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El Mejor Momento
Onofre Castells
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Un río de gente ataviada con los mismos colores chillones se dirigía a la plaza más conocidas de la ciudad cuando el sol anaranjado empezaba a ocultarse tras los edificios. Todo el mundo parecía feliz y exultante a ojos de los dos amigos que, sentados en un banco del paseo, observaban flemáticos al personal que desfilaba ante ellos.
–Ahí van, radiantes e hinchados de orgullo –musitó Brito, con un deje de sorna.
–Hoy reciben una buena dosis de opio –apuntó Leo, mostrando unos dientes que recordaban las teclas de un piano.
El ruido ensordecedor de un helicóptero amarillo enmudeció por un momento el jolgorio de la gente que pasaba en aquel instante por el paseo. Los dos interlocutores se miraron a un tiempo y negaron a la vez sus cabezas con sonrisas esquinadas.
–Menudo despliegue de medios –observó Leo, apuntando con el dedo índice hacia unas furgonetas blindadas que circulaban en la misma dirección que la muchedumbre.
–Están en todo, hoy no reparan en gastos –apostilló Brito.
Un grupo de descerebrados se pusieron a echar petardos en medio del tumulto de gente, provocando el espanto de aquellos más próximos a las explosiones.
–Mira Brito, esas son las nuevas generaciones fanáticas del fútbol –comentó Leo, sacudiendo la cabeza indicando despectivamente los lanzadores de petardos.
–Tienen buenos maestros –observó Brito, señalando con el pulgar un grupo de cuarentones barrigones fanáticos del futbol embutidos en camisetas deportivas y envueltos por un tufo de cerveza barata.
Lentamente la noche cubrió la ciudad y las farolas comenzaron a iluminar las calles. El flujo de gente había disminuido considerablemente y en la lejanía se podía escuchar un griterío.
–A mí el futbol me la suda y no tengo nada en contra del deporte rey. La gente necesita ser feliz, y por lo visto, con esto de la esférica, los que manejan el cotarro lo tienen muy bien montado –dijo Leo levantándose del banco y estirando las piernas para desentumecerlas.
Brito enarcó una ceja, sopló y levantándose, sentenció:
–Lo tienen facilísimo. Con estos que tienen menos seso que un pato, es fácil meterles goles a diario. Si el fútbol mueve masas, es porque estas se acomodan y se conforman con lo trivial. Lo importante es no pensar para ser feliz. Si se pusieran a pensar, que jodidos se verían, pero más jodido lo tendrían los mandamases.
Leo asintió las palabras de su compañero con la cabeza y mostró sus dientes de código de barras.
–Bueno Brito, ya es la hora y el campo ya lo tenemos libre. Es la hora de jugar.
–Sí. Tenemos unas condiciones de entorno idóneas para hacer un buen partido –indicó Brito con una sonrisa de hiena.
Ambos amigos enfilaron el paseo hasta que tomaron una calle perpendicular a ésta. Allí la joyería aguardaba la llegada de los dos cacos. El jolgorio de la muchedumbre se oía como un eco lejano. Para Brito y Leo aquello era como el rumor del mar: relajante y sosegado, idóneo para hacer un buen trabajo.
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