Apología de Dafne. Otros cuentos


Apología de Dafne

Autor: Guillermo Bertini

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Cuento publicado el 07 de Marzo de 2010



Aún resuenan en los remotos confines del cosmos las voces que dicen que yo, Dafne, hija del río Peneo y de la Ninfa de los cuerpos de agua dulce, Creusa, hube suplicado a mi padre que me convirtiese en un árbol de laurel, para librarme de la obsesiva persecución del dios Apolo.
Ha llegado el tiempo en que debo decir la verdad. El oráculo la sabe… ¡sí que la sabe!, pero nadie, ni siquiera el dios Zeus, la ha dicho hasta ahora. Ante semejante ignominia, debo yo misma develar las justificadas razones de mi metamorfosis.
A partir de este mismo momento todos los seres vivos, dioses del Olimpo, héroes, titanes y ninfas, sabrán de mi desdicha y justificarán mi obrar.
Sé cuánto han dicho de mí: que he estado enferma de soberbia; que he querido desplazar del Olimpo a la diosa Venus con mi exuberante belleza; que he sido esquiva a las apasionadas y amorosas pretensiones de Apolo, como de muchos otros; que he suplicado a Peneo que derramara sobre mí las aguas de la divinidad o que me tragase la tierra antes de que Apolo me hiciese suya… ¡Mentiras!...
¡Cuan funesta ha sido mi hermosura que he culminado mi existencia transformada en un árbol de laurel…! ¡Soy el placer de los Campeones que arrancan jirones de mi áurea cabellera y torneados brazos, para convertirlos en coronas, honra de sus victorias!
El Oráculo me lo ha revelado. Mi madre, Creusa, se había casado con el río Peneo. De esa relación nacieron: Hipseo, rey de los Lápidas, y Estilbeo. Peneo deseaba enloquecidamente que mi madre le diese una hermosa hija, para que se casara y tuviese descendencia, pero ocurrió que mi madre fue sometida por Apolo. Junto al Oráculo de Delfos sufrió las más aberrantes pulsiones sexuales. Así fui concebida.

Creusa, presa del tormento y la humillación no tuvo coraje para contárselo a Peneo, tal vez por vergüenza, por temor, o simplemente por compasión.
Sé también que por esos tiempos, Peneo acudió a Delfos para implorar por la llegada de una hija mujer. Apolo, mi verdadero padre, le salió al encuentro y con mentiras satisfizo su reclamo. Le aseguró que si enterraba nueve semillas de encina durante nueve lunas, intercedería ante la diosa Artemisa para satisfacer sus ruegos. Y así sucedió. Al cabo de nueve ciclos lunares, nací yo. Aún no me llamaban Dafne.
Al enterarse mi madre, Créusa, de que Apolo me pretendía con obstinada pasión, envuelta en ira decidió vengarse.
Así fue que se dirigió hasta el Oráculo de Delfos y postrada frente a Cupido, lo persuadió para que castigara a Apolo. Los dos tenían sobradas razones para hacerlo… Cupido, henchido de rabia por la afrenta de Apolo, que lo acusó de afeminado y cobarde, accedió de inmediato a los ruegos de mi madre. Así fue que voló y se posó sobre el Parnaso; extrajo de su carcaj dos flechas y las disparó con ánimo de revancha. La flecha de oro, aguda y amorosa partió el corazón de Apolo. La otra, roma, plomiza y desdeñosa cayó sobre mí.
¡Gracias te doy, Peneo, aunque no seas mi padre!..., por haber escuchado mis ruegos… Si Apolo me hubiera dado alcance, un horrible monstruo hubiera emergido de mis entrañas.

//alex


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