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Humoradas y sutilezas

Fernando Puma


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Hay una multitud de jovenzuelos que en estos tiempos de Dios se ha dado a la vida amorífera, como diría mi amigo don Tauro, bardo gentil de la escuela decadente.
Yo conozco a Canutillo Escalante, joven que cuenta diecinueve primaveras y goza de un prestigio envidiable entre sus amistades femeninas.
—¿Ha visto usted —decía en días pasados a su prometida Apurito, sin notar la excesiva ceguera de ésta— cómo los jóvenes de nuestros tiempos olvidan la galantería y el arte de agradar al bello sexo?
—¡Oh Canutillo!, es que no todos están animados de ese fuego santo que se llama amor; y, permitiéndome la vulgaridad, no todos tienen como usted un camote tan descomunal a sus adorables sílfides.
—¿En qué sentido toma usted el camote monona mía?
—En sentido figurado, luz de mis ojos, respondía Apurito poniéndose roja de vergüenza.
—Pues yo creo que el camote sólo debe tomarse en el sentido del gusto.
—Voy a interrogar a usted, díjole Apurito, notando que su prometido era totalmente materialista ¿A qué escuela pertenece usted?
—A la Escuela Modelo, respondió distraídamente el galán.
—Pero esa no es respuesta a mi pregunta.
—No paloma, es un plantel de enseñanza.
—¡Oh, qué atraso de la juventud! ¡Qué pobreza de conceptos! ¿Y es que usted se titula agudo?
—No, es el dolor que siento en este instante al bajo vientre.
—Dígame usted Canutillo, ¿por qué la juventud en nuestros días es tan insustancial?
—¡Toma!, por la mala alimentación y tan cierto es esto, que en el colegio de San Práxedes, de doce alumnos que formábamos la clase seis eran sietemesinos, dos entecos, un linfático y tres tísicos recalcitrantes.
—¡Por san Cucufate, confesor de viudas!, ¡qué turba de contrahechos!, y usted entre ellos.
—Sí tal, pero para honra mía y de mis antecesores fui calificado como sietemesino de alto vuelo.
—No comprendo.
—Ya, ya seré claro. Es indudable que usted sepa donde residen las fuerzas...
—En el cuartel general, que por ahora y per omnia secula seculorum es y será La Paz, díjole Apurito con retintín malicioso.
—¡Por la imagen de Cañete! No me refiero a las fuerzas militares, sino a las fuerzas orgánicas.
—¡Ay de mí! ¡Qué tonta soy!
—Pues bien, la residencia de las fuerzas está aquí, dijo mostrando el brazo; y señalando un punto, añadió: este es el músculo donde residen las fuerzas y las energías vitales. Este es el llamado por los galenos bíceps y por el vulgo conejo; con que ya ve usted que tengo desarrollado y duro como su corazón ¡¡ingrata!! Actualmente levanto un peso de cinco arrobas y media en mis ejercicios gimnásticos.
—¡Jesús! ¡Es usted un Hércules en proyecto!
—La verdad, de un trancazo mato un buey y de un puñete a cualquiera.
—Me inspira usted miedo, dijo Apurito, retirándose precipitadamente del lado del galante pelele, que azorado se quedó contemplando su brazo seco y amarillento.



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