Abatido. Otros cuentos


Abatido

Autor: Onofre Castells

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Cuento publicado el 16 de Septiembre de 2008


Sin que Alexander pudiera hacer nada para evitarlo, su biplano Heinkel HE-51 perdía altura inexorablemente dejando tras de si una estela de humo negro que contrastaba con el azul transparente y cristalino del cielo. ¡No está todo perdido!, pensó el piloto aferrándose a los mandos del caza, intentado controlar el rumbo del avión que se precipitaba sobre una zona montañosa y escarpada. Realizar un aterrizaje forzoso en aquellos parajes se antojaba imposible e inverosímil, pero quizás Dios escuchó las plegarias de Alexander, y tras rebasar un pico de montaña, una llanura boscosa con un claro suficientemente grande para intentar el aterrizaje se mostró a los ojos del piloto. El biplano tomó tierra bruscamente. La inclinación excesiva del aparato hizo que el morro se arrastrara por un suelo arenoso y desigual, haciendo que la hélice del Heinkel se partiera. Alexander, envuelto por un ruido ensordecedor, gritaba horrorizado, su cuerpo era sacudido violentamente mientras el avión atravesaba el claro levantando una nube de polvo y humo. La improvisada pista de aterrizaje resultó demasiado corta, y finalmente, el caza se precipitó brutalmente contra unos árboles que flanqueaban el claro.


La luz matinal se filtró por la ventana de la exigua habitación e iluminó el rostro lleno de cortes de Alexander, quien abrió el ojo libre de vendaje para ver que se encontraba en una cama que gruñía con el más leve movimiento de su cuerpo. Estaba aturdido y confuso. Le vino a la memoria el aterrizaje forzoso y el terrible choque final contra los árboles, pero no recordaba nada de lo sucedido después. Pasó su mano por encima del vendaje de su ojo y temió tener una herida que pudiera privarle de seguir siendo un piloto. Pero esa preocupación la dejó para otro momento, ahora lo que más urgía averiguar era saber dónde estaba, quien le había atendido y que harían con él. Había sido abatido en territorio republicano y eso hacia que su futuro más inmediato, probablemente, no fuera muy halagüeño. Retiró la manta que cubría su cuerpo y comprobó que sólo tenía algunos golpes y rasguños sin importancia. En esto oyó unas voces provenientes de fuera de la habitación, se volvió a cubrir con la manta y escuchó una conversación sin lograr entender nada. Alexander no sabía castellano, pero lo había oído hablar, y llegó a la conclusión de que lo que escuchaba era probablemente en catalán. Esto no le animó en absoluto, dedujo que quienes estaban al otro lado de la puerta de la habitación eran o bien anarquistas o comunistas, o quien sabe qué, dispuestos a hacer cualquier barbaridad con él. La puerta se abrió y una mujer sonriente, de aspecto afable, con el pelo recogido en el que empezaba a predominar las canas y vestida con una bata de percal que le llegaba a los tobillos, entró en la habitación asiendo una bandeja de comida que dejó encima de la mesita que había bajo la ventana de la habitación.
–Ya te has despertado, eso está bien, en el armario tienes ropa para vestirte –dijo la mujer señalando al armario de madera que estaba a la derecha de Alexander–. Me parece que no entiendes lo que te digo –continuó al comprobar que el joven piloto le observaba con cara de no comprender lo que decía–, mira; aquí tienes ropa –la mujer abrió el armario y mostró el contenido al piloto–, tengo dos hijos que tendrán mas o menos tu edad y creo que esta ropa de mi hijo mayor te servirá. Primero vístete y luego come algo, debes estar hambriento –agregó señalando la bandeja de comida.
–Gracias –respondió Alexander sonrojado. Aquella mujer tenía una voz suave y cálida y pese a que podría ser perfectamente su madre, le resultaba muy atractiva.
–Bueno, yo no sé alemán, pero espero que encontremos alguna solución para entendernos –dijo la mujer con una sonrisa que iluminó la habitación–. Dejo que te vistas y comas algo, ahora volveré. Por cierto, encontramos una caja de habanos en la cabina de tu avión –la mujer cogió la caja de habanos de la bandeja para mostrársela–, te la he traído para que no la echaras en falta.
–¡Oh sí! ¡Mis habanos! ¡Es usted muy amable señora! –respondió el alemán en su idioma, con franca alegría de reencontrar sus fieles compañeros de vuelo.

De nuevo Alexander estaba solo en la habitación, se levantó y con la ropa que encontró en el armario se vistió. El alemán era un joven de veintiséis años alto y fornido, hubiera necesitado alguna talla más, los pantalones le quedaban cortos y la camisa estrecha, pero eso no le supuso un problema. Hacía calor en la habitación y abrió la ventana para que entrara el aire fresco de la tarde. Acodado en el alféizar de la venta contempló un patio de forma rectangular rodeado por un granero, unas cuadras y por la propia casa en la que se encontraba. Por detrás de las construcciones que flanqueaban el patio, sobresalían las montañas, aquellas que desde su Heinkel había visto antes de realizar el aterrizaje.
–¡Hola piloto! –dijo un niño de unos doce años, flaco y con mirada perspicaz que cruzaba el patio en dirección a las cuadras, quitándose la gorra y alzando la vista hacia Alexander
–¡Hola! –respondió el piloto en alemán, sin saber que añadir, ya que estaba seguro que cualquier cosa que dijera, no sería entendida por aquél niño.
–¡Voy a ayudar a mi padre, que me espera, espero verte luego en la cena! ¡Hasta luego! –el niño se volvió a poner la gorra y continuó su marcha hacia las cuadras.
Alexander siguió con su ojo azul al niño hasta que éste se introdujo en las cuadras. Ahora se sentía algo más tranquilo, todo indicaba que, por ahora, su vida no corría peligro, aunque tampoco le invadía el optimismo. Se encontraba en territorio republicano, es decir en tierra enemiga, sin posibilidad de regresar a la base aérea de Mallorca, su caza estaba destrozado. En definitiva, en cualquier momento podía ser arrestado, interrogado, torturado o fusilado. El piloto se sentó en la endeble silla que había al lado de la mesita y empezó a comer con avidez los alimentos que había dejado la mujer mientras pensaba en su situación y daba, al mismo tiempo, gracias a Dios de no haber caído todavía en manos de las tropas enemigas.

Fumaba uno de aquellos habanos sin saber que hacer, estaba en el centro del patio observando la casa de la que sólo hacía unos instantes había salido. Después de comer lo que la mujer le había dejado en la habitación, comprobó que no había nadie en la vivienda, por lo que decidió salir a fumar uno de sus cigarros. Era una bella masía, robusta, de anchas paredes de piedra, de dos plantas y de numerosas habitaciones. Alexander exhaló el humo del habano escrutando con su mirada el reloj de sol que con su varilla metálica presidía altivamente la fachada de la casa sin percatarse de que el payés, dueño de la masía y marido de la mujer que le había atendido antes, se acercaba.
–Lo que debería hacer es matarte –dijo el payés aproximándose por la espalda al piloto, sosteniendo con una mano temblorosa una Luger de nueve milímetros–, es el mejor destino que se le puede dar a un fascista –agregó el hombre con la cara lívida.
Alexander se volvió y un escalofrío le recorrió el espinazo, aquél sujeto le apuntaba con la pistola que no había echado en falta hasta entonces y, para mayor desesperación para él, no entendía ni una palabra de lo que le decía. Entonces, lentamente, se llevó el habano a la boca e hizo una larga y profunda calada, sin dejar de mirar los ojos del payés, que emanaban una mezcla de odio y tristeza.
–Mi vida ahora está en sus manos, usted decide –indicó el piloto, expulsando el humo del habano de sus pulmones, sabiendo que, probablemente, quien le amenazaba tampoco entendía su idioma.
–¡Joan! ¡No! –gritó la mujer que salía de una cuadra acompañado del niño.
–¿Por qué no? ¡Hombres como él matan a soldados republicanos, asesinan a indefensos con sus bombas! –gritó el payés sin dejar de apuntar al piloto.
–Joan, no eres un asesino –respondió la mujer–, y este muchacho puede que no lo sea tampoco, y aunque lo fuese…no hagas una locura –agregó la mujer, acercándose a su marido–, no somos jueces de nadie, no…–añadió la mujer llorando al mismo tiempo que ponía su mano sobre la pistola para que su marido bajara el arma.
Inmóvil, Alexander contempló cómo el hombre descendía el arma gracias a los ruegos de su mujer. Ante la mirada del matrimonio y del niño, se sentó en el suelo, dejando caer el habano junto a él. Una gota fría de sudor recorrió su sien y se precipitó sobre el firme. Con las manos en la cabeza y con la vista fija en sus rodillas, el piloto se mantuvo en silencio, no tenía nada que decir, y tampoco le entenderían si lo tuviera. El payés, confundido y aturdido, se agachó para dejar la pistola en el firme, la empujó con la mano, y ésta, se deslizó ruidosamente sobre el suelo, hasta llegar a los pies de Alexander. Padres e hijo se introdujeron en la casa dejando al piloto en el patio, sentado y pensativo, en compañía de su Luger. ¿Qué iba a hacer? Aquella gente probablemente informaría al bando republicano de su presencia, si es que ya no lo habían hecho. ¿Cómo iba a llegar hasta territorio nacional? No disponía de medios, era un náufrago en una isla, pero en vez de desierta, ésta estaba repleta de enemigos. Se sentía indefenso, vulnerable y perdido en una tierra extranjera en guerra.


El sol anaranjado empezaba a ocultarse tras las escarpadas montañas y Alexander, después de guardar su Luger bajo el cinturón de sus pantalones, contemplaba el paisaje desde el camino de tierra que conducía a la masía. No se veía nada más que montañas y árboles, aquella masía se encontraba lejos de cualquier núcleo urbano, lo que probablemente era mejor para él dadas las circunstancias. La sombra alargada del piloto proyectada en el camino cubrió los pies del niño que con voz temerosa interrumpió su contemplación.
–Hola piloto, me llamo Jaume –dijo el chiquillo tocándose con la palma el pecho– ¿Y tú? –agregó señalando con el dedo índice al alemán.
El piloto miró de hito en hito al niño de ojos perspicaces y le ofreció una sonrisa. Aquel mocoso le recordaba a su hermano Franz quien se pasaba el día preguntando mil y una cosas sobre aviones.
–Alexander –respondió tocándose el pecho como había hecho Jaume.
–¡Ah! –exclamó el niño con una sonrisa dibujada en su rostro– Vamos a comer, la cena está lista –agregó uniendo los cinco dedos de la mano y moviéndola hacia su boca.
El piloto vaciló y el niño le cogió de la mano para dirigirlo a la casa. El ojo azul y cristalino del alemán miraba con simpatía al chiquillo que no paraba de hablar sin que él lograra entender nada. Recorrieron un pasillo flanqueado por la cocina y otras dependencias, para llegar, finalmente, al comedor en el que una larga mesa de madera lo presidía. El payés, un hombre membrudo y de barba canosa, estaba sentado en el fondo de la mesa junto a su mujer y éste hizo un gesto a Alexander para que se sentara a su lado. El alemán hizo un gesto de conformidad con la cabeza, se sentó cerca del payés en un banco pegado a la pared junto a la mesa y sintió el delicioso aroma de la cena que allí había. Jaume se sentó al lado del piloto y dirigió la mirada a su padre y con un tono solemne hizo las presentaciones.
–Padre, él se llama Alexander –dijo el chiquillo.
–Ah bien. Ella se llama Marta –informó el payés señalando a su mujer–, y yo me llamo Joan –agregó.
Alexander sonrió y dio las gracias por la hospitalidad recibida. La cena transcurrió inicialmente en silencio, pero con la ayuda del vino, el alemán y el payés empezaron a comunicarse con gestos y Jaume, para facilitar aquella conversación, fue a por unas hojas y un lápiz para que su padre y el piloto pudieran expresarse con más facilidad. Alexander dio las gracias con un guiño a Jaume, quien lo devolvió pese a no saber hacerlo, por lo que cerró los dos ojos, provocando las carcajadas de sus padres y del alemán. Alexander, con ayuda de lápiz y papel, pudo hacer entender a la familia que él era un piloto perteneciente a la legión Cóndor y que en una misión había sido abatido. Ahora se encontraba lejos de su patria, en un país extranjero y en territorio enemigo. Joan mesaba su barba mientras iba entendiendo aquello que Alexander explicaba con gestos, dibujos y palabras en francés, ya que éste último se había dado cuenta que utilizando el francés, se hacía entender con más facilidad. Marta se excusó y se llevó a Jaume, dejando a los dos hombres solos, era tarde y el niño tenía que dormir. Joan explicó que tenía dos hijos en el frente, con los republicanos, y que hacía meses que no tenía noticias suyas. También se excusó por lo sucedido en el patio, él siempre había sido un hombre pacifico, pero la guerra y la incertidumbre de no saber que suerte corrían sus hijos, hizo que reaccionara de esa forma, lo único que deseaba es que acabara la maldita guerra civil y que sus hijos volvieran a casa. Alexander entendió las preocupaciones de Joan y el peligro que conllevaba para aquél payés y su familia el acogerle. Joan informó al piloto que había hablado con su mujer, y que habían decidido que si él deseaba quedarse, lo podía hacer, ellos no lo denunciarían. No recibían casi visitas desde el inicio de la guerra, por lo que podría moverse con relativa tranquilidad por la masía.
La conversación duró hasta bien entrada la madrugada, Joan descubrió en Alexander una afabilidad y una educación que le sorprendió gratamente, veía en aquel joven un espíritu aventurero que le fascinaba. Alexander explicó a Joan que era hijo de un profesor de idiomas y de una campesina y de como a los diecisiete años empezó a practicar el vuelo con planeadores, él hubiera preferido el vuelo con motor, por supuesto, pero finalizada la gran guerra, el tratado de Versalles restringía los vuelos con motor en Alemania. Después empezó a volar en la Lufthansa tras pasar unos duros exámenes y luego fue enviado de forma clandestina a la Unión Soviética e Italia para poder allí continuar su formación de piloto militar ya que el tratado impedía que se pudiera realizar en su país. Al finalizar esta preparación, en mayo del 37 fue destinado a la legión Cóndor para participar en operaciones militares en la guerra civil española. Joan no quiso preguntarle nada sobre sus ideas políticas, y Alexander tampoco lo hizo con el payés. Ambos, bajo la luz mortecina de la lámpara del comedor, bebieron y hablaron de varios temas banales, intentando de esta manera, evadirse de aquella guerra y de todo lo que la rodeaba.

Pasaron varias semanas y Alexander ayudaba en las tareas de la masía, se sentía de esa forma útil y, para él, era una forma de demostrar su agradecimiento a aquella familia que, permitiéndole estar allí, arriesgaba su vida. Alexander empezaba a hablar catalán, en realidad mezclaba catalán y francés, lo que resultaba muy divertido para el niño. Hablaba mucho con Jaume sobre aviones y le contaba fascinantes historias aéreas de pilotos legendarios de la gran guerra.
–Verás Jaume –dijo Alexander un día en que los dos habían ido al huerto a regar–, Aquellos pilotos, héroes alemanes de la gran guerra: Richthofen, Immelmann, Boelcke…, veían el combate aéreo como si fuera un duelo clásico, lo que implicaba seguir unas reglas y un código de honor que debían respetar.
–Pero ahora los pilotos alemanes, como los italianos, lanzan bombas sobre ciudades, mira Barcelona, a diario la están bombardeando ¿Qué código de honor siguen ellos? –preguntó Jaume mientras seguía con la vista el discurrir del agua por un surco de tierra.
–Es difícil de entender y de explicar, la guerra total…–Alexader guardó silencio por un instante, pasando la mano por su nuca–, los pilotos obedecen las ordenes de sus superiores, quienes deciden que para desmoralizar al enemigo hay que bombardear una ciudad, si bien muchas veces, en esas ciudades también existen objetivos logísticos (puertos, fábricas, etc…).
–Entonces yo no quisiera ser nunca un piloto de guerra, no veo honor en matar a población civil –respondió el niño impasible al mismo tiempo que cambiaba el curso del agua con una azada para que el siguiente surco fuera regado.
Alexander no respondió, él mismo, en cierta manera, pensaba lo mismo, pero su deseo de ser piloto de guerra y de emular a los héroes de la gran guerra era lo que había deseado siempre desde que era un niño.

Las noticias de la evolución de la guerra civil que llegaban a diario a través de la radio resultaban positivas para el alemán. Las tropas de Franco habían entrado en Lleida y el avance de los nacionales por el norte de Cataluña parecía inexorable. Alexander contemplaba la tensión y la tristeza que se dibujaba en los rostros de Joan y Marta cuando escuchaban los noticiarios que día a día informaban de la situación de la guerra.
Ya hacía unas horas que el crepúsculo había cedido el paso a la noche y Alexander fumaba su último habano mientras contemplaba, desde el centro del patio, el manto de estrellas que cubría la cúpula celeste. Ya no llevaba el vendaje en el ojo y su preocupación por él había desaparecido, no notaba ninguna molestia.
–¡Ah! Observando las estrellas y fumando..¡Cómo no! –espetó Joan saliendo al patio y aproximándose al alemán.
–Sí señor –respondió Alexander–, es una buena noche, lástima que éste sea mi último habano, he intentado racionarlos, pero aún así, todo se acaba.
–Mañana iré con la camioneta a la ciudad, intentaré vender en el mercado unas cuantas gallinas y hortalizas. Marta ya me ha hecho una lista de lo que necesitamos, espero poder conseguir, si no todo, por lo menos una buena parte de lo que ha escrito. Y de paso, si hay posibilidades, intentaré conseguir cigarrillos para ti, no es lo mismo que esos cigarros que te fumas, pero algo es algo, ¿no? –dijo el payés golpeando amistosamente la espalda del piloto.
–¡Oh! No es necesario que se moleste, pero si trae una cajetilla, sería fantástico señor –respondió Alexander con una carcajada.
–Veré que se puede hacer, nos estás ayudando mucho con todas las tareas de la masía, te lo agradezco.
–Yo le tengo que agradecer lo que hacen por mí, sé muy bien el riesgo que corren por mi culpa –apuntó el alemán, inclinando ligeramente la cabeza.
–Bien, me voy a dormir, mañana saldré temprano. Buenas noches Alexander.
–Buenas noches señor Joan.

Ya era bien entrada la tarde cuando la camioneta regresó a la masía. Marta sorprendida de que su marido regresara tan tarde de la ciudad salió al patio para recibirlo mientras se secaba sus manos húmedas con un trapo. Alexander y Jaume vieron pasar la camioneta desde el campo y fueron corriendo al patio para ver lo que traía. El payés bajó de la camioneta y apoyándose en ella, con el rostro empalidecido empezó a hablar.
–Ha sido horrible –dijo con voz temblorosa.
–¿Qué ha pasado? –preguntó Marta acariciando el rostro de su marido.
Alexander entró en la casa y salió con un vaso de agua para dárselo a Joan que lo bebió con avidez.
–Estaba llegando a las afueras de la ciudad cuando pude contemplar como era bombardeada, las explosiones se sucedían y la gente gritaba aterrorizada. Las bombas caían en el mismo centro, allí dónde estaba el mercado repleto de gente. El fuego y el humo se adueñaron de la ciudad, convirtiéndola en el mismísimo infierno. La gente corría desesperada en busca de sus familias o amigos, y los heridos gritaban quejumbrosamente entre los escombros pidiendo auxilio. Lo único que pude hacer fue trasladar con la camioneta a algunas víctimas al hospital. Dios mío…
Joan rompió a llorar mientras Marta intentaba consolarlo. Jaume abrazó a su padre en silencio. Alexander observó el interior de la caja de la camioneta, allí estaban las manchas de sangre de los heridos que Joan había trasladado. Cerró los ojos y le vino a la memoria algunos de los bombardeos en los que había participado. Desde el aire había contemplado las explosiones provocadas por las bombas pero nunca la sangre de quienes sufrían el bombardeo.

Barcelona era ocupada por los nacionales ante la escasa resistencia republicana, miles de personas emprendían un éxodo hacía Francia y Alexander decidió que era el momento de irse, tomaría camino hacia la ciudad que hacía tan solo unos meses había sido bombardeada ante los ojos de Joan y desde allí se dirigiría a la ciudad Condal. Marta le preparó lo imprescindible para el camino y Joan le dibujó sobre un papel la ruta que debería tomar para llegar a la ciudad.
–Gracias por todo –dijo Alexander a la familia desde el patio, bajo los débiles rayos de sol matinales, el frío era intenso y penetrante–, ojalá un día no muy lejano podamos volver a vernos –agregó con una sonrisa.
–Siempre serás bienvenido –respondió Joan abrazando a Marta que tiritaba por el frío.
–Jaume, ha sido un placer conocerte –dijo el piloto ofreciendo la mano al niño.
–Te echaré de menos –respondió Jaume con los ojos humedecidos abrazando a Alexander como a un hermano.
El piloto emprendió el camino saliendo de la masía, dejando a tras a la familia con la que había convivido todos aquellos meses. Sentía un profundo agradecimiento por quienes lo habían tratado como a uno más de la familia, nunca olvidaría la hospitalidad de aquellas personas que habían corrido un serio peligro por acogerlo.
Cuando llevaba más de una hora andando por una pista forestal, se cruzó con un hombre harapiento y sucio. Ambos se miraron y el alemán comprobó, pese a la suciedad, el parecido de aquel hombre con el de Joan. Se saludaron secamente y el alemán le ofreció un trozo de pan con embutido y agua. El otro le miró con desconfianza y aceptó, tenía hambre, demasiada hambre. Alexander se despidió y continuó la marcha. Un halo de alegría recorrió su corazón; un hijo volvía a casa.

//alex


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Últimos comentarios sobre este cuento

Fecha: 2008-10-11 09:03:26
Nombre: J0SE TORRES
Comentario: que este cortito !!!


Fecha: 2008-09-24 12:14:31
Nombre: mayda
Comentario: hola me gusto mucho su cuento pero... podrian hacer uno mas corto o una seccion de cuentos infantiles cortos o no lo se algo asi bueno eso es todo adios.