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Lluvia de diamantes
Bubu
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Sus pasos eran pesados y cortos, sus piernas cansadas le impedían avanzar. De repente se detuvo, respiró profundamente hasta sentir que su pecho le explotaba y exhaló. Sabía muy bien que ella no era fácil; un amigo de un amigo se lo había confirmado, aparentemente la conocía muy bien de su juventud, pero aquello no lo desanimó.
Pensaba en ella todos los días y todas las noches desde los veinticinco años, a veces con miedo, otras con seguridad; el solo hecho de escuchar su nombre disparaba su corazón galopante, veloz, valiente que jamás había entendido razones.
En el camino, muchos le sugirieron que ni siquiera lo intentara, pero su deseo por conocerla era tan grande que se había transformado en una obsesión.
Ahora, a los sesenta, por fin se había animado y allí estaba ella más cerca de lo que alguna vez había soñado y sí que la había soñado muchas veces, tantas que ya no recordaba el número; no era fuerte y apuesto como solía verse cuando se imaginaba con ella, pero aún seguía siendo él…
Ella era muy alta, soberbia, llevaba como siempre un sombrero blanco, estaba hermosa.
El aire pendía de un hilo, le costaba muchísimo respirar, el día mostraba un sol solitario en un cielo zafiro; había sol pero él sentía frio, un frio helado que bailaba por todo su cuerpo; en ese instante comenzó a nevar, despacio, muy lento y hasta tuvo la sensación de flotar.
Finalmente y ya tan cerca, creyó que perdía el conocimiento pero ella, que también lo había estado esperando, le facilitó el camino. Él no pudo contener las lágrimas al ver tanta belleza y lloró, lloró mientras el cielo lloraba con él diminutos diamantes blancos; el resto de las montañas, con sus picos nevados lo miraban en silencio, era todo tan inmenso, tan perfecto que se vio rendido ante Dios, sin poder hablar.
A miles de metros de altura, a los sesenta años y sobre el pico de la montaña Aconcagua, una sensación de satisfacción inundó su alma, lo había logrado.
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