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¡Lánzate!

Fernando Puma Aguilar


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En cierta ocasión había una señora de unos cuarenta años, soltera y fea por castigo.
No quieran saber ustedes lo que sufriría la infeliz viéndose despreciada por los hombres. Ideó todo para hacerse agradable pero nada pudo conseguir. Se retrató en unas postales con sus galas más vistosas y regaló más de doscientas con las señas de su casa. Todo inútil.
Amparo, que éste era su nombre, seguía tan fea y tan despreciada como siempre.
Un día se encontró con un antiguo amigo de su padre, hombre de mundo y conocedor del corazón humano.
—Amparo, tú sufres una atrocidad —le dijo a la solterona.
—No se lo niego. Esta vida me cansa y me aburre.
—Pero mujer, ¿por qué no has puesto los medios para llegar al fin que te propones?
—Todo lo he puesto en juego.
—¿Y qué?
—Ya lo ve usted, sigo tan soltera como cuando nací.
—¡Ah, vamos! Te falta un marido...
—Uno o dos, o los que fueran
—Pero qué diablos dices...
—Quisiera tener varios, para elegir uno a mi gusto.
—¿Cómo te agradaría?, vamos a ver.
—Alto, moreno, con bigote negro muy retorcido hacia arriba y joven, muy joven.
—No está mal, ¿y no te gustaría rubio?
—¡Oh! también, sí señor. Y hasta castaño lo tomaría.
—¿Un hombre serio, algo entrado en años no haría mal?
—¡Quía!, a mí me gusta mucho así.
—Un viudo, por ejemplo.
—¡Mi bello ideal! Y si fuera solterón, como yo, ¡otro ideal bello!
—¿Te gustaría rico?
—Sí señor, mucho. Pero aunque sea pobre, no le hace; ya tengo yo para los dos.
—Entonces, hija mía, ya veo que te gustan todos.
—Todos, todos sin distinción. ¡Oh!, no hay nada tan bello ni tan atrayente como el hombre.
—Muchas gracias por la parte que me toca.
—¡Ay don Sisenando!
—¡Ay Amparo...!
—¿Quiere usted casarse conmigo?
—¡Canastos! ¿No sabes que soy casado hace unos veinte años?
—Es verdad, ya no me acordaba...; pero en fin, eso no creo que sea un obstáculo.
—¡Cuerno! ¿También te gustan los casados? Pues mira, yo en este momento tengo mucha prisa, pero te voy a dar un consejo: ¡Lánzate!
—¿Que me lance?
—Sí mujer, sí. Con esa sed de amor que te está achicharrando los hígados, no tienes otro remedio.
—¿Pero en qué forma?
—No te digo más. Piénsalo bien y no seas tonta, no pierdas tiempo. ¡Lánzate!

Un buen rato estuvo pensando la infeliz mujer, hasta que se puso en marcha hacia su casa diciendo:
—¡Que me lance!... Bueno, pues ya sé lo que tengo que hacer.
Y después de cambiarse de traje esperó a que llegara la noche y se situó junto al tronco del árbol de un paseo.
Cuando veía a un hombre, tosía; éste, claro, se acercaba y después salía escapando al verle la cara.
Así se pasó más de tres horas. Hasta que, avergonzada y aburrida, decidió marcharse a su retiro.
Antes de llegar a su casa tropezó de nuevo con don Sisenando, el amigo de su padre.
—¡Ay, mi mal no tiene remedio! —suspiró al ver al caballero. Ya he hecho lo que usted me dijo; ya he buscado a los hombres como una mujer cualquiera... todo inútil.
—Pero es que yo no te dije eso.
—¿No me dijo usted que me lanzara?
—Sí hija mía, sí: que te lanzaras de cabeza del balcón de tu casa o de la torre de la iglesia.



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Últimos comentarios sobre este cuento

 

Fecha: 2007-01-09 04:57:03
Nombre: Erika
email: angelita_eos@hotmail.com
Comentario: es muy divertido el cuento