregimiento de Miúdo, es añadir fantasia de sus hombres enamorados, cantando al son de una guitarra, un trago de aguardiente y el aroma de una morena entre sus brazos.
Miúdo, perdido en la inmensidad del mapa, esta rodeado de almendros, donde los poetas se reúnen bajo sus sombras, para hacer los más bellos versos. Y es que no ha habido otro como ninguno que se le compare, incluso hasta el cura ya senil, es parte de la tradición de esa que los abuelos nos cuenta, al vaiven de una mecedora, fumándose un tabaco casero. Resulta que al cura, un domingo con la iglesia atiborrada de feligreses, confundió el velorio de Don Eújolio, por el santo sacramento del matrimonio, y todos los presentes escucharon tan claro como se los permitia el ruido de los desajustados abanicos, al cura insistir tocando levemente el féretro:
- Si alguien tiene que decir algo en contra de este matrimonio, que hable ahora o calle para siempre.
El calor...ese de las dos y treinta p.m., sosfocaba las pretinas de los driles almidonados y una que otra braga expelia el sudor del amanecer de una noche de verano. Nuevamente y a pesar de las insistencias del monaguillo, con su campanilla, el cura continuo.
-Hermanos, si hay alguien en contra de este matrimonio, que hable ahora o calle para siempre._
Los rostros desfigurados por la rabia, no entendian la liturgia heráldica del mensajero y amenazaban con armar el escándalo, a pesar de los ruegos de la viuda. Las campanas sonaban, reteñian el eco de la montaña, de las soledades, del desconcierto, y aún así, en este pedazo de terruño, el cura persistia.
-No lo repito más...si alguien quiere hablar algo en contra de este matrimonio, que lo diga ahora o calle para siepre._
La estela humarada de los cirios apagados, atemorizo a los presentes y dentro del ataúd perfumado de formol y arsénico el difunto respondio:
-!Ya para que¡
//alex
Cuento publicado el 25 de Septiembre de 2010
Miúdo, perdido en la inmensidad del mapa, esta rodeado de almendros, donde los poetas se reúnen bajo sus sombras, para hacer los más bellos versos. Y es que no ha habido otro como ninguno que se le compare, incluso hasta el cura ya senil, es parte de la tradición de esa que los abuelos nos cuenta, al vaiven de una mecedora, fumándose un tabaco casero. Resulta que al cura, un domingo con la iglesia atiborrada de feligreses, confundió el velorio de Don Eújolio, por el santo sacramento del matrimonio, y todos los presentes escucharon tan claro como se los permitia el ruido de los desajustados abanicos, al cura insistir tocando levemente el féretro:
- Si alguien tiene que decir algo en contra de este matrimonio, que hable ahora o calle para siempre.
El calor...ese de las dos y treinta p.m., sosfocaba las pretinas de los driles almidonados y una que otra braga expelia el sudor del amanecer de una noche de verano. Nuevamente y a pesar de las insistencias del monaguillo, con su campanilla, el cura continuo.
-Hermanos, si hay alguien en contra de este matrimonio, que hable ahora o calle para siempre._
Los rostros desfigurados por la rabia, no entendian la liturgia heráldica del mensajero y amenazaban con armar el escándalo, a pesar de los ruegos de la viuda. Las campanas sonaban, reteñian el eco de la montaña, de las soledades, del desconcierto, y aún así, en este pedazo de terruño, el cura persistia.
-No lo repito más...si alguien quiere hablar algo en contra de este matrimonio, que lo diga ahora o calle para siepre._
La estela humarada de los cirios apagados, atemorizo a los presentes y dentro del ataúd perfumado de formol y arsénico el difunto respondio:
-!Ya para que¡
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