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¡Susto!

César Muñoz


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Cuando murió la tía Fidelia en un accidente de equitación, mis padres y yo teníamos 10 años viviendo en Guatemala. A ese país llegué de pocos meses de nacido. Mi padre, militar, fué designado como agregado a la embajada venezolana y por diversas razones nos fué imposible asistir al funeral. La tía había vivido sola durante 12 años en la casa rural que fué de mis abuelos en Cumaná, ciudad de Venezuela. Era un caserón apartado a espaldas del río Manzanares y quizás por eso, nadie quiso habitarla después de fallecer Fidelia.
Pasaron dos años y ya próximo a finalizar el servicio de mi padre, se decidió el regreso a nuestro país y destacado él a la guarnición de Cumaná, se nos presentó la opción de habitar la casa solitaria. Sin embargo, debíamos primero arreglarla y adaptarla.
Llegamos pues, temporalmente al hogar de mi otro tío, Aníbal, quien nos informó que los pocos vecinos del inmueble rural se quejaban de movimientos extraños por las noches. Se prendían y apagaban luces, se escuchaba por instantes la música preferida de la tía y los perros de los alrededores no cesaban de ladrar.
Mi tío, incrédulo él, opinaba que no eran mas que supersticiones, pero mi madre, crédula ella, no estaba tan tranquila.
-Soy militar. -Dijo mi padre. -He visto miles de situaciones. No creo en fantasmas. -Y agregó, -cuando nos mudemos nos acompañarán algunos soldados armados y... se acabó.
Yo no estaba tan seguro.
Era el mes de agosto. El invierno venezolano estaba en su apogeo. La lluvia caía todo el día y todos los días, a veces gruesa como metras líquidas, a veces fina como agujas heladas. El 10 de este mes, como todos los años sin falta, el Manzanares se desborda y algunas veces, lame goloso las patas de los árboles de mango y guayabas sembrados por la tía 10 años atrás. Por ahí entra el fantasma. Nadie lo ha visto ni escuchado por el frente ni por los costados. Además hay algunos vecinos con sus perros.
Desde que llegamos no hemos podido ver el predio ni de lejos. La falta de vehículo y el lodazal son determinantes. Finalmente mis padres decidieron pasar un par de días con sus noches en el inmueble con el fin de acondicionarlo e irnos adaptando. Se acordó que sería el próximo sábado 10 de agosto.
Llegó el día y aconteció que de la media docena de patrullas, tres estaban accidentadas. Las otras cumplían diversas misiones. De modo pues que sería otro día la pequeña mudanza.
A las 8 de la noche del mencionado sábado, recibimos llamada del capitán Vogue, amigo y compañero de mi padre. -Mira Facundo, habla Vogue, se han inundado algunos predios cercanos a la casona. Vamos saliendo con el camión casi vacío para ayudar a recoger algunos muebles y quizás hasta personas y animales, ¿Quieres ir?. -Mi padre, impulsivo él, ni lo pensó. Dijo que sí y nos movilizó rápidamente. Y así, el camión y el carro del tío, ambos repletos de gente y enseres, partimos hacia la casa.
El cielo encapotado por las nubes de invierno estaba tan negro como un toro negro. Las ranas y los grillos cubrían el ambiente con desafinados tonos. No se veía un alma y el carro-patrulla lanzaba destellos rojizos a las asustadas cigarras. Al entrar a la vereda de la casa, vimos los espantos. Se escabullían por el fondo como sombras misteriosas. Eran fantasmas muy comunes. Dejaron sus latas de conservas y esteras mugrientas. Colillas de cigarros, botellas vacías y otras inmundicias se acumulaban en el corredor del fondo. Bajamos rápidamente las cosas y con la ayuda de los soldados limpiamos dos habitaciones. Se despidieron nuestros acompañantes mientras colocábamos candados nuevos a las puertas de cerrojos inservibles. Comimos los tres, charlamos hasta tarde y caímos rendidos arrullados por la lluvia.
A la mañana siguiente, aunque no llovía, tampoco hubo sol. Mientras mi padre y yo seguíamos acondicionando, mi mamá decidió hacer un recorrido por el jardín encharcado, todavía con su batola de dormir. Se abrió paso entre los arbustos descuidados y evitó las zarzas y enredaderas. Vió al fondo la primera persona vecina. Era una dama que le daba de comer a sus gallinas. Miró a mi mamá quien la saludaba sonriente. Abrió los ojos, abrió la boca, retrocedió de espaldas con la mirada fija en ella... y desapareció en retroceso. Igual sucedió con la jovencita que se asomó a la ventana en la casa de al lado, miró a mi madre fijamente con los ojos muy grandes... y cerró la ventana violentamente.
Cuando salimos en el carro del tío, mi progenitora y yo a comprar algo de comer, notamos ventanas semi-abiertas y vecinos que nos veían con cara de asombro. No teníamos ni idea del extraño comportamiento.
El colmo ocurrió al llegar al negocio de víveres cercano. Algunos clientes nos miraban fíjamente con ojos espantados mientras se daban codazos. Entonces el dueño, un señor mayor, levantó sus cansados párpados y se los frotó varias veces. -¡Señora Fidelia!... Pero... pero... ¿Usted? -¿Fidelia? -respondió mi madre. -No, no... ¡Me llamo Nilda!. -Entonces ella se golpeó la frente con la palma de la mano.
-¡Claro! -dijo, -¡Ya comprendo! -Fidelia y yo éramos gemelas. ¡Gemelas idénticas!



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Últimos comentarios sobre este cuento

 

Fecha: 2009-10-17 07:06:44
Nombre: César Muñoz.
email: aabad62@hotmail.com
Comentario: "HABLEN DE MÍ... AUNQUE SEA BIEN"
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GRAA-AA-CIAS.