Cómo te llegue a querer tanto. Otros cuentos


Cómo te llegue a querer tanto

Autor: Valeria Román

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Cuento publicado el 08 de Agosto de 2009


No sé como te llegue a querer tanto. Ha pasado el tiempo y lo he olvidado. Quizá te empecé a amar aquella noche en la que sollozabas silenciosa para que solo Dios te escuchara. La recuerdo. Esa noche la inmortalice en mi corazón, clara y tenue como tu voz esta en mi memoria. Todavía puedo escuchar como tus suspiros se confundían con las olas del mar. Y es que, en esa playa desierta donde estábamos solos los dos, no se oía nada más; solo mi respirar, tu respirar y el del viento que jugaba con el agua del piélago.

No te dije nada, ni siquiera una frase de consuelo, - después de todo- pensé –no era mi culpa que no la amara y menos que ella ni tan siquiera me quisiera- Pero esa cavilación solo era parte de mi orgullo, de mis temores de haberme unido hasta la muerte con una persona que no conocía, aprensiones que abatían mi alma constantemente. Sí, esa noche eras una completa extraña, pero tus tristezas y tus lamentos ya los había hecho míos porque ahora te necesitaba, dependía de tu compañía eterna, quieta como las aguas de un océano.
¡Ahora lo recuerdo! En ese momento empecé a necesitarte pero todavía no te amaba…
La casa, que ahora era nuestra, parecía estar sumergida en un reposo profundo. Los tablones de madera de las paredes no rechinaban y los delicados móviles de conchas y vidrios que colgaban de las vigas en el techo del corredor se abstenían a su naturaleza de permanecer en constante movimiento y de canturrear con la brisa. Pero ninguno de esos eventos nos resultaba extraño o digno de nuestra preocupación. Para nosotros no era raro que solo nos hablara el mar y que nos estuviéramos ahogando en nuestras melancolías.
Como no podías conciliar el sueño, y ya estabas cansada de llorar, fijaste la mirada en el techo. Y mientras tú contemplabas nuestro cielorraso de laurel carcomido por el comején y desgastado por la brisa salina (y pensabas como hacer para mejorarlo), yo detallaba tu perfil idóneo, que parecía hecho de tenue porcelana y aún en la oscuridad podía distinguir el rubor natural de tus mejillas. Todos tus rasgos faciales indicaban que eras alegre, ocurrente e inteligente para con los demás, para con las personas que no pecaban con la ignorancia de no saber quién eras. Pero para mí era solo una suposición claro; porque no conocerte no era mi mayor pecado, sino el hecho de nunca haber sacado el tiempo para intentarlo. Pero logré ver en la comisura de tus labios un beso nunca dado. Ese que es relatado en los cuentos infantiles, uno lleno de ternura, cariño, romance y amor. Fue ahí cuando supe que deseaba ese beso y me di cuenta de lo mucho que me gustabas.
Fue entonces, en medio de la oscuridad, del silencio profundo y de tu compungido estado cuando a ti te pareció escuchar un silbido – paso a lo lejos- tiempo después comentaste- pero fue como un silbido- . Yo no escuché nada, las cosas que tú percibías yo las ignoraba. Pero sí vi como tu ceño se fruncía dando a entender que había algo fuera de lo normal, como si sintieras que algo se te escapaba de las manos.

Sin embargo no quitaste la mirada del techo, pensaste que aún no era necesario alarmarse. Pero pasado un rato, después del estruendo de una ola y del repentino alboroto de los móviles que hasta ahora no se habían dejado escuchar, lo volviste a oír más fuerte, veloz e impensado: otro silbido.
Esta segunda vez se te alarmaron hasta las entrañas, sentiste que estabas por perderlo todo, que no te quedaría nada. Ahí te volviste hacia mí y tu mirada encontró la mía; sin ese impulso yo nunca hubiera tenido esa dicha. por primera vez vi tus ojos directamente, parecían tener vida propia como las aguas, poseían una beldad desconocida y, aunque suene trillado, era como si te hubieran puesto por ojos dos estrellas que me relataban todo lo que pensabas, lo que estaba dentro de tu alma. Fue en ese momento, alrededor de tu sorpresa de que se te había escapado la vida, y de la mía de ver de lo que estabas hecha, cuando surgió en mí un sentimiento, algo nuevo.
Niña, ya habían pasado cuarenta años efímeros de matrimonio, dos hijo habían volado en busca de sus hados y habíamos pertenecido ya, a toda una vida de oscuridad y silencio en medio de esa playa que solo nos pertenecía a nosotros dos, de ese mar que solo nosotros escuchábamos. Y fue encontrar tus ojos por vez primera en tantos años de compartir solo una cama, la razón para despertarme de mi largo sueño y fue ahí cuando te amé por siempre y para siempre, por primera vez te amé. Lo único que lamento fue haberle regalado al mar todas tus lagrimas y al viento la constancia de tus sollozos durante tanto tiempo.

//alex


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Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2009-08-10 17:06:15
Nombre: JFabio
Comentario: Muy bonito...siga escribiendo cuentos asi...:)


Fecha: 2009-08-09 16:28:17
Nombre: Noe
Comentario: me gusto.