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El cuarto de interrogaciones estaba oscuro. Atada con fuertes correas de cuero a la fría silla de metal, se encontraba Ibe Eme. La pobre estaba a punto de perder la conciencia por el arduo día que había tenido, cuando de repente se abrió la pesada puerta de metal dejando penetrar aquella luz brillante que hirió aún más sus entrañas. Tambien entraron los dos torturadores de la sesión anterior, que en esta oportunidad ya no portaban las sucias capuchas de rigor, lo que le permitió percibirles con mejor claridad aquella socarrona sonrisa que portaban sus abyectas caras. Fue allí que ella, sí sintió temor verdadero, pues los gorilas aquellos esta vez portaban dos armas, a saber: el gordo traía un destornillador bastante grande y nuevito, el flaco sostenía en su mano derecha lo que parecía una pesada maza con mango de madera a la que ya se le notaba el uso. “Así que sabés lo que pasó y no nos quieres contar, querida” -pronunció el primero, mientras se le acercaba esgrimiendo en forma amenazante el phillips-. La jóven tragó saliva y aguantó con valor la provocación; pero cuando vió que el flaco se le venía encima con la maza en vilo no pudo más y se desmayó, no sin antes declarar dignamente a gritos y bips bastante audibles que no sabía cómo era que ella había perdido la memoria de su disco duro, teniendo en cuenta su tan prestigiosa marca...
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