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Paulina reconoce, al mirarse en el espejo, que el tiempo ha pasado y que su cuerpo cambió, casi sin darse cuenta, acompañando el transcurso de los años. Sus manos ásperas y agrietadas ya no son las que alguna vez, siendo joven, habían aprendido a brindar cariño y caricias.
Su esposo hace años que la abandonó. Cuando nació Miguel. Hace 20 años que se fue y ya no recuerda con claridad los rasgos de su rostro. Apenas si tiene presente sus ojos siempre tristes y llenos de preguntas con repuestas que está segura nunca debe haber encontrado.
Luego que él se marchara debió soportar la soledad durante unos años hasta que apareció, casi por equivocación, el compañero que ahora duerme a su lado.
Hoy uno acompaña al otro y se sirven de apoyo para durar en una vida que no han elegido, y que nunca supieron como intentar cambiarla.
A veces, antes de que nazca el día, y en el silencio contenido dentro de aquellas chapas, vienen a su mente imágenes de los años de aquella niñez llena de ilusiones. Sus padres. Sus hermanos. Qué será de ellos, se pregunta. La hoy desaparecida plaza de deportes donde jugaba con tantas otras iguales a ella. Los golpes y caídas por las corridas y trepadas. Los novios y las desilusiones.
Los viejos consejos casi nunca escuchados. La alegría y los colores de los carnavales vividos. Recuerdos de la vida de los que no se arrepiente a pesar de no tener muchas cosas de las cuales sentirse orgullosa.
En la cara se reflejaba la ansiedad. Miguel se apresura para llegar a la esquina que unos días antes había encontrado libre y que no quería perder por haberse quedado dormido. Por fin, luego de insistir haciendo dedo, lo levanta un camión de feriante.
No espera a que el camión se detenga y se baja.
Rápidamente deja la mochila en el cantero central de la avenida y comienza a jugar con las tres pelotitas de colores. En un tiempo que ya tiene calculado, se saca el sombrero rojo de lana ofreciéndolo para que los conductores dejen ahí sus monedas. La mayoría de ellos, haciéndose los distraídos, miran hacia otro lado.
Unos minutos más tarde observa venir al coche blanco. Cuando termina su juego se hace a un costado y sube a la vereda, quedándose junto al cordón dando lugar a que el coche se detenga. El intercambio es rápido.
Introduce la mitad del cuerpo por la ventanilla, extiende el brazo y de la palma de su mano desaparece el dinero que lleva, quedando en su lugar pequeños envoltorios de papel.
Camina rápido y con ansiedad las dos cuadras que lo separan de aquella casa abandonada.
Más tarde, sintiendo la sensación de placer que había buscado y habiendo desaparecido el hambre que desde la noche anterior le dolía, vuelve a la esquina.
Se siente realmente capaz de realizar cualquier malabarismo con esas tres pelotitas. Cada vez intenta hacerlo más rápido y mejor. Vuelan alto y él las recibe observando las caras de quienes lo miran.
El frío había desaparecido; ya no lo siente. Mientras realiza las piruetas, yendo de una esquina a la otra, no deja de vigilar la mochila que esconde el resto de los pequeños paquetes.
Antes de que se enciendan las luces de la ciudad regresa a aquel lugar inmundo que lo acoge y le permite llegar al placer. Acurrucado en aquel rincón abandonado con olor a orines ajenos, enciende nuevamente la pipa casera.
Unos segundos después llega la profunda sensación de placer y euforia que busca para poder continuar y que de alguna forma, piensa, es el preludio de nuevas y mejores sensaciones que nadie le podrá quitar.
Ya no tiene ganas de volver a la esquina a intentar que los colores se alternen, elevándose alto en el aire, dibujando figuras distintas.
En su cabeza tiene la sensación que rápidamente llega la angustia, la tristeza y la apatía y junto con esas sensaciones ya conocidas, el deseo incontenible de continuar fumando. Obedeciendo el deseo de su cuerpo, comienza aceleradamente a rellenar de nuevo la pipa. La noche había llegado y su figura, en la oscuridad, se hacía invisible para las pocas personas que pasaban por el lugar.
Está rodeado de escombros, restos de comida antigua y papeles que se mueven a gusto del viento en el interior de aquella casa que no ha sido terminada de derrumbar y que, en poco rato, serviría también de refugio a otras personas parecidas o iguales a él.
Esta vez hizo el intento de aprovechar al máximo el contenido de la pipa.
Era la última carga de aquellas que le entregaran al principio del día en el interior de aquel coche blanco. Vuelven, por fin, el placer y el éxtasis. Y también, al poco rato, la necesidad de obtener más de lo mismo.
Cuando ingresa al local que ofrece ofertas en un pedazo de pizarrón, ya es tarde para comprender que se ha equivocado.
Paulina vive con esa tristeza que fue parida junto con ella, junto con él, por no haber tenido, tan solo, la virtud de convencerlo que ese no era el camino deseado e imaginado para Miguel.
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