La mula del seminario. Otros cuentos


La mula del seminario

Autor: Luis Gonzaga Portacio Sierra

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Cuento publicado el 16 de Mayo de 2011


Ese viernes a las seis de la mañana, habiendo culminado sus plegarias matutinas, los jóvenes seminaristas abandonaron la capilla principal y pasaron al comedor para tomar el desayuno. El padre Mateo.-un curita de origen Español sin un solo cabello en la cabeza y con un fluido latín que le ubicaba en un puesto preponderante.-entró sorpresivamente en el recinto, provocando un fuerte cuchicheo entre los jóvenes, que no supieron en el momento el por qué de la visita.

La presencia del Clérigo, era tomada por todos y cada uno de los seminaristas, como una amenaza latente, como un foco de angustia apremiante del que no se podía escapar.
Investigador asiduo de la moral y el comportamiento de los muchachos, el presbítero ostentaba el cargo de prefecto de disciplina. “No se le pasa una”, era la queja de todos los estudiantes, para quienes el anciano no era simplemente un hombre con sotana, sino un adivino en toda su grosura, capaz de encontrar en una sola mirada de cualquiera de sus alumnos, la confesión del asunto indagado.
- Arboleda.-Gritó el padre Mateo con los espejuelos pendiendo de la punta de la nariz.
- Arboleda. ¿Es que no oye?.- volvió a gritar gangosamente el Vasco con un sonido más nasal que vocal, y agregó de inmediato.-Venga conmigo por favor!
El solicitado, puesto en pie le siguió por el pasillo que formaban las mesas y las sillas de los que desayunaban y a la vez observaban perplejos ante una salida impregnada de interrogantes y posibles explicaciones potenciales.
La caminata a la prefectura pareció hacerse eterna. Frente al seminarista, la imagen del Padre Mateo oscilaba entre lo estricto y lo ridículo, con una cabeza descomunal para el minúsculo cuerpo, el rostro del clérigo era absurdamente redondo, de ancha frente y ojos enormes, teñido todo de rojo, particularmente colorado en las mejillas y mentón. Su risa casi ausente el 90% del tiempo, parecía más bien un ataque de tos nerviosa y congestionada, mostrando una lengua muy grande para esa pequeña boca y un pelotón de dientes aserrados en las puntas, desgastados a menos de la mitad de su verdadero tamaño.
Había llegado al Seminario Mayor de Popayán solo tres años antes, y su ascenso durante tan poco tiempo no dejaba de asombrar a los padres principales. Su entrega por el seminario era tal que un año antes, colaborando en el traslado al sitio de “Campamento”, so pena de la división con el colegio, perdió tres dedos de la mano derecha, cuando una de las imágenes de la capilla se cayó al ser bajada del santuario, y para evitar que ésta tocara el suelo profano de la calle, el cura amortiguó el descenso con la mano. Desde ese día, su eminencia, el servicial Maestro González Arbeláez.-director para entonces del lugar.- lo ascendió a prefecto y se prometió a sí mismo, no permitir que a futuro, nadie atentara contra la persona o el cargo del Padre Lazarista.
El cura inició su discurso como siempre, exaltando la labor de Juan Bautista Rieux en las postrimerías de 1881, y así continuó el desarrollo año tras año hasta ese preciso día y hora en la que se encontraban allí sentados en pleno auge de los cuarenta. El chico, por más que intentó, no logró atender una sola palabra, descifrando en su mente el motivo y el por qué de la visita, a tan indeseable lugar.

¿Será que descubrieron esto?.-se repetía asustado y luego se respondía a si mismo.- No! nadie puede entrar en ese baño. Las posibilidades le cercaban y asustaban. Hasta que determinó que debería ser “Aquello”, sin lugar a dudas era “Aquello”, no cabía duda, había sido descubierto. Entonces llegó hasta su mente cada historia de expulsiones a mano del cura Mateo, en especial aquella última relacionada con los 4 seminaristas que a menos de un mes de ser ordenados sacerdotes fueron enviados a Cali para cumplir gestión misionera; estos cuatro cuasi curas, que deberían regresar un lunes, se retrasaron más de 22 horas, arribando a Popayán solo hasta el Martes entrada la noche. Allí les esperaba el plurimencionado cura Mateo.
- Tuvimos un gran impase de fuerza mayor en la vera del camino a la altura de Piendamó.-Fue la explicación que dieron los 4 muchachos.
- Pues bien.-dicen que contestó calmado el Padre Mateo.-Como saben hoy tienen examen final de Teología conmigo.
- Aplácelo Padre.-Rogaron los cuatro seminaristas en coro. Y el más jovencillo agregó.-mire que no fue nuestra culpa, sino de la mula que cargaba los bultos y maletas, el pobrecito animal se quebró una pata, y nos tocó comprar una nueva a unos Indios que venían de Silvia.
- Oh! Bien.-Agregó Mateo.- lejos de mi muchachos el causarles injustamente un agravio. No se preocupen, saquen tintero, papel y ubíquense cada uno en una esquina diferente del salón de clase, les haré una sola y sencilla pregunta de cualquier trivialidad para llenar el requisito.
Luego de sentados en las 4 esquinas, el cura les preguntó:
-Exprese y determine claramente ¿Cuál fue la pata que se partió la mula?
Las respuestas de los cuatro seminaristas fueron todas diferentes entre sí. Dos horas más tarde se encontraban camino a casa, expulsados de aquél centro.
Mateo, miró a los ojos a Benicio Betancur, quien temblaba por dentro y esperaba las palabras del cura párroco. Este religioso frunció el ceño y acercándose al joven seminarista le dijo lentamente como sentenciando su alma:
- Tenga.-le dio algo y agregó.- encontré la costosa pluma que se le perdió la semana pasada, ponga cuidado con los objetos que carga. Regrese y desayune, le toca la oración de la tarde y la de mañana.

//alex


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Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2012-10-12 14:03:28
Nombre: stella
Comentario: EXCELENTE


Fecha: 2011-05-27 13:25:26
Nombre: maria paola
Comentario: hola necesito un cuento que se a corto esto es muy largo urgente para el martes 30 o lo que sea...UNO QUE SE TRATE SOBRE ANIMALES PORFAVOR SE LOS RUEGO DEL ALMA