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Efecto café
Gabriel Degi
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Si tomar un café se limitara a un gesto con el dedo índice hacia un mozo o moza desde la cálida silla de un bar o el preparado pausado y preciso de una cafetera hogareña, tomar el posillo del asa conteniendo el líquido oscuro, bien caliente con el aroma implícito de Brasil o de Colombia, la posterior aplicación de una dosis elegida de azúcar o edulcorante y el metal irguiéndose y mareándose en círculo entre la bruma sostenida; si solamente se tratara del cordial rito de ese calor agradable descendiendo por el esófago y depositándose ahí para el posterior proceso que sistemáticamente terminará en la letrina; entonces sí, ante tal inofensiva simplicidad, sería un asiduo bebedor de esta infusión. Pero el ensayo repetido despierta en el consumidor perspicaz el sentido que subyace, el sentido que deja huella de la connotación secreta. Porque luego de pagar, tomar el abrigo y retirarse, o de lavar la taza en la pileta de la cocina se descubre que hay un procesador nuevo en la conciencia, sentimientos distintos como un ejército de hormigas que traen pretéritos y futuros con intermitencia y tenacidad, una perspectiva renovada que los menos avesados o los de incongruente formación científica atribuyen al mero efecto químico de la cafeína. En ocasiones la imagen se instala en el sótano de los recuerdos, como un viejo catálogo desempolvado y reeditado; percatarse de que la primera novia en realidad aún no está perdida a pesar de los veinte años transcurridos, de que el socio no era tan estafador como parecía, de que hay un método sencillo y efectivo para que los chicos coman y hagan la tarea sin necesidad de ser reprendidos. Un sinfín alfabético que debe transitarse paulatinamente, evitando la vorágine de la asociación libre de objetos y pensamientos, que sería como recorrer el mundo a la velocidad de la luz con la mirada puesta en la ventanilla.
Entonces opto por abordar por etapas, preparar la cafetera en la intimidad del despacho y tras los sorbos consecutivos María garabateándose sin soltar el cachetazo por el beso arrebatado, sino aceptándome sentada sobre el pupitre, sobre el libro de geografía abierto, con la mirada verde clavada sugerente y extorsiva, y yo dándome el lujo de decirle que ahora no, después, que sería un quemo si entraran de repente los chicos. La jarra humeante inclinándose y derramando la lengua del nuevo arroyo, posteriores nuevos sorbos y el tiro de cabeza que ahora no pegaba en el palo, sino ingresando en el ángulo superior izquierdo dándonos el título de campeones de la liga universitaria, abrazos, ovaciones; y de pronto la mutación, echando mano a la soberanía del porvenir, recibiéndome de periodista, de psicólogo, participando activamente en proyectos de la Nasa, recorriendo las ruinas de Pompei en un tour incomparable.
No hay que caer en el pensamiento facilista y pueril de que redefinición signifique resueltamente buenos términos. A veces la tragedia empuña el proceso y la amenaza me advierte que tenía que haberme quedado ahí, en el lugar donde todos conocen, en el lugar de las gaseosas donde nada se evoca ni fabrica, donde la sociedad aprueba sin cuestionamientos y esta dispuesta a socorrer en medio de la rutina, de las miserias en común. Pienso en esos momentos que no debería comprar más esa molienda desequilibrada que en cuanto cae en el filtro comienza implacablemente su proceso, o pienso que nunca debería haberlo probado o a veces voy más lejos y maldigo, sin miramientos, a sus descubridores.
Anoche vino el jefe de mi esposa a cenar y lo recibí tras salir de la intimidad de mi despacho, se entiende. En el ordinario desarrollo del lomo al champiñón, los detalles de la próxima reunión con los alemanes y el inminente ascenso de Andrea sellado por el sonar de los cristales conteniendo el vino tinto traído por él, supe que eran amantes. El señor Ramírez (¿señor?) mostraba su seguridad y solvencia en los asuntos diplomáticos con ademanes y comentarios que Andrea asentía como hipnotizada, con una semisonrisa de complacencia incapaz de dirigirme a mi en nuestros años de casados. Temí ser imprudente por causa de los efectos residuales de los cinco posillos bebidos en mi despacho, porque en el cóctel de una mesa atiborrada de tortas y masas finas se añadió Andrea besando esa boca locuaz, cubierta de bigotes canosos, asintiendo cualquier torpe aseveración, y luego en la cama de un lujoso hotel elegido a escondidas, con voluptuosa y abominable complicidad. Ella regresando a casa como si nada, como si hubiera estado inmersa en el teclado de la computadora o en reuniones de negocios y no entre sábanas tibias, caricias ilícitas y risas convergentes. Me trajo provisoriamente de regreso la copa llena con la segunda botella de vino, que el traidor jamás permitía que se vaciara. Bebí compulsivamente hasta que Ramírez, que saboraba el charlot, ahora recibía con la misma fruición a una Andrea entregada depositándola desnuda sobre el escritorio, removiendo los lapiceros y los papeles con violencia, despojándose del pantalón que daba a luz las carnes resueltamente flojas y estriadas de todos los inmundos hombres traidores de más de sesenta años.
Claro, el final hubiera sido peor para una persona sin cautela. Mi copa se siguió llenando hasta la advertencia de Andrea de no caer en excesos, (como tenía el tupe de hablar de excesos) y el muy hipócrita obedeció solemnemente con un corte educado. Inmersa en sus solapadas aprobaciones ella no advirtió que yo ya había bebido demasiado, y a pesar de haber pensado en soluciones dramáticas, en el revólver del placard, en el facón del abuelo, allí sobre el hogar, no había de que preocuparse porque solo estaba afectado por la inofensiva motivación que fomenta unas copas de más. Podrían dar gracias, podrían al menos reconocer mi templanza, podrían solazarse en mi madura admisión de derrota, en mi odio silencioso. Podrían admitir que si tan solo hubiera aceptado el café que ahora servía Andrea con aplicada solicitud, las cosas hubieran terminado distinto, muy distinto.
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